Con su última obra ¡Al encerado! (Ediciones Hiperión, 2011) el escritor y periodista Ignacio Elguero hace un recorrido por las aulas de los 60, 70 y 80, que albergaron la denominada generación del baby boom. Las huchas del Domund, las clases de Latín y Gimnasia, los primeros pitillos y la destreza para falsificar la firma del padre, provocarán la nostalgia de los lectores, que se verán reflejados en Juan Echanove, Patxi López, María Dolores de Cospedal, Juan Luis Cano, Elvira Lindo, Javier Sierra y otros personajes populares de la cultura y la política, que se han prestado a compartir sus recuerdos escolares con el autor.

“Conocer lo que nos antecede es el
referente de nuestra propia existencia”

El escritor y periodista Ignacio Elguero reflexiona sobre la realidad
de las aulas en la transición en el libro ¡Al encerado!

Madrid. ROSAURA CALLEJA
Los lectores más jóvenes descubrirán en estas páginas asignaturas como Urbanidad o la disciplina que se aplicaba sin escatimar castigos físicos, ante la pasividad de los padres, que asumían que “la letra con sangre entra” o “quien bien te quiere, te hará llorar”. Para Ignacio Elguero (Madrid, 1964), lo que más ha cambiado en la educación es el respeto hacia los maestros y se muestra partidario de imponer la autoridad del profesor desde el diálogo. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad  Complutense  de  Madrid,  Elguero

“Hay que revestir de autoridad al profesor. El problema es que esto debe aplicarlo la sociedad en su conjunto: la familia, los medios de comunicación, las series televisivas, etc”

“Hemos dado demasiadas vueltas buscando el sistema educativo  correcto, y parece que no acabamos de dar con él. Y eso genera desconcierto en los estudiantes y los propios docentes”
“La crisis actual lo que les está haciendo ver a muchos jóvenes, que se han criado en cierta abundancia y teoría del regalo, es que la vida no es tan fácil, y para ese mazazo no estaban preparados”
 

Desde el día del Domund hasta los “capones”, pasando por la urbanidad y la disciplina, ¡Al encerado! recoge las anécdotas de personajes populares en sus años de escuela.

desarrolla su labor profesional, desde hace catorce años, en Radio Nacional de España, donde en la actualidad es el director de emisora, que compagina con la dirección del espacio literario La estación azul. Este escritor y periodista ha publicado Los niños de los chiripitifláuticos: retrato generacional de los nacidos en los 60 y Los padres de Chencho: niños de posguerra, abuelos de hoy”, además de libros de poemas como Siempre, Materia y El dormitorio ajeno. Entre otras distinciones, es Premio Ondas 2002, Premio Internacional Audiovisual Antonio Machado 2002, Premio Galicia de Comunicación 2007, Premio Bibliodiversidad 2007, Premio Aula de Metáforas 2008 y una Mención especial Ondas 2010.

En su anterior libro Los niños de los Chripitifláuticos desarrolla una crónica sentimental y sociológica de la  vida cotidiana de los sesenta y en ¡Al encerado hace un repaso al sistema educativo de esa generación, del “baby boom”, ¿se trata de un libro dirigido a los nostálgicos…?. ¿qué interés puede tener para los lectores más jóvenes esa etapa histórica?
No es un libro nostálgico, y está muy lejana esa pretensión, sino evocador, de recuerdo, de reflexión, de testimonio sobre un periodo de la vida cotidiana de los españoles, de la historia de España. Para la gente de la generación del baby boom tiene la fuerza de abrir ventanas de la memoria, que siempre es sorprendente, y refuerza tu propia existencia, y llevarlos de paseo por la historia. A los más jóvenes les servirá para saber cómo fue la educación de sus hermanos mayores, y en algunos casos hasta de sus padres. Conocer lo que nos antecede es el referente de nuestra propia existencia. 

La autoridad del profesorado

De los castigos físicos en los centros al trato de “colegas”; esta evolución en las relaciones alumnos/profesores ha generado un notable desconcierto entre los docentes. ¿Considera que es importante que el profesor recupere la autoridad en clase?
Creo que es imprescindible. Mi generación tuvo parte de su educación basada en el respeto y la autoridad del profesor, pero muchas veces mal entendida por parte del sistema educativo, es decir, a base del miedo al castigo o el sopapo, y ese, lógicamente, no era el camino. En nuestros últimos cursos escolares, metidos en la democracia, acabamos fumando con los profesores y dados al tuteo con ellos. Y ahí lo dejamos. De ahí a lo de ahora hubo un recorrido hacia el extremo.
Pienso que hay que encontrar un punto de equilibrio, que tiene que emanar de la educación primaria, inculcando el sentido de respeto al profesor. Hay que revestir de autoridad al profesor. El problema es que esto debe aplicarlo la sociedad en su conjunto: la familia, los medios de comunicación, las series televisivas, etc. El profesor tiene autoridad porque es el profesor, y punto, no porque castigue o suspenda. Pero el camino de retorno, de equilibrio no es fácil.

Pacto educativo

En declaraciones a medios de comunicación se muestra partidario de un pacto educativo, ¿qué elementos serían imprescindibles para alcanzar este acuerdo entre los distintos agentes de la comunidad educativa?
Me parece imprescindible un pacto educativo, y lamento que los intereses políticos estén por encima del propio pacto, del bien común de todos. La pregunta es muy compleja, imposible de contestar brevemente. Pero desde mi punto de vista la duración del bachillerato, y por tanto fijar la edad de escolarización obligatoria, así como seguir profundizando en la recuperación de las humanidades, son principios básicos de partida.

En su libro refleja el valor simbólico del encerado. En su etapa escolar, ¿cómo lo recuerda, como un patíbulo o como un escenario para lucirse ante los compañeros?
Pues yo era un niño tímido, buen estudiante de la EGB, que se fue maleando un poco con los años, pero al que lo de salir al encerado le producía cierta angustia. Bien es cierto que, si llevabas la lección bien aprendida, en ti luchaba un sentimiento contradictorio: el pánico a salir al encerado, a la pizarra, y el deseo de mostrar lo que sabías. De ahí esa enorme inquietud que causaba en la mayoría de las niñas y los niños de aquella generación lo de: “Fulanito, menganita, ¡al encerado! Las empollonas y los empollones estaban siempre afilando el dedo para levantarlo, pero los profesores ya sabían que estos eran de diez para arriba, y no se les sacaba más que cuando nadie sabía la respuesta.

La disciplina

Capones, reglazos o pellizcos de monja eran habituales en los colegios religiosos de esa época, ¿estos castigos físicos han creado una generación de traumatizados o, como formaban parte de la vida cotidiana, los escolares no le daban mayor importancia?
Creo que no han creado traumas, sinceramente. Posiblemente porque la nuestra es la generación de los niños y adolescentes de la transición, con lo que las cosas se fueron relajando al tiempo que nosotros mismos crecíamos. No hay que olvidar que aquella educación no era más que el reflejo de la sociedad de entonces, y uno lo daba por normal. Y la disciplina, el castigo, o el capón y el reglazo no era algo exclusivo de nuestra educación, que en la mayoría de países nuestra vecina Europa, a salvo de sistemas dictatoriales, también se aplicaba.

Los protagonistas de su libro son los niños de la transición española, el sistema educativo era el de la ley del 70. Si lo compara que el que se imparte en la actualidad en los centros ¿con cuál se quedaría?
No es mi intención hacer comparación de sistemas educativos. Tampoco soy especialista en ese tema. Pero sí que me ha llamado la atención comprobar que han sido varios los especialistas, además de ideología progresista, que me han subrayado que aquella ley era una buena ley,(quitando lógicamente referencias sobre formación religiosa o ético-social de la misma, heredera del franquismo) y de hecho permaneció hasta la llegada de la LOGSE en el noventa. Quizá el problema sea que hemos dado demasiadas vueltas buscando el sistema correcto, y parece que no acabamos de dar con él. Y eso genera desconcierto en los estudiantes y los propios docentes.

Cultura del esfuerzo

También hace referencia a la “bisbalización” de la juventud y apuesta por recuperar la cultura del esfuerzo. ¿Cómo se puede convencer a los alumnos de la importancia de lograr los objetivos a base de trabajo?
Sí, hubo un programa de televisión, que abrió la puerta a otros tantos similares, donde el mensaje que quedaba para los más jóvenes era que la vida, la fama, el dinero, etc  era lo importante, la meta, y que se gestaba en apenas un par de meses, lo que duraba el concurso. Una especie de: ”Hágalo usted mismo en poco tiempo”. Y no es así. Se minimizaba la teoría del esfuerzo, reduciéndolo  a un tiempo mínimo, ridículo para una formación adecuada. Y se vendían las virtudes del triunfador, que sólo es uno, ocultando las  frustraciones que generaba, no sólo en los perdedores, sino en los miles y miles de aspirantes que ni siquiera pasaban las pruebas. El mensaje que quedaba era: “Mirad lo que ha conseguido este, toda una carrera y futuro en unos meses. Entonces, ¿para que esforzarte tanto, y tantos años?”. Con cada edición se presentaban más aspirantes, y los concursos se multiplicaron por todas la cadenas.
La crisis actual lo que les está haciendo ver a muchos jóvenes, que se han criado en cierta abundancia y teoría del regalo, es que la vida no es tan fácil, y para ese mazazo no estaban preparados.

Políticos, músicos, actores o periodistas, los protagonistas de su libro son personajes populares, miembros de esa generación. ¿Qué criterios empleó para esta selección?
Quise que representasen, por el tipo de educación que recibieron y dónde la recibieron, el mapa colegial de aquellos años, así como los diferentes matices y escalas de la sociedad del momento. Los hay que han estudiado en clásicos colegios de monjas y de curas; otros en colegios nacionales, otros en institutos femeninos o masculinos públicos. Y de distintas zonas de España, de grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao, con su distintos matices políticos, o pequeñas ciudades o pueblos, como Albacete, Huelva, Oviedo, Estella o Yecla.