La deseada mejora de la educación no puede lograrse al margen del profesorado. Por eso, el autor del artículo, tras reflexionar sobre aspectos como el deterioro progresivo de la imagen de
los educadores, la salud mental del profesorado y la heterogeneidad existente en el seno de la profesión, se centra en el proceso de formación docente con objeto de ofrecer algunas claves que contribuyan a mejorar la preparación del profesorado y, por ende, a elevar la calidad educativa.

El profesorado, clave educativa

Valentín Martínez-Otero
Profesor, Doctor en Psicología y en Pedagogía de la UCM

NA de las  claves  para  mejorar

nuestra educación se encuentra en la atención al profesorado. En todos los niveles procede afinar los procesos de selección y preparación. Sin el cuidado del magisterio se cierra el camino a un enriquecimiento considerable del proceso educativo. Nadie duda, por ejemplo, que la formación de profesores, más técnica o social, es necesaria para elevar la calidad educativa y lograr mayores cotas de progreso. En realidad, dado el trascendental papel que desempeñan los docentes, tanto por transmitir conocimientos como por orientar y estimular las aptitudes, actitudes y valores de los alumnos, se requiere que los educadores reciban una sólida formación inicial que se enriquezca permanentemente. La formación deficiente y el anquilosamiento profesional tienen nefastas consecuencias para el propio profesor, sus alumnos y el conjunto de la sociedad.
La significación del profesor en la formación del educando y en toda la vida del centro escolar es un hecho innegable. Sin embargo, es curioso comprobar que, pese a la progresiva elevación académica y profesional de los docentes, su imagen no ha seguido un camino paralelo. Me atrevería a decir incluso que esta noble profesión atraviesa un mal momento en lo que a estimación y reconocimiento se refiere, acaso por los muchos conflictos que hay en algunas aulas, por la insuficiente colaboración de la institución familiar, por la errática legislación, por la inexistencia de un adecuado sistema de promoción y porque injustamente a menudo se responsabiliza en exclusiva a los profesores de los problemas educativos. Si nos fijamos en la autopercepción de los docentes cabe afirmar que tampoco ha permanecido invariable a través del tiempo. Hoy, en las profesiones educativas, hay mucho descontento y si no nos hacemos cargo de las causas seguirá el malestar y la pérdida de sentido. La baja autoestima, el estrés, la depresión, la ansiedad y la desgana pueden adueñarse definitivamente de la actividad educativa. En nuestros días se acumulan las exigencias sobre los educadores y se reducen las valoraciones positivas, hasta el punto de que flaquea la vocación y hasta la salud mental de un considerable sector docente.
La crisis docente, en conexión con la económica, educativa y social, adquiere una preocupante faz. El mal que roe nuestra educación, y con ella a los profesores, no se ataja despedagogizándola como pueril o maliciosamente, según los casos, proponen algunos. La genuina pedagogía, ciencia por antonomasia de la educación, sin ser la panacea, ayuda a comprender y mejorar los procesos formativos. Sus efectos benéficos han de advertirse en todos los niveles de enseñanza, incluida la universitaria. Como he dicho en más de una ocasión, con frecuencia los profesores menos preparados psicopedagógicamente se encuentran en la Universidad, dignísima institución que, por cierto, y al margen del nuevo Espacio Europeo de Educación Superior y de los endebles criterios puestos en circulación por las Agencias oficiales de la calidad educativa, requiere, en mi opinión, una reforma profunda. Y es que la clave del proceso educativo no reside en calculados puntajes sino en su potencia humanizadora. Por eso, nos disgusta confirmar que algunos profesores, arrastrados por la corriente pragmática de los tecnócratas, se fabrican un currículum a la medida en lugar de cultivar los auténticos elementos de la vocación-profesión. Con todas las tareas que hay pendientes, mal andamos si el magisterio, más que fomentar la vida intelectual y espiritual, permanece mirándose el ombligo o siervo de aberrantes intereses. Lamentamos, de hecho, que se afiancen tendencias medidoras impulsadas por legislaciones cortas de pernicioso influjo que permiten obtener plazas docentes vitalicias a algunos que no saben ni hacer la o con un canuto. ¡Así nos va!

Instituciones escolares humanizadas

Por fuera de las consideraciones anteriores, es sabido que hablar del profesorado es referirse a un colectivo muy amplio en el que se descubren notables desemejanzas entre los profesores de distinta etapa educacional, pero también en el seno de un mismo nivel. Sea como fuere, procede insistir en que la satisfacción laboral es necesaria para que cualquier trabajador ponga entusiasmo en la tarea que realiza. En el caso del profesor, el bienestar, además de garante de salud, se proyecta sobre los alumnos y sobre la vida entera del centro escolar. El educador que está a gusto consigo mismo y con su situación promueve en el educando un estado de ánimo favorable para la actividad fecunda.
Las instituciones escolares deben hacer lo posible para que las condiciones laborales de los profesores sean dignas. El ambiente de trabajo presidido por la presión, la frustración, la insuficiente o mala comunicación, etc., empuja al profesor hacia un callejón angosto y sombrío. No es extraño que, en circunstancias así, aumenten las bajas por problemas psíquicos. En general, además, disminuye la calidad del trabajo con el consiguiente perjuicio advertido en los alumnos.
La realidad educativa actual, cada vez más tecnificada y multicultural, hace necesario identificar factores de riesgo psicosocial y replantear el rol docente, de manera que se prevengan problemas relacionales y, una vez que se han presentado, se desplieguen adecuadas estrategias de afrontamiento que preserven la salud mental y el deseable nivel profesional. Se está extendiendo, por ejemplo, el estrés docente. En un significativo número de instituciones surgen desavenencias entre profesores, que se agregan a las que eventualmente puede haber con los alumnos y sus familiares. Un análisis de lo que sucede en algunos centros escolares nos permitiría comprobar que los conflictos en ocasiones se originan por una insuficiente “inteligencia afectiva”, tal como la venimos definiendo desde hace años, lo que a su vez puede relacionarse con el “síndrome de burnout”, esto es, con el agotamiento o quemazón en el trabajo, y cuyos costes se dejan sentir a nivel individual, institucional y social.
Aun cuando la inteligencia afectiva se presente como elemento protector y reactivador del equilibrio psicológico en situaciones educativas especialmente ansiógenas y estresantes, hay que insistir en la necesidad de construir instituciones escolares humanizadas, o sea, comprometidas con la dignidad de la persona, la comunicación, la autonomía y la inclusión. Es fundamental, además, brindar oportunidades de promoción y evitar la sobrecarga de tareas, la presión y la ambigüedad del rol asignado. Por tanto, aunque sea compendiadamente, y sin entrar, de momento, en otros factores, debemos enfatizar que la mejora de las condiciones educativas pasa por modificar aspectos personales y organizacionales.
El avance educativo se convierte en quimera si los profesores están o se sienten indefensos, carecen de proyectos y tienen una percepción negativa de sí mismos. Es igualmente urgente enriquecer la formación docente y revalorizar, con el concurso de los propios profesores y de las instituciones escolares, la imagen que la sociedad tiene de este grupo profesional. Preocuparse de los educadores equivale a apostar por el desarrollo educativo y social.

La formación del profesorado

La capacitación docente está llamada a mejorarse tanto en el plano teórico como práctico, pues es bien sabido que esta profesión, aunque se nutre de contenidos pedagógicos, psicológicos y sociales, etc., que han de seleccionarse oportunamente, se enriquece mediante el ejercicio. Desde esta perspectiva fáctica, las prácticas, en el caso de la formación inicial, brindan la posibilidad de contactar con la realidad educativa: comunicación con los alumnos, preparación de clases, gestión del aula, participación en las evaluaciones, etc. Aun cuando debe prevalecer la calidad sobre la cantidad, han de tener una duración mínima que garantice su aprovechamiento. Un amplio conjunto de programas de formación, incluido, en mi opinión, el extinguido curso para la obtención del Certificado de Aptitud Pedagógica, adolecían de insuficiencia práxica. Deseamos, por cierto, que el nuevo Máster de Formación del Profesorado de Educación Secundaria responda a las expectativas y necesidades actuales.
Ahora bien, además de reparar en la unidad formativa constituida por la teoría y la empiria educativa se requiere lanzar la mirada hacia el modelo preponderante. Por ello, frente a visiones parciales y mecanicistas consideramos fundamental promover la formación integral del profesor. Desde esta perspectiva, se supera la artificial y estéril dicotomía pedagógica entre preparación técnica y ética. Es evidente que cualquier diseño formativo serio ha de contemplar ambas dimensiones, sin olvidar las necesidades de autorrealización personal ni la pertenencia del profesor a un claustro y a una comunidad educativa.
El profesor es un técnico en cuanto profesional. Posee, en efecto, conocimientos, competencias, utiliza ciertas herramientas y sigue una determinada metodología. Ahora bien, esta especialización debe equilibrarse con la índole humano-social de la actividad laboral que realiza. Los atributos esenciales del magisterio permanecen ligados a la realidad personal. La educación es primordialmente una tarea humanizadora y, por tanto, todo profesor debe tener una base psicoantropológica suficiente que le permita comprender, tratar y orientar adecuadamente al educando. 
Así pues, en nuestra opinión, un modelo de formación docente de radical carácter pragmático puede ser calificado en la actualidad, cuando menos, de incompleto, y ha de ceder el turno a un paradigma flexible, suficientemente crítico, distinguido por su compromiso con las personas y su concreta situación, lo que supone, de hecho, tener en cuenta los condicionantes sociales, históricos, económicos, etc., así como la voluntad de mejorar estas circunstancias. En línea con esta orientación formativa, el profesor asume su responsabilidad en el terreno de los conocimientos y aptitudes, al igual que en el de las actitudes y los valores, tanto en lo que se refiere a cultivar estos aspectos en sí mismo como a promoverlos en los alumnos.
El viraje mecanicista que parece advertirse en nuestros días está agudizando la crisis educativa y debe contrarrestarse con un decidido rumbo humanístico, entre otras razones, porque, como queda dicho, conjunta nítidamente los aspectos técnicos y éticos del quehacer profesoral. Si se puede ser educador, ¿por qué conformarse con ser mero enseñante?

valenmop@edu.ucm.es

 

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