En este artículo su autor destaca el valor educativo de la lectura, en general, y de la literatura, en particular. Sostiene que aunque en muchos aspectos el libro haya sido desbancado por los medios audiovisuales, la educación debe fortalecer su compromiso con una actividad cultural que alberga la memoria de la humanidad y es esperanza para su futuro, naturalmente desde el respeto a los gustos, necesidades y situación de los alumnos. Desde la perspectiva pedagógica, se ofrecen orientaciones dirigidas a profesores y padres para que desde la temprana infancia se fomente el hábito lector.

Educación y literatura

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía de la Universidad Complutense de Madrid

E ha dicho con toda  razón que, en gran me-

dida, somos lo que leemos. Aun cuando la sociedad de la imagen en que nos encontramos haya desplazado en buena parte al libro, la educación genuina no puede renunciar a la lectura ni a la literatura. Al leer se movilizan procesos mentales más complejos que los que habitualmente se activan al recibir mensajes audiovisuales. La experiencia lectora proporciona una oportunidad de acrecentamiento personal de la que no se puede prescindir, so pena de rebajar considerablemente la formación. Por eso resulta alarmante el empobrecimiento existencial de un significativo sector de la población que, cada vez más dependiente de las tecnologías, se torna manipulable, pasivo, inhibido, acrítico, anestesiado intelectualmente y limitado en su lenguaje. La abusiva exposición a los medios audiovisuales es particularmente insidiosa en la infancia y en la adolescencia, etapas en las que el voraz consumo tecnológico acrecienta el riesgo de rebajar de forma persistente el pensamiento y la sociabilidad.
Desde la óptica pedagógica, y sin renunciar a los beneficios que los nuevos tiempos nos ofrecen, resulta oportuno promover alternativas culturales que ensanchen los horizontes intelectual, social, moral y emocional en la etapa infanto-juvenil. En este marco situamos nuestra reflexión sobre la literatura, depositaria de la cultura universal.
La lectura literaria constituye una senda privilegiada para la dilatación personal. En general, salvo que se trate de textos mal escogidos o de escasa calidad, sus beneficios se dejan sentir en todas las vertientes: cognitiva, afectiva, social, ética, estética y espiritual. La literatura proporciona una experiencia embriagadora y holística que favorece una vida auténticamente humana. Este sustento cultural, condición indispensable de la educación, se encuentra en claro retroceso. ¿Cómo concienciar hoy de la significación que la literatura tiene en el perfeccionamiento de nuestros alumnos? Me viene a la memoria lo que dice nuestro flamante Premio Nobel de Literatura, Vargas Llosa (2000, 122): “Leer buena literatura es divertirse, sí; pero, también, aprender, de esa manera directa e intensa que es la de la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana, con nuestros actos y sueños y fantasmas, a solas y en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia (...) Ese conocimiento totalizador y en vivo del ser humano, hoy, sólo se encuentra en la literatura. Ni siquiera las otras ramas de las humanidades -como la filosofía, la psicología, la sociología o la historia- han podido preservar esa visión integradora y un discurso asequible al profano.”
Hemos de celebrar las palabras anteriores que tan bien describen el valor de la literatura de calidad. Es cierto que a menudo la obra literaria posibilita la captación del conjunto, susceptible de complementarse con elementos específicos que ofrecen las disciplinas científicas. Si pensamos, por ejemplo, en una realidad histórica, la literatura puede ser una extraordinaria aliada para mostrar relevantes aspectos de un determinado período. Lo mismo sucede con otros muchos ámbitos, siempre que el profesor, por un lado, haga un uso responsable de los textos literarios, y el alumno, por otro, tenga suficiente capacidad interpretativa y crítica. En muchos aspectos acontece con la literatura lo que con el cine, pues ya se sabe que ambas manifestaciones artísticas mantienen entre sí una relación simbiótica. Así como algunas películas son adaptaciones de obras literarias, también encontramos que algunas novelas se han inspirado en estructuras fílmicas. Comoquiera que sea, la plasticidad de sus lenguajes es altamente didáctica, estimulante y formativa. Las clases, a menudo saturadas de contenidos deslavazados, pueden ganar mucho merced a la integración que la literatura y el cine proporcionan.

Desorientación

La lectura pone alas a la educación. Por eso, un alumno que carezca de hábito lector queda abocado a la desorientación y a la cortedad. A partir de criterios pedagógicos la escuela ha de promoverlo desde la temprana infancia. Es menester guiar al alumno, en un marco suficientemente flexible, y con arreglo a sus preferencias, necesidades, circunstancia, etc. Sin perder de vista los aspectos señalados, en la selección y recomendación de obras literarias los profesores han de tener en cuenta parámetros de diversa índole (intelectuales, emocionales, sociales, morales, etc.) relacionados, a su vez, con los objetivos formativos establecidos.
Lo que ha fallado en cierta pedagogía excesivamente directiva es la desatención de los intereses de los alumnos. La pretensión de promover la lectura sin contar con los educandos debe descartarse. Precisamente algunos alumnos aborrecen la literatura porque se les han impuesto ciertos textos muy acotados, donde se deja poco margen a la creatividad. Al negar el disfrute, el libre vuelo de la imaginación y la apertura a la interpretación por el prurito de cumplir unos programas y seguir a rajatabla unos guiones preestablecidos, se violenta la naturaleza del lector, que, en buena parte, ha de ser quebrantadora, heurística y, por supuesto, gozosa.
La lectura de obras literarias es una experiencia personal que, obviamente, puede y debe ser estimulada de la mejor forma posible. Merced a ciertas orientaciones pedagógicas proporcionadas por profesores, incluso por padres, los escolares pueden obtener grandes beneficios, siempre que no se constriña la exploración ni la conquista hedónica. La mirada del lector ha de respetarse. El niño y el adolescente, con ojos sencillos y libres descubrirán nuevos matices y brillos. Obligarles a ponerse lentes curriculares dificulta y desluce la visión placentera y educativa.

La lectura según la edad

Cuanto antes se comience a leer, mejor, lo que no impide que pueda haber positivo acercamiento a la literatura a edad avanzada. Al final, como ya dijera el filósofo Jaime Balmes (1810-1848), todo es cuestión de elegir buenos libros y de leerlos adecuadamente.
La iniciación a la lectura, cuyo sentido es el de promover el disfrute y el despliegue personal, sale beneficiada cuando en el ambiente familiar hay libros y los padres los valoran y utilizan. En un entorno así es fácil que los hijos se muestren curiosos y extiendan sus brazos hacia ellos, deseosos de descubrir los secretos que en sus hojas albergan.
En casa y en la escuela ha de dedicarse tiempo a los niños, introducirles en la literatura a través de narraciones orales, con voz y mímica apropiadas en un entorno deleitoso y excitante. Cuentos, poemas, fábulas, textos dramáticos…que hagan las delicias del auditorio infantil. Parafraseando a Martí (1999) en “La Edad de Oro”, hay que procurar que en las almas de niñas y niños suceda algo parecido a lo que experimentan los colibríes cuando andan curioseando por entre las flores. Se enciende así el espíritu, se entra en contacto con la dulzura del conocimiento, embriaga su fragancia y aumentan las ganas de aprender, de seguir escuchando y de leer.
Los textos elegidos para la lectura, ya sea por los educadores -padres o profesores- o por los propios niños, deben adaptarse al nivel de desarrollo y a las preferencias infantiles. El bagaje lingüístico, intelectual, afectivo, social, moral y cultural del niño se irá enriqueciendo gradualmente, al tiempo que se cultiva su creatividad. En su voz resonarán ecos de personajes y hechos que ensanchan su mundo. Los niños, en general, se sienten especialmente atraídos por obras que incluyen aventuras, así como acontecimientos maravillosos y divertidos.
Si son muy pequeños, hemos de pensar en los libros de imágenes, para que los adultos vayan leyendo las escasas palabras que contienen. Cuando los niños algo mayores ya han empezado a leer pueden resultar apropiadas las ilustraciones en colores vivos que sirven de complemento a los textos. La letra de estos libros debe reducirse a medida que el niño crece hasta que llegue un momento en que ya no hagan falta dibujos o estampas.
En la escuela primaria, el niño posee más competencia lectora, más capacidad crítica, gustos más definidos y mayor autonomía. Estas conquistas infantiles, aunque el hábito lector no siempre esté arraigado, abren nuevas posibilidades recreativas y formativas que se ven potenciadas con la oportuna mediación familiar y escolar, algo que se complica cuando la literatura y la lectura carecen de suficiente estimación entre padres y profesores. A este respecto, se sabe que algunos universitarios, entre los que se hallan futuros maestros, apenas leen de forma voluntaria (Cerrillo, Larrañaga y Yubero 2002, 32-33).
En el período que corresponde a la escuela secundaria no es extraño que chicos y chicas busquen nuevas experiencias, y la literatura puede ser un terreno feraz para descubrir y compartir de manera gozosa otros mundos. Ahora es fácil que el lector quede embargado con la palabra bella, que enjuicie situaciones, que se muestre pensativo, comunicativo, creativo, que enriquezca su lenguaje y hasta que quede cautivado por algunos personajes que le ayuden a construir su identidad. El encuentro con sentimientos, pensamientos, inquietudes, deseos, etc., hace que sea bienvenido el estímulo y el asesoramiento lector que se pueda brindar, pero siempre desde el respeto a los gustos personales. El placer y el valor de la lectura literaria se rebajan hasta extinguirse si se deja estrecho margen a la elección. Por supuesto, procede distinguir entre la lectura establecida en los programas escolares y la lectura de disfrute, que aunque generalmente es libre, bien puede recibir alguna orientación. Alonso Blázquez (2005, 140) enfatiza con acierto que uno de los retos principales de la escuela no es familiarizar a los niños con los libros, sino evitar que se alejen de ellos en la adolescencia, y es que, en contra de lo deseable, muchos jóvenes a medida que ganan autonomía prescinden de la lectura en beneficio de otras formas de diversión.

Algunos datos para la reflexión

Ofrecemos a continuación algunos datos de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) (2010) sobre la lectura en los menores:
El porcentaje total de niños lectores en 2009, en la franja de edad que va de los 10 a los 13 años, ha sido del 91,2%.
Un 77,1% lee libros diaria o semanalmente y se le considera lector frecuente.
Un 14,1% lee alguna vez al mes o al trimestre y se denomina lector ocasional.
El 55,3% de los niños afirma que lee por elección propia, porque le gusta. El 44,7% restante lee o bien por obligación/estudios (23,9%) o porque se lo han recomendado (20,8%).
Un 53,2% de los menores lectores además de libros leen cómics o novelas gráficas en alguna ocasión. Este tipo de lecturas las realizan más los niños (64,3%) que las niñas (41,4%).
Por orden de preferencia los temas que más interesan a los menores son: aventuras, ciencia ficción-fantásticos, intriga-misterio, terror, humor, históricos, románticos, policíacos.
El 68,8% de los niños lectores han acudido al menos una vez a una biblioteca a lo largo del año, principalmente para el préstamo o consulta de libros (89,0%) o para estudiar o realizar trabajos del curso (36,0%).
El 82% disponen de conexión a Internet desde su hogar y de ellos el 82,5% son usuarios de Internet.
En el 78,7% de los hogares españoles en los que hay niños menores de 6 años (13,2% de los hogares de la muestra) se lee a esos niños. El promedio de lectura semanal es de tres horas.
En los hogares con hijos con edades comprendidas entre los 6 y los 13 años (el 15,5% de los hogares), el 77,4% de esos niños leen libros que no son de texto, y emplean una media de 3,5 horas de su tiempo a la semana (unos 30 minutos diarios) a la lectura de esos libros.
En el 66,2% de estos hogares en los que hay niños menores de 14 años (25% de los hogares entrevistados) afirman que en su casa algún miembro de la familia lee con los niños.
Acaso haya excesiva benevolencia en considerar lectores a menores que se acercan motu propio a los libros muy de tarde en tarde. En lo que se refiere a la adolescencia, además, en el informe PISA (Programme for International Student Assessment; Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos) correspondiente al año 2003 y realizado por la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico) nuestros escolares quedaron situados en competencia lectora por debajo del promedio de la OCDE. De los cuarenta países que han participado en la evaluación España ocupa el puesto veintiséis en competencia lectora, es decir, en comprensión y uso de textos escritos y en la reflexión que de ellos se deriva con objeto de alcanzar las metas propuestas, acrecentar el conocimiento y el potencial personal. En el Informe PISA (2006) el rendimiento de nuestros alumnos en competencia lectora fue aún más bajo. Esperemos que esta situación mejore significativamente en el nuevo Informe PISA, a punto de publicarse.

Pequeña pantalla

Sea como fuere, no podemos lanzar las campanas al vuelo, sobre todo si comparamos el promedio de 3,5 horas semanales que se dedican a la lectura con el tiempo que los menores permanecen delante de la pequeña pantalla. Un estudio realizado por el Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid (2010) revela, al menos en la muestra analizada, que ver la televisión es una práctica habitual para la gran mayoría de los menores. Nueve de cada diez ven televisión todos los días. El consumo televisivo puede considerarse alto: algo más de un tercio de los menores encuestados dicen ver la televisión dos horas o más al día. El consumo es aún más elevado los fines de semana, con porcentajes significativos de consumo por encima de las cinco horas.
En consonancia con lo dicho, la educación actual ha de tener como uno de sus grandes objetivos promover el hábito de la lectura, literaria o no. Lamentablemente, como señala Nobile (2007, 36) “todavía es muy reducido el número de niños que sale de la escuela primaria u obligatoria formado para llevar a cabo una lectura crítica e inteligente, activa, placentera y desinteresada, la única capaz de salvar al individuo del proceso de masificación y despersonalización que se está dando en nuestros días…”
En verdad, el consenso pedagógico sobre la necesidad de utilizar el rico acervo literario de la humanidad en los procesos educativos no siempre halla suficiente acomodo en las aulas. A menudo el compromiso queda reservado a los profesores de literatura, con lo que la potencia formativa de este arte se desaprovecha considerablemente. Por eso, procede enfatizar que la literatura es compañía, disfrute, misterio, posibilidad, sabiduría: un hermoso camino al desarrollo personal. Como dijera el príncipe de nuestras letras: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

Referencias bibliográficas

- ALONSO BLÁZQUEZ, F. (2005): “Sobre la literatura en la adolescencia”, Zona próxima. Revista del Instituto de Estudios Superiores en Educación, Universidad del Norte, nº 6, pp. 130-145. Disponible en: http://ciruelo.uninorte.edu.co/pdf/zona_proxima/6/9_(Fecha de acceso: 8 de noviembre de 2010)
- CERRILLO, P., LARRAÑAGA, E. y YUBERO, S. (2002): Libros, lectores y mediadores: la formación de los hábitos lectores como proceso de aprendizaje, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha.
- CERVANTES SAAVEDRA, M. de (1994): Don Quijote de la Mancha, Barcelona, RBA Editores.
- DEFENSOR DEL MENOR DE LA COMUNIDAD DE MADRID (2010): Menores y televisión. Encuesta sobre hábitos, actitudes y uso del medio entre los niños y niñas de la Comunidad de Madrid. Disponible en:  http://www.defensordelmenor.org/upload/documentacion/interes/Menores_y_Television (Fecha de acceso: 5 de noviembre de 2010)
- FEDERACIÓN DE GREMIOS DE EDITORES DE ESPAÑA (2010): Hábitos de lectura y compra de libros en España, 2009. Disponible en: http://www.federacioneditores.org/SectorEdit/Documentos.asp (Fecha de acceso: 5 de noviembre de 2010)
- MARTÍ, J. (1999): La Edad de Oro, (Edición digital), Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12361639710146051987213/index.htm (Fecha de acceso: 8 de noviembre de 2010)
- MARTÍNEZ-OTERO, V. (2010): Literatura y educación. Cervantes, Galdós, Clarín, Palacio Valdés y Unamuno, Madrid, CCS.
- NOBILE, A. (2007): Literatura infantil y juvenil, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia-Morata.
-
OCDE (2003): Informe PISA
- OCDE (2006): Informe PISA
- VARGAS LLOSA, M. (2000): “Literatura, vida y sociedad”, en Cortina, A. (coord.): La educación y los valores, Madrid, Biblioteca Nueva, págs. 119-135.