Superados ya aquellos periodos históricos en los que era considerada símbolo de fuerza, fertilidad, atractivo físico, riqueza o estrato social, la obesidad es ya hoy en día aceptada como una enfermedad crónica en la que el aporte calórico que una persona debe consumir a lo largo de una jornada se ve multiplicado, generando así que las reservas naturales de energía, almacenadas en el tejido adiposo, se incrementen hasta tal punto que llega a asociarse con el aumento de la mortalidad. Pero, lejos de lo que se creía, la obesidad no conoce sexo, raza o clase social. Y lo que es aún peor si cabe, edad.

La obesidad en la educación infantil: un problema de todos

María Ferrer Calvo
Diplomada en Eduación Infantil

uperados ya aquellos periodos históricos en los que era considerada símbolo de fuerza, fertilidad, atractivo físico, riqueza o estrato social, la obesidad es ya hoy en día aceptada como una enfermedad crónica en la que el aporte calórico que una persona debe consumir a lo largo de una jornada se ve multiplicado, generando así que las reservas naturales de energía, almacenadas en el tejido adiposo, se incrementen hasta tal punto que llega a asociarse con el aumento de la mortalidad. Pero, lejos de lo que se creía, la obesidad no conoce sexo, raza o clase social. Y lo que es aún peor si cabe, edad.
La sociedad consumista que trajo consigo el siglo XX ha provocado tal modificación en la conducta humana que hoy cuantificamos la felicidad personal en función a la cuantía de consumo. Este hecho, sumado a la desproporcionada cantidad de alimentos altamente calóricos (ya sean dulces, golosinas o la llamada “comida rápida”) existentes en la sociedad, ha provocado que tanto adultos como niños hayan caído presas de esa espiral de consumo desenfrenado. La pregunta es ¿dónde reside el problema? Y la respuesta es clara: en la educación.
El hecho de alimentarnos es, en un principio, un acto reflejo (denominado “reflejo de succión”, consistente en que el bebé intentará succionar aquellos objetos que le rocen los labios), pero poco a poco se va convirtiendo en un hábito cada vez más voluntario y se va viendo mediatizado por otros factores ajenos a la propia supervivencia. Según Sigismund Schlomo Freud, más conocido como Sigmund Freud, los niños en su primer año de vida se encuentran inmersos en lo que él denominó la “etapa oral” de su desarrollo psicosexual. En éste periodo la zona erógena del bebé se encuentra en la boca, de forma que obtiene el placer gracias a la incorporación de alimentos. Observamos pues como desde el nacimiento descubrimos el placer y la sensación de satisfacción que la comida nos produce.
Aunque a partir del primer año el niño comienza una nueva etapa de su desarrollo psicosexual, la “etapa anal”, en la que obtiene el placer gracias al mecanismo de “retención-expulsión”, no por ello deja de ser igualmente placentera la ingesta de alimentos.
Partiendo del hecho de que, en efecto, comer nos produce placer, cabría preguntarnos si la verdadera razón de la obesidad reside en el hecho de  satisfacernos o no, o si el problema está en cómo obtenemos dicha satisfacción.

Acto social

Bien es sabido que la comida es un acto social y, ante todo, un ritual familiar. Parémonos a analizarlo. ¿Qué significa que la comida sea un acto social? Primeramente que es una acción que todos y cada uno de los individuos en condiciones normales llevamos a cabo. Pero no sólo eso, sino que se ve mediatizada por la sociedad y sus tendencias. ¿Quién, en España, no ha oído hablar alguna vez de McDonald´s? La publicidad golpea en la mente de las personas con tal fuerza que llega a provocar movimientos en masa. Esto conlleva que encender el televisor en horas de comida implica un bombardeo de llamativos y sugerentes anuncios publicitarios que nos invitan y casi obligan a consumir productos alimenticios que lejos están de ser aconsejables. Utilizo el verbo obligar no en el sentido literal de la palabra, sino para enfatizar el hecho de que llega un momento en el que es la misma sociedad la que nos empuja a ese consumismo para formar parte de ella,  lo cual a su vez es paradójico, ya que nos creemos empujados hacia una sociedad de la que en realidad formamos y tomamos parte. 
¿Y porqué la comida en un ritual familiar?  La familia es el primer y principal agente que interviene en la alimentación de los niños. El primer alimento que recibe el bebé es a través, en la inmensa mayoría de casos, de la madre, ya sea con la leche materna o mediante el biberón. Desde este primer momento en que el niño crea un vínculo de dependencia con su madre, hasta que prácticamente el individuo se independiza, son la madre y el padre los que le proporcionan los alimentos. Y este es un aspecto de suma importancia, ya que si son los padres los que eligen la alimentación del niño: ¿quién provoca su obesidad? Antes de analizarlo, debemos aclarar que, en cualquier caso, partimos de que la obesidad no está generada por problemas endógenos como alteraciones metabólicas (dado este caso, la intervención se llevaría a cabo de diferente manera), si no por una inadecuada alimentación.
Una vez aclarado, retomo la pregunta previamente planteada: ¿Quién provoca la obesidad en los niños? Sería arriesgado y erróneo afirmar que la culpa recae enteramente sobre la familia, pero no cabe duda de que ésta posee un papel fundamental, de ahí que sea imprescindible empezar a trabajar con ella. ¿Y qué podemos hacer nosotros como docentes?
Como previamente he mencionado, es la familia el primer y principal agente tanto de la educación como de la alimentación de los niños y niñas, otorgando este hecho un papel secundario, aunque no por ello menos trascendental, a la escuela. Es por ello por lo que debemos actuar directamente en el foco del problema: la educación alimenticia. Por educación alimenticia entenderemos aquellas conductas que posee el individuo (en este caso el seno familiar) referentes a la alimentación y todo lo relacionado con ella, cómo la salud, la higiene…
Debemos de ser realistas y saber que disponemos de un mayor tiempo para reeducar los hábitos alimenticios de los niños que para inculcar actitudes sanas en sus familias, por lo que debemos de aprovechar todos los recursos que poseemos para conseguir el mayor éxito posible. Y contamos con muchísimos. Uno de los más tradicionales son las denominadas tutorías. Las tutorías se realizan en grupo (familiares llamados a reunirse junto con el profesor/tutor), y son un momento idóneo para concienciar a los padres y madres del problema. Proporcionarle el máximo de información es importante para que conozcan realmente los peligros que una inadecuada alimentación conlleva, no sólo problemas físicos (el peso corporal excesivo predispone para varias enfermedades, particularmente enfermedades cardiovasculares, diabetes mellitas tipo 2, apnea del sueño, osteoartritis e incluso para ciertos tipos de cánceres), sino que también peligra su salud psicosocial, dado que los niños con sobrepeso tienden a tener más baja el autoestima y a sentirse en la mayoría de los casos marginados de alguna manera.

Opciones de ayuda

Hay que hacerles ver a sus padres que la alimentación de sus hijos está en sus manos, y que factores externos como el tiempo o el persistente rechazo de alimentos saludables no pueden mediatizarla. Debemos de ofrecerles opciones que les ayuden a afrontar el problema. Por ejemplo, si queremos introducirle un nuevo alimento al niño, se aconseja hacerlo al principio de la comida que es cuando el niño tiene más hambre, e insistir cocinándolo de diferentes formas hasta que el niño encuentre el sabor que le gusta. Por otro lado, han de respetar los horarios de comida, de forma que en la medida de lo posible se lleve a cabo en el mismo lugar, ofreciendo al niño una cantidad de comida adecuada a su edad, presentándola de forma atractiva y no siempre cocinada de la misma manera (la variedad en los alimentos es muy importante), y dándole suficiente tiempo para comer.
Otra opción es ofrecerles posibilidades de menús. Si el niño acude al comedor escolar, se les entregaría a los padres una opción para la cena que estuviera acorde con los alimentos y los nutrientes ingeridos en el almuerzo, para equilibrar así la alimentación del niño. En el caso de que no asistieran al comedor, bien se les podría entregar posibles menús o bien tablas nutricionales en las que se especifique la cantidad de cada tipo de alimento que debe consumir el niño al día. Por lo general se considera adecuado un 15% de proteínas, un 30% de grasas y un 55% de hidratos de carbono.
Pero más allá de la información, podemos implicar de forma práctica a la familia, por ejemplo, con la creación de talleres de comida, en la que los familiares prepararían con el grupo-clase una receta saludable y atractiva (existen multitud de platas sencillos, saludables y atractivos para los niños que se pueden hacer), o bien fomentar el deporte con caminatas en grupo e incluso proponer actividades extraescolares en las que los padres hagan deporte con sus hijos (la obesidad va de la mano con el sedentarismo),…
Y una vez cubierta la familia, toca el trabajo con los niños. Partiendo de la globalidad, hay que trabajar la alimentación desde todos los ámbitos. Es muy importante que, al igual que lo hemos hecho con los padres, fomentemos el consumo de productos saludables. Esto se puede conseguir, por ejemplo, llevando a cabo una Unidad Didáctica de la alimentación, o dedicar días a los alimentos, así como la narración de cuentos, la realización de teatros  (tanto por parte del niño como por parte del personal docente u otros colectivos),... Mediante el juego, la manipulación y la propia actividad debemos hacer partícipe al discente de su aprendizaje, en el que ha de comprender la importancia del consumo de ciertos alimentos frente a otros. Que descubran la satisfacción por comer la verdura, el pescado o la fruta, y no sólo por los dulces o las hamburguesas.
Esto no significa invertir la situación y erradicar por completo el consumo de éstos productos, sino moderarlo.
Prevenir la obesidad es más fácil que remediarla, y un niño obeso tiene muchas probabilidades de ser un adulto obeso.
Con una adecuada educación en consumo, salud y alimentación, dirigida tanto a padres y madres como a niños y niñas, podemos, con el esfuerzo de todos, conseguir un futuro mejor para los más pequeños, que tanto se lo merecen.

arriba