En este artículo se enfatiza la relevancia de la empatía en todo proceso educativo
y se insiste en la necesidad de promoverla desde los programas universitarios de formación de los profesionales de la educación. Tras revisar el concepto, localizable en el campo de la inteligencia afectiva, se presentan algunas conclusiones de un
estudio reciente que abona el terreno al que el autor denomina “estilo educativo empático intersubjetivo”. En este sentido, concluye el artículo con el recordatorio
de los beneficios educativos de la equilibrada empatía.

Empatía y educación

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía. Universidad Complutense de Madrid

A  empatía es el  reconocimiento cognitivo y

afectivo del estado de ánimo de una persona por parte de otra. Supone comprensión profunda, intelectual y emocional, de la situación vital del otro. Aunque hay autores que dan más importancia a los aspectos cognitivos y otros a los aspectos emocionales, en general, en nuestros días se reconoce la relevancia de las dos vertientes.
Comoquiera que sea, nos hallamos ante un constructo de gran trascendencia en las relaciones humanas, cuyas implicaciones se dejan sentir en todos los ámbitos: familia, escuela, trabajo y sociedad.
La empatía puede localizarse en el terreno de la inteligencia afectiva (Martínez-Otero 2007, 85-86). No en vano, la captación de la realidad, fruto de la imbricación y equilibrio de procesos cognitivos y emocionales, permite identificar y hablar de una estructura cognitivo-afectiva, en la que la empatía ocupa un lugar central.
Un aspecto que nos parece muy positivo es que se vincule la empatía con el desarrollo moral. La naturaleza de la inteligencia afectiva -y en su seno la empatía- es rica en extremo y explica, por ejemplo, aspectos como la organización axiológica de la realidad, la búsqueda de la verdad y el bien, etc. Procede recordar a este respecto el déficit empático en la psicopatía. El psicópata, que carece de suficiente inteligencia afectiva, instrumentaliza a las personas.
Sea como fuere, el engarce entre el sistema cognitivo-afectivo y la moral no se conoce totalmente y conviene seguir impulsando la investigación encaminada a su esclarecimiento, algo que acaso dé solidez a la que he denominado “aptitud moral”, en el marco de la teoría de la inteligencia unidiversa (Martínez-Otero 2009, 6). Como bien consignan Mestre, Pérez Delgado y Samper (1999, 253- 254), las dos teorías psicológicas dominantes en las últimas décadas: la teoría del desarrollo cognitivo de Kohlberg y la teoría afectiva de Hoffman, destacan respectivamente los procesos más influyentes sobre la conducta moral y el desarrollo moral. Por supuesto, cabe adoptar una posición integradora y superadora, tal como hace Gibbs (2010), con quien nos alineamos.
En el ámbito de la neurofisiología, se están realizando prometedoras investigaciones sobre las “neuronas espejo”, un tipo de neuronas que se activan cuando se realiza una acción, pero también cuando se observa una acción semejante realizada por otro individuo. Las neuronas especulares permiten aprender por imitación y están muy relacionadas con el componente cognitivo de la empatía, razón por la cual se las ha llamado incluso “neuronas de la empatía”. Algo, en cualquier caso, que deberá tenerse en cuenta en el proceso educativo de suerte que se optimice el despliegue del cerebro y de la personalidad.
Desde una perspectiva práctica, la empatía reclama cada vez más atención. No en vano, la empatía puede ser relevante en aspectos tales como el trabajo en equipo, el trato que se dispensa a las personas y hasta en el rendimiento laboral. En el ámbito concreto de las profesiones educativas resulta innegable que pedagogos, maestros y educadores de todos los niveles deben acreditar un nivel empático suficiente que les permita comprender a los alumnos y, llegado el caso, también a familiares y colegas, hacia los que se ha de mostrar una actitud de diálogo y sintonización, claves en las relaciones interhumanas y en todo el proceso educativo.
Así pues, en lo que se refiere a los profesionales de la educación, reivindicamos desde estas líneas una formación integral en la que junto a la dimensión técnica, se tenga en cuenta la vertiente humana y, en concreto, aspectos de índole emocional y moral como los que estamos abordando.

La empatía y su importancia educativa

La empatía es una noción de gran valor pedagógico. Etimológicamente se deriva del griego εμπαθεια (εν, ‘en el interior de’, ‘dentro’ y πάθoς, ‘padecimiento’, ‘lo que se siente’). Si la simpatía es sentir con, la empatía es sentir desde dentro, porque hay una compenetración -me adentro en el otro- sin dejar de ser yo mismo y me identifico con él. En la simpatía hay una inclinación afectiva interpersonal -generalmente espontánea y mutua-, mientras que en la empatía hay una comprensión emocional del otro, pero no tiene por qué haber reciprocidad ni espontaneidad.
En los profesionales de la educación la empatía es fundamental. Ya hace años la profesora Repetto (1977) se interesó por la trascendencia de la compresión empática en el proceso orientador, proceso que, en rigor, ha de advertirse en toda educación integral.
En toda relación magisterial la empatía asume un papel relevante, por ser dimensión facilitadora de la mejora de la personalidad. Goleman (1997, 171) ha dicho con toda razón que la falta de sintonización en la infancia puede tener elevado coste emocional, perceptible incluso en la adultez. A lo que cabe agregar que también puede ser muy negativa la insuficiencia empática en entornos educativos en los que se trabaja con adolescentes, jóvenes, incluso con personas mayores.
Hay orientadores y educadores incautos que problematizan innecesariamente a los alumnos, dando a entender que no tienen posibilidad de mejorar o que han cometido una falta tan grave que no hay expectativa de solución. Desde esta perspectiva, se han de evitar los juicios muy negativos que puedan impedir o frenar el desarrollo personal, sin que ello suponga, claro está, aceptación de todas las conductas.
Otro riesgo es el de la implicación empática excesiva, que puede dañar la relación interpersonal, el proceso educativo y hasta la propia salud mental del profesor o pedagogo, más propenso a “quemarse”. Se precisa, pues, un equilibrio empático.

Estilo educativo empático: subjetivo, objetivo, intersubjetivo

Estudios recientes propios (Martínez-Otero 2011) a partir del TECA -Test de Empatía Cognitiva y Afectiva- (López-Pérez, Fernández-Pinto y Abad, 2008), nos ofrecen pistas sobre la existencia del que hemos denominado estilo empático objetivo (externalizado, cognitivo), referido principalmente al modo de penetración racional en la realidad emocional de los demás y a la significativa autonomía afectiva respecto a los estados anímicos ajenos. Con arreglo a este estilo empático, la sintonización con los educandos u otras personas es más intelectual que emocional. En este sentido, aunque se comprendan los estados anímicos ajenos no necesariamente se experimentan.
También hemos identificado, un estilo empático subjetivo (internalizado, afectivo), es decir, una manera intelectual y emocional de acercarse a los otros y de interactuar con ellos con tendencia a quedar influido anímicamente por los demás. En nuestra investigación de alcance pedagógico, se refiere tanto a la capacidad para identificar y comprender los estados afectivos de los educandos, o de los demás miembros de la comunidad educativa, como a la disposición para compartir con ellos sus emociones positivas o negativas.
Un tercer estilo, que en cierto modo aúna y rebasa los dos anteriores es el estilo empático intersubjetivo, caracterizado por la equilibrada aproximación cognitiva y afectiva a la realidad emocional ajena, lo que impide la introyección disfuncional o perturbadora y posibilita la saludable resonancia entre personas.
Cabe, pues, conceptualizar el estilo educativo empático como un proceso cognitivo y afectivo de acercarse a la realidad emocional de los educandos. Este estilo, que según los casos puede ser subjetivo, objetivo o intersubjetivo, condiciona y caracteriza la manera de conocer y sentir los estados emocionales ajenos. El estilo empático depende en última instancia de la propia persona. Su adecuación, además, dependerá de la edad y de la personalidad de los alumnos, de su situación, etc., pero, en general, mostramos nuestra preferencia por un estilo educativo empático intersubjetivo.
En conclusión, la empatía es fundamental en todo proceso educativo u orientador. Por lo mismo, debe contemplarse su cultivo en los programas de formación de pedagogos, educadores sociales y profesores de todos los niveles.

En la empatía “todo es cuestión de medida”

Cualquiera que sea el estilo empático predominante en un profesional de la educación, lo importante es que mantenga un equilibrio entre la vertiente cognitiva y la afectiva, así como que preste atención a la “distancia educativa óptima”. A veces incluso procederá una alternancia o, mejor aún, una síntesis superadora de los dos estilos apuntados: subjetivo y objetivo, esto es, una suerte de estilo educativo empático intersubjetivo, tal como quedó definido con anterioridad. Así, en situaciones especialmente críticas, en el aula, en el despacho o en cualquier otro ámbito, el pedagogo/educador, al tiempo que capta cognitiva y afectivamente la realidad emocional ajena, debe poner distancia suficiente para que se puedan tomar las decisiones más acertadas.
Con estas prevenciones resulta mucho más fácil la comunicación, la comprensión y la sintonización, al igual que el proceso educativo u orientador. Habida cuenta de la trascendencia que los aspectos humanos, no solo los factores técnicos, tienen en estos quehaceres, han de trabajarse más, tanto a nivel teórico como práctico, en los planes de formación universitaria. La empatía, en particular, ocupa un lugar central en la relación interhumana y así como su adecuación puede facilitar el acrecentamiento intelectual y emocional del alumno u orientando, si no se le presta suficiente atención o si es inapropiada puede impactar negativamente en el desarrollo del educando. Por ello, expreso nuevamente el deseo de que se reconozca el significativo papel que la empatía tiene en la educación y en la orientación, para que posteriormente se cultive desde los correspondientes programas formativos.

Referencias bibliográficas

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GOLEMAN, D. (1997): Inteligencia emocional, Barcelona, Kairós.
HOFFMAN, M. L. (2002): Desarrollo moral y empatía, Barcelona, Idea Books.
KOHLBERG, L. (1992): Psicología del desarrollo moral, Bilbao, Desclée de Brouwer.
LÓPEZ-PÉREZ, B., FERNÁNDEZ-PINTO, I. y ABAD. F. J. (2008): Test de empatía cognitiva y afectiva, TECA, Madrid, TEA.
MARTÍNEZ-OTERO, V. (2011): “La empatía en la educación: estudio de una muestra de alumnos universitarios”, Revista Electrónica de Psicología Iztacala, 14 (4), pp. 174-190.
Disponible en: http://www.revistas.unam.mx/index.php/repi/article/view/28899
MARTÍNEZ-OTERO, V. (2009): “Propuestas educativas derivadas de la teoría de la inteligencia unidiversa”, Revista Iberoamericana de Educación, 50 (1), pp. 1-11. Disponible en: http://www.rieoei.org/deloslectores/2903Otero.pdf
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Disponible en: http://www.neurologia.com/pdf/Web/5002/bd020089.pdf
MESTRE, V., PÉREZ DELGADO, E. y SAMPER, P. (1999): “Programas de intervención en el desarrollo moral: razonamiento y empatía”, Revista Latinoamericana de Psicología, 31 (2), págs. 251-270.
Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/805/80531203.pdf
REPETTO, E. (1977): Fundamentos de orientación: la empatía en el proceso orientador, Madrid, Morata.

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