Historia y cultura

El Museo Nacional del Romanticismo reabre sus puertas tras una rehabilitación integral del edificio y del equipamiento museístico

Benigno Vega-Inclán lo fundó en 1924 con su colección personal de pintura, objetos de mobiliario y artes decorativas. Durante décadas fue un espacio atípico museístico español. Hoy, tras ocho años de rehabilitación y reestructuración, el Museo nacional del Romanticismo está entre las grandes aportaciones al conocimiento de nuestra historia.

JULIA FERNÁNDEZ
Entrar en el íntimo espacio de una casa espléndida y acceder a la vez al ambiente social de una España decimonónica; conocer secretos cotidianos de usos y costumbres y admirar el arte y la cultura de la época; explorar en el gusto romántico y situarse en nuestra historia: esta es la suma de oportunidades que expone ante el visitante la Casa museo dedicada al Romanticismo, una innovadora apuesta del Ministerio de Cultura de recrear el tiempo en que este movimiento cultural y político se adueñó del espíritu y las formas de la sociedad española. Una consecución afortunada después de años de adaptación y remodelación integral que su directora, Begoña Torres, resumía con estas palabras: “Hemos realizado un gran esfuerzo de documentación e investigación, con una exigencia de meticulosidad extrema con las reconstrucciones realizadas. Queríamos ofrecer una interpretación lo más rica posible del período, de forma que se conociera de forma total, no sólo el estilo de vida y las costumbres del momento, sino también qué logros tuvo el movimiento, cómo se desarrollaron en el Romanticismo la literatura, la pintura, la ciencia, el arte, la política y las ideas.”

Dos recorridos

A Benigno Vega-Inclán, uno de los más importantes protagonistas de nuestra cultura en las primeras décadas del XX, que llevó a cabo infinidad de proyectos de diversa índole, se le debe esta recuperación de unas décadas del siglo XIX español sobre las que recaía un espeso silencio y una falta absoluta de interés. Apoyado por intelectuales como Ortega y Gasset, en 1924 abría la primera versión del Museo Romántico, basándose en la colección personal que había reunido a lo largo de su vida y que contenía, no sólo pintura, sino también otros objetos de mobiliario y artes decorativas.
Décadas de existencia silenciosa, en las que siempre estuvo como documento singularísimo de la oferta cultural institucional, y ocho años de estudio y obras de remodelación integral, son el resto de la historia de este nuevo Museo nacional del Romanticismo que se refunda con características como: una especial vocación didáctica, un fondo total de 7.780 piezas –entre expuestas y catalogadas-, veintiséis salas y un diseño que permite acceder a distintos niveles de información a través de un recorrido “ambiental”, con especial referencia a los aspectos decorativos y al desenvolvimiento de la vida cotidiana en la época, y otro de criterio “temático”, en el que se muestran cuestiones históricas, políticas y artísticas.
Sus joyas están en el retrato de Francisco de Goya, San Gregorio Magno, Papa, considerado la pieza más valiosa del Museo, al mostrar a Goya como precursor fundamental del Romanticismo; el lienzo Sátira del suicidio romántico, en el que Leonardo Alenza representó los  excesos románticos; la sillería del salón de Baile, que perteneció al ministro Antonio María Fabié, en cuyos salones solía tener una típica tertulia romántica a la que acudían Gustavo Adolfo Bécquer, la Avellaneda y Campoamor, entre muchos otros; un piano Pleyel, antigua propiedad de la reina Isabel II, que sentía pasión por la música; y el retrato que José Gutiérrez de la Vega realizó a Mariano José de Larra, el escritor que supo cristalizar el movimiento en su vida y en sus obras.

Complejo y sentimental

Este romanticismo que analiza y divulga la nueva Casa museo es un movimiento que penetró muy tardíamente en nuestro país, debido a la Guerra de Independencia y a sus consecuencias y, especialmente, a la vuelta al Absolutismo más radical. Hasta los años cuarenta no se asienta definitivamente y, cuando lo hace, se trata de un movimiento moderado, sin el suficiente nervio y fuerza para impulsar un arte verdaderamente original y nuevo. Mientras que en otras naciones europeas –como Inglaterra, Francia o Alemania- la revolución burguesa había conseguido en los primeros años de la centuria un gran crecimiento basado en la industrialización, España, todavía a finales del siglo XIX, era un país muy poco industrializado y con enormes contrastes. Pero también es verdad que son estos años del reinado de Isabel II (1833-1868) cuando se da en España un agitado proceso revolucionario global –que sustituyó el régimen señorial en crisis por un nuevo sistema, el capitalismo- que supuso una transformación profunda de las bases económicas y sociales y que afectó a la forma de propiedad, a los sistemas de trabajo y producción y a la situación de las clases sociales.
De complicada definición y con características y cronología que varía mucho de unos países a otros, el movimiento romántico está considerado como un conjunto de fenómenos muy diversos, en los que existen unos rasgos específicos: la primacía de los sentimientos y las emociones frente al racionalismo ilustrado, la eclosión de un acentuado individualismo, la preponderancia de la inspiración y la imaginación como fuentes artísticas y de conocimiento, el ansia de libertad, la tendencia al escapismo como rechazo del presente y de la realidad externa, la exaltación de los valores nacionales y de lo popular…
La interpretación de este indefinido pero complejo fenómeno del Romanticismo es el objetivo que ha alcanzado esta refundada institución cultural española.

 

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