Somos seres narrativos, seres comunicativos; tenemos una necesidad imperiosa de contarnos nuestra propia vida y de narrarla a los demás de forma organizada a través de un relato comprensible. Desde esta premisa, la autora del presente artículo aduce que, de hecho, la educación, entendida en sentido amplio, ha de estar encaminada a tratar de satisfacer esta necesidad, y sugiere cómo hacerlo a partir de argumentados postulados.

Cuando menos es más: la creación de valores morales en la política de la vida cotidiana

Lidia E. Santana Vega
Catedrática de Universidad. Departamento de Didáctica e Investigación Educativa. Universidad de La Laguna

Qué duda cabe que somos seres narrativos, que somos seres comunicativos; tenemos una necesidad imperiosa de contarnos nuestra propia vida y de narrarla a los demás de forma organizada a través de un relato comprensible. De hecho la educación, entendida en sentido amplio, ha de estar encaminada a tratar de satisfacer esta necesidad.
La noción de educación más atractiva y hermosa que he leído hasta la fecha no procede de estudiosos del mundo de las Ciencias de la Educación, sino del campo de la Economía. Sostiene el economista Schumacher, en su obra “Lo pequeño es hermoso”, que cuando alguien pide educación lo que realmente está pidiendo es que se le presente a él mismo y al mundo de forma inteligible; porque cuando algo es inteligible se desarrolla un sentimiento de participación, cuando no lo es, el sentimiento que se genera es de alienación, de separación, del objeto o del propio sujeto.
Los niños y adultos mantienen un diálogo permanente, un diálogo vital que les vincula a la experiencia humana. Estamos programados para hablar con las personas que nos sucederán en el orden natural de la vida, para tratar de explicarles el mundo y sus fenómenos, para compartir los saberes que hemos ido adquiriendo. Y esto en la infancia lo hacemos por medio del juego, a través de las narraciones, cuentos, etc.
Aunque estemos programados para hablar con nuestros descendientes, la situación actual de la infancia y la juventud no deja de ser paradójica: la distancia intergeneracional se agranda; el mundo adulto no sabe cómo comunicarse con los más jóvenes. Los padres están demasiados ocupados para iniciar un diálogo que les permita contrastar sus puntos de vista sobra la vida; la omnipresente televisión ocupa el espacio que antes las familias utilizaban para comunicarse; las consignas del mundo adulto son vistas de forma sospechosa, cuando no se incumplen abiertamente, porque los criterios de autoridad se han relajado en exceso, etc. En definitiva, nuestra programación natural de hablar con nuestros descendientes se rompe antes de que éstos lleguen a la etapa de la independencia. Todo ello está acarreando muchos problemas y está viciando la atmósfera familiar, escolar y social.

Orientación genética

En el libro de Elschenbroich  “Todo lo que hay que saber a los siete años”, se defiende la tesis de que durante los primeros años de la vida de un niño todo está orientado genéticamente para que pueda asimilar las señales necesarias para su existencia, con independencia de su lugar de procedencia. Durante un periodo prolongado, si lo comparamos con lo que ocurre con el mundo animal, los niños dependen de las personas que conforman su entorno próximo, y manifiestan una gran capacidad intelectual que les permite comprender las expresiones de la cara y descifrar la lengua de los adultos. Niños y niñas muestran un deseo, natural y espontáneo, de aprender de otras personas (no sólo de la madre y del padre que son los referentes más cercanos) a través de la comunicación fluida con los “otros significativos” (familia, profesorado, grupo de iguales,…).
Urge, pues, que alimentemos el diálogo entre profesores y alumnos, entre  padres e hijos, entre institución escolar y familiar…; éste ha de presidir toda buena educación. Si el alumnado, los padres o el profesorado están desmotivados o desalentados para iniciarlo hay que buscar las estrategias oportunas para hacerlo posible. En última instancia necesitamos comunicarnos en un sentido amplio: con el cuerpo, a través del lenguaje verbal, etc.
En la construcción de la identidad personal se hace evidente el papel del diálogo así como el de la observación e imitación de modelos, bien teniendo como referentes a personas próximas, o bien a los medios de comunicación como moldeadores o creadores de ciertas pautas de comportamiento. Como ha señalado Emilio Lledó la antorcha de la educación en la sociedad contemporánea la tienen, desgraciadamente, los medios de comunicación de masas y, sobre todo, la televisión. Ellos son, en gran medida, los responsables de inocular en la ciudadanía una visión distorsionada de los valores, ligados generalmente al consumismo desenfrenado, al éxito rápido y fácil…; los auténticos valores vitales apenas tienen cabida o quedan claramente relegados a un segundo plano (Santana Vega, 2007).
De igual manera, el grupo establece patrones de conducta y actitudes que rigen o marcan las acciones de los sujetos individualmente considerados o como grupo. La identificación con las actitudes del grupo de iguales es un medio para buscar la aceptación social y opera en todas las edades, pero en mayor medida en la preadolescencia y en la adolescencia, y explican, con frecuencia, el cambio en la actuación de las personas o de determinadas pautas de comportamiento poco habituales.
Así pues, el profesorado, la familia y el grupo de iguales son fuente para la imitación y para los procesos de identificación; ello constituye un potencial importante en el diseño de estrategias educativas encaminadas a modificar o desarrollar actitudes en el alumnado o en el grupo, siempre y cuando existan relaciones positivas de comunicación y cooperación en el aula.

Descubrir que “menos es más”

En la obra referida con anterioridad, Elschenbroich señala que durante los primeros años de vida se debería dar a todos los niños la oportunidad de descubrir que "menos es más" (siguiendo la consigna seguida por el arquitecto Mies van der Roher). Las ventajas de aplicar esta fórmula se ilustra con una experiencia denominada "parvulario sin juguetes" llevada a cabo en la ciudad de Baviera. La idea había partido de la experiencia de un proyecto para la profilaxis de la adicción. A los pedagogos sociales les preocupaba que los niños no viviesen la experiencia de disfrutar sin estímulos exteriores; que dependiesen tanto del juguete creado por la industria y apenas utilizaran recursos propios creados por su imaginación y creatividad, y que desarrollaran poco su fuerza interior.
La realidad actual es que los niños de las sociedades desarrolladas tienen muchas cosas, demasiadas, y que los adultos creen que el cariño se expresa regalando cosas.
Cuando la familia se siente hacinada porque la acumulación de juguetes invade cada vez más el espacio vital, empiezan a deshacerse del lastre como una manera de liberar, de vaciar ese espacio y también de descargar de estímulos los sentidos (un político responsable de medioambiente se quejaba de la cantidad de basura acumulada en las fiestas navideñas; entre ella abundaban juguetes prácticamente nuevos).
No se trata de practicar con los niños la ética de la limitación, sino de poner en marcha una nueva filosofía ciudadana del placer de compartir tiempo para jugar, para dialogar, para dar afecto, etc.  En el primer mundo el tener prima sobre el ser, cuando la auténtica plenitud vital quizá debería residir en reducir los alimentos superfluos del cuerpo y del alma. De este modo, se podría alcanzar una experiencia humana más elevada.
La primacía del tener sobre el ser, y los efectos deleznables que ello produce, está muy bien representada en la película "La fábrica de chocolate". En ella se reproducen distintos estilos educativos de los padres y el efecto que produce en niños y niñas. El mensaje último es que los niños educados en la abundancia no son capaces de apreciar el valor de las cosas (materiales e inmateriales). Por el contrario, los niños socializados en familias que no nadan en la abundancia económica, pero que son capaces de regalar tiempo a sus hijos, muestran valores altruistas, aprecio a la familia y sentido de la equidad y de la mesura.
En los medios de comunicación  cada vez es más frecuente la narración de casos de adolescentes que castigan (física o moralmente) a sus padres, que acosan a sus compañeros, que agreden a ciudadanos por aburrimiento. Muchos de estos adolescentes no forman parte de pandillas callejeras, no provienen de familias desestructuradas, ni de ambientes marginales y pobres; son sencillamente hijos de familias acomodadas que lo tienen todo, que se les ha dado más cosas de las que necesitan y se sienten hastiados. ¿Dónde radica el problema?: en la falta de límites claros, en la carencia de afecto por falta de tiempo para compartir lo realmente valioso, en la falta de apego; en definitiva, en una socialización defectuosa en valores morales elevados.

Bibliografía

ELSCHENBROICH, D. (2004). Todo lo que hay que saber a los siete años. Madrid: Destino.
SANTANA VEGA, L.E. (2007). Orientación Educativa e intervención psicopedagógica. Cambian los tiempos, cambian las responsabilidades profesionales. Madrid: Pirámide.
SCHUMACHER, E. F. (1983): Lo pequeño es hermoso. Barcelona: Orbis.
lsantana@ull.es

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