En el presente artículo, su autor enfatiza el valor del juego en el desarrollo pleno del niño. Tras señalar algunos de los principales beneficios de la actividad lúdica, se plantea el papel del juego en las instituciones escolares y defiende el aprovechamiento de su potencialidad educativa en aras del despliegue físico, psicológico y social de los alumnos.

Juego y educación

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía en la Universidad Complutense de Madrid


El juego no es exclusivo del ser humano. También juegan muchas especies animales, según se advierte en algunos de los que habitualmente nos acompañan en el hogar e incluso en otros salvajes. Llama la atención la similitud que a veces se descubre en su juego y en el de los niños. Cuando menos, a través de la actividad lúdica, se pone de manifiesto la necesidad individual de entrar en contacto con los congéneres, de movimiento y de dominio del entorno.
Hasta tal punto es importante el juego que constituye uno de los fundamentos del desarrollo de la personalidad. Aunque es cierto que cualquier etapa de la vida es apropiada para jugar, es durante los primeros años cuando el juego adquiere más trascendencia por abarcar casi todas las actividades infantiles: comunicación interpersonal; coordinación muscular; exploración del lugar, etc. En verdad, el juego es un asunto muy serio y constituiría un grave error privar al niño de actividad lúdica con objeto de acelerar su ingreso en el “responsable” mundo de los adultos. Una medida así abocaría al pequeño a trastornos psíquicos y físicos de diversa índole. Con problemas similares puede toparse el niño cuando los juegos a que se entrega habitualmente son inapropiados. Vemos, pues, que los beneficios biológicos, psicológicos y sociales derivados del juego se suspenden o se tornan perjuicios si la actividad lúdica es insuficiente, excesiva o aberrante.
Salvo que se trate de un niño enfermo, mal alimentado o inmerso en un ambiente inadecuado, el infante se entrega de forma natural al juego desde las primeras semanas de vida. Obviamente, el juego evoluciona al compás de la edad. Cuando se trata de un niño muy pequeño el juego es sobre todo actividad funcional, puro ejercicio, por ejemplo, manipulación de objetos y movimientos corporales que le reportan placer. En poco tiempo, los juegos predominantemente psicomotores ceden el turno a actividades lúdicas de índole simbólica que ensanchan considerablemente el horizonte infantil. El niño de la etapa preescolar deja de estar atado a la inmediatez, obtiene nuevas fuentes de gozo y es transportado, gracias a la imaginación, a un mundo de posibilidades ilimitadas. Ahora “puede” conducir, operar, navegar, vivir aventuras, etc., lo que lejos de ser intranscendente constituye un avance espectacular desde el punto de vista expresivo, intelectual, creativo y relacional. Procede recordar que la capacidad adulta de modificación positiva de la realidad a través del trabajo debe mucho a esta etapa infantil del juego simbólico.
Así pues, en la primera infancia el juego se torna más imaginativo. Por medio del libre vuelo de la fantasía se compensa y completa la realidad. Es el juego de hacer “como si”, que permite transformar, pongamos por caso, una escoba en un caballo o un palo en una espada. Ciertamente, a medida que el niño se desarrolla el entorno y la relación con los demás asumen un papel más importante en la actividad lúdica, cada vez más realista según se comprueba en los roles que se adoptan.

Beneficios del juego

El juego permite al niño superar paulatinamente su egocentrismo, pues le ofrece muchas oportunidades para la participación y la exhibición de comportamientos en un marco social. Además de canalizar energías y aumentar la conciencia que tiene de sí mismo, le permite ensayar nuevas adquisiciones adscritas a los planos psicológico y corporal. De modo concreto, posibilita la creciente asunción de normas, estimula el despliegue de estrategias físicas e intelectuales para superar escollos que pueden presentarse e impulsa la comunicación con los demás en un escenario presidido por la satisfacción. Gracias al juego se producen decisivos logros infantiles, que son graduales, a semejanza de los escalones que se suben en una escalera, y facilitan, a su vez, otros progresos.
El juego es beneficioso para todo tipo de niños, ya sea porque mitiga tensiones y desinhibe, ya porque activa el aprendizaje y el desarrollo. En niños con problemas, además, permite la observación de su conducta, y un tratamiento. El juego, de hecho, puede ser una eficaz herramienta terapéutica y ofrece siempre una oportunidad de desenvolvimiento personal y social en un marco de interacción y disfrute. Las únicas limitaciones que cabe establecer son las que garanticen la seguridad infantil.
En el juego el niño proyecta su personalidad, realidad compleja y dinámica en la que se funden naturaleza y ambiente. Al contemplar la actividad lúdica se descubre la singular impronta infantil, muy condicionada por las personas cercanas y significativas tanto de su familia como de la escuela.
La actividad lúdica debe ajustarse a las posibilidades del niño. Es preferible comenzar con juegos sencillos que potencien la observación, la iniciativa, la curiosidad, la exploración, la apertura, la colaboración y el respeto. En un ambiente interpersonal cálido y rico en estímulos que no obstaculice la libertad del niño se incrementa el disfrute compartido. Los eventuales conflictos deben canalizarse adecuadamente, de manera que se sustituyan el capricho, el egoísmo o la agresividad por la cooperación. El refuerzo de las actitudes amistosas exhibidas por el niño, además de facilitar la consolidación de vínculos positivos, abre el camino a nuevos progresos en las relaciones con los demás.

El juego en la escuela

Llegado este punto cabe preguntarse qué papel conceden nuestras instituciones escolares al juego. No se trata en modo alguno de que los centros educativos se conviertan en “parques de atracciones”, pero tampoco es aconsejable minusvalorar la actividad lúdica. Aun cuando la palabra ‘escuela’ viene del griego ‘skholé’, esto es, ocio y tiempo libre, es bien cierto que a estas instituciones se acude, en general y con las necesarias diferencias, a trabajar. Nada puede objetarse al esfuerzo exigido por la educación formal, pero no debe soslayarse que en el discurrir formativo se precisa igualmente disfrute, por el ensanchamiento vital que este estado de ánimo genera. Esta dilatación personal acontece a menudo a través de la participación lúdica.
La educación no es mero juego, pero tampoco es necesariamente algo displacentero. El énfasis en la incompatibilidad de la formación y la satisfacción obedece a un planteamiento pedagógico obsoleto que choca contra la evidencia.
La oposición con que se ha topado el juego en la escuela responde sobre todo al hecho de que a veces se ha hecho un uso disparatado del mismo, como cuando se ha propuesto el juego del parchís en cuanto actividad “formativa” sistemática. Un segundo escollo procede de una visión utilitarista y controladora de la escuela, donde lo único relevante son los resultados y las normas, y de la que se excluye lo que no se ajuste nítidamente a ese enfoque. En este marco escolar desafecto al juego se desaprovecha su potencial educativo.
Los logros sensoriales, psicomotores, cognitivos, emocionales y sociales alcanzados merced a la actividad lúdica saludable nos llevan a afirmar que el juego es bueno para la mente y para el cuerpo, de modo que ha de tenerse más presente en la educación. El desarrollo humano no puede entenderse del todo sin él.
Los juegos varían sustancialmente de unas culturas a otras, aunque en todas ellas se produce un tránsito de la actividad lúdica natural a la convencional. En este punto realizamos un pequeño inciso para apelar a la sensibilidad intercultural de los educadores, quienes pueden promover la integración por medio de diversas manifestaciones culturales lúdicas. Para la educación inclusiva e intercultural el fomento de este tipo de actividades representa una oportunidad de desenvolvimiento personal y social en un marco de apertura a la diferencia, conocimiento y respeto mutuo y libertad.
Las comunidades se expresan, entre otros canales, a través de la actividad lúdica y los niños en sus juegos reflejan el elemento cultural. De hecho, los valores intelectuales, físicos, estéticos, morales, etc., a veces se aprecian nítidamente en los juegos infantiles. Este carácter cultural de los juegos se aprecia por doquier y es conveniente que se canalice y potencie. Cuantos se ocupen de los niños deben moverse con soltura en este rico mundo lúdico, en el que se entreveran expresión, ocurrencia, diversión y aprendizaje. La posibilidad de que el juego derive en burla, abuso u otras acciones adversas y no deseadas siempre existe, por lo que conviene que los educadores permanezcan alerta y prestos a encauzar su fluencia.
En la esfera del juego a veces se descubren posibilidades formativas que están vedadas al trabajo escolar adscrito a la racionalidad pedagógica. En definitiva, no es que propugnemos sustituir la escuela lúcida por la escuela lúdica, lo que constituiría un disparate garrafal, sino que se aproveche la potencialidad educativa del juego.


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