Una cultura paneuropea

El Museo de Altamira muestra en Al sur de venus el arte y los objetos materiales de la región cantábrica de hace 25.000 años

Grupos humanos con una estructura social desarrollada construyeron entre 29.000
y 20.000 años antes del presente la primera cultura paneuropea, con un
comportamiento simbólico complejo. El Museo de Altamira ofrece  en la muestra Al
sur de venus
una visión actualizada de su arraigo en nuestra península.

JULIA FERNÁNDEZ
En un territorio integrado por la Península Ibérica, Francia, Bélgica, Italia, Europa Central, Ucrania y parte de Rusia, en la franja temporal entre 29.000 y 20.000 años antes del presente, en el que se alternaron periodos extremadamente fríos con otros más templados, el Homo sapiens desarrolló la primera gran cultura paneuropea, el Gravetiense, en un hábitat poblado con ciervos, rinocerontes, renos, mamuts, lobos y zorros árticos.
Sus yacimientos más emblemáticos están en las llanuras centroeuropeas, en su mayoría asentamientos al aire libre, si bien con las nuevas investigaciones se han diversificado las zonas de ocupación de esta cultura. La Península Ibérica está entre estos últimos aportes. La constancia del Gravetiense se tenía desde las excavaciones arqueológicas en la cueva del Castillo, en 1912, pero es ahora cuando, en palabras de uno de los responsables de Al sur de venus, Carmen de las Heras, se ha afirmado su presencia: “En los últimos años, la mejora del conocimiento, los métodos de datación y las investigaciones de nuevos yacimientos ha servido para mostrar que este periodo se extendió por muchos yacimientos peninsulares y ya no solo cantábricos. De hecho, también en ambas mesetas, Aragón, Andalucía, levante y Galicia se están descubriendo nuevos abrigos y cuevas con niveles de ocupación de época Gravetiense. En 2006, también pudimos identificar esta ocupación en la cueva de Altamira y hoy día estamos en condiciones de confirmar que una parte del arte rupestre de la cueva corresponde también a este periodo”.

Comportamiento simbólico

Humanos como nosotros, que usaban las mismas herramientas, cazaban con iguales armas, lucían colgantes similares y que, por primera vez, creaban imágenes y signos cargados de sentido son los protagonistas de la exposición Al sur de venus. La región cantábrica hace 25.000 años: el Gravetiense, que hasta el 22 de abril mantendrá abierta el Museo de Altamira. El equipo de comisarios formado por Álvaro Arrizabalaga (área de Prehistoria, Universidad del País vasco), Carmen de las Heras (conservadora del museo de Altamira), José Antonio Lasheras (director del Museo de Altamira) y Marco de la Rasilla (Área de Prehistoria, Universidad de Oviedo) han expresado a través de las huellas materiales del Gravetiense cantábrico las características esenciales de una cultura que tuvo unas técnicas particulares de tallar las materias primas, como las puntas y micropuntas de La Gravette y un comportamiento simbólico muy desarrollado. No solo por su arte rupestre, sino también por los complejos funerarios que aparecen asociados a los numerosos enterramientos que se conocen especialmente en Europa, que permiten comprobar la existencias de un sentimiento trascendente respecto a la muerte y el más allá. En el recorrido se ilustra la doble sepultura de un chico de 13 años y una chica de 9, colocados cabeza con cabeza, cubiertos de ocre rojo y ricamente ornamentados, encontrada en el Enterramiento de Sungir (Vladimir, Rusia).

Sin venus

¿Tendría algunas peculiaridades la cultura material gravetiense de la Península Ibérica? Carmen de las Heras la caracteriza por objetos elaborados en piedra, en particular puntas de proyectil para la caza y por sus trabajos en cuerno de ciervo y reno y, de forma especial, en marfil de mamut, con el que elaboraron también robustas azagayas. “Pero además de armas”, añade, “los gravetienses peninsulares se preocuparon por el adorno personal, y son frecuentes en los yacimientos los adornos-colgantes realizados en conchas, dientes o huesos, confeccionados como collares o para coserlos en la ropa”.
Otra peculiaridad es la que ha inspirado el título de la exposición, Al sur de venus: “Las venus gravetienses”, continúa, “son pequeñas esculturas femeninas realizadas en diferentes materiales, como marfil, piedra, terracota, etc… que se han descubierto en yacimientos gravetienses de Rusia, Moravia, Austria, Alemania, Italia, Francia… pero nunca en la Península Ibérica. Es decir, estamos al sur de las venus conocidas, del las Venus gravetienses del resto de Europa”.
La exposición, centrada en el ámbito cantábrico y su conexión natural con el sur de Francia, reúne objetos de Navarra, País Vasco, Cantabria, Asturias y Francia. Entre los más curiosos o singulares están las únicas muestras de arte mueble conocido de edad Gravetiense en la Península Ibérica: tres cantos de piedra que fueron utilizados como retocadores, es decir, como pequeños martillitos con los que tallar la piedra. Reunidos por vez primera en esta muestra, uno tiene una cierva grabada (cueva de Antoliñako koba, Bizkaia), otro tiene un león finamente grabado (cueva del Castillo, Cantabria) y el tercero tiene una figura semi-humana denominada “antropomorfo” y procede de la cueva de Morín, también en Cantabria.

Coloquio internacional

El Buril de Noailles es otro de los objetos que recoge Al sur de venus, un útil característico del Gravetiense que, explica Carmen de las Heras, “aparece en algunos yacimientos, no en todos, y a su vez en algunos donde aparecen lo hacen de forma masiva. En la cueva francesa de Isturitz, inexplicablemente existe una elevadísima producción de este tipo de objeto, que puede contarse por cientos de miles. Todavía no está clara su funcionalidad, quizá pudieran haberse utilizado para trabajos relacionados con los vegetales”.
Para finalizar, la exposición muestra un recorrido por el arte rupestre, una de las manifestaciones más brillantes del periodo, con ejemplos en Tito Bustillo, la Viña y en la propia cueva de Altamira, donde se ha constatado la existencia de arte rupestre del final del Gravetiense, gracias a los recientes trabajos de investigación, que han proporcionado fechas de 22.000 años de antigüedad. De esta forma, se ha extendido la ocupación humana de la cueva de Altamira casi 4.000 años más de lo esperado.
El Coloquio Internacional “El Gravetiense cantábrico, estado de la cuestión”, celebrado con ocasión de la muestra, ha mostrado estos últimos hallazgos, además de dar a conocer nuevos yacimientos y ocupaciones humanas de este periodo. “Ha tenido un gran interés científico”, termina diciendo Carmen de las Heras. “Algunas ponencias ofrecieron una síntesis actualizada del estado del conocimiento y todo ello permite asegurar que actualmente disponemos de un amplio marco de discusión sobre las características culturales, el medio ambiente (el paisaje, la fauna, el clima…) y el arte Gravetiense en el sur de Europa”.