En este artículo, que se completará con una segunda parte en el próximo número de Comunidad Escolar, se enfatiza la dignidad de la persona en la auténtica educación. Aunque algunas concepciones pedagógicas se hayan centrado más en la esencia y
otras en la existencia de la persona, el autor considera que se han de conciliar ambos aspectos. Desde esta perspectiva, tras repasar algunas cuestiones filosóficas, el texto
se adentra en cuestiones pedagógicas de nuestro tiempo y ofrece una comparativa entre voces expertas y profanas sobre el concepto de educación.

Persona y Educación (I)

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía de la Universidad Complutense de Madrid

A  necesidad de hallar el sentido y  el signifi-

cado al ser y al estar de la persona en este complejo mundo es cuestión palpitante en muchas disciplinas y, desde luego, también en el ámbito de la Pedagogía del siglo XXI. Es bien sabido que no hay visión pedagógica sin una concepción de la persona. Procede, por ello, el acercamiento a la Antropología, esto es, al conocimiento del ser humano. En su vertiente pedagógica, la ciencia antropológica acerca su lente al homo educandus, es decir, a la persona en cuanto ser educable, pero también se interesa por los procesos de transmisión cultural en una determinada comunidad. Las concepciones sobre la persona y la educación varían significativamente según las culturas.
Comoquiera que sea, resulta indudable que la persona, al menos parcialmente, es un enigma para sí misma. Por eso, tal vez podamos parafrasear a Becquer (1836-1870) y decir que mientras el hombre sea un misterio para sí mismo ¡habrá poesía! Y lo cierto es que ha de haber un lugar para la poesía, para la belleza, en el territorio pedagógico. No sorprende, por otra parte, que todas las culturas hayan tratado de desvelar los arcanos del mundo personal. Se dice que en el templo de Apolo en Delfos, lugar de culto en la antigua Grecia, figuraba la inscripción: “Conócete a ti mismo”, y, desde luego, continúan los desvelos por dar cumplimiento al imperativo. Hasta llegar a nuestros días se ha recorrido un largo camino, a menudo laberíntico, al que no ha sido ajeno la Pedagogía. Interesa ahora el concepto de persona como sujeto y objeto de la educación en nuestra cultura occidental.
Hagamos antes un rápido repaso etimológico. ‘Persona’ es palabra que nos llega del latín persōna, máscara de actor, personaje teatral, este del etrusco phersu, que, a su vez, deriva del gr. πρσωπον. El infinitivo personare, con el significado de “hacer resonar la voz”, nos remite al sonido que emitía el actor a través de la máscara. De manera que el vocablo ‘persona’ ha ido asumiendo sucesivamente los significados de “máscara de actor”, “personaje teatral” hasta llegar al actual de persona. Aunque se podría hablar de “caretas”, “disfraces”, “voces”, “ecos” y “silencios voluntarios o impuestos”, habrá que dejarlo para otra ocasión.
Tampoco podemos olvidarnos de la ontología, que se pregunta por el ser. Es sabido que, en ocasiones, se han estudiado más las personas divinas que las humanas, sobre todo por la Teología. Y si nos adentramos en la Filosofía, una de las corrientes interesadas en el hombre que más han destacado es la personalista. En el siglo XX el personalismo filosófico ha tenido significativo impacto en la Pedagogía.
Procede recordar que en la concepción de persona ha habido dos corrientes principales: la sustancialista y la proyectiva. La primera es más estática y considera que la persona es, sobre todo, sustancia. La corriente proyectiva, sin embargo, da más importancia al existir que al ser. Desde esta perspectiva, la persona es dinámica, orientada hacia el futuro, inacabada.
En nuestro ámbito, Zubiri (1898-1983), por ejemplo, ya distinguió entre personeidad, lo estructural de la persona, y personalidad, lo que se va haciendo a lo largo de la vida. Es acaso el mejor pensador español que ha recogido la doble vertiente de la tradición personalista: la esencial y la existencial. Desde el punto de vista pedagógico, no creo que tenga sentido mantener el enfrentamiento entre esencialismo y existencialismo. Si se admite que la persona tiene una esencia, esto es, una estructura permanente e invariable, y una existencia o vida, por la cual cambia, la educación, que se refiere a la persona, debe prestar atención a ambos aspectos. Es, desde luego, la posición que defendemos: una Teoría de la Educación, una Pedagogía, sensible al ser y al existir de la persona, a la igualdad esencial de todo ser humano y a las desemejantes situaciones interpersonales, en algunos casos injustas y lacerantes, y que están llamadas a corregirse en aras de la dignidad. Postulamos, pues, una Pedagogía atenta, reflexiva, pero también comprometida, dinámica y dinamizadora.
Las corrientes personalistas clásicas llegan hasta nuestros días. En el ámbito hispánico cabe pensar, por ejemplo, en los trabajos de Ortega (1883-1955), de Marías (1914-2005) o del ya citado Zubiri. Desde una perspectiva educativa, puede hallarse una buena síntesis de la génesis y el estado actual de los personalismos pedagógicos en el libro que firman Galino, Prellezo, Del Valle, etc., (1991): un trabajo clarificador en muchos aspectos tanto en el plano teórico como práctico. 

La concepción de ser humano y la educación

La educación alberga de modo más o menos explícito un concepto de ser humano, compleja realidad que en muchos aspectos se torna escurridiza y que quizá explique la ausencia de acuerdo pedagógico, lo que se ha traducido y traduce en diferentes concepciones o teorías educativas. En el caso de los autores personalistas, por fuera de su singularidad, todos destacan la dignidad de la persona.
En verdad, la persona es una realidad con valor en sí misma. No es instrumentalizable, no debe utilizarse. No está preprogramada por la naturaleza. Es un ser dotado de dignidad, lo que nos sitúa ante el humanismo pedagógico, que nos permite enfatizar el compromiso de nuestra actividad educativa con la elevación del ser humano, de cada persona. Y, por cierto, al hablar de persona nos referimos a la mujer y al hombre, al niño y al anciano, al inmigrante y al nacional, a la persona con discapacidad y sin ella, al negro y al blanco, al alumno y al profesor… A todos se extiende la condición de persona.
Mas ¿cómo se define la persona? Resulta imposible abarcar toda la realidad de la persona, a la que no es ajena el misterio. Con todo, la consideración de la persona, desde la perspectiva de inspiración personalista, nos descubre una realidad unitaria -biopsicosociocultural y espiritual-.
La primacía de la persona, considerada en su unidad, comporta que la educación no se centre en jirones del educando, sino en el desenvolvimiento armónico de su personalidad. Un planteamiento así nos lleva a hacer hincapié en el carácter holístico del proceso educativo, sin que se soslaye, obviamente, su complejidad. Trataremos a continuación de precisar el concepto de educación.

Educación: vías de abordaje

A menudo la educación da lugar a controversia, pues las opiniones que se ofrecen, incluso en los círculos pedagógicos, no coinciden plenamente. De cualquier modo, es habitual que cuando se quiere dar solución a los grandes problemas de nuestro tiempo se recurra a la educación. Es comprensible, en definitiva, que tratemos de esclarecer qué se entiende por educación. En primer lugar, nos hallamos ante un concepto sobre el que se ofrecen diversas interpretaciones, más o menos convergentes, entre las que cabe citar: 1) proceso encaminado al desarrollo integral de la persona; 2) acción comunicativa dirigida a la adquisición o afianzamiento de contenidos, aptitudes y valores; 3) transmisión de la cultura orientada a la socialización, y 4) instrucción a través de la acción docente. Esta pequeña lista, que en modo alguno pretende ser exhaustiva, puede dar idea de la dificultad de acotar el sentido y el significado de la educación. Todo depende de la perspectiva, del aspecto que centre la atención y el interés, etc.
El rastreo de la educación en cuanto realidad humanizadora-personalizadora, puede hacerse por varias vías: histórica, filosófica, empírica, analítica, etimológica, etc.:
- Vía histórica.- Nos lleva a buscar desde la antigüedad, y en progresión con las “edades de la humanidad”, huellas de lo que se entiende por educación, esto es, concepciones y prácticas cotidianas o técnicas del hecho formativo, a menudo vinculadas al ámbito familiar y escolar. La perspectiva universal que anima toda historia, no impide, por supuesto, el análisis microhistórico o de aspectos locales. El interés, por ejemplo, por la educación en el antiguo Egipto.
- Vía filosófica.- Indiscutiblemente esta ruta puede llevarnos también a tiempos pretéritos, particularmente localizados en Grecia y Roma, y desde esta cuna del pensamiento occidental llegaríamos a la Edad Media, después a la Edad Moderna y por último a la Edad Contemporánea, por citar grandes jalones en nuestro periplo. En definitiva, equivale a reflexionar sobre el sentido de la educación en cuanto experiencia/vivencia significativa.
- Vía empírica.- En gran medida supone considerar las publicaciones y las actividades pedagógicas importantes para inquirir los temas o contenidos que se abordan cuando se habla de educación. Este armazón teórico ha de complementarse con el caudal fáctico suministrado por la observación de la experiencia, es decir, el registro y el tratamiento de hechos y prácticas: ¿qué hacen los educadores?
- Vía analítica.- Aunque pudiera quedar parcialmente subsumida en las vías filosófica y empírica, esta ruta adopta valor independiente si con ella nos referimos sobre todo a la captación comprensiva de la educación mediante la distinción y separación de sus partes. A modo de ejemplo, es la vía principal que me ha conducido, merced al examen de sus componentes, al establecimiento del modelo pedagógico pentadimensional para analizar y enriquecer el discurso educativo (Martínez-Otero 2008).
- Vía etimológica.- El origen del término ‘educación’ no está libre de discusión. La palabra ‘educar’ procede del latín educāre = ‘alimentar’, emparentado con educere = ‘sacar afuera’. En ocasiones, ha surgido la confusión al contraponer los dos significados. Si en el primer caso se enfatiza la actividad del educador como persona que proporciona el “alimento”, en el segundo se valora el protagonismo y el desarrollo del educando. Indudablemente, cabe optar por una visión complementaria, más rica, de las dos palabras.

Concepción pedagógica y popular de la educación

Una vez advertida la problematicidad con que tropezamos al intentar delimitar qué es la educación, valoramos la posibilidad de avanzar en el proceso pesquisidor tomando como punto de partida a García Aretio (1992, 23), quien tras una revisión de decenas de definiciones expertas sobre la palabra ‘educación’, encuentra que los aspectos que más destacan los distintos autores son los siguientes, ordenados de mayor a menor frecuencia según la atención recibida: perfeccionamiento (33), socialización (17), autorrealización (15), influencia (15), intencionalidad (14), fin (12), referencia a las facultades humanas (11), comunicación (8).
Aunque no entramos a analizar cada una de las notas mencionadas, con rapidez se advierte que es usual la idea de que la educación comporta riqueza personal. Desde luego, la educación es valiosa porque sin ella no sería posible la mejora individual y social. Naturalmente hay diversas formas de entender la educación con implicaciones también distintas, pero siempre ha de apuntar al perfeccionamiento del ser humano.
Me permito realizar en este momento un ejercicio comparativo entre las propiedades advertidas en el estudio anterior, basado en definiciones ofrecidas por cincuenta y dos reputados autores (filósofos, científicos, teóricos de la educación…) de distintas épocas, con las características populares extraídas tras preguntar a cien personas elegidas al azar -salvo en lo referente al género, variable en la que se buscó paridad-, qué entienden por educación (Martínez-Otero 2010). El cotejo se establece, por tanto, entre el conocimiento “científico” y el conocimiento “lego” acerca de la educación. Los resultados de la consulta popular, ordenados de mayor a menor según la frecuencia de las definiciones, son los siguientes: algo fundamental, base de todo (sociedad, país, futuro, etc.) (35), enseñanza y aprendizaje de conocimientos (22), transmitir o tener valores, sobre todo respeto y tolerancia (15), buen comportamiento, civismo, convivencia (14), formación (6), lo que nos hace personas (4), preparación para trabajar (2), cultura (2).
Aunque nuestro estudio no agota en modo alguno la cuestión, al contrastar la voz autorizada con la voz de la calle sobresale, en un primer momento, la esperada precisión de cualidades en las definiciones “sabias”, muy alejada de la vaguedad de un buen número de las contestaciones “profanas”. El pronombre indefinido ‘algo’, antepuesto al adjetivo ‘fundamental’, resulta a todas luces elocuente. Muchas de las personas consultadas coinciden en que la educación es básica, aunque no matizan suficientemente la respuesta. Destacamos también la equivalencia establecida por muchos de los encuestados entre educación y enseñanza-aprendizaje de conocimientos, cuestión que, por cierto, no se ha esclarecido del todo en algunos ámbitos pedagógicos, y así nos encontramos, pongamos por caso, con la extendida confusión entre educador y enseñante.
En nuestro estudio nos parece especialmente positivo que, al definir la educación, un considerable número de personas incluyan el decisivo y digno término ‘valor’, concretado incluso en el respeto y la tolerancia, los que más se destacan, y que, por esta misma senda de despliegue humano, se alzaprime el “buen” comportamiento -vinculado a la actitud cívica/convivencial-, tras el cual se descubre, a prudente distancia, la difusa respuesta “formación”, poco aclarada, aunque obviamente su significación quede anudada con la que corresponde a la educación misma, y acaso más adelante enriquecidas ambas con la rotunda “lo que nos hace personas”, que se ve moderadamente matizada, en el tramo final y al tomar las contestaciones en conjunto, con la pragmática y actual “preparación para el trabajo”, al igual que con la elevadora “cultura”.
Con arreglo a los fines que nos guían es evidente que hemos de recalar sobre todo en las definiciones autorizadas, sin que por ello debamos desdeñar las legas. Unas y otras, a la postre, aunque no ilustren plenamente el modo -culto/académico y popular/profano- de pensar la educación, nos ayudan a delimitarla.

Capacidad optimizadora de la educación

De todas las características atribuidas, explícita o implícitamente, a la educación, acaso la más destacada sea la que nos habla de su capacidad optimizadora. No cabe negar, incluso al margen de nuestro sencillo examen, que donde más se nota su presencia es en su fuerza perfectiva, que se ve complementada por otros muchos aspectos.
Retornamos a García Aretio (1992, 30), quien, tras recorrido analítico-sintético, aporta una definición integradora, con la que esencialmente nos mostramos aquiescentes: “Proceso de optimización integral e intencional del hombre, orientado al logro de su autorrealización e inserción activa en la naturaleza, sociedad y cultura”.
A las líneas anteriores poco se puede agregar y, sin embargo, llevados de un saludable prurito pedagógico pensamos que cabe matizar su parte terminal, en la que se descubre un implícito “para” (“orientado al logro de” = “para lograr”), que es sustituible por un “desde”. No es tanto que el proceso educativo se realice para lograr la inserción activa, cuanto que acontece desde la inserción/inclusión activa, esto es, libre. Tras estas modificaciones ensayamos nuestra propia definición: la educación es el perfeccionamiento gradual, intencional, armónico, integral y libre de la persona, en la doble vertiente individual y social, desde una concreta situación que está llamada a mejorar.
Con la definición ofrecida, todo lo abierta que se quiera, queremos poner de relieve que merced a la educación, el ser humano, centro de su propio despliegue perfectivo, se realiza paulatinamente, de modo consciente, reflexivo, afectivo, moral, relacional y enraizado a la realidad sociocultural, mejorable a través de su acción. Hay, por cierto, un permanente dinamismo personal en pos de la optimización que se verifica en el proyecto vital, en comunicación con los demás, y que se extiende, con las comprensibles modificaciones, a toda la existencia. Esencia, pues, de toda educación, incluida la universitaria, es ayudar a que se conquiste el horizonte de vida trazado en el proyecto personal.


Referencias bibliográficas

- GALINO, A. et al. (1991): Personalización educativa. Génesis y estado actual, Madrid, Rialp.
- GARCÍA ARETIO, L (1992): Concepto de educación”, (pp. 13-38), en Medina Rubio, R. Rodríguez  Neira, T.  y  García  Aretio,  L.: Teoría de la Educación, Vol. I, Madrid, UNED. 
- MARTÍNEZ-OTERO, V. (2008): El discurso educativo, Madrid, CCS.
- MARTÍNEZ-OTERO, V. (2010): Concepciones profanas sobre la educación: encuesta a 100 personas, Madrid, estudio inédito.

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