En Retrato canalla del malestar docente (Editorial Almuzara-Toro Mítico), Juan José Romera cuestiona la responsabilidad de los alumnos, los padres y las administraciones en los problemas
de la enseñanza. Para este profesor de Lengua Castellana y Literatura, son los docentes quienes deben cambiar sus actitudes y métodos pedagógicos para mejorar la educación pública.

“A una cultura del esfuerzo debe corresponder una evaluación del esfuerzo”

El profesor Juan José Romera rebate la visión catastrofista de la enseñanza pública en su libro Retrato canalla del malestar docente

“Tener 17 variantes de un sistema común enriquece el acervo educativo de
un país”

“Si los profesores no tomamos las riendas de la enseñanza, nadie va a venir a hacerlo”

“A veces las programaciones pecan de un exceso de academicismo y uniformidad”

Madrid. ROSAURA CALLEJA
Juan José Romera López (1964) es licenciado en Filología Hispánica y cursó estudios en la Escuela  Internacional  de  Cine y  Televisión de

San Antonio de los Baños (Cuba) y de periodismo televisivo en el Instituto de RTVE. En la actualidad ejerce la docencia como profesor de Lengua Castellana y Literatura en un instituto de Málaga.

En la actualidad son muchos los profesores que atribuyen a la LOGSE todas las desgracias que afectan al sistema educativo. A su juicio esta ley es responsable del fracaso y abandono escolar, el bajo rendimiento del alumnado, la indisciplina en las aulas…
Es una opinión que no comparto. Leyes similares a la LOGSE existen en todos los países de nuestro entorno salvo en Holanda y Alemania, y ni los resultados educativos son los mismos ni el desgaste del profesorado es similar. La LOGSE fue una ley que sobrepasó a muchos profesores que, o no la entendieron, o no supieron adaptarse al cambio que supuso. A todos nos costó asimilar una legislación que trajo novedades muy importantes, pero que eran necesarias. La escolarización de todos hasta los 16 años es una conquista social que ya quisieran algunos países en vías de desarrollo. No entiendo que haya quienes empiecen a replantarse esta medida, sobre todo cuando muchos países abogan por una escolarización hasta los 18.

Conductas disruptivas

Comer, beber o utilizar el teléfono móvil son algunos ejemplos de la conducta que numerosos estudiantes reproducen en las clases, por lo que algunos docentes manifiestan su nostalgia de tiempos pasados, donde la disciplina y el respeto eran valores presentes en la relación profesor-alumno. ¿Qué opina de este malestar docente?
Las conductas disruptivas cansan a cualquiera, pero la comparación que usted hace tiene una trampa, pues se compara un sistema de enseñanza al que acudían no más del 40% de a los alumnos (BUP/FP) con otro que escolariza al 100%. Además no todo lo que ocurre en un instituto son problemas de indisciplina: hay alumnos –la mayoría-  que aprenden, que están ilusionados con lo que hacen y que participan positivamente en la vida del centro. En cuanto al malestar docente, es evidente que está ahí, pero creo que es necesario quitarle un poco de dramatismo y apostar por un optimismo activo. La queja constante no conduce a ningún sitio y mucho menos estar una y otra vez volviendo la vista a un pasado que no va a volver. La sociedad ha cambiado y nosotros, los profesores,  tenemos que cambiar con ella.

Algunos expertos educativos atribuyen la baja calidad de la educación española a la deficiente formación inicial del profesorado y apuestan por reforzar la formación continua. ¿Está de acuerdo con este planteamiento?
Es posible que algo tenga que ver, pero hay un hecho que resulta paradójico. Sí, es cierto que la formación pedagógica inicial de los docentes españoles no es muy brillante, pero la formación continua sí que lo es. Diversos indicadores internacionales destacan a España por este hecho, la formación de los docentes a lo largo de su vida laboral, pero no parece que ello haya calado mucho. Los métodos siguen siendo los mismos, y se le sigue dando demasiada importancia a los resultados y poca al esfuerzo, al proceso. Aún sigue vigente una idea extraña que no termina  de cuajar: “la cultura del esfuerzo”, y lo cierto es que se trata de una idea interesante, dependiendo del valor que se le dé a la palabra “esfuerzo”. Ojalá valoráramos más el esfuerzo que algunos alumnos hacen por alcanzar sus metas y menos los resultados. A una cultura del esfuerzo le debe corresponder una evaluación del esfuerzo, pero lamentablemente se ha instalado entre los profesores una especie de “antipedagogismo”, un rechazo a la formación pedagógica y didáctica que confío en que no contagie a los Master en Formación del Profesorado que están echando a andar ahora.

Resultados académicos

Las comparaciones con el sistema educativo de otros países como Alemania, Francia o EEUU, o con los resultados de los alumnos de Finlandia o Polonia son frecuentes. ¿Considera que deberíamos tomar como referencia estos modelos y adaptarlos a nuestra realidad?
Es muy interesante saber cómo lo hacen en otros países y en otras culturas, porque hay ideas originales que pueden funcionar, y ello pese a que los expertos son muy cautos a la hora de trasladar soluciones educativas de un país a otro. Sin embargo, creo que es muy estimulante comprobar cómo a problemas similares existen soluciones distintas que enriquecen el debate educativo. En el caso de España, está muy extendida la idea de que la carencia de un férreo modelo de educación nacional es un problema. Ello ha llevado a algún partido político a reclamar para el estado las competencias en educación, lo que creo poco imaginativo. Tener 17 variantes de un sistema común enriquece el acervo educativo de un país. Me consta que hay políticas educativas que han sido probadas en una comunidad con éxito, lo que ha llevado a otras a valorar su aplicación, y viceversa.

Ante la apatía que manifiestan algunos docentes por la falta de apoyo institucional, ¿valora como un elemento imprescindible la iniciativa de profesor en el proceso enseñanza-aprendizaje?
Sin iniciativa no somos nada, pero entre todos la estamos matando. A veces las programaciones pecan de un exceso de academicismo y uniformidad que nos constriñen demasiado. Lo que puede ser interesante para, pongamos por caso 3ºB, no lo es para 3ºC. Una prueba de todo ello es que los libros de texto siguen siendo el recurso principal del profesor. Y ello en un mundo donde tenemos a nuestra disposición herramientas (TIC, Internet) que hace veinte años eran impensables. Por otra parte, si los profesores no tomamos las riendas de la enseñanza, nadie va a venir a hacerlo. No existe una ley mágica que solucione los problemas que tenemos si no nos implicamos. Como somos parte del problema, también somos parte de la solución.

Participación de los padres

Los profesores expresan con frecuencia el desinterés de los padres por todo lo relacionado con la escuela y la formación de sus hijos. A su juicio, ¿qué papel debería desempeñar la familia en la educación de los alumnos?
Existen evidencias empíricas fiables que demuestran que una mayor y mejor implicación de las familias en la educación de los hijos mejora los resultados de estos. Y se trata de una labor pedagógica que se debe fomentar desde la escuela. Sería deseable dejar a un lado los recelos entre profesores y padres; no somos enemigos,  sino aliados con un objetivo común: la mejora de la instrucción de los alumnos. En este sentido la labor de José Antonio Marina en su Universidad de padres es colosal por la energía y el optimismo que sabe transmitir en una empresa no precisamente fácil. Estoy convencido de que cuanto más contemos con las familias, y las familias con nosotros, mejor nos irá a todos, a los profesores los primeros.