En este artículo, que complementa el publicado en el número anterior de Comunidad Escolar, su autor ofrece algunas claves encaminadas a prevenir y superar el fracaso escolar. Se trata de propuestas adscritas al propio alumno y a su entorno escolar y familiar.

El fracaso escolar (II)

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía. Universidad Complutense

ste artículo, continuación del publicado en el número anterior, brinda algunas propuestas encaminadas a prevenir o neutralizar el fracaso escolar. Aunque no se pasa por alto que en este extendido problema entran en juego numerosas variables, se realiza seguidamente un esfuerzo por recoger elementos optimizadores de índole psicológica, pedagógica y social. Las claves concatenadas que se presentan son forzosamente generales, pero pueden orientar a los educadores sobre cómo mejorar el rendimiento escolar de alumnos preadolescentes y adolescentes:
Los alumnos/hijos deben recibir suficiente estimulación intelectual con objeto de que se desplieguen sus capacidades. Es bien sabido que aun cuando el desarrollo intelectual está condicionado por la dotación genética, el ambiente también ejerce su impacto. Asimismo, la información proporcionada en la escuela, más que dogmática y masiva, ha de apostar por favorecer en el educando el análisis crítico, la búsqueda y el pensamiento autónomo. De este modo, se beneficia la consistencia intelectual, la dilatación cultural y el aprendizaje heurístico y significativo.
La trascendencia de la aptitud verbal (comprensión y fluidez orales y escritas) en el rendimiento escolar nos lleva a insistir en que todo profesor, no sólo los de lengua, ha de promover la competencia lingüística de los alumnos. El lenguaje que fluye por los centros escolares no debe quedar circunscrito a clichés ni sometido a modas injustificadas. Ha de insistirse en que el enriquecimiento verbal suele acompañarse de ensanchamiento cognitivo y, por ende, personal. Valga decir, siquiera sea en apretado recordatorio, que la educación no puede prescindir del acercamiento a los libros, aunque, por desgracia, cada vez tienen menos presencia en esta escuela crecientemente tecnificada.
En lo concerniente a la personalidad los centros educativos deben favorecer la estabilidad emocional, la maduración afectiva, la autoestima, el autocontrol, la apertura y la perseverancia. Estas notas componen, a grandes trazos, un cuadro de deseable equilibrio psicológico para el trabajo y el rendimiento en la escuela. En aras del despliegue saludable y fecundo de la personalidad de los alumnos, se torna fundamental la preparación psicológica de los educadores, lo que afina su sensibilidad y facilita las relaciones interhumanas en un ambiente presidido por el apoyo, la confianza y la seguridad. De igual modo, hay que apostar por interacciones y metodologías didácticas flexibles, susceptibles de acomodación a alumnos con rasgos de personalidad muy distintos.

Inteligencia afectiva

En el terreno de la afectividad, un aspecto que vengo trabajando desde hace años es lo que he denominado “inteligencia afectiva” (Martínez-Otero 2007), cuyo cultivo es absolutamente necesario en los centros escolares. Esta capacidad cognitivo-emocional, susceptible de mejora, ayuda a los estudiantes a enfrentarse a situaciones potencialmente ansiógenas y estresantes. Por el contrario, los alumnos con escasa inteligencia afectiva son más vulnerables al estrés nocivo o distrés, corren alto riesgo de ser asediados por pensamientos y sentimientos negativos y de que su rendimiento disminuya.
La motivación, en su doble vertiente intrínseca y extrínseca, es requisito del rendimiento escolar. Esta necesaria concepción binocular puede correr peligro si, como sucede en ocasiones, el discurso educativo -docente e institucional- renuncia a la dimensión motivadora por considerar que no es de su incumbencia o, si por el contrario, se responsabiliza en exclusiva al profesorado de la desmotivación del alumnado. Obviamente, la posición más cabal se mantiene equidistante entre las dos señaladas y es la que activa y canaliza el comportamiento del alumno hacia el éxito escolar.
El hábito de estudiar es condición necesaria, pero no suficiente para mantener un rendimiento académico satisfactorio. Se precisa también el respaldo de técnicas de estudio que permitan rentabilizar el esfuerzo realizado. Por muchas cualidades intelectuales que se posean puede asegurarse que, sin trabajo escolar suficiente y apropiado, tarde o temprano se fracasa.
Respecto a los intereses vocacionales-profesionales es oportuno señalar que constituyen una suerte de epicentro explicativo del trabajo estudiantil, sobre todo en lo que se refiere a la orientación del mismo, los recursos desplegados y las decisiones adoptadas. Un buen número de problemas de inadaptación y de bajo rendimiento académico tienen su raíz en la incapacidad de las instituciones escolares para “ganarse” a los alumnos. En este sentido, los centros educativos tienen la responsabilidad de despertar el interés, en general, y los intereses, en particular, de los alumnos a través de programas y diseños formativos suficientemente sensibles y atractivos. En el actual momento de crisis laboral y económica, muchos jóvenes ven lentificado el desarrollo saludable de su personalidad por los escollos crecientes para acceder a un trabajo digno, lo que puede compensarse, al menos parcialmente, mediante el robustecimiento de los programas de formación vocacional-profesional.

La familia

Constituye un tópico afirmar que la familia es el ámbito educativo inicial y fundamental. Ahora bien, para que esta institución despliegue su función educativa y consiguientemente se mejore el rendimiento escolar de los hijos se necesitan varias condiciones entre las que cabe destacar: las relaciones entre sus miembros basadas en el amor, el cuidado y la atención; el diálogo abierto, respetuoso y cordial; la autoridad de los padres, así como la estimulación cultural suficiente. La constatación de la importancia del tiempo libre en el proceso formativo nos anima igualmente a recordar el relevante papel de los padres a la hora de encauzar saludablemente las actividades de los hijos, de forma que se combine formación y diversión, siempre que sea posible y, por supuesto, desde el respeto a la libertad individual.
En general, un buen clima social escolar se caracteriza por el trabajo, la cordialidad, la inclusión, la cooperación y la seguridad. Con frecuencia la ausencia/quiebra de estas propiedades nos sitúa ante centros deficitarios cuyo impacto negativo se deja sentir en mayor o menor grado sobre los alumnos en forma de insatisfacción, temor, insuficiencia instructiva, fracaso escolar o desarrollo anómalo de la personalidad. Para evitar este tipo de influjos nocivos y orientar positivamente al alumno y su rendimiento se requiere un genuino compromiso institucional con la convivencia y la educación.
La magnitud del tema no permite abordar todas las variables que inciden en el rendimiento escolar, pero sí que se han mencionado algunas de las más directamente involucradas en el fracaso/éxito de los alumnos. Espero, por supuesto, que con las propuestas pedagógicas realizadas obtengan padres, profesores y responsables educativos orientaciones suficientemente prácticas para mejorar el rendimiento escolar y el proceso educativo de los escolares. Cabe pensar que al incorporar, mutatis mutandis, estas ideas a la política educativa, evidentemente con los necesarios recursos, un significativo sector de los ahora catalogados como “fracasados” se liberarían de tal etiqueta y pasarían a engrosar las filas de los “buenos estudiantes”. Nos hallamos, en fin, en un momento crucial en que la solución de los problemas de rendimiento escolar exige, además de esperanza, una considerable dosis de adecuación pedagógica.

Referencias

-MARTÍNEZ-OTERO, V. (1997): Los adolescentes ante el estudio. Causas y consecuencias del rendimiento académico, Madrid, Fundamentos.
-MARTÍNEZ-OTERO, V. (2007): La inteligencia afectiva. Teoría, práctica y programa, Madrid, CCS.
valenmop@edu.ucm.esal.

 

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