En todos los centros educativos hay alumnos con dificultades de integración social, que están en situación de riesgo de verse incluidos en fenómenos de violencia, ya sea como víctima, agresor o espectador. El autor del presente artículo expone como la intervención y ayuda que necesitan deben ir encaminadas tanto a las características personales, familiares o situacionales que describían la situación de riesgo, de cada uno de ellos.

El papel de la familia ante la violencia escolar

Francisco García Iruela
Licenciado en Económicas


Los chicos y chicas que están implicados en problemas de malas relaciones interpersonales, de violencia, abuso, malos tratos y marginación social son, en general, chicos y chicas que tienen problemas de aprendizaje social. En este sentido, tanto las víctimas como los agresores necesitan ayuda.
La más importante ayuda, es la de proporcionarles un marco de convivencia diaria, en el centro educativo, socialmente saludable, sano y estimulante de afectos y actitudes positivas. Pero, a veces, esto no es suficiente, y necesitan programas especiales que les ayuden a recuperar parte de sus habilidades sociales perdidas (en el caso de las víctimas) o a modificar sus tendencias antisociales (en el caso de los agresores).
La familia puede convertirse en un contexto preventivo del acoso escolar o por el contrario, ser un trampolín al mismo. Existen listados interminables de variables familiares asociadas a estas dinámicas escolares, pero los estudios se centran principalmente en: componentes de la unidad familiar, tipo de familia, estilo educativo, disciplina familiar, violencia intrafamiliar, nivel socioeconómico, stress familiar, antecedentes familiares de conducta,…
En la familia los aspectos, comunicación y disciplina han basculado desde modelos autoritarios a otros modelos permisivos o inconsistentes.
Ambos patrones familiares extremos son indeseables ya que el primero suele producir un muy alto control y una falta de comunicación y el segundo excesiva indulgencia, inseguridad, desorientación y falta de autonomía.
Por ello es necesario que los padres aboguen por un modelo más democrático en el que combinen el control con la exigencia en el cumplimiento de normas y regulen la conducta de sus hijos/as con muestras de afecto y comunicación. Esto promoverá la seguridad, el control y la autonomía.
Las familias deben volver a asumir su papel de educar, es evidente que como consecuencia lógica de los momentos sociales e históricos vividos, las familias han modificado los estilos educativos familiares.

Propuestas pedagógicas para las familias

Al igual que en el Centro educativo, La propuesta que se dirige a los padres tiene que abordarse desde la perspectiva preventiva a modo de sensibilización de los padres y formarlos para saber detectar este tipo de sucesos en sus hijos; y por una intervención correctiva, que consiste básicamente en proporcionar pautas a seguir para poder ayudar a sus hijos agresores o víctimas de iguales. Ambas intervenciones son complementarias y necesarias.
Algunas estrategias para favorecer factores de protección desde la familia son:
-Diálogo: Hablar y hablar y una escucha activa. Además de la actitud de escucha activa hay que tener tiempo, en el sentido de calidad más que cantidad. En definitiva, buscar momentos a lo largo del día, aunque no sean muchos, pero sí activos, donde se dé el diálogo, el apoyo mutuo, la escucha activa, como práctica habitual.
Una técnica que favorece la escucha activa es la de “parafrasear” (proceso por el que el receptor repite o sintetiza el mensaje del emisor, para que éste confirme la veracidad del mismo).
Aprender a resolver conflictos: La familia es el primer lugar donde se aprende a resolver los conflictos de forma no violenta. Esto exige un aprendizaje. Ante un conflicto hay acciones, actitudes, que lo favorecen y otras que no van a contribuir a resolverlo. Así entre las que ayudan, figuran: Calmarse, escucha activa, diferenciar el problema de la persona, focalizar la atención en el problema; emplear lenguaje respetuoso, saber defender las propias posiciones respetando los sentimientos del otro; saber pedir disculpas si es preciso, proponer soluciones, etc.
Entre las que no benefician: Ver sólo la opinión de uno mismo, juzgar, insultar, amenazar, pegar, acusar, etiquetar, etc.
En este aprendizaje los padres deben evitar: Hacer etiquetajes (“Siempre te portas mal”); mezclar sentimientos con la acción que provoca el conflicto (“No soporto que me den quejas de ti”); responder ante lo que hay que corregir con insultos, menosprecios etc. (“Estoy hasta de tus tonterías”); fomentar baja autoestima (¿A quién ha salido?); realizar selección de un hijo sobre otro (“copia de tu hermana ¡desastre!), o contradicciones reclamando un comportamiento y haciendo lo contrario (¡No insultes ¡imbécil!).
Cuando se interviene en el conflicto se dan cinco fases: Facilitar y mejorar la comunicación; clarificar el origen, estructura y magnitud del conflicto; trabajar con el problema concreto; concretar y centrarse en las soluciones, y evaluar las estrategias, procesos y resultados.

Los padres ante el acoso escolar

A pesar de que gran parte de la labor de sensibilización sobre el bullying es realizada por los medios de comunicación, ésta es una forma sensacionalista y comercial de abordar dicha problemática. Los centros escolares, las comunidades de vecinos, las ONGs especializadas, las consejerías de educación de cada comunidad autónoma y el propio Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, deben contribuir con campañas integrales de sensibilización sobre el bullying, destinadas especialmente a alumnos, profesores y padres, y en general, a toda la sociedad.
Los padres son agentes imprescindibles en la detección del mismo. Por lo tanto, todo padre debe partir de una idea básica: necesita conocer un problema para poder detectarlo, enfrentarlo y solicitar ayuda, siempre que no se encuentre cualificado para abordarlo por si mismo. Deben adquirir información adecuada del acoso escolar, bien sea autodidácticamente con la lectura especializada, o bien, a través de cursos de formación diseñados especialmente para los padres.
Para que los padres puedan detectar si su hijo está siendo víctima de agresiones, debe prestar atención a estos indicios (Menéndez, 2004): Cambios bruscos en el humor y en la conducta del niño; tristeza, llantos o irritabilidad; pesadillas, cambios en el sueño y apetito; dolores somáticos, dolores de cabeza, de estómago, vómitos; pérdida o deterioro de sus pertenencias escolares o personales de forma frecuente; aparece frecuentemente con golpes, hematomas o rasguños, originados por caídas o accidentes; no quiere salir, ni se relaciona con sus compañeros; no acude a excursiones, visitas del colegio; quiere ir acompañado a la entrada y salida, o se niega o protesta para ir al colegio.
A modo de orientación sobre cómo los padres pueden intervenir ante este problema se sugiere: Escuchar a los hijos con atención para conocer claramente la situación que viven estos; mostrarse colaboradores en la búsqueda de soluciones a la situación de acoso sufrida por sus hijos y pactar con ellos las intervenciones que se deban hacer; tratar de reforzar la autoestima, así como su capacidad de relación social; requerir la intervención de profesionales, como psicólogos, para ayudar a la persona afectada, dado el caso, y comunicar al centro docente lo sucedido, previo pacto con la persona afectada, para que se tomen las medidas necesarias para detener y reconducir la situación.
En resumen, la familia puede convertirse en un contexto preventivo del acoso escolar o por el contrario, ser un trampolín al mismo.
Existe una gran preocupación y desconocimiento de los padres respecto a la violencia escolar. Los padres suelen adoptar dos planteamientos antagónicos: aquellos que consideran que todo es violencia escolar y que sus hijos se encuentran en constante peligro y exposición; y por otro, aquellos que creen que las escuelas no han cambiado tanto, la violencia es esporádica y de escasa trascendencia.
Ambas posturas son consecuencia de una desinformación de la realidad escolar y reduccionismo del problema. Dependiendo de la postura que adopten la situación, variará el grado de malestar o preocupación parental hacia esta problemática.
Se ha de facilitar los recursos más oportunos para atajar el problema ó minimizarlo.

Referencias

- Avilés Martínez, José María. Psicólogo y Orientador escolar, experto en Bullying. Autor del libro ÁVILES MARTINEZ, JOSÉ MARÍA. (2003).Bullying: El maltrato entre iguales: agresores, victimas y testigos en la escuela. Amaru Ediciones.
- AGUADO, M.J. (2002) Convivencia escolar y prevención de la violencia.
-Informe del defensor del pueblo. Violencia escolar. El maltrato entre iguales en la educación secundaria obligatoria 1999-2006.



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