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nuestra
educación se encuentra en la atención al profesorado. En todos los niveles
procede afinar los procesos de selección y preparación. Sin el cuidado
del magisterio se cierra el camino a un enriquecimiento considerable del
proceso educativo. Nadie duda, por ejemplo, que la formación de profesores,
más técnica o social, es necesaria para elevar la calidad educativa y
lograr mayores cotas de progreso. En realidad, dado el trascendental papel
que desempeñan los docentes, tanto por transmitir conocimientos como por
orientar y estimular las aptitudes, actitudes y valores de los alumnos,
se requiere que los educadores reciban una sólida formación inicial que
se enriquezca permanentemente. La formación deficiente y el anquilosamiento
profesional tienen nefastas consecuencias para el propio profesor, sus
alumnos y el conjunto de la sociedad.
La significación
del profesor en la formación del educando y en toda la vida del centro
escolar es un hecho innegable. Sin embargo, es curioso comprobar que,
pese a la progresiva elevación académica y profesional de los docentes,
su imagen no ha seguido un camino paralelo. Me atrevería a decir incluso
que esta noble profesión atraviesa un mal momento en lo que a estimación
y reconocimiento se refiere, acaso por los muchos conflictos que hay en
algunas aulas, por la insuficiente colaboración de la institución familiar,
por la errática legislación, por la inexistencia de un adecuado sistema
de promoción y porque injustamente a menudo se responsabiliza en exclusiva
a los profesores de los problemas educativos. Si nos fijamos en la autopercepción
de los docentes cabe afirmar que tampoco ha permanecido invariable a través
del tiempo. Hoy, en las profesiones educativas, hay mucho descontento
y si no nos hacemos cargo de las causas seguirá el malestar y la pérdida
de sentido. La baja autoestima, el estrés, la depresión, la ansiedad y
la desgana pueden adueñarse definitivamente de la actividad educativa.
En nuestros días se acumulan las exigencias sobre los educadores y se
reducen las valoraciones positivas, hasta el punto de que flaquea la vocación
y hasta la salud mental de un considerable sector docente.
La crisis docente,
en conexión con la económica, educativa y social, adquiere una preocupante
faz. El mal que roe nuestra educación, y con ella a los profesores, no
se ataja despedagogizándola como pueril o maliciosamente, según los casos,
proponen algunos. La genuina pedagogía, ciencia por antonomasia de
la educación, sin ser la panacea, ayuda a comprender y mejorar los procesos
formativos. Sus efectos benéficos han de advertirse en todos los niveles
de enseñanza, incluida la universitaria. Como he dicho en más de una ocasión,
con frecuencia los profesores menos preparados psicopedagógicamente se
encuentran en la Universidad, dignísima institución que, por cierto, y
al margen del nuevo Espacio Europeo de Educación Superior y de los endebles
criterios puestos en circulación por las Agencias oficiales de la calidad
educativa, requiere, en mi opinión, una reforma profunda. Y es que la
clave del proceso educativo no reside en calculados puntajes sino en su
potencia humanizadora. Por eso, nos disgusta confirmar que algunos profesores,
arrastrados por la corriente pragmática de los tecnócratas, se fabrican
un currículum a la medida en lugar de cultivar los auténticos elementos
de la vocación-profesión. Con todas las tareas que hay pendientes, mal
andamos si el magisterio, más que fomentar la vida intelectual y espiritual,
permanece mirándose el ombligo o siervo de aberrantes intereses. Lamentamos,
de hecho, que se afiancen tendencias medidoras impulsadas por legislaciones
cortas de pernicioso influjo que permiten obtener plazas docentes vitalicias
a algunos que no saben ni hacer la o con un canuto. ¡Así nos va!
Instituciones
escolares humanizadas
Por
fuera de las consideraciones anteriores, es sabido que hablar del profesorado
es referirse a un colectivo muy amplio en el que se descubren notables
desemejanzas entre los profesores de distinta etapa educacional, pero
también en el seno de un mismo nivel. Sea como fuere, procede insistir
en que la satisfacción laboral es necesaria para que cualquier trabajador
ponga entusiasmo en la tarea que realiza. En el caso del profesor, el
bienestar, además de garante de salud, se proyecta sobre los alumnos y
sobre la vida entera del centro escolar. El educador que está a gusto
consigo mismo y con su situación promueve en el educando un estado de
ánimo favorable para la actividad fecunda.
Las instituciones
escolares deben hacer lo posible para que las condiciones laborales de
los profesores sean dignas. El ambiente de trabajo presidido por la presión,
la frustración, la insuficiente o mala comunicación, etc., empuja al profesor
hacia un callejón angosto y sombrío. No es extraño que, en circunstancias
así, aumenten las bajas por problemas psíquicos. En general, además, disminuye
la calidad del trabajo con el consiguiente perjuicio advertido en los
alumnos.
La realidad
educativa actual, cada vez más tecnificada y multicultural, hace necesario
identificar factores de riesgo psicosocial y replantear el rol docente,
de manera que se prevengan problemas relacionales y, una vez que se han
presentado, se desplieguen adecuadas estrategias de afrontamiento que
preserven la salud mental y el deseable nivel profesional. Se está extendiendo,
por ejemplo, el estrés docente. En un significativo número de instituciones
surgen desavenencias entre profesores, que se agregan a las que eventualmente
puede haber con los alumnos y sus familiares. Un análisis de lo que sucede
en algunos centros escolares nos permitiría comprobar que los conflictos
en ocasiones se originan por una insuficiente “inteligencia afectiva”,
tal como la venimos definiendo desde hace años, lo que a su vez puede
relacionarse con el “síndrome de burnout”, esto es, con el agotamiento
o quemazón en el trabajo, y cuyos costes se dejan sentir a nivel
individual, institucional y social.
Aun cuando
la inteligencia afectiva se presente como elemento protector y reactivador
del equilibrio psicológico en situaciones educativas especialmente ansiógenas
y estresantes, hay que insistir en la necesidad de construir instituciones
escolares humanizadas, o sea, comprometidas con la dignidad de la persona,
la comunicación, la autonomía y la inclusión. Es fundamental, además,
brindar oportunidades de promoción y evitar la sobrecarga de tareas, la
presión y la ambigüedad del rol asignado. Por tanto, aunque sea compendiadamente,
y sin entrar, de momento, en otros factores, debemos enfatizar que la
mejora de las condiciones educativas pasa por modificar aspectos personales
y organizacionales.
El avance educativo
se convierte en quimera si los profesores están o se sienten indefensos,
carecen de proyectos y tienen una percepción negativa de sí mismos. Es
igualmente urgente enriquecer la formación docente y revalorizar, con
el concurso de los propios profesores y de las instituciones escolares,
la imagen que la sociedad tiene de este grupo profesional. Preocuparse
de los educadores equivale a apostar por el desarrollo educativo y social.
La
formación del profesorado
La
capacitación docente está llamada a mejorarse tanto en el plano teórico
como práctico, pues es bien sabido que esta profesión, aunque se nutre
de contenidos pedagógicos, psicológicos y sociales, etc., que han de seleccionarse
oportunamente, se enriquece mediante el ejercicio. Desde esta perspectiva
fáctica, las prácticas, en el caso de la formación inicial, brindan la
posibilidad de contactar con la realidad educativa: comunicación con los
alumnos, preparación de clases, gestión del aula, participación en las
evaluaciones, etc. Aun cuando debe prevalecer la calidad sobre la cantidad,
han de tener una duración mínima que garantice su aprovechamiento. Un
amplio conjunto de programas de formación, incluido, en mi opinión, el
extinguido curso para la obtención del Certificado de Aptitud Pedagógica,
adolecían de insuficiencia práxica. Deseamos, por cierto, que el nuevo
Máster de Formación del Profesorado de Educación Secundaria responda a
las expectativas y necesidades actuales.
Ahora bien,
además de reparar en la unidad formativa constituida por la teoría y la
empiria educativa se requiere lanzar la mirada hacia el modelo
preponderante. Por ello, frente a visiones parciales y mecanicistas consideramos
fundamental promover la formación integral del profesor. Desde esta perspectiva,
se supera la artificial y estéril dicotomía pedagógica entre preparación
técnica y ética. Es evidente que cualquier diseño formativo serio ha de
contemplar ambas dimensiones, sin olvidar las necesidades de autorrealización
personal ni la pertenencia del profesor a un claustro y a una comunidad
educativa.
El profesor
es un técnico en cuanto profesional. Posee, en efecto, conocimientos,
competencias, utiliza ciertas herramientas y sigue una determinada metodología.
Ahora bien, esta especialización debe equilibrarse con la índole humano-social
de la actividad laboral que realiza. Los atributos esenciales del magisterio
permanecen ligados a la realidad personal. La educación es primordialmente
una tarea humanizadora y, por tanto, todo profesor debe tener una base
psicoantropológica suficiente que le permita comprender, tratar y orientar
adecuadamente al educando.
Así pues, en
nuestra opinión, un modelo de formación docente de radical carácter pragmático
puede ser calificado en la actualidad, cuando menos, de incompleto, y
ha de ceder el turno a un paradigma flexible, suficientemente crítico,
distinguido por su compromiso con las personas y su concreta situación,
lo que supone, de hecho, tener en cuenta los condicionantes sociales,
históricos, económicos, etc., así como la voluntad de mejorar estas circunstancias.
En línea con esta orientación formativa, el profesor asume su responsabilidad
en el terreno de los conocimientos y aptitudes, al igual que en el de
las actitudes y los valores, tanto en lo que se refiere a cultivar estos
aspectos en sí mismo como a promoverlos en los alumnos.
El viraje mecanicista
que parece advertirse en nuestros días está agudizando la crisis educativa
y debe contrarrestarse con un decidido rumbo humanístico, entre otras
razones, porque, como queda dicho, conjunta nítidamente los aspectos técnicos
y éticos del quehacer profesoral. Si se puede ser educador, ¿por qué conformarse
con ser mero enseñante?
valenmop@edu.ucm.es
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