En este artículo, que completa el publicado en el número anterior, su autor enfatiza el carácter humanizador/personalizador de la educación, y tras exponer y analizar algunas de las dimensiones esenciales de la educación y diversas propiedades de la persona con alto valor pedagógico, insiste en que la personalización es superación de la individualización y de la socialización, para concluir recordando el compromiso de toda Pedagogía con la mejora personal, la felicidad y la libertad.

Persona y Educación (y II)

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía de la Universidad Complutense de Madrid

ONTINUAMOS   en  la  segunda  parte  de

este artículo con la reflexión sobre los conceptos de persona y de educación. Comprobamos que la educación es una realidad compleja, natural y cultural, familiar y escolar, individual y social, real e ideal, etc., en la que siempre ha de prevalecer el verdadero sentido humanizador/personalizador. Tampoco debe soslayarse la posibilidad de clarificar la nebulosa conceptual mediante la introducción de diferentes niveles de formalización. En este sentido, está muy extendida en los ámbitos pedagógicos, por influencia de Coombs (1985), la costumbre de distinguir tres tipos de educación -formal, no formal e informal-, que no se describe, por ser archiconocida.
Esta tripartición de la educación puede ser útil desde el punto de vista descriptivo, pero en la práctica es difícil establecer las fronteras que separan estos tipos de formalización. En la institución escolar, por ejemplo, no sólo se reciben influencias intencionales, también hay muchos estímulos sociales. Sea como fuere, a la Pedagogía se le abren numerosas posibilidades, pues las distintas modalidades educativas deben coordinarse de suerte que las distintas intervenciones no se obstruyan sino que salgan enriquecidas. En verdad, un planteamiento así puede parecer utópico, pero creemos que hay que aunar esfuerzos para transformar positivamente la realidad. Para valorar la convergencia de los tipos de educación resulta oportuno recordar el concepto de paidocenosis (paidéuo = enseñar y koinos = común) que se refiere al conjunto de estímulos que influyen en la formación humana. 
En realidad, la cuestión tiene más envergadura, pues el declinante modelo social actual, con amplios sectores “autoliberados” de responsabilidad formativa, debe sustituirse por otro en el que haya una creciente implicación de todos los agentes y ámbitos; aldabonazo y aspiración al mismo tiempo que quedan condensados en la bella expresión “sociedad educadora”: todo un referente de concordia y acrecentamiento para la Teoría de la Educación y para la Pedagogía Social.
Resuenan en este momento algunos aspectos básicos relativos a la educación de la persona en una concreta situación. El interés por la persona en cuanto fundamento de la educación nos lleva a tener en cuenta los condicionamientos escolares, familiares, políticos, sociales, culturales y económicos que afectan al proceso formativo. Claro que, por muy condicionada que esté esa persona, siempre tendrá posibilidades de actuación. Precisamente en ese comportamiento -consciente y libre- es donde se descubre esa unidad personal y la educación deberá reforzar esa participación en un marco acrecentador, general aspiración que nos sitúa ante el proyecto de vida que cada educando está llamado a realizar.

Dimensiones esenciales de la persona

La persona no es un agregado de actividades ni de partes. La condición personal del educando se manifiesta en su totalidad, en la unidad de sus actos y de sus dimensiones o aspectos medibles (del latín mensūra = medida). Por razones pedagógicas distinguimos las siguientes:
- Dimensión intelectual, entendida como capacidad unitaria y plural por la cual la persona se abre a la comprensión crítica de la realidad, al aprendizaje racional, a la solución de problemas, a la planificación, etc. La educación de esta vertiente se plantea, por ejemplo, desarrollar y afianzar las diversas aptitudes intelectuales, así como potenciar la metacognición, esto es, la reflexión y regulación del propio pensamiento. Con objeto de organizar la educación en este ámbito estoy desarrollando desde hace años la noción de “inteligencia unidiversa” (véase, por ejemplo, Martínez-Otero 2009), expresión en la que se advierte el valor de la unidad y de la diversidad intelectual. Desde luego, no debemos perder de vista cuanto tiene que ver con la auténtica cultura: la lectura, el arte, la filosofía, la historia, la ciencia.
- Dimensión moral, es la realidad estructural y actitudinal que lleva a la persona a eligir, a decidir qué camino sigue, es decir, a optar en función de un sistema de preferencias. La vida humana es constitutivamente moral, al margen de que la acción se ajuste o no a la norma ética. La educación moral sería el proceso por el cual se promueve y refuerza en la persona su capacidad de orientarse al bien y elegir lo mejor. Ello implica fomentar actitudes y valores éticamente adecuados, aunque tampoco puede faltar la construcción de un ambiente moral en el centro escolar.
- Dimensión afectiva, la que explica la sensibilidad personal, la captación positiva o negativa de la realidad, así como la apertura valorativa y el haz de relaciones que establece. Esta raíz cordial constitutiva se diversifica en emociones, sentimientos, pasiones, motivaciones, etc., que desde la educación es menester ayudar a que se identifiquen, expresen y canalicen. Se precisa una ordenación previa de estos fenómenos afectivos que, por ejemplo, puede realizarse a partir de criterios como la intensidad, la duración y la valencia positiva o negativa.
- Dimensión estética, por la cual la persona despliega y refuerza la capacidad para descubrir, apreciar y crear belleza. Desde la perspectiva pedagógica, se ha de favorecer la dilatación humana mediante el acercamiento al arte en cualquiera de sus manifestaciones: literatura, pintura, música, cine, etc. La educación estética abre muchas posibilidades creativas, de autorrealización, de expresión, de comprensión y de construcción mutua. El compromiso de la educación artística se extiende tanto al cultivo de la creación como de la disposición contemplativa. El arte, plural y dinámico, es un universo cultural al que la educación no puede renunciar. Desde luego, muchos de los beneficios de las obras de arte se extienden también a la Naturaleza. Se trata, en suma, de expandir el espíritu ante la belleza.
 - Dimensión técnica, que lingüísticamente nos sitúa ante el término griego τχνη, desplazado en la cultura latina por el de ars, artis, y referido actualmente, a diferencia del arte, a los conocimientos y aptitudes en un determinado ámbito productivo. La educación técnica se vincula generalmente a la formación laboral o profesional. En nuestros días, con la irrupción de las llamadas “nuevas tecnologías” se precisa, además, educación que posibilite el uso responsable de estas herramientas. La reflexión sobre el homo technicus es fundamental. Estamos en entornos tecnificados, cada vez más alejados de la naturaleza, también en los centros escolares, y se precisa una reflexión profunda sobre estos instrumentos, de manera que lejos de mecanizar la vida la mejoren. No debemos caer ni en ‘tecnofobia’ ni en ‘tecnofilia’, igualmente negativas. Se precisa una acción educativa en este sentido. En círculos pedagógicos la expresión “alfabetización tecnológica” se refiere a la formación básica de los miembros de la comunidad educativa, sobre todo profesores y alumnos, en tecnologías de la información y la comunicación. En la era tecnológica actual se precisa una pedagogía que permita a las personas descifrar y elaborar mensajes en los “nuevos lenguajes”. 
- Dimensión física, cuyo cultivo favorece la formación integral a partir del desarrollo corporal-motor, por supuesto desde el reconocimiento de la sustantividad psicosomática del ser humano. Recordemos con Laín Entralgo (1995, 179), en su libro Cuerpo y alma, que todas las acciones del ser humano son psíquicas y somáticas. Interesa la vertiente física en la medida en que posibilita el proceso de humanización. Actualmente, la educación física se ubica en el marco de la educación integral, pues contribuye al desenvolvimiento de la personalidad. Con razón ha dicho Cecchini (1996, 52), que la educación física alcanza todo su valor educativo porque favorece mejoras biológicas e higiénicas, pero también perceptivas, psíquicas y espirituales. De acuerdo con este mismo autor (1996, 64-65), los objetivos de aprendizaje en educación física tienen que ver con la propia realidad corporal, la organización del espacio y el tiempo, las habilidades y destrezas motrices, el acondicionamiento físico, el juego, el deporte, la expresión y la comunicación corporal, la salud corporal, al igual que las actividades en la naturaleza.
- Dimensión social, que nos hace reparar en que la vida humana es, en rigor, convivencia. El cultivo de esta vertiente fortalece la orientación personal hacia la comunidad (del latín comunitas, -atis), esto es, una realidad común en la que la individualidad queda trascendida por la participación/comunicación. La persona se realiza al vivir en comunidad, al convivir, y se precisa por ello una formación que despliegue su sociabilidad, asistida por las demás dimensiones.
- Dimensión espiritual, entendida aquí como esencia humana, fuerza generatriz, principio superior y aliento vital. La educación de la espiritualidad permite ahondar en el sentido existencial y posibilita una mayor conciencia de uno mismo, de los demás y del mundo, al igual que la apertura a la trascendencia, tal como se patentiza, por ejemplo, en la religión. Llegados a este punto es preciso alertar de los peligros del fundamentalismo religioso, posición radicalizada que se caracteriza por la convicción de poseer la verdad absoluta y que a menudo se adentra por la senda de la intransigencia fanática. La educación espiritual a que nos referimos rezuma humanismo y compromiso pedagógico con la elevación del sentido vital. Es una educación para el desarrollo interior, sin descuidar por ello los aspectos externos, ni renunciar a la ciencia. Es un desarrollo que, aunque va más allá de lo meramente sensible, permite vibrar con la realidad toda y que se proyecta en la actividad cotidiana del sujeto.

Expansión del ser humano

Lógicamente, se podrían incluir otras vertientes igualmente ligadas a la expansión del ser humano. En la literatura pedagógica podemos hallar, según las publicaciones que se revisen, una dimensión creativa, una dimensión cívica, una dimensión histórica… y así un sinfín de aspectos que mejoran la comprensión del siempre arcano mundo personal y abren nuevas posibilidades a la educación, en cuanto radical experiencia/vivencia de perfeccionamiento. Hay que insistir en que la presentación de las dimensiones queda justificada desde un punto de vista pedagógico siempre que se reconozca la existencia de interconexiones entre las mismas.
Defendemos la unidad de la persona y de la educación, que no se disuelven en sus múltiples aspectos.
El mapa de la educación que tratamos de bosquejar puede verse beneficiado si pensamos en algunas notas o características de la persona con valor para la educación. En el marco de la educación personalizada me he acercado a distintos autores que de un modo u otro participan de esta visión pedagógica, y en especial a García Hoz (véase, por ejemplo, su trabajo de 1993), artífice de esta concepción educativa con exigencias prácticas, quien destaca cuatro notas de la persona con valor para la educación, a saber: singularidad, autonomía, apertura y unidad:
- Singularidad.- Se opone a la pluralidad. Y es que cada persona es única e irrepetible, con una forma propia y peculiar de ser. Cada educando tiene unas necesidades, intereses, actitudes, capacidades y circunstancias que, hasta donde sea posible, hemos de tener en cuenta. Se trata, al fin, de desplegar sus potencialidades y de compensar sus limitaciones. Con atinado donaire decía el escritor Baltasar Gracián (1601-1658): “Visto un león, están vistos todos, y vista una oveja, todas; pero visto un hombre, no está visto sino uno, y aún no bien conocido”.
- Autonomía.- Etimológicamente ‘autonomía’ procede de las palabras griegas ‘autós’ (mismo) y ‘nómos’ (ley). En este sentido, el autónomo es el que se da la ley a sí mismo. Es la capacidad de la persona para dirigirse a sí misma. La persona tiene la posibilidad de asumir un compromiso libre y responsable en torno a su vida. La autonomía supone una capacidad para proyectar y realizar. Por ello, la educación se presenta como un proceso de ayuda al autogobierno personal. Lo que se pretende es que el educando, inicialmente heterónomo, conquiste paulatinamente su libertad.
- Apertura.- La persona se abre a la realidad. La persona, por su apertura, es un constante fluir, un permanente hacerse. Ya nos recuerda el Premio Nobel Aleixandre (1898-1984) que “No es bueno quedarse en la orilla como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca. Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha de fluir y perderse, encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido”. Esta apertura puede manifestarse de varias formas: a uno mismo, a los demás, al mundo y a la Trascendencia. La educación ha de contemplar esta cuádruple perspectiva, pues de lo contrario será parcial e incompleta. Podemos decir con Antonio Machado (1875-1939) aquello de:

“Converso con el hombre que siempre va conmigo
-quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.”

- Unidad.- Propiedad de la persona en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. La persona es realidad compleja y múltiple, mas al mismo tiempo es unitaria e integral. El hombre ni es un ser escindido ni mera suma de partes, sino “estructura” unitaria y compleja que se alza por encima de sus dimensiones. Es la persona por entero la que recuerda, proyecta, piensa, desea, siente, ama y vive. La educación, por tanto, ha de ser necesariamente integral. En nuestros días se advierten serias amenazas a la integridad de la persona y cada vez más personas pueden hacer suyos los versos del excelso poeta luso Pessoa (1888-1935). Por cierto, en portugués ‘pessoa’ es persona:

“Viven en nosotros innúmeros,
si pienso o siento, ignoro
quién es quien piensa o siente.
Soy tan sólo el lugar
donde se siente o piensa”.

Desde la filosofía, podemos citar a Zubiri (2006) y su libro Tres dimensiones del ser humano: individual, social, histórica. En virtud de estas notas la persona es una realidad esencial, formal y unitariamente psico-orgánica. La dimensión individual nos habla de un “yo” que se diferencia de un “tú”, es decir, esta nota revela que cada uno es persona, pero de modo distinto, único, “a su modo”.
La dimensión social nos permite tomar conciencia de que cada persona es una realidad vertida a los demás, conviviente. El “yo” ahora vinculado al “tú” nos permite hablar de “nosotros”.
Para Zubiri, en la persona hay también una dimensión histórica, “etárea”, que afecta tanto al individuo en forma biográfica como a la sociedad en forma histórica propiamente dicha.
Creo que la educación ha de hacerse cargo de estas dimensiones. Enseguida nos centraremos pedagógicamente en la dimensión individual y en la social, pero también es importante tener en cuenta la dimensión histórica, no solo porque la persona tenga una concreta situación/circunstancia temporal/sociohistórica, sino también por las posibilidades de actuación. No en vano, somos hijos de nuestro tiempo, con una responsabilidad. En lugar de una concepción pasiva del hombre, la educación ha de estimular en el educando la transformación positiva de la realidad, la actividad responsable. En la conquista de un horizonte mejor se descubre la personalización.

Síntesis y superación de la individualización y de la socialización

La personalización, por otra parte, es superación de la individualización y de la socialización. ¿Por qué? Porque una educación o, tal vez mejor, una enseñanza que enfatiza la dimensión individual del educando con facilidad forma sujetos desvinculados de los demás, individuos insolidarios. Si se me permite la metáfora, podríamos decir que el soporte organizativo de una enseñanza así es el “alumno-isla”. De igual modo, una enseñanza que subraya la dimensión comunal, puede diluir al sujeto, desprovisto de su voz y de su rostro, en el colectivo. El soporte de esta enseñanza podría ser el “alumno-masa”, con nítida reminiscencia orteguiana.
Nuestra condición natural no es el hermetismo egoísta ni la masificación negadora de la singularidad. Ambos extremos obstaculizan la realización personal y colectiva, lo que equivale a decir que se frustra la convivencia. A este respecto, la observación de nuestra realidad parece revelar que aumenta el individualismo, entendido como la tendencia a actuar al margen de los demás, lo que indudablemente contribuye al debilitamiento de las relaciones interpersonales en todos los ámbitos (familia, escuela, trabajo -si se tiene-, etc.). El individualismo, se halla en las antípodas de la consideración aristotélica del hombre como zoon politikon (animal ciudadano). 
Sea como fuere, parece que también aumenta, la masificación. En el terreno educativo, Antonio Machado (1999, 273) nos anima a imaginar lo que podría ser una pedagogía para las masas: “¡La educación del niño-masa! Ella sería, en verdad, la pedagogía del mismo Herodes, algo monstruoso.”
Desde luego no parece serio entablar en nuestros días un combate entre el individuo y la sociedad, y sí optar por una vía conciliadora, pues es obvio que ambas realidades se condicionan mutuamente. Por ello, es preciso superar las dos posiciones extremas que venimos comentando, en las que todavía se encuentran anclados algunos autores, en aras de una formulación más completa y fecunda: la personalización educativa, que, tras varias décadas de andadura, tampoco ha de ser monolítica. Esta concepción humanista, al resolver la antinomia generada por las dos visiones parciales citadas, representa un avance científico-pedagógico significativo advertido sucintamente en el compromiso con el desarrollo personal en la doble vertiente individual y social.
La educación yerra tanto si pretende mantener al educando encerrado en sí mismo, insensible y desdeñoso a cuanto le rodea, como si abandona el cultivo de la singularidad llevada por un afán de homogeneización. La clave de nuestro planteamiento reside en considerar que la conjunción de individualidad y sociabilidad posibilita la humanización/personalización.

La educación: perfeccionamiento, felicidad y libertad

En el tramo final de este artículo, cabe recordar que la auténtica Pedagogía de todo tiempo y lugar muestra su compromiso con la mejora de la vida humana. Sus desvelos acrecentadores brotan de un saludable optimismo, de una necesaria confianza en las posibilidades de desarrollo. La persona no es perfecta, pero sí es perfectible. La articulación de ciencia y ética ofrece una plataforma robusta a toda teoría educativa. Sin el concurso de elementos racionales y axiológicos el discurso pedagógico se rebaja hasta extinguirse y, por supuesto, no podrá favorecer el despliegue personal.
La educación tiene también un compromiso con la felicidad. La reflexión pedagógica nos sitúa ante una realidad apetecida, aunque a veces pueda resultar utópica. El diccionario de la Real Academia nos habla de un estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien, y debo decir que esta definición me parece insuficiente, tal vez porque la felicidad la relaciono con la plenitud. De todos modos, puede ser que nos hallemos en un territorio de idealidad que, sin embargo, explica buena parte de nuestro comportamiento. Hace unos años, el neurofisiólogo Rodríguez Delgado (1989, 13), señalaba que entre los muchos elementos que contribuyen a la sensación de felicidad pueden incluirse: la salud, el amor, el prestigio, la religiosidad, el poder, las realizaciones científicas y artísticas, etc., aunque reconocía que la mayoría de las personas buscan continuamente la felicidad con desigual resultado. Y, más adelante, se preguntaba este profesor (1989, 19), si la educación familiar y escolar, además de conocimientos en las distintas ramas de saber, debe promover también el fomento de la felicidad. Parece que la posición más extendida en nuestro ámbito, aunque poco definida, considera, en efecto, que la educación debe favorecer la felicidad. En el plano operativo, García Hoz (1993, 52-59) tras distinguir, a semejanza de los clásicos, entre el placer, satisfacción de índole preponderantemente sensible, la alegría, dicha que también incorpora el elemento intelectual o conocimiento, y la felicidad, que sitúa en un horizonte inalcanzable, por su completitud, opta por el valor educativo de la alegría, en cuanto realidad afectiva posible y cultivable, y fundamenta, por ello, una antropología pedagógica en el “homo gaudens”, expresión con la que se destaca la tendencia a la alegría en el ser y en la vida de las personas.
Comoquiera que sea, hablemos de alegría o de felicidad, la Pedagogía debe recuperar el interés real por cuestiones tan trascendentes referidas a la calidad de vida -de la cuna a la sepultura- y que ponen al ser humano en camino de realización, de ser más que de tener. Felicidad en descubrir, cultivar y brindar la verdad, la bondad y la belleza. Incluso el dolor, llamado a aliviarse si es posible, puede ser fuente de curtimiento personal. Es cierto que en algunos manuales pedagógicos hay una explicitación teleológica del mismo tenor que el que propugnamos, pero, una vez más, es menester enraizar una declaración tal con el acontecer cotidiano en nuestros entornos educativos. Desde mi punto de vista, se trata, en gran medida, de impulsar unos ambientes institucionales presididos por el espíritu de trabajo, la comunicación, las relaciones cordiales, la racionalidad, la moralidad y el compromiso. Por supuesto, esto no quiere decir que se vaya a la escuela o a la Universidad a perder el tiempo o a hacer caprichosamente lo que plazca. Por eso, tal vez podríamos tomar como aforismo pedagógico lo que decía el célebre escritor ruso Tolstoi (1828-1910): “El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que uno quiere, sino en querer siempre lo que uno hace”.
Y con esta sentencia, enlazamos la felicidad con la libertad. Ambas son manifestaciones de la dignidad de la persona y albergan una magnitud moral. La libertad -interna y externa- nos permite tomar posesión de nosotros mismos y de nuestras acciones, pero para ello se requiere racionalidad, responsabilidad, voluntad y proyecto de vida. Obviamente no es absoluta, y se expresa en la capacidad de elección, de autocontrol, de decisión y de acción, que la educación ha de promover. Su verdadero despliegue es el proyecto personal de vida, con el que se da sentido unitario a la propia existencia. La Pedagogía en todo este arduo y hermoso camino ha de ser antorcha. Con su luz es más fácil que la persona expansione su ser y descubra su horizonte. La educación profunda hace germinar en la persona la libertad, sin duda una poderosa razón para consagrarnos a la labor formativa. Ya decía el príncipe de nuestras letras por boca de Don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida” (LVIII, II).

Referencias bibliográficas

- CECCHINI, J. A. (1996): “Concepto de educación física”, en Cecchini, J. A. et al.: Personalización en la educación física, Madrid, Rialp.  
- CERVANTES, M. DE  (1994): Don Quijote de la Mancha, Barcelona, RBA.                                                           
- COOMBS, P. (1985): La crisis mundial de la educación, Madrid, Santillana.
- GARCÍA HOZ, V. (1993): Introducción a una pedagogía de la persona, Madrid, Rialp.
- LAÍN ENTRALGO, P. (1995): Cuerpo y Alma, Madrid, Espasa.
- MACHADO, A. (1999): Juan de Mairena, Vol. I, Madrid, Cátedra.
- MARTÍNEZ-OTERO, V. (2009): “Propuestas educativas derivadas de la teoría de la inteligencia unidiversa”, Revista Iberoamericana de Educación, vol. 50, nº 1, pp. 1-11.
Disponible en: http://www.rieoei.org/deloslectores/2903Otero.pdf
- RODRÍGUEZ DELGADO, J. L. (1989): La felicidad, Madrid, Temas de Hoy.
- ZUBIRI, X. (2006): Tres dimensiones del ser humano: individual, social, histórica, Madrid, Alianza.

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