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En las próximas líneas voy a intentar, y en
el exclusivo marco de la educación básica u obligatoria, argumentar en
contra de ese supuesto riesgo de que nuestro sistema educativo caiga en
planteamientos economicistas o utilitaristas y, por el contrario, destacar
la formación en valores que subyace en dicho modelo de competencias básicas
y la importancia que las diferentes normas que regulan las etapas de Educación
Primaria y de ESO (sin olvidar a Educación Infantil y Bachillerato) conceden
a esta formación.
La entrada en vigor de una nueva reforma educativa provoca (el profesorado
con cierta experiencia ya ha conocido en el plazo de los últimos 18 años,
los mismos que puede pasar un alumno en sus años de escolaridad en Infantil,
Primaria, ESO y Bachillerato en la escuela, la LOGSE, la interrumpida LOCE
y la LOE,
cada una de ellas con sus respectivos reales decretos de enseñanzas mínimas
o comunes, con sus decretos de currículo autonómicos, la llamada reforma
de las humanidades en ESO y Bachillerato que entró en vigor a partir del
curso 2002-2003 y que todavía estará vigente para 2º de Bachillerato en
el 2008-2009, y sin olvidar las distintas normativas que regulan la organización
de las distintas enseñanzas, los criterios de promoción y titulación,
y algún aspecto más), como no podía ser de otra forma a la vista de tan
sucesivos y continuos cambios, algunas dudas, fundadas en ciertos casos,
infundadas en otros, y, sobre todo, desconfianza en quienes deben aplicar
cualquier reforma, lo cual es sumamente peligroso porque su éxito o fracaso
recae en el profesorado. Ah, y no nos olvidemos tampoco de la aplicación,
LODE (1985) y de la LOPEGCE (1995).
Si algún aspecto merece destacarse en el estricto campo de la enseñanza
obligatoria es la aparición de un nuevo elemento en la definición de currículo,
las competencias básicas: la LOE define el currículo en su
artículo 6 como "el conjunto de objetivos, competencias básicas,
contenidos, métodos pedagógicos y criterios de evaluación de cada una
de las enseñanzas reguladas en la presente Ley". En su momento, tanto
la LOGSE (1990) como la LOCE (2002) definieron el currículo
como el conjunto de objetivos, contenidos, métodos pedagógicos y criterios
de evaluación, por lo que la auténtica novedad -y protagonismo- en la LOE es la inclusión de las competencias
básicas (se han convertido en la clave de bóveda sobre la que descansa
el nuevo modelo educativo). Y si decimos novedad, ésta lo es en Primaria
y en ESO, pero no tanto en la Formación Profesional,
ya que el modelo de los ciclos formativos de grados medio y superior
que empezaron a impartirse en la primera mitad de la década de los noventa
del siglo pasado ya las contemplaba (fíjense en algunos de los términos
que se empleaban en sus enseñanzas mínimas y currículos: competencia general,
competencia profesional, unidades de competencia...).
Antes de seguir habría que hacer una matización: para la inmensa mayoría
de los profesores, las competencias básicas son introducidas en el sistema
educativo español por la LOE (2006), lo que no es totalmente
cierto, y no sólo por lo que acabamos de decir sobre la FP. La LOCE (2002), en sus
artículos 18 y 30, además de en su Introducción, ya citaba reiteradamente
a las competencias básicas, artículos éstos dedicados -otra supuesta novedad
de la LOE- a la evaluación de diagnóstico
en Educación Primaria y ESO, respectivamente. En los reales decretos de
enseñanzas comunes que se aprobaron como desarrollo de la LOCE, y en los currículos de
aquellas comunidades autónomas que más prisa se dieron (Madrid entre ellas),
no se definieron qué eran las competencias básicas, ni se establecieron
cuáles eran, ni tampoco se fijaron los cursos en que se habrían de celebrar
esas evaluaciones de diagnóstico, pero al menos fueron términos educativos
que se introdujeron en la normativa legal que había de regular nuestro
sistema educativo.
Enseñanzas mínimas
Las enseñanzas mínimas de Educación Primaria
y de ESO establecidas por el entonces MEC como desarrollo de la implantación
del sistema educativo regulado por la LOE ya fijaron qué ocho competencias
básicas (comunicación lingüística, matemática, conocimiento e interacción
con el mundo físico, tratamiento de la información y competencia digital,
social y ciudadana, cultural y artística, aprender a aprender y autonomía
e iniciativa personal) había de alcanzar el alumno durante su escolaridad
obligatoria (y algunas comunidades introdujeron variaciones, como ha sido
el caso de Castilla-La Mancha, que ha incorporado una novena, la emocional,
y además las ha extendido a la
Educación Infantil y al Bachillerato, aunque en esta
etapa no son las mismas, y otras comunidades como Andalucía, que ha denominado
algunas de forma distinta, o Cataluña y País Vasco, también con especificidades
propias), y de la misma forma se indicaron en qué cursos había de celebrarse
la evaluación de diagnóstico (4º de Educación Primaria y 2º de ESO).
Establecidos este punto de partida, el que nos recuerda que estos aspectos
de la LOE no son una ocurrencia de
los actuales rectores nacionales de la educación, posiblemente debamos
plantearnos que, como en otros muchos aspectos de nuestra vida, las decisiones
de política educativa tienen un marco supranacional, el europeo, el comunitario.
Porque de la Unión
Europea provienen esas competencias básicas, las que
en su momento dio en llamar competencias clave, que no son otras
que, agrupadas o desglosadas, las que figuran en los currículos de nuestro
sistema educativo. En suma, y aunque nos pese, nuestra originalidad ha
sido escasa, y no hemos hecho otra cosa que trasladar a nuestra educación
lo que se había recomendado allá en Bruselas.
Empezábamos estas líneas planteando el temor a que las competencias básicas
dieran un sesgo economicista a los procesos de enseñanza-aprendizaje,
como si los centros educativos fueran a convertirse en nuevas fábricas.
No sabemos si este temor es consecuencia de una reflexión crítica acerca
del origen y características de las competencias básicas o si, por el
contrario, esconde una descalificación apriorística de una nueva reforma
educativa (¿son una moda?, ¿serán efímeras?, ¿resolverán las deficiencias
que desde hace siglos arrastra nuestro sistema educativo?). En todo caso
es comprensible la incertidumbre que se tiene acerca de cómo puede verse
afectada la práctica educativa, sobre todo en los primeros cursos de su
aplicación (ya llevamos uno), dada la inexperiencia del profesorado y
las todavía escasas acciones formativas emprendidas por instituciones
y administraciones.
Quienes cuestionan este modelo educativo -que tanto éxito está teniendo
en la FP, capaz de formar adecuadamente a los alumnos
para su incorporación inmediata al mundo productivo- insisten en que su
origen se encuentra en el mundo empresarial, como si esto, en sí mismo,
fuera negativo. Pero es que tampoco es así, ha sido al revés: el término
competencia se lo debemos al psicólogo y profesor de Harvard David
McClelland, quien en 1973 escribió un artículo titulado "Evaluar
la competencia en lugar de la inteligencia". Dos eran sus tesis:
ni el expediente académico ni una entrevista eran garantías suficientes
de que una persona fuera a ser eficaz en su trabajo, sino que había que
ver a esa persona directamente en la actividad laboral (lo que ahora se
conoce como management audit, es decir, planteándole pruebas de
simulación). De este modo, vemos que un profesor universitario exportó
el concepto de competencia del ámbito académico al empresarial, a la gestión
de los recursos humanos, y es en este marco en el que ha cimentado su
éxito y ha revertido posteriormente al mundo educativo. Por cierto, ya
gran parte del éxito del actual modelo de FP, el de los ciclos formativos,
debemos achacarlo a que todos los alumnos finalizan obligatoriamente su
formación con una estancia obligatoria de duración variable en empresas,
en las que deben aplicar la formación teórica-práctica que han recibido
en su centro educativo comportándose no sólo como alumnos, que lo siguen
siendo, sino también como trabajadores, que lo serán en un futuro próximo.
Los parecidos son extraordinarios, reconozcámoslo, sobre todo cuando en
las empresas han podido comprobar en la práctica, como le habría gustado
a McClelland, qué alumnos tienen una preparación suficiente para incorporarse
a su plantilla. Las empresas no sólo se fijan en los conocimientos de
esos alumnos sino en sus capacidades, no en vano estamos evolucionando
de unos modelos educativos nacidos tras la revolución industrial —en los
que se primaba la acumulación de conocimientos— a otros propios de la
sociedad del conocimiento —en los que prima la adquisición de destrezas—.
Y el mundo educativo, en consecuencia, debe dotarse de otros parámetros
en su funcionamiento, es decir, debe adaptarse a las nuevas exigencias
si quiere cumplir con la función social que se la ha asignado.
Unos años más tarde (marzo de 1990), se firmó la "Declaración Mundial
sobre Educación para Todos: la Satisfacción de las
Necesidades Básicas de Aprendizaje" (Jomtien, Tailandia), en la que
podemos encontrar muchos de los aspectos que caracterizarán años más tarde
el concepto de competencias clave / competencias básicas. A modo de ejemplo,
cito algunos de ellos: en su artículo 1 (La satisfacción de las necesidades
básicas de aprendizaje) podemos leer que cada persona deberá estar
en condiciones de beneficiarse de las oportunidades educacionales ofrecidas
para satisfacer sus necesidades básicas de aprendizaje, necesidades que
comprenden tanto las herramientas esenciales para el aprendizaje (lectura
y escritura, expresión oral, aritmética, resolución de problemas, lo propio
de una persona alfabetizada) como los contenidos básicos del propio aprendizaje
(conocimientos teóricos y prácticos, valores y actitudes) requeridos para
que los seres humanos sean capaces de sobrevivir, desarrollen sus capacidades,
vivan y trabajen con dignidad, participen plenamente en el desarrollo,
mejoren la calidad de sus vidas, tomen decisiones fundamentadas y continúen
aprendiendo (un nuevo concepto de alfabetismo).
Como podemos comprobar, no sólo se citan algunos de los aprendizajes básicos
que la persona debe alcanzar (¿les recuerdan a ustedes algunos de los
que se analizan en las pruebas PISA?), sino que se insiste en la necesidad
de un aprendizaje teórico-práctico en el que estén presentes los valores,
es decir, reivindica una formación integral de la persona. Y cuando nos
referimos a una educación integral, queremos decir mucho más que alcanzar
una sólida formación intelectual o una sólida preparación para la vida
activa-laboral -que también-, estamos hablando de la formación de personas
responsables, de la formación de ciudadanos comprometidos.
Informe Delors
Los precedentes más inmediatos de lo que hoy
entendemos como competencias en el mundo educativo los encontramos en
el Informe Delors y en el Proyecto DeSeCo. El Informe Delors,
patrocinado por la UNESCO
en 1996, es más conocido por "La educación encierra un tesoro"
(Delors, presidente la
Comisión Europea en el periodo 1985-1994, finalizó su
introducción reproduciendo parte de la fábula El labrador y sus hijos
del fabulista francés del siglo XVII La Fontaine) o por "Los
cuatro pilares de la educación para el siglo XXI". ¿Por qué la necesidad
de la UNESCO
de reflexionar sobre la educación? Fundamentalmente porque para asegurar
el crecimiento económico y el bienestar social, en una sociedad como la
de principios del siglo XXI en la que se producen importantes cambios
sociales y económicos (progreso científico y tecnológico, empleo de las
tecnologías de la información y la comunicación, globalización, etc.),
el conocimiento como sinónimo de capital humano es la única garantía.
El Proyecto DeSeCo (Definición y Selección de Competencias, 1999), patrocinado
por la OCDE,
quiso establecer qué competencias eran necesarias para un ciudadano, y
son las que conocemos como competencias clave —y son clave o básicas porque
han de ser valiosas para la totalidad de la población, independientemente
del sexo, condición social, entorno..., de lo que deducimos su estrecha
relación con la enseñanza comprensiva (mismo currículo básico para todos
y retraso de la separación de alumnos, es decir, mismas oportunidades
educativas para todos) y con la equidad (que las diferencias en los rendimientos
no sean consecuencia de factores sociales o culturales)—. En suma, qué
aspectos garantizan que la persona adquiera lo que se ha dado en llamar
su renta cultural básica.
Dicho esto, y recordada la imbricación entre educación y economía,
fenómeno que no es precisamente nuevo y que está en el origen de muchas
reformas educativas (sin ir más lejos, en el actual modelo de Formación
Profesional), en el Informe Delors se identifican los cuatro grandes retos
/ pilares a los que se enfrenta la educación: aprender a hacer, aprender
a aprender, aprender a convivir y aprender a ser. Como vemos,
y por adición, nos estamos refiriendo a una educación integral de la persona:
los dos primeros aprendizajes (hacer y aprender) están directamente
relacionados con conceptos y procedimientos, y los dos últimos (convivir
y ser), con las actitudes y valores (educación humanista), aspectos
todos ellos que ya vimos en la
Declaración de Jomtien de 1990.
Por limitarnos por cuestiones de espacio a estos dos últimos aprendizajes,
en el de aprender a convivir nos encontramos con contenidos como
éstos: "El clima general de competencia que prevalece en las economías,
tanto domésticas como internacionales, tiende a convertir la competencia
y el éxito personal en los valores de la modernidad", pero nos
alerta frente a ello cuando dice que "es así que esta competitividad
ha dado lugar hoy día a una guerra económica sin tregua y a una tensión
entre ricos y pobres que separa a las naciones y que exacerba las rivalidades
históricas. Lamentablemente, la educación a veces ayuda a mantener este
estado de cosas, debido a una interpretación incorrecta de lo que significa
la competencia". En este mismo aprendizaje insiste en que la
educación debe adoptar dos perspectivas complementarias: descubrir a los
otros y participar en proyectos comunes. Descubrir a los otros exige que
los profesores enseñen a sus alumnos que existe la diversidad humana,
que éstos comprendan las reacciones de los demás, que miren las cosas
desde sus puntos de vista; participar en proyectos comunes permite que
las diferencias e incluso los conflictos entre las personas se atenúen
y, a veces, desaparezcan. Todo un ejemplo.
Mucho más explícito es el modelo educativo que propugna cuando desarrolla
el aprender a ser: "La educación debe contribuir al desarrollo
completo de la persona: cuerpo y mente, inteligencia, sensibilidad, apreciación
estética y espiritualidad" (educación integral). Insiste en los
mismos principios humanísticos cuando plantea que "la tarea esencial
de la educación parece ser que todas las personas gocen de libertad de
pensamiento, juicio y sentimientos e imaginación para desarrollar sus
talentos y controlar todo lo que puedan de sus propias vidas".
¿Qué más podemos decir de los planteamientos que subyacen en un Informe
que ha impregnado conceptualmente el modelo de competencias básicas?
Los aprendizajes a que se refería el Informe Delors los encontramos, por
ejemplo, en el Real Decreto de enseñanzas mínimas de ESO cuando establece
que el logro de las competencias básicas debe capacitar al alumno para
su realización personal (el aprender a ser de Delors), el ejercicio de
la ciudadanía activa (el aprender a convivir), la incorporación satisfactoria
a la vida adulta (el aprender a hacer) y el desarrollo de un aprendizaje
permanente a lo largo de la vida (el aprender a aprender).
Evaluación de diagnóstico
Desligar las competencias básicas de la evaluación
de diagnóstico es difícil, como lo es intentar hacerlo entre éstas y las
pruebas PISA. Y esta misma asociación nos lleva, indudablemente, a referirnos
al modelo educativo del país que se ha convertido en los últimos años
en el paradigma del éxito educativo: Finlandia, país en la élite educativa,
pero elitista. La literatura especializada se ha encargado en los últimos
años de mostrarnos algunas de las características de su sistema educativo
(comprensividad, equidad, atención personalizada, adopción temprana de
medidas de refuerzo, desdobles en materias instrumentales, promoción de
curso prácticamente automática, importancia de la lectura...) y de hacer
hincapié en los factores fundamentales sobre los que descansan sus resultados
(autonomía pedagógica, formación del profesorado -posiblemente, el secreto
de su éxito- y trabajo coordinado de la escuela, la familia y la sociedad).
Pero creo que no lo suficientemente sobre algunos otros, los relativos
a los principios educativos sobre los que ha construido su sistema: como
podemos leer en un breve pero interesante documento disponible en la página
web de su embajada en España ("La educación en Finlandia"),
"el objetivo general establecido para la enseñanza básica es apoyar
el desarrollo integral de los alumnos como individuos y miembros de la
sociedad éticamente responsables. La educación básica pone el énfasis
en la enseñanza de los conocimientos y destrezas necesarios en la vida",
es decir, demuestra que una formación en valores -la antítesis de planteamientos
economicistas o utilitaristas- no es contradictoria con la obtención de
unos muy resultados en una prueba tan contrastada y valorada como es PISA
(de los 400.000 alumnos de 15 años evaluados en 2006, casi 20.000 fueron
españoles, algo más del 5% de los de esas edad), prueba basada en la evaluación
no de conocimientos curriculares sino de competencias (su modelo es que
el alumno sepa contenidos, por supuesto, pero los subordina a la adquisición
de unas habilidades que permitan su aplicación, lo que se ha dado en llamar
un modelo integral de aprendizaje).
Desde el principio de este artículo estoy haciendo alusiones constantes
acerca de que un modelo educativo basado en la adquisición de las competencias
básicas (y, por extensión, en la evaluación de diagnóstico) no sólo permite
sino que exige formar a los alumnos en valores, por lo que éstos están
presentes de forma explícita y reiterada a lo largo de todo el currículo
escolar en nuestro país, tanto en la legislación nacional de carácter
básico como en la autonómica: en los objetivos de las etapas educativas,
en los objetivos de las materias, en la definición de las competencias
básicas, y en muchos otros aspectos y normativas. En suma, miremos por
donde lo miremos, en una comunidad autónoma o en otra, el currículo escolar
está repleto de continuas alusiones a los valores. ¿Y por qué esa presencia?:
porque educar bien, educar en la calidad, es educar en valores; porque
educar en valores supone mejorar la calidad de la vida social y personal,
y porque es una buena inversión.
Lo que es cierto -y necesario- es que con el modelo de competencias
básicas se puede lograr una formación más funcional y útil, lo cual no
es sinónimo de una educación utilitarista en la que priman los
resultados inmediatos, pero sí lo es de una formación integral que permite
que los aprendizajes puedan ser utilizados en distintas situaciones de
la vida cotidiana, es decir, que al alumno le sirvan para algo, que no
se queden en unos aprendizajes teóricos, carentes de significado, sino
que puedan ser transferibles (posiblemente éste sea uno de los conceptos
clave cuando hablamos de las competencias básicas, en particular, y de
la educación, en general, la garantía de que al menos los diez años de
escolaridad obligatoria han servido para algo). El saber, el saber
hacer y el saber ser / estar alcanzan todo su sentido cuando
el alumno es capaz de integrarlos y de utilizarlos en muy diversas situaciones
de su vida.
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