En el presente artículo, la autora analiza una cuestión tan determinante en el proceso educativo cual es la formación del profesorado, aspecto que conlleva la aceptación de un reciclaje continuo y permanente, y abre un espacio de reflexión sobre las alternativas planteadas en este ámbito y la idoneidad de su aplicación.

El reto de la formación del profesorado

Amelia Bermell Serrano
Doctora en Ciencias de la Educación

A  formación del profesorado no debe pasar

desapercibida a ninguna administración comprometida con la educación de sus ciudadanos, porque de esa preparación dependerá el futuro cultural y educativo de todo un país, entendiendo que la calidad en la enseñanza que reciba la población por parte de sus docentes debe derivar en una generación de individuos sociables, talentosos, responsables, sensibles y eficaces para gestionar y tomar decisiones adecuadas en favor de la convivencia y el progreso que debe imperar en cualquier sociedad.
Amén de la competencia disciplinar que los docentes deben adquirir para el desarrollo de la materia que imparten en las aulas escolares, conviene señalar como aspectos relevantes de esa formación, tanto la competencia para las relaciones interpersonales profesor-alumno-familia, como la capacidad para conocer el perfil psicopedagógico de los estudiantes y, siendo que las prácticas metodológicas y actitudes del profesorado están condicionadas por su motivación en el trabajo, debemos reflexionar seriamente sobre qué formación deben adquirir los docentes, y de qué compromisos se deben responsabilizar para ejercer una profesión tan imprescindible como la de educar a toda la población.
Acceder a la docencia se convierte en la salida que encuentran muchos universitarios al no poder encontrar un mercado laboral alternativo, sin embargo, teniendo en cuenta que el objetivo de la educación en escuelas e institutos es la formación y desarrollo tanto de la personalidad como del conocimiento de nuestros alumnos, todo ello con sus circunstancias anexas, no sólo exige una formación como profesionales expertos en su materia, repito, sino una formación como profesionales expertos en pedagogía y psicología, para intervenir en un aula diariamente y, de esta manera, poder comprender la diversidad de conductas y características, el potencial, la creatividad, la motivación por aprender, los estilos de aprendizaje, los niveles de competencia curricular, las adaptaciones, los refuerzos, las modificaciones de currículum, la colaboración con las familias, la coordinación con otros profesionales, y así toda una configuración de elementos que están incidiendo y confluyen en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Además, ser docente requiere reciclaje continuo, es decir, no podemos eludir la necesidad de que la formación sea permanente y comprometida, para mantener una actitud personal de disposición para la investigación e innovación en la profesión que se debe fundamentar en la comprensión de que, esforzarse por mostrar actitudes positivas de valoración y confianza en el potencial de nuestros alumnos en cada una de las competencias que son capaces de adquirir y desarrollar, hace que la relación con éstos y la organización del aula se desarrollen en un clima de confianza y reciprocidad de afectos y aprendizajes que repercutirán en la reducción del fracaso escolar y en la situación anímica de docentes y discentes, ya que de lo contrario se convierte en un círculo vicioso de competencia entre unos y otros que impide trabajar, un fracaso pedagógico y personal por parte de ambos que condiciona la relación de enseñanza-aprendizaje y empatía que debe primar en la educación con niños, adolescentes y jóvenes.

Vías de especialización

Una propuesta para mejorar la calidad de la formación del profesorado partiría de que en cada plan de estudios universitarios existiera una vía de especialización indispensable y requisito “sine qua non” para el trabajo docente, cualquiera que fuera la materia: ciencias, letras, tecnología, salud o sociales…, una vía que dotara a esta profesión de la categoría que se merece y del crédito suficiente y necesario para considerarla una profesión imprescindible, algo que se proyectaría en la sociedad con entidad de autoridad, además de una formación al menos de dos años (un ciclo escolar) exclusivamente de práctica en las aulas, dada la necesidad que tiene la docencia de conocer al alumno en dicho contexto. Una vía formativa de conocimiento teórico y práctico de la pedagogía y la psicología al más cualificado nivel, impartida por expertos que identificara y con la que se identificaran los alumnos (futuros docentes) creativos, imaginativos, empáticos, lúdicos, colaboradores, participativos, responsables, motivados, habilidosos en la toma de decisiones y la resolución de problemas, prácticos, comunicativos y sociables para trabajar en el contexto de las aulas.
Y es que el docente debe ser camaleónico, y saber adaptarse al contexto y a la sociedad que vive el discente y considerar que éste, fuera de las aulas, recibe permanentemente una información cada vez más llena de estereotipos, que si por una parte le ofrece todo tipo de alternativas y posibilidades, también está saturada de datos que le llegan a confundir y hacer distorsionar su visión de la realidad e incluso de sus capacidades, y todo esto implica al docente, que debe estar consciente y profesionalmente preparado para convivir con alumnos diversos.
No se trata de trabajar con los mejores, con los menos aventajados, con los llamados normales, se trata de trabajar con todos, independientemente de sus características individuales de ser y de aprender, configurando un estilo de enseñanza realista y comprometido con los alumnos, un estilo que les eduque y les oriente hacia el perfil académico y/o laboral que mejor se adecue al potencial, a la creatividad y a la motivación personal, es decir al desarrollo de las capacidades, a la vez que al gusto y disfrute de la tarea a realizar.

Actitudes de responsabilidad

El reto de enseñar a nuestros alumnos para que resulten los más competentes y dar lo máximo posible aptitudinalmente es esencial y básico para todo docente que se precie de serlo, pero también, y de forma paralela, el ser docente implica enseñar a cada alumno a desarrollar actitudes de responsabilidad, en la cual algunos alumnos sólo repararán si el resultado de su esfuerzo les compensa emocionalmente.
De esta manera, si bien el contexto familiar es fundamental para el desarrollo de la afectividad, la educación, las actitudes, los hábitos, el interés hacia el estudio y el trabajo diarios, así como para tantas otras cosas que perdurarán de por vida, y siendo que la sociedad posee todos los ingredientes para gestionar las mejores oportunidades para el desarrollo social, académico, económico y laboral de sus ciudadanos, ambas, familia y sociedad, son responsables de ofrecer contextos saludables y positivos para los individuos, por cuyo motivo, la relación familia-escuela-sociedad debe ser materia de formación docente imprescindible para que el alumno con el cual ha de trabajar se interese y motive por el aprendizaje y asuma, a su vez, su responsabilidad en él; así, se debe procurar en los profesores una formación que les cualifique para ser capaces de considerar la dinámica de colaboración con la familia y de conocimiento del entorno social en el que se desenvuelven los alumnos, pues de lo contrario se separarán de éstos, y las relaciones interpersonales positivas que deben primar en el clima de aula, así como la evaluación curricular, se ceñirán exclusivamente a la atención que se le tiene al alumno en función de su competencia académica.
La calidad del profesorado radica en su formación también como comunicadores empáticos conocedores del perfil pedagógico y psicoevolutivo de los alumnos, y, en este sentido, el profesor debe mentalizarse y asumir que su profesión no sólo implica todo un camino de descubrimiento e investigación en el conocimiento, sino además entender que, si al llegar al aula establece una barrera entre él y sus alumnos por carecer de formación psicopedagógica suficiente y necesaria y de actitud positiva hacia el trabajo docente, toda la expectativa para que el alumno se motive y rinda en la asignatura será nula, porque eso el alumno lo siente y percibe, entre otras cosas porque al identificar el alumno a un profesor desmotivado, al proyectar una actitud displicente, le hará perder su autoridad, pues la autoridad no se impone la autoridad se ejerce; así, el fracaso de  alumnos y profesores en algunas materias puede venir determinado por la práctica de una metodología inadecuada, al impartirse desde una postura instructora más que educativa.
Por otra parte, los alumnos más competentes suelen tener una alta autoestima, y la autoestima se origina cuando se es consciente de que uno es capaz de resolver con autonomía las tareas escolares, pues deriva, aparte de en la satisfacción personal, en afecto, consideración, valoración y respeto de los demás; pero ¿cómo está la autoestima de los docentes?....
La aptitud pedagógica genera autoestima en el docente, el buen profesor debe ser pedagogo, si no es así será muy difícil transmitir, comunicarse y orientar a los alumnos a que encuentren el verdadero significado de aprender, desarrollar su potencial y descubrir el conocimiento, y el fracaso escolar estará servido.