Simbólica belleza

Espiritualidad y sencillez son las claves de las obras maestras reunidas en la muestra El Esplendor del Románico

Son grandes protagonistas en el Museu Nacional d’Art de Catalunya y entre ellas se encuentra la principal colección mundial de pinturas murales. En estos días, y tras casi un siglo de no viajar, las obras de El Esplendor del Románico difunden en Madrid la subyugante expresión espiritual de esta corriente artística de la Historia.

JULIA FERNÁNDEZ
Durante los siglos XI, XII y XIII, el arte románico fue la primera manifestación artística que, desde los tiempos de la Antigüedad romana, dotó a buena parte de Europa de un panorama de relativa homogeneidad. Su planteamiento era fuertemente simbólico, con la idea de un Dios autoritario pero protector como  mensaje principal. Ideas fundamentales eran a través de él expresadas, en forma pictórica y sencilla a una sociedad analfabeta, siguiendo premisas como la de Hugo de San Víctor (ca. 1090-1141): “El símbolo es una conjunción de formas visibles destinada a mostrar las invisibles”.
Austero, enigmático y contundente, la vigencia y capacidad de influencia del Románico en la mirada del artista contemporáneo le han hecho ser fuente de inspiración en los movimientos de vanguardia del último siglo. En su contemplación hay un viaje al pasado, que tiene paradójicamente connotaciones de futuro.
Y el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) posee una de las mejores colecciones del género en el mundo, y la principal en pinturas murales. Una riqueza adquirida  fundamentalmente de iglesias aisladas del Pi-

rineo, conjurando el peligro de que fueran vendidas y exportadas: entre 1919 y 1923, un grupo de restauradores italianos llevaría a cabo el arranque de las pinturas murales, utilizando la técnica strappo, que extrae la capa pictórica del muro con ayuda de telas de algodón preparadas. Después, fueron fijadas a unas armaduras de madera que reproducirían los volúmenes y las superficies originales en las salas del Románico del MNAC. 

Acuerdo artístico

Por primera vez, desde 1937, un conjunto de estas obras maestras del románico salen de sus salas y exhiben su fuerza y belleza fuera de Barcelona: Esplendor del Románico, en la Fundación Mapfre de Madrid, una invitación hasta el 15 de mayo a conocer el precioso legado de la plena Edad Media contenido en la colección del MNAC, mediante un recorrido que permite aproximarse a las diversas técnicas, tipologías y repertorios, a partir de piezas, fundamentalmente de origen catalán, pero también de otros puntos de los reinos hispánicos.
En la primera ocasión, parte de las obras del MNAC se trasladaron a París para participar en una exposición sobre arte medieval, en una operación que para Jordi Camps, conservador jefe del Área del Románico del MNAC y comisario de El Esplendor del Románico, “no solo se trataba de mostrar la importancia del Románico catalán, sino también de proteger el patrimonio artístico en plena guerra civil, en lo que además fue una maniobra de propaganda para demostrar que la República Española se preocupaba de ese patrimonio religioso también.”
Ahora, las 59 obras cedidas para ser expuestas en Madrid son fruto del acuerdo artístico y comercial: Madrid se convierte en la capital del románico europeo y el MNAC recibe 900.000 euros para una necesaria remodelación de sus salas, investigación y actuaciones tecnológicas como las que se exponen en esta El Esplendor del Románico: la reproducción a tamaño real de las pinturas de una absidiola de Sant Quirze de Pedret, y el montaje en 3D de la portada de Ripoll.

Lapidación de San Esteban

La escena de la Lapidación de San Esteban, el fragmento más conocido de la decoración mural de la iglesia de San Juan de Boí, fechado en torno a 1100 y cuyos restos se conservan íntegramente en el MNAC, inicia de manera espectacular el recorrido de una muestra que está estructurada de forma sencilla y útil y que divide su recorrido en secciones que explican la función de las obras artísticas (pintura mural, escultura en piedra), además de reunir diversos objetos de mobiliario litúrgico (pintura sobre tabla, escultura sobre madera, orfebrería y esmaltes).
En “El color en la arquitectura”, la primera de ellas, se dedica al interior de las iglesias, desde la cabecera hasta el muro de la contrafachada. Una arquitectura que albergaba un programa iconográfico, cuyo principal punto focal, la bóveda del ábside, estaba frecuentemente presidido por la imagen de la divinidad.  Además de la Lapidación…, restaurada recientemente y por primera vez expuesta, están aquí Los Apóstoles de Àger y el intenso fragmento de Disputa y arresto de Santa Catalina.
En el apartado “La escultura monumental” se recuerda cómo esta tendencia fue adoptada por los artesanos, arquitectos y constructores. La Dovela de Ripoll y la representación virtual en 3D que la acompaña dan fe de cómo el monasterio de Ripoll fue uno de los centros más activos en este tipo de producción, a través de su interés por los modelos clásicos.

Tablas al temple

Los altares como principales lugares del culto, donde se narra simbólicamente historias de la Biblia, es el tema de “Un espacio para la narración”, sección que ofrece bellos ejemplos de pintura de tabla al temple, de colores vivos originales. El conjunto de Tavèrnoles y el Baldaquino de Tost son muestra de ello.
Inspirada en el pensamiento de Guillermo Durando (1230-1296): “Nosotros no adoramos estas imágenes, ni las llamamos dioses, ni ponemos en ellas esperanza de salvación, pues esto sería idolatría. Antes bien, las veneramos para rememoración y recuerdo de las cosas que sucedieron en otro tiempo”, se presenta la sección “El poder de las imágenes”, sobre la fuerza evocadora de las representaciones religiosas de la época. Entre ellas destaca la Majestat Batlló, una emblemática representación del triunfo sobre la muerte de Cristo, a la que se le ha dedicado específicamente una sala.
La exposición termina su recorrido con la sección “El tesoro de la iglesia”, acerca de la doble función litúrgica y de pieza de colección que cumplían los objetos de orfebrería y esmaltes en las iglesias. En Cataluña, como en todo el mundo hispánico, llegaron procedentes de los talleres de Limoges, piezas trabajadas en cobre dorado y decoradas con esmaltes, como el Copón de la Cerdaña presente en la exposición.