En el presente artículo, su autor, profesor y jefe del Departamento de Lengua Castellana y Literatura en el IES “Marqués de la Ensenada”, de Haro (La Rioja), aborda la cuestión de la complejidad de tareas y la problemática de ciertas situaciones que los docentes afrontan en los centros educativos, agravadas, en su opinión, por el insuficiente apoyo y respaldo del entorno, tanto familiar, como administrativo y social.

La escolarización de los problemas sociales y la intensificación del trabajo docente

Eduardo Rodríguez Ramón
Profesor de Lengua y Literatura

La escuela es permeable a todos los cambios sociales y culturales presentes en nuestro entorno, de manera que en las personas se van modificando los valores y comportamientos, que desde décadas se creían sólidamente asentados. Ante esto, a los docentes se nos exige una adaptación constante y renovada, con una multiplicación de tareas, que nos lleva, en muchos casos, al agotamiento físico y mental, acompañado de la frustración que nos envuelve, a veces, por no saber cómo actuar ante la complejidad de ciertas situaciones -entre otras, la violencia y el fracaso escolar- que se nos presentan a menudo. Todo ello se agrava al no contar con el respaldo suficiente, tanto de la Administración educativa como de la sociedad en general.
Cada día escuchamos en conversaciones cotidianas, y, sobre todo, en las entrevistas que habitualmente los profesores mantenemos con los padres de alumnos que acuden a los centros educativos a interesarse por su marcha académica, las continuas quejas en ese sentido. Nos comunican con frecuencia, y también cuando desde el instituto se les reclama su presencia por un motivo disciplinario o de otra naturaleza, que son incapaces de enfrentarse a las actitudes díscolas de sus hijos, con discusiones cada vez más fuertes, y que se sienten impotentes para reconducir la relación con ellos. No son pocos los que nos transmiten la preocupación, a pesar de sus intentos de disuasión, de que eso se debe -como factor desestabilizador de enorme influencia negativa- a que estos chicos se ponen durante mucho tiempo, desatendiendo sus obligaciones escolares, delante de los programas “basura” de ciertas cadenas de televisión, en los que se proyecta una visión de la realidad que rompe con los valores tradicionales de respeto a los demás, solidaridad, tolerancia, y delante del ordenador para chatear con sus amigos, etc. En otros casos, se achaca esta conducta de exigencia y rebeldía -la perversidad de la fiebre consumista tiene mucho que ver en ello- a que muchos alumnos, debido a que tanto el padre como la madre -esta situación se agudiza en las familias inmigrantes- pasan muchas horas fuera de casa por trabajo, viven en la calle, sin control, con amigos no deseables, y con dejación de responsabilidades.
También observamos en los institutos -en nuestro centro, afortunadamente, no se ha llegado a la agresión física a profesores, sí a la agresión verbal- cómo algunos alumnos, sobre todo los hijos de padres separados, con fuertes desavenencias entre ellos, se manifiestan con carencias afectivas, faltan reiteradamente a clase, son constantemente sancionados por su mal comportamiento: a menudo, actúan así para llamar la atención y como muestra de su desequilibrio emocional.

Intervención pedagógica, psicológica y disciplinaria

¿Cómo actúa el profesorado ante esta variedad de conductas que tienden a la agresividad? En nuestro centro, los profesores tutores, junto con el Jefe de Estudios, y el Departamento de Orientación, llevamos a cabo diferentes medidas: control estricto de las faltas de asistencia, diálogo con los alumnos y sus familias, asistencia psicológica, intervención de los Servicios Sociales del Ayuntamiento, es decir, la intervención pedagógica y psicológica se combina con lo meramente disciplinario. Pero, aunque en ocasiones conseguimos que algunos mejoren, abundan los momentos en que nos abruma cierta impotencia: los padres se desentienden del problema, no acuden al centro cuando se les solicita, etc. El caso más dramático lo conocimos hace unos días: un alumno, normalmente conflictivo, hijo de padres separados -su padre, toxicómano, está en paro- vive, según nos ha contado él mismo, con su madre, quien, a menudo con estados depresivos, pasa la mayor parte del tiempo tumbada en la cama, sin preocuparse de nada; es este mismo niño de 12 años el que se encarga de limpiar la casa y hacer la comida para él y su hermana, más pequeña; con frecuencia, acude al instituto sin desayunar. Los profesores que le dan clase se quejan de su falta de higiene personal. El Equipo Directivo ha puesto en conocimiento de la Trabajadora Social todos los datos para que intervenga lo más pronto posible en este asunto. En fin, últimamente la Administración y los sindicatos docentes, como resultado de esta preocupación, están manejando soluciones que hagan frente a la violencia escolar y sus causas.
Todos estos problemas de índole social explican, en gran medida, el alto índice de fracaso escolar que tenemos en la actualidad, si bien las últimas leyes educativas -LOGSE y LOE- han intentado mitigarlo con ciertas normativas para pasar de curso, permitiendo un número elevado de suspensos. Es verdad que los profesores no consideramos, en general, la repetición de curso como la medida más eficaz, pero hay que intervenir de manera distinta a como se viene haciendo en los últimos años. Todos estamos de acuerdo en que se deben redoblar los esfuerzos-algunos ya se han iniciado-en atender a la diversidad, disminuir la ratio de alumnos por aula, aumentar los desdobles, incrementar el número de profesores, etc.
El modelo-tipo de clase en la ESO gira en torno a un número elevado de alumnos de diferente procedencia social y cultural: inmigrantes de origen latino americano, musulmán, o de Europa del Este -la mayoría con graves dificultades en el manejo del idioma, y con baja instrucción cultural- que conviven con alumnos españoles de diferente nivel académico, unos, repetidores; otros, con graves dificultades de aprendizaje, al lado de unos pocos, con un rendimiento elevado.
Hasta ahora, ¿qué se ha hecho en los institutos? Se vienen aplicando programas de diversificación, de inmersión lingüística-aunque tímidamente- con inmigrantes, algunos desdobles, programas de compensatoria… Pero, ¿cómo atendemos a la diversidad -ya apuntada- de alumnos que conviven en una misma aula? Los profesores nos esforzamos en hacer adaptaciones curriculares para los que aprenden con lentitud, también para los más aventajados, incorporando las nuevas tecnologías para hacer las clases más amenas, con la exigencia de mantener el orden y que los alumnos estén atentos. Todo esto nos obliga a una programación previa, a preparar las clases concienzudamente, a pensar cómo hacerlo lo mejor posible y cómo mejorar nuestra práctica educativa. Sin embargo, nos damos cuenta de que la ratio sigue siendo muy alta y de que se necesita-aparte de más materiales- el apoyo de otros compañeros para atender esa diversidad en el aula, pues, a menudo, te invaden la desazón y el desánimo cuando los resultados no son acordes al esfuerzo que realizamos.

Desánimo y desaliento

No resulta extraño, por tanto, que muchos profesores, ante la complejidad de su labor profesional, se sientan desalentados y sin fuerzas, caigan en la depresión, en la ansiedad y agotamiento. Aparte de nuestras preocupaciones particulares y de buscar, fuera del horario lectivo, tiempo libre para innovar y formarnos-, es tal la multiplicidad de tareas en nuestro trabajo docente-a esto se une la falta de apoyo de la Administración y el desprestigio social de nuestra abnegación y vocación, que cada día sigue aumentando el porcentaje de profesores que causan baja por enfermedad, y de profesores”quemados” que ansían jubilarse cuanto antes. Resulta muy lamentable ver algunas veces la respuesta violenta de ciertos padres, cargada de insultos y amenazas, que acusan al profesorado de no saber educar a sus hijos y de no cumplir con sus obligaciones. Al final del primer trimestre del curso actual, fui testigo de cómo la madre de un alumno amenazaba, gritando, con poner una denuncia al Equipo Directivo del centro, al que acusaba de permitir salir del instituto a su hijo, cuando, en realidad, el alumno se había ido sin permiso.
En definitiva, mientras no se haga todo lo posible para conseguir el prestigio de la profesión docente, para buscar la colaboración de las familias, y de la sociedad en su conjunto, en aras de crear un clima de convivencia y desterrar la violencia en los centros escolares, y mientras la Administración, aparte de atender las necesidades de los docentes, no proporcione los recursos necesarios para atender a la diversidad, con el objeto de reducir el fracaso escolar y mejorar la calidad, atendiendo prioritariamente a los grupos de población más desfavorecidos, la situación educativa en España no avanzará. Para contribuir a ese objetivo, los profesores, si bien suele haber un buen clima de relación con los compañeros en el instituto, debemos trabajar más en equipo, solidarizarnos ante los problemas de nuestra práctica docente, fomentar más el autoaprendizaje de los alumnos y su espíritu crítico, y esforzarnos en mejorar la relación personal con ellos.
En mis veinticinco años de experiencia en la enseñanza pública, en los últimos años se han producido cambios positivos: los gastos en Educación han mejorado, sobre todo en lo que concierne a aumento de becas; se ha producido una mayor atención de las políticas educativas a los que presentan más dificultades de aprendizaje, y el incremento en el número de profesores. Pero sigue siendo insuficiente.


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