El XIX recuperado

El Museo del Prado restablece con honores y tras un siglo de destierro la pintura y escultura del ochocientos

Un millón de personas avalaron con su presencia en la exposición “El Siglo XIX en el Prado” el proyecto iniciado por el Museo de recuperar en su discurso esta franja de nuestro arte. Dos años después doce salas y 176 obras vienen a hacer definitivo el reconocimiento que nuestra sociedad tiene, y debía, a la escultura y pintura de este siglo.

JULIA FERNÁNDEZ
Durante su presentación Miguel Zugaza, director del Prado, era tajante al valorar la significación que posee en la evolución del Prado la recuperación del XIX: “Nunca antes se ha mostrado un recorrido tan completo de la colección del Prado: se trata de la definitiva puesta en escena del siglo XIX y un reencuentro del Museo con la historia que lo sitúa a las puertas del siglo XX. Hay cuadros que se podrían seleccionar entre los mejores de toda la historia de nuestra pintura”.
José Luis Díez, jefe de conservación de la pintura del siglo XIX, y Javier Barón, jefe del departamento de pintura del mismo periodo, las dos personas más íntimamente ligadas al proyecto, sellaban esta visión con sus palabras: “El día de hoy quedará como un hito en la historia del Museo del Prado. Es el fin de un destierro, el final de un interminable e injusto éxodo de la escultura y pintura del XIX. Con esta importante incorporación, hasta ahora negada voluntaria o involuntariamente, se puede recorrer de forma ininterrumpida el devenir histórico del arte español, desde el románico de San Baudilio de Berlanga hasta los comienzos del siglo XX. Obras maestras que varias generaciones de historiadores sólo hemos podido ver en láminas, como el “Testamento de Isabel la Católica”, de Eduardo Rosales, las tenemos, al fin, delante de nuestros ojos”.

Reordenación

Fue en 1896 cuando el grueso de estas obras salieron del edificio de Villanueva para formar parte del Museo de Arte Moderno; en 1971 serían trasladadas al Casón del Buen Retiro para volver a ser desalojadas en 1981 con la llegada del Guernica de Picasso a España. El siglo XIX español quedó sin espacio físico determinado y sin defensores.
Es tras la recuperación que supuso la exposición inaugural de la ampliación del museo, “El siglo XIX en el Prado”, visitada por más de un millón de personas, cuando las obras de los grandes maestros españoles del siglo XIX vuelven a resonar en el escenario cultural y comienza de facto esta recuperación del siglo que ahora se incorpora definitivamente al discurso histórico del Museo junto a los maestros del pasado en las nuevas salas del edificio Villanueva.
Se trata del nuevo y fundamental avance del plan de reordenación de colecciones que incorpora a su colección permanente ciento setenta y seis obras de las colecciones del siglo XIX –ciento cincuenta y dos pinturas, dos acuarelas, veintiuna esculturas y una maqueta- que cierran su discurso histórico permitiendo que el Prado se muestre más completo que nunca. Es una cuidada selección de entre las más de 3000 piezas del siglo XIX con que cuenta el Prado, gran parte de ellas exhibidas permanentemente en otras instituciones museísticas españolas, en lo que se conoce como Prado disperso, y que ha ido incrementándose con adquisiciones en los últimos tiempos con obras como “El coracero francés”, de José de Madrazo, o “La niña María Figueroa vestida de menina”, de Joaquín Sorolla. La publicación en el año 2012 de un catálogo general del siglo XIX, que sistematizará esta franja del arte español, es el complementario proyecto en el que se trabaja.

Tendencias y géneros

El recorrido por la historia artística del ochocientos que dibujan las nuevas salas está ordenado cronológicamente y en función de las diferentes tendencias y géneros que se sucedieron a lo largo del siglo. El arranque, en la galería central de la planta baja, está dedicado a los artistas del primer tercio de siglo que estuvieron estrictamente ligados al arte cortesano y a la apertura del Museo del Prado en 1819: “Goya. Neoclasicismo y Clasicismo Académico” se abre con la gran escultura de Isabel de Braganza –número uno del catálogo de esculturas del Museo-, reina fundadora del Prado que preside este gran espacio, tal y como lo ha hecho históricamente a la entrada del Museo. Trece esculturas más dan específica consideración a la escultura en una sala en la que tiene también especial relevancia los retratos de la reina y su esposo Fernando VII, por la relación que tuvo en los orígenes del Museo, y donde reina un Goya neoclásico, autor de la “Marquesa de Villafranca” o la “Marquesa de Santa Cruz”, aquí expuestos junto a otros de sus contemporáneos como Vicente López y su emblemático Retrato del pintor Francisco de Goya.
El recorrido continúa con el Romanticismo, que agrupa la obra de los principales ejemplos de esta corriente: Leonardo Alenza, Eugenio Lucas y Antonio María Esquivel. Tras ellos, Federico de Madrazo, dando paso a otra sala dedicada al gran maestro Eduardo Rosales, presidida por su famoso lienzo “Doña Isabel la Católica dictando su testamento” como protagonista.

Fortuny y Madrazo

El primer gran espacio dedicado a la pintura de historia expone seis monumentales obras creadas para la exaltación de los valores nacionales entonces emergentes, temática que se convirtió en la preferida de la escena artística oficial durante la segunda mitad del siglo XIX. Culmen de esta tendencia es “Doña Juana la Loca” de Francisco Pradilla, y la dramática escultura “Sagunto” de Agustín Queron, no vista por el público desde 1997, situada en el centro de la sala.
Quince obras abordan el capítulo dedicado a Mariano Fortuny y su círculo. El deslumbrante éxito de Fortuny en la Europa de su tiempo lo convirtió en uno de los protagonistas más relevantes del panorama artístico internacional. Obras suyas como “Los hijos del pintor en el salón japonés” se muestran aquí en relación a otras de sus íntimos, así el caso de la espectacular “Vista de París desde el Trocadero”, del paisajista Martín Rico.
También en la estela del éxito internacional de Fortuny se encuentra la resonancia que llegó a adquirir el pintor Raimundo de Madrazo, al que se le dedica el siguiente espacio con siete de sus obras, que se acompañan de otras de cuatro autores en sintonía con él.
Carlos de Haes, el paisajista con mayor trascendencia en el panorama español de su tiempo, y cuatro de sus contemporáneos, Luis Rigalt, Martí Alsina, Antonio Muñoz Degrain y Martín Rico, representan espléndidamente el “Paisaje realista” en una sala que da paso a la dedicada al “Naturalismo”, el espíritu en el que los herederos de los maestros Eduardo Rosales y Mariano Fortuny se aproximaron a los planteamientos realistas del final de la centuria. Muñoz Degrain, Francisco Domingo Marqués, Emilio Sala e Ignacio Pinazo exponen en ella.

El fusilamiento de Torrijos

Cinco monumentales lienzos de jóvenes pintores del último tercio del siglo XIX conforman la segunda sala dedicada a la pintura de historia. Sus imágenes de hechos significativos de nuestra historia o de relatos literarios muy populares y de especial intensidad dramática sobrecogen al visitante, como ocurre con el “Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga”, obra cumbre del final del género histórico, encargada directamente por el Gobierno a Antonio Gisbert para ser expuesta en el Museo del Prado, del que el artista fue director entre 1868 y 1873.
La penúltima sala, la undécima de este recorrido por las colecciones del XIX, está consagrada al maestro Joaquín Sorolla, uno de los grandes protagonistas, junto a Aureliano Beruete, de la pintura española de cambio de siglo en las colecciones del Prado. Aquí se exhiben diez destacados ejemplos de la producción de Sorolla, seleccionados entre los diecinueve lienzos del maestro que atesora el Prado, entre los que destaca la emblemática “¡Aún dicen que el pescado es caro!”, que supuso su primera consagración pública y una obra cumbre del realismo social en España.
El último espacio de esta colección está concebido como instrumento para exponer de forma periódica conjuntos singulares de obras de las colecciones del siglo XIX seleccionados entre los fondos que no se han integrado en este recorrido. En este caso inaugural son los evocadores paisajes de Aureliano de Beruete, con el retrato del artista pintado por Sorolla presidiendo, la propuesta temporal que da fin a una deuda.

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