El debate en Educación sobre el motivo que incita a los alumnos recién salidos de la selectividad a enfocar su futuro hacía una carrera u otra viene de lejos. Dicho debate se abre ante la dicotomía de que tal motivación sea bien por vocación o bien por falta de nota de corte. En el presente artículo sus autoras retoma este debate para centrarlo en el ámbito de los estudios de Magisterio y, más concretamente aún, en la especialidad de Educación Especial.

Educación Especial: ¿Vocación o falta de nota?

Isabel Salido López, Raquel Naharro Tejero y Eva Mª Gómez Ordoñez
Profesora de filosofía y Licenciada en Psicología Clínica y en Filosofía y Ciencias de la Educación

ntonces si nos basamos en la semántica, meramente en el significado de las palabras, según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, la definición de vocación es: “Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera”.
Una definición más es la del Diccionario Anaya de la Lengua:
“Inclinación, interés que siente una persona hacía una forma de vida o un trabajo.”
Ambas definiciones hacen referencia a la inclinación temprana de una persona hacía una profesión en concreto, que va a definir su forma de vida. El adversario de este concepto tan importante para la vida de una persona, es la falta de nota de corte.
El hecho de que una persona dirija su futuro laboral hacía uno u otro lado puede ser establecido por una simple nota de corte. Dicha nota puede ser derivada de unas circunstancias específicas y especiales en un momento determinado de su vida, que por suerte o por desgracia, van a regir sus decisiones laborales.
Esta dicotomía plantea dificultades y suspicacias en cualquier ámbito laboral, cuánto más en la Educación, área en la que se trabaja en la formación de personas que serán, en un futuro inmediato, profesionales que formarán a otras personas.
En el Magisterio no se estudia para trabajar en una oficina o fábrica con objetos de más o menos valor, pero sin sentimientos al final. Por el contrario, nos formamos para trabajar en la enseñanza de niños con el fin de convertirlos en personas adultas, con valores firmes que puedan ser aplicados en su vida diaria. De ahí, que aquellos universitarios que eligen la carrera que marcará su futuro de forma arbitraria, por falta de nota y no por vocación, incurran en uno de los mayores errores de su vida, ante el que pueden tomar dos determinaciones. Una, ser conscientes de su error e intentar remediarlo a tiempo, antes de estropear el futuro de cientos de niños y el suyo propio. Y la segunda ser conscientes de su error y, a pesar de ello, embelesados por la supuesta falacia de un futuro laboral fascinante y exento de esfuerzos, continúan empecinados en su empresa; mostrándose en un futuro amargados y amargándoles la vida a los cientos de niños que han de pasar por sus manos.
Esta dualidad selectiva se presenta cuando aquellos estudiantes de Magisterio, que inician la carrera sin vocación alguna, esperando que el “Mito del maestro”, de las largas vacaciones, el suculento sueldo y el escaso trabajo, se viene abajo. Este momento es cuando inician el período de practicum. Es cuando, de verdad, se dan de bruces con la realidad de la escuela y de lo que significa ser maestro.
Esto es así en cualquier especialidad del Magisterio, pero se manifiesta con especial crudeza cuando se trata de la especialidad de Educación Especial. Durante el practicum de Educación Especial la realidad del futuro laboral se presenta con toda su veracidad, en el sentido más extenso de la palabra. Es cuando, por fin, entras en contacto con la verdad de tu futuro trabajo, el entorno físico y personal que lo va a rodear y a fundamentar: colegio, profesorado, alumnado, padres y sociedad, que lo rodea e impregna todo.

Frente a la realidad

En el caso del alumnado de Educación Especial es cuando comprendes la realidad de sus vidas; la discapacidad que los acompaña, pero no los define; las circunstancias que les facilitan o dificultan su formación. Es entonces, cuando nos sumergimos en esta realidad y se manifiestan nuestros sentimientos verdaderos ante nuestro futuro.
La respuesta emocional ante esta nueva visión del futuro, responde nuevamente a dos opciones: 1ª ¡Me encanta lo que estoy estudiando! Me entusiasma el día a día con los alumnos, me satisface enseñarles lo que sé y aprender de lo que saben. Sé que estoy en el camino correcto y es el que quiero seguir. Todo ello, a pesar de las dificultades y sinsabores que me puedan producir en un futuro, puesto que las satisfacciones encontradas equilibran e inclinan la balanza. 2ª ¡No puedo! Esto no es lo que yo me había imaginado; es mucho sacrificio; me dan mucha lástima estos niños/as; no se puede hacer nada con ellos; no puedo soportar a los niños. Ante esta sensación de pena, de frustración y desgana se manifiesta la necesidad de abandonar la carrera, porque se han dado cuenta de que éste no es el futuro esperado ni deseado.
Los responsables de la primera respuesta han de ser necesariamente, aquellos estudiantes que eligieron el Magisterio por Educación Especial de forma vocacional, como respuesta a una “inclinación irreflexiva ante una profesión y forma de vida”.
Por el contrario, aquellos que responden de la segunda manera, han de ser los que eligieron la carrera de Magisterio por Educación Especial de forma arbitraria e interesada o desinteresada, por cuestiones de falta de nota, por la idea del falso “Mito del Maestro” o por la idea de un trabajo seguro para el Estado.
La buena noticia ante esta final resolución es que una vez retirados aquellos futuros maestros que no serán buenos en la formación de personas por el criterio de elección para estudiar su carrera; es que aquellos futuros maestros que tienen el valor y la dedicación de reafirmarse en su decisión por vocación, serán sin duda los que podrán formar a sus alumnos para aproximarse a ser personas integrales, trabajando todos los ámbitos de la persona: personal, laboral, familiar y social.

El “Mito del Maestro”

¿Quién es el culpable de la idea del “Mito del Maestro”? En mi opinión, es la propia sociedad la culpable de esta falsa creencia y, por consiguiente, la culpable de que muchos estudiantes se equivoquen en el criterio electoral de su carrera y posible futuro laboral.
Es la sociedad la que se ha ocupado primero de alzar al Maestro a los altares: por ser modelo a imitar en su forma de vida para los alumnos; por el esfuerzo laboral y vocacional que hacían para su formación; porque el maestro/a siempre tenía razón sin ser cuestionado; porque había que inculcar un profundo respeto ante su persona;…
Pero poco a poco, esa idea se fue desechando debido al falso ”Mito de la buena vida del Maestro”: sueldos altos, escasas horas de trabajo, muchas y largas vacaciones…
Para, finalmente, llegar a la idea actual del maestro como un pelele; como un pelmazo que siempre habla de lo mismo y machaca a nuestros hijos; una persona a la que no hay que respetar como a ninguna otra, a favor de unos alumnos que son respaldados por algunos padres en todo momento, que tienen todos los derechos y ninguno de los deberes que les corresponden.
A pesar de ello, los maestros que ejercemos en la parcela, algo olvidada, de la Educación Especial podemos darnos por satisfechos, puesto que nuestro esfuerzo y dedicación se ven recompensados cada día por el esfuerzo, los valores y el respeto que “normalmente” nos demuestran nuestros alumnos con necesidades específicas de apoyo educativo.
Las Aulas de Apoyo a la Integración y a la Normalización se han convertido en espacios reservados al perdido respeto a la figura del maestro de forma deliberada; un refugio de valores y sentimientos de respeto y admiración por el esfuerzo diario que realizan nuestros alumnos y nosotros mismos para lograr desarrollar al máximo sus posibilidades educativas y personales, con el fin de convertirlos en buenas personas.
Es deseable que este espacio reservado que son nuestras aulas, se ampliarán y sembrarán las nuevas semillas de los valores que han de ser reimplantados de nuevo en los Centros Educativos: Respeto, tolerancia, solidaridad, igualdad, esfuerzo, normalización, integración… Todos ellos valores necesarios para promover un futuro mejor para todos.


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