En este artículo, que complementa el aparecido en el número anterior de Comunidad Escolar, se analizan los aspectos positivos y negativos de los exámenes orales. A este respecto, se ofrecen algunas recomendaciones generales que pueden beneficiar tanto a profesores como alumnos. Finalmente, dado el temor, a veces  incluso de naturaleza fóbica, que los exámenes, globalmente considerados, generan en un significativo sector de la población estudiantil, se presentan pautas para combatir y canalizar adecuadamente esta ansiedad.
Los exámenes (y II)

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía. Universidad Complutense

El examen oral cuenta, acaso en mayor proporción que las otras modalidades, con algunos alumnos incondicionales y con otros totalmente reacios. La explicación se encuentra en gran medida en el hecho de que los estudiantes que dominan la materia y están seguros de sí mismos pueden quedar muy bien en su empeño, pero los que carecen de autoconfianza suficiente, aun teniendo un profundo conocimiento de la asignatura, corren un riesgo elevado de que la excesiva tensión frustre sus expectativas de éxito. Conviene en este punto señalar que una comunicación respetuosa y cordial entre profesor y alumno previa al examen, siquiera sea breve, en un marco de confianza, obra frecuentemente verdaderos milagros, ya que permite rebajar y canalizar la ansiedad. A menudo el estudiante reacciona positivamente a las palabras y gestos orientadores y tranquilizadores del profesor.
Hay alumnos que tienen verdadera fobia al examen oral, lo que parece ir en aumento en la población estudiantil. Se trata en realidad de un tipo de fobia social a hablar en público. Cabe afirmar que hay alumnos que manifiestan un temor intenso y duradero a intervenir en clase, aunque sea para hacer una pregunta o leer un breve párrafo. Aunque el estudiante reconozca que ese miedo es excesivo o irracional no puede controlarse y responde ansiosamente, por ejemplo, mediante una crisis de angustia situacional que puede llevarle a salir de clase alegando cualquier pretexto y, en todo caso, a sentirse muy agobiado, lo que contribuye al afianzamiento fóbico. Esta fobia es frecuente en alumnos inseguros, con baja autoestima, hiperemotivos, con tendencia a rehuir los conflictos, etc. El miedo que experimentan a menudo se colorea de vergüenza y hasta de culpabilidad. El malestar y la interferencia en la rutina escolar que esta fobia genera requiere un adecuado tratamiento psicológico para el educando que ha de contar con el apoyo de los profesores.
La necesidad de realizar exámenes orales me anima a ofrecer algunas recomendaciones generales, más centradas en optimizar la realización de este tipo de pruebas que en la terapia de la fobia:
* Una vez que el profesor formula las preguntas hay reflexionar siquiera sea brevemente con objeto de ajustar las respuestas todo lo posible. La precipitación es mala compañera.
* Hablar mucho no garantiza el éxito en la prueba. Desde el respeto al tiempo establecido por el profesor ha de procurarse la omisión de superfluidades. El esfuerzo por apartar el grano de la paja siempre es bien valorado.
* Es fundamental mantener el contacto ocular con el profesor. Mi observación me permite afirmar que tan negativo es mirar únicamente al examinador como esquivar en todo momento la conexión visual con él.
* Ha de evitarse la rigidez y los movimientos exagerados. Lo idóneo es que los gestos sean moderados y sirvan de refuerzo a la comunicación verbal.
* Debe cuidarse la indumentaria. Lo mejor, desde el respeto al estilo personal, es ir aseado y correctamente vestido. Estos aspectos correspondientes a la imagen del examinando influyen en la evaluación que el examinador realiza de la vertiente académica. Este fenómeno es explicable por el denominado efecto halo, pues aunque sea por vía inconsciente el profesor capta la aureola personal del alumno.
* El ensayo de la situación de examen siempre es positivo. Un familiar o amigo puede desempeñar el rol de examinador.

Ventajas e inconvenientes del examen oral

Tras las sugerencias ofrecidas comentamos algunas ventajas e inconvenientes de los exámenes orales. En la vertiente positiva cabe destacar: Este tipo de examen favorece la interacción personal entre el profesor y el alumno. Si algo no queda claro siempre se puede preguntar en el momento; ayuda al profesor a evaluar la seguridad del alumno, su claridad expositiva, etc.; permite ahondar en diversos aspectos y relacionar con dinamismo varios contenidos; es adecuado para que el alumno muestre su singularidad, y estimula al alumno a cuidar su expresión oral.
En la vertiente negativa señalamos: Con frecuencia requieren mucho tiempo, del que no siempre disponen los profesores; los exámenes orales pueden generar gran tensión en algunos alumnos; se corre el riesgo de que el temor del alumno no le permita mostrar su conocimiento de la materia; suele haber menos tiempo de reflexión que en los exámenes escritos; a veces se asocia la imagen de la persona con el dominio de la asignatura, y están más expuestos que otros tipos de exámenes a la subjetividad evaluadora de cada docente.
Puede completarse lo dicho señalando que la posibilidad de expresarse oralmente de forma correcta está al alcance de la mayoría de los alumnos, aunque es preciso cultivar dicha capacidad. El caso de Demóstenes, en el siglo IV a. de C., resulta paradigmático. Este ateniense, merced a su voluntad y perseverancia, superó su tartamudez y ha pasado a la Historia como el príncipe de la elocuencia griega. Su potencia argumentativa y discursiva le sitúan en la cima de la oratoria. La proeza de este maestro heleno demuestra que, si bien hay personas que nacen con destacadas cualidades, la posibilidad de hablar eficazmente y de realizar con éxito un examen oral depende en gran parte del esfuerzo de cada cual, del estudio de la materia, de las técnicas utilizadas, así como de la determinación y la tenacidad.
Muchos de los comentarios vertidos sobre el examen oral se pueden aplicar igualmente a las exposiciones que los alumnos realizan en las clases. Es otra de las vías estimatorias con que cuentan los docentes. Se requiere también un ambiente de clase tranquilo y el establecimiento de sintonía del alumno con el profesor y los compañeros. A este tenor, la amabilidad, la simpatía y la naturalidad durante la presentación ayudan a conectar con el examinador y son aspectos que necesariamente han de cuidarse.

El miedo a los exámenes

Aunque ya hemos hablado del miedo a los exámenes, sobre todo de casos de fobia a las intervenciones orales, es preciso que nos detengamos en el análisis del temor habitual que los estudiantes experimentan en estas situaciones exploratorias. Se trata sobre todo de ofrecer algunas claves que permitan canalizar adecuadamente el miedo, de manera que el alumno, en lugar de atorarse, afronte el examen de la mejor manera posible.
La ansiedad ante los exámenes es el resultado de una situación extraordinaria en la que el alumno puede aprobar o suspender la asignatura y que está presidida por la vigilancia, la limitación temporal, el ambiente “extraño”, etc. Hay que pensar que los resultados de la prueba tienen una incidencia en la trayectoria académica del alumno y en ocasiones también en su vida profesional y personal
La experiencia timérica (del latín timor, -oris, temor) constituye una reacción normal del ánimo ante un perjuicio real o imaginario y, por tanto, tiene finalidad adaptativa, por cuanto previene al sujeto de sufrir un daño. Naturalmente en la escala timérica hay diversos grados que van desde la inseguridad hasta el terror.
En la medida en que el temor del estudiante se mantenga confinado en la moderación será beneficioso. Una cierta dosis de expectación, inquietud y tensión es positiva para la preparación y realización del examen, pues permite sopesar su dificultad, dedicar el esfuerzo adecuado y obrar con prudencia, sin confiarse demasiado. Con carácter general, es oportuno recordar que hay un nivel óptimo de ansiedad que facilita el aprendizaje y el desempeño. En cambio, si la ansiedad no alcanza el nivel suficiente o si se desorbita el rendimiento disminuye. En el primer caso se asocia a despreocupación y en el segundo a situaciones de bloqueo. Cuando la ansiedad se dispara el alumno puede presentar sensación de ahogo, temblores, hiperhidrosis, pensamientos negativos relacionados con la tarea y con uno mismo, v. gr., “este examen es muy difícil”, “no sé hacer lo que me piden”, etc. Tal es el malestar que puede acompañar al miedo que, en ocasiones, el estudiante decide no realizar la prueba o se queda in albis durante el examen.       
Aun cuando la respuesta de ansiedad evoluciona y cabe hablar de un antes (por ej., “no tengo tiempo para estudiar toda la asignatura”), un durante (v. gr., “no sé hacer este ejercicio”) y un después de los exámenes (por ej., “voy a perder el curso”), lo importante es que se canalice bien en todas las fases.
En general, algunas acreditadas vías que ayudan a reducir la ansiedad son: entrenamiento en relajación; desensibilización sistemática, que se encamina a la eliminación gradual de la ansiedad mediante respuestas adecuadas a las claves inductoras del miedo; estrategias de control cognitivo-emocional (autoinstrucciones, supresión de creencias  negativas, mejora del autoconcepto y la autoestima, imaginación guiada...); hábito de estudiar, conocimiento y dominio de técnicas de trabajo intelectual, etc.
Es fundamental igualmente que los profesores aparquen la excesiva rigidez y la actitud ‘testocéntrica’ (del inglés, test, que significa prueba y que aquí uso en sentido extenso para cualquier modalidad de examen). En la medida de lo posible, los resultados de los exámenes no han de considerarse de manera aislada, sino en el marco de un conjunto de datos de evaluación procedentes de la observación en clase, los trabajos de los alumnos, las entrevistas, etc. La información sobre el alumno se enriquece cuando las vías exploratorias aumentan, a la par que se reduce el temor del estudiante al examen.


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