La extensa obra poética de Gerardo Diego ha oscilado
siempre entre los temas y expresiones de raíz vanguardista y las
estructuras más clásicas de nuestra poesía, que renueva
con aportaciones insospechadas. A este respecto son reveladoras las palabras
del propio poeta, al frente de la Primera antología de sus versos,
publicada por Espasa-Calpe en 1941: "Yo no soy responsable de que me atraigan
simultáneamente el campo y la ciudad, la tradición y el futuro;
de que me encante el arte nuevo y me extasíe el antiguo; de que me
vuelva loco la retórica hecha, y me torne más loco el capricho
de volver a hacérmela -nueva- para mi uso particular e intransferible."
Y lo cierto es que, analizada la trayectoria poética de Gerardo Diego
en su conjunto, no deja de sorprender una intención innovadora en
todos sus libros, un cierto sentido vanguardista que alcanza incluso a sus
obras de temas y formas más tradicionales.
Una singular destreza verbal -que se manifiesta en el impecable dominio
de la metáfora-, un hondo conocimiento de los recursos técnicos
del verso -y en particular, de la estructura formal del soneto, con que
se revisten los más audaces temas de la poesía moderna-, y
un exquisito sentido musical -producto, sin duda, de la afición a
la música- se revelan como una constante en la obra del poeta.
"La mejor definición de la poesía -ha escrito Diego- es la
palabra incorruptible. Si la poesía verdaderamente lo es, ha de serlo
invariable y de una vez para siempre, gracias al ritmo en el que encuentra
a un tiempo <...> su desnudez y su vestidura". Y, al igual que otros
miembros de la Generación del 27, Diego piensa que la poesía
es inherente al poema, es decir, a la organización lingüística:
La Poesía -aclara Diego- es el sí y el no: el sí en
ella y el no en nosotros. El que prescinda de ella -el del qué sé
yo- vive entregado a todo linaje de sustitutivos y supercherías,
al demonio de la Literatura, que es sólo el rebelde y sucio ángel
caído de la Poesía."
Y, en efecto, la poesía de Gerardo Diego es de una belleza incomparable;
pero no se sumerge en las más hondas realidades de la vida. Y, en
su conjunto, debe ser considerada como una extraordinaria obra de arte -a
la que no le falta emoción y densidad expresiva- en la que el mundo,
transfigurado por la magia de un renovado lenguaje poético, queda
reducido a sus más puros valores estéticos.
