Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos (Goya, 1798)

Con ocasión del segundo centenario del fallecimiento de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), el autor de este artículo recuerda algunas de las contribuciones educativas del egregio ilustrado. En el texto se destaca sobre todo su condición de pedagogo,

su preocupación por la instrucción pública, vinculada al desarrollo individual y social. En suma, un artículo con el que se rinde humilde homenaje al polígrafo asturiano, cuyo magno legado educativo sigue iluminando doscientos años después.

Jovellanos, pedagogo ilustrado

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía.Universidad Complutense de Madrid

STE  año 2011 se conmemora el  bicentena-

rio de la muerte del escritor, político y pedagogo asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811). Con este motivo participé el pasado 9 de febrero en un acto de homenaje celebrado en el Centro Asturiano de Madrid en el que intervine conjuntamente con el profesor Manuel Mourelle de Lema, de la Real Academia de la Historia, y autor de un libro titulado La educación según G. M. de Jovellanos. Contemplada desde la perspectiva actual, (2008), que se cita, entre otros títulos, en las referencias bibliográficas.
Quiero también con este texto rendir modesto tributo al legado educativo de Jovellanos. En verdad, hay que destacar en el excelso polígrafo su vertiente pedagógica. La magna figura de Jovellanos, egregio gijonés, encarna perfectamente el espíritu de la Ilustración. El genial pintor Goya (1746-1828) le inmortalizó con un retrato en la primavera de 1798, en el que nos encontramos, como dice Alonso Fernández (1999, 270), “con un Jovellanos en actitud meditabunda y melancólica, con el cuerpo desfallecido y la cabeza caída y apoyada en la mano izquierda, dirigiendo una vaga mirada preocupada y humilde o cabizbaja propia de una mente reconcentrada en sí misma”.
No nos sorprende que Jovellanos estuviese preocupado si pensamos en los muchos problemas que a la sazón tenía España. Este prohombre, reformador por antonomasia, proyectó una sociedad mejor, a menudo con la oposición de los grupos reaccionarios: la nobleza, el clero y la misma Inquisición. Las dificultades halladas no le impidieron escribir múltiples discursos, informes, planes, etc. Su obra está animada por el reformismo y ha dejado significativa huella política, social, económica y pedagógica. En muchos aspectos fue un visionario. Léase, por ejemplo, el discurso en que defiende que las mujeres sean admitidas -con las mismas formalidades y derechos- en la Sociedad Económica de Madrid, su razonamiento sobre la necesidad de unir el discurso de la Literatura al de las Ciencias, o su carta sobre el origen y costumbres de los vaqueiros de alzada, en Asturias. (Textos localizables, v. gr., en la edición de Camarero 1996).
El ínclito asturiano elogió convencido a Carlos III porque, según él, favoreció la luz en sus dominios, fomentó las ciencias útiles y el despliegue económico. Con todo, ya señala Escolano (1988, 9) que, junto a las valoraciones apologéticas, la historiografía actual ha relativizado los logros alcanzados durante su reinado (1759-1788). En efecto, el programa ilustrado encontró no pocas resistencias, a pesar de las cuales favoreció la modernización de España y la apertura a Europa. En todo ello, la educación jugó un papel destacado.

La educación pública

Jovellanos impulsó la instrucción para acabar con las tinieblas de la ignorancia. Así se comprende, por ejemplo, la creación del Real Instituto de Náutica y Mineralogía, precedente en Gijón de la actual Escuela Superior de la Marina Civil y cuyas ordenanzas redactó el mismo prócer. Se encaminaba a preparar marinos y mineros, y constituyó una institución verdaderamente modélica, alejada del escolasticismo universitario de la época. A la sazón, ni siquiera en las Universidades se estudiaba la ciencia moderna, en gran medida ya difundida por Europa. España estaba al margen de las grandes corrientes de pensamiento.
La educación es para Jovellanos la clave de la prosperidad. Ya hace años afirmaba con toda razón la profesora Galino (1993) que el amplio campo de sus intereses siempre se centra en la cuestión capital de la formación humana.
En el Tratado teórico-práctico de enseñanza pública con aplicación a las escuelas y colegios de niños, escrito por Jovellanos cuando estaba preso en el castillo de Bellver (Mallorca), entre 1802 y 1808, se descubre significativamente su pensamiento pedagógico. En esta obra enfatiza su confianza en la instrucción, origen de la felicidad individual y capaz de mejorar al ser humano, dotado de perfectibilidad. La instrucción es también para Jovellanos la fuente de la prosperidad pública. Con sus propias palabras: “Recórranse todas las sociedades del globo, desde la más bárbara a la más culta, y se verá que donde no hay instrucción todo falta, que donde la hay todo abunda, y que en todas la instrucción es la medida común de la prosperidad” (6).
En la obra citada, a la que pertenecen las ideas que seguimos recogiendo en este artículo, hace hincapié Jovellanos en la necesidad de cultivar la virtud y el valor. Habla, de hecho, del amor público. La ignorancia, por su parte, engendra vicio y corrupción. Cuando la instrucción es perversa sólo cabe esperar grandes males individuales y sociales. Algo que, por cierto, no vendría mal recordar a algunos políticos actuales.
La educación que Jovellanos propugna es pública, teórico-práctica, moral y estética, humanista. Defiende también la crianza física y la educación doméstica, a las que pertenece el primer desenvolvimiento corporal e intelectual. De igual modo, sostiene que el objeto general de toda instrucción pública se cifra en Dios, el hombre y la naturaleza.

La instrucción: la luz frente a las tinieblas

La instrucción, advierte el ilustrado, resulta de poca utilidad si la gran masa del pueblo es ignorante. Por eso, la educación ha de ser universal y popular, abierta a todos los niños y niñas, cualquiera que sea su clase. Aboga por la multiplicación de escuelas de primeras letras, cimiento de toda buena educación y primer manantial de la instrucción pública. Una enseñanza tal precisa libros apropiados y buenos maestros. Sobre el magisterio escribe en el Tratado: “Más que ciencia y erudición, este ministerio requiere prudencia, paciencia, virtud, amor, y compasión a la edad inocente” (54).
Jovellanos sostiene que el estudio de las lenguas muertas no ha de ser esencial en la educación general. Su visión pragmática le lleva a proponer el estudio de las lenguas vivas, particularmente de la inglesa y la francesa: “Lenguas que abrirán al joven un abundantísimo campo de doctrina en todos los ramos de ciencia y literatura que quiera cultivar” (74-75).
Es fundamental también para Jovellanos que, además de instruir a los jóvenes en el buen uso de la razón, se les prepare para las relevantes verdades de la moral. Y llega a decir: “Importa ciertamente mucho ilustrar su espíritu; pero importa mucho más rectificar su corazón. Importaba mucho dirigirlos en el uso de sus ideas; pero mucho más en el de sus sentimientos y afecciones” (88). Jovellanos vuelve a presentarse como un adelantado. Con estas ideas recorre un camino de educación afectiva y ética que aún hoy se presenta lleno de escollos.
La pedagogía planteada de esta manera alcanza su sentido más profundo. Lo esencialmente educativo apunta hacia la afectividad y la moralidad, pues, a fin de cuentas, se trata de ayudar a la persona a que razone, sienta y obre como tal.
El especial relieve que Jovellanos da a la educación ética le lleva a deplorar el abandono de esta formación en las escuelas generales. De igual modo, reprueba que la moral se descuide en la educación doméstica. Es partidario de la enseñanza de la moral cristiana a lo largo de todo el proceso formativo, naturalmente según la edad de los discípulos. En este marco, critica la superstición, que produce males funestos.
Galino (1993) ya se ha referido a la conciencia crítica de Jovellanos, del que destaca el establecimiento de las bases para una educación cristiana secular, más apropiada para su época, y la fundamentación racional de la educación.
Desde luego, los ideales educativos de Jovellanos no encajaban bien en su época. Por ejemplo, se mostraba contrario al escolasticismo dominante en la Universidad, que llevaba a alzaprimar la especulación y a arrumbar las fuentes empíricas. Frente a planteamientos que considera reaccionarios propugna una enseñanza práctica, experimental y útil, favorecedora de desarrollo. No ha de extrañar que la Inquisición recelase con frecuencia.
En suma, en Jovellanos encontramos un excelso pedagogo, convencido de que la educación permite al hombre y a la sociedad alcanzar la más elevada cumbre. Contribuyó a enfocar luminosamente la solución de muchos problemas. Incorporó lo mejor de su tiempo y propuso nuevas ideas para el desarrollo sociopolítico, económico y educativo. Su legado pedagógico es indiscutible y, más allá de controversias, creo que el motor de su obra queda condensado en el lema del Real Instituto Asturiano: (Quid verum, quid utile) “A la verdad y a la utilidad pública”.

Referencias bibliográficas

ALONSO FERNÁNDEZ, F. (1999): El enigma Goya. La personalidad de Goya y su pintura tenebrosa, Madrid, FCE.
ARCE GARCÍA, V. DE (2005): “Jovellanos: el hombre y el pedagogo”, Pulso, 28, pp. 139-154.
CAMARERO, M. (Ed.) (1996): La prosa de la Ilustración: Feijoo y Jovellanos, Madrid, Castalia.
ESCOLANO, A. (1988): “Elogio y revisión de Carlos III”, Historia de la Educación, 7, pp. 7-18.
GALINO CARRILLO, A. (1993): “Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)”, Perspectivas: Revista trimestral de Educación Comparada, Vol. XXIII (3-4), pp. 808-821.
JOVELLANOS, G. M. DE (1831): Tratado teórico-práctico de enseñanza pública con aplicación a las escuelas y colegios de niños, Madrid, Imprenta de D. León Amarita.
MOURELLE DE LEMA, M. (2008): La educación según G. M. de Jovellanos, Madrid, Grugalma. 
POLT, J. H. R. (2004): Jovellanos y la educación, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
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