Educar sin prejuicios

Los medios de comunicación hablan a diario de la violencia de género, con datos escalofriantes sobre mujeres maltratadas o incluso asesinadas a manos de su pareja. Nos llegan estadísticas sobre la desigualdad que todavía existe entre hombres y mujeres en el mundo laboral, donde no son poco frecuentes los episodios de acoso o mobbing con un componente machista.
Sin embargo, nos cuesta asumir que lo que queremos remediar en la población adulta debería ser un trabajo de las familias y los educadores desde la infancia. El abusador o discriminador, así como la víctima que cede al maltrato, se forma prácticamente desde la cuna, ya que en casa se inicia nuestra educación y es allí donde vemos los roles que luego incorporaremos como naturales. Por tanto, además de promover entre los adultos la igualdad de sexos y la no violencia, la gran cuestión es: ¿cómo podemos educar a nuestros hijos para que construyan un mundo más justo, pacífico y humano?
Muchos padres no establecen una relación directa entre su trato con los hijos, incluyendo el ejemplo que da la misma pareja, y las noticias sobre abusos o violencia de género que leen en la prensa. Esto es así porque se ha tendido a ver la educación como una tarea de las escuelas, cuando la formación esencial la recibimos en el hogar desde que empezamos a tener uso de razón.
Aunque hay un componente genético que incide en nuestro carácter, los padres nos dan una hoja de ruta ética y emocional para conducirnos por el mundo.
Aquello que hemos visto y hemos aprendido de pequeños queda inscrito en nuestro disco duro y determinará el modo en el que nos enfrentemos a los problemas que afrontaremos de adultos.
En ese sentido, nuestro éxito como profesionales y como seres humanos depende de que los padres entiendan la trascendencia de su misión. La comunicación verbal entre padres e hijos es básica, ya que a través de los miles de conversaciones que vamos a tener con ellos van a sedimentar los valores por los que se regirán de mayores. Aunque a menudo parezca que no nos escuchen, nuestros consejos, ejemplos y reflexiones volverán a ellos cuando, de adultos, tengan que enfrentarse a los éxitos y fracasos de la vida y al relacionarse cotidianamente con los demás.
Sobre la responsabilidad de educar, el psiquiatra y terapeuta Carl Gustav Jung aseguraba que los hijos son un espejo de los padres y, por tanto, “cuando percibamos alguna actitud en el niño que queramos cambiar, hay que empezar examinando si no deberíamos cambiarlo primero en nosotros mismos”.
Es decir, no sólo formamos a nuestros hijos a través de nuestros consejos y de los límites que les % jamos, sino también con nuestro ejemplo. Por este motivo, es absurdo educar a los niños en la igualdad de sexos cuando en casa las tareas se reparten de forma desigual. Si crecen viendo cómo su madre cocina o pone la lavadora mientras el padre lee el periódico plácidamente en el sillón, en tenderán que esos roles son inamovibles y, aunque se rebelen en la adolescencia, inconscientemente acarrearán esa visión de la pareja. Si encima la figura masculina se expresa de forma agresiva con impunidad, ya tenemos todos los ingredientes para perpetuar la violencia de género en la edad adulta.
Tal como dice Jung, lo primero que debemos hacer, por tanto, es revisar qué clase de modelos somos para nuestros hijos. Las palabras enseñan, pero lo que los padres hacen y son queda grabado a fuego en los futuros adultos.
Para evitar los prejuicios de género en la educación de nuestros hijos es fundamental tomar conciencia de cuáles son los estereotipos que circulan en nuestra sociedad sobre el hombre y la mujer.
La asociación Feminario de Alicante resume en su guía Elementos para una educación no sexista los siguientes rasgos que se consideran típicamente masculinos y femeninos, y que son el caldo de cultivo de la discriminación:
Hombres: estabilidad emocional, dinamismo, agresividad, tendencia al dominio, afirmación del yo, aspecto afectivo poco de % nido, aptitud para las ciencias, racionalidad, franqueza, valentía, amor al riesgo, objetividad.
Mujeres: inestabilidad emocional, pasividad, ternura, sumisión, dependencia, aspecto afectivo muy marcado, intuición, irracionalidad, frivolidad, miedo, debilidad, subjetividad.
Un primer paso para la educación no discriminatoria es acabar con estos clichés y asumir que los hombres pueden ser tiernos e intuitivos, así como que las mujeres pueden ser amantes del riesgo y buscar el dominio. No podemos asignar características determinadas a cada género porque estamos encasillando a unos y a otras en unas pautas de comportamiento que serán difíciles de romper.
El psicopedagogo Luis Ramos afirma que el origen de estos prejuicios se halla en el hecho de que aún educamos de forma diferente a los hijos según sean niños o niñas. Incluso los padres más concienciados sobre la igualdad de género dan inconscientemente un trato distinto según el sexo: “A las niñas se las acaricia y besa más que a los niños; con las niñas se realizan actividades más tranquilas, menos activas físicamente; a las niñas se las consuela más cuando lloran (porque “los niños no lloran”); a las niñas se las refuerza para mostrar sus sentimientos, para ser más “sensibles”.
Para paliar este condicionamiento, Ramos propone una educación basada en la diversidad, enseñarles que “toda persona puede desempeñar cualquier actividad con independencia de su sexo. ¿Cómo se traduce este principio en casa? No asociando determinadas tareas o ro les a un sexo determinado. Papá y mamá hacen la colada, cocinan, practican deporte, trabajan, se visten y arreglan para salir de casa, juegan, ríen y lloran, se quieren, se abrazan y besan, en los cuentos hay príncipes y princesas, aunque no siempre tengan los mismos papeles”.
La agresividad no es exclusiva de los hombres, y también puede haber secuelas terribles cuando la batalla se libra en el campo de la violencia psicológica. Es más justo pensar simplemente en personas que, empujadas por la frustración y la competitividad de nuestros tiempos, se sienten tentadas a emplear la fuerza cualquiera que ésta sea para dominar a otras y abusar de ellas. Si enseñamos a nuestros hijos e hijas a conducirse de forma justa con los de más y a no dejarse maltratar, no sólo es taremos poniendo la semilla de una sociedad más madura y solidaria. También promoveremos un mundo donde la persona esté totalmente por encima de cualquier categoría de distinción de sexo, raza o religión.

Francesc Miralles
El País. 11 de abril de 2010

 
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