En el presente artículo, su autor, profesor de Secundaria en Euskadi, desde la premisa de que el desarrollo sostenible implica una concienciación social, reflexiona sobre un factor y elemento tan determinante como la educación ambiental, ya que, según argumenta, la escuela es una de las instituciones responsables
en la transmisión de actitudes respetuosas con el entorno, al
igual que instruye y capacita a los alumnos en las técnicas y contenidos científicos en pro del desarrollo.

Educación ambiental,
relevos generacionales y desarrollo sostenible

Imanol Iraola Mendizábal
Profesor de Secundaria y doctor en Ciencias de la Educación

L  desarrollo  sostenible   implica

una concienciación social. La escuela es una de las instituciones responsables en la transmisión de actitudes respetuosas con el entorno, al igual que instruye y capacita a los alumnos en las técnicas y contenidos científicos en pro del desarrollo.
Detrás del concepto de desarrollo sostenible subyacen valores contrapuestos. La escuela no transmite valores, porque estos pertenecen al fuero interno de cada individuo, lo que sí puede es instruir en una serie de conductas aceptadas por la sociedad y despertar el pensamiento crítico, que en un momento dado cuestiona a la propia sociedad. Esta es una contradicción con la que vive; la escuela se  mantiene gracias a los fondos públicos, pero si realmente quiere educar a personas libres, responsables y críticas debe jugar con esta contradicción, de crítica y de integración.
Las sociedades humanas se conservan gracias a la transmisión cultural y a las innovaciones que son aceptadas, o en un momento dado impuestas, por los grupos de poder. A su vez, de manera natural, el ser humano planifica como se conservará su sociedad por las futuras generaciones, y se ejerce un control sobre las generaciones jóvenes para asegurar la supervivencia del modelo social y cultural. Nos hallamos en un momento crítico ante los recursos naturales, que ponen en riesgo la propia supervivencia del ser humano; ejemplo de ello son las hambrunas y pandemias del tercer mundo o las crisis del primer mundo con la subidas de los precios del petróleo, que acarrean la generación de bolsas de pobreza, que a su vez generan masas de hombres y mujeres que quedan desarraigados de la sociedad… La consecución del desarrollo sostenible sólo se podrá dar si hay una innovación brusca de los modelos sociales, es decir, deberíamos hablar, en términos coyunturales históricos, de una revolución.
Planteada la cuestión en estos términos, la escuela se halla en una posición contradictoria y difícil; cómo asegurar los niveles de bienestar adquiridos, cómo mantener los valores implícitos de los alumnos que a su vez han mamado estos valores en sus familias, en una lucha por mejorar su estatus socio-económico. Además, estos valores hasta ahora han sido de lo más dignos, es decir, la acumulación de riqueza es un valor reforzado por la propia sociedad; no acumular riqueza es un símbolo de desprestigio en la sociedad actual. La acumulación de riqueza tiene como consecuencia el despilfarro de recursos.

Concienciación

Apostar por el desarrollo sostenible conlleva una labor de concienciación profunda de la propia situación, actuando primero en conductas y actitudes respetuosas con la naturaleza, y dentro de ella, por supuesto, incluimos al propio ser humano en la aldea planetaria. La escuela ya trabaja esas actitudes, pero un cambio en los valores profundos sólo se dará cuando las generaciones venideras aprehendan el desarrollo sostenible como un valor con prestigio y con mérito para ellos en el marco de su sociedad, es decir, si los mayores le dan un valor, por ejemplo cuando el uso del bonobús sea tan prestigioso o inteligentemente útil o tan tentadoramente cómodo como el coche último modelo; la piscina “supermolona” pública frente a la pequeña piscina privada. En estos dos casos el ciudadano gana en el servicio tanto en comodidad como en calidad, además de ser ecológicamente más eficiente; el problema en ambos ejemplos de halla en el prestigio de la utilización de esos bienes.
La didáctica del desarrollo sostenible o la educación ambiental se encuentra recogido en el los Diseños Curriculares oficiales. La mayoría de las escuelas contemplan refuerzos en sus programaciones recogidas en sus principales documentos Proyecto Educativo de Centro y Proyecto Curricular de Centro. El enfoque dado suele ser trabajar de manera globalizada sobre proyectos que se realizan mediante ejes transversales que implican a la mayoría de las áreas; a su vez esos proyectos deben competir en tiempo y calidad con las programaciones oficiales, muchas veces más valoradas por los padres y madres y el propio claustro de profesores.
En el análisis que estamos realizando sale a relucir constantemente el tema de diferentes generaciones en las relaciones sociales y en la transmisión de valores y actitudes. En el fondo de la concepción del desarrollo sostenible subyace el bienestar de las generaciones actuales que habitan el planeta sin hipotecar su futuro e integrando al ser humano en equilibrio con sus ecosistemas naturales. Sin ningún tipo de dudas ese equilibrio ya se fracturó. Las generaciones venideras y las niñas y los niños de ahora poseerán el planeta que nosotros les entreguemos en herencia; siempre confiamos en la bondad del propio ser humano desde las tradición del humanismo marcado por la Ilustración, pero se podría lanzar una pregunta sin respuesta inmediata, ¿qué sucedería si la escala de valores humanos se hubiera pervertido hasta el límite de decidir, aunque sea de manera inconsciente, fruto de su egoísmo como ser y se planteará ser la última generación de habitantes del planeta ebrios de un hedonismo que destruye el propio concepto de futuro o llamémosle relevo generacional?. En educación no queremos ni plantear esa hipótesis.

Etapas educativas

A nivel de formación, y pasando ya a un nivel más práctico en nuestro discurso, nos detendremos en la educación ambiental realizando un repaso superficial de ésta desde las diferentes edades que componen la educación, poniendo nuestro énfasis en la última etapa educativa, que no siempre está valorada en su justa medida: la Educación de Adultos.
La Educación Infantil y los primeros cursos de Primaria analizan la realidad de una manera globalizada: el entorno hay que sentirlo, jugar con la tierra, la arena, el agua, las hojas caídas de los árboles; experimentar, jugar e interactuar con el propio medio es de lo más importante; en este punto quisiéramos destacar como nuestras escuelas y pueblos están más alejados de la naturaleza, aspectos de diseño como las plazas duras o la instalación de recintos escolares en muchos casos descontextualizados del entorno natural e incluso de la propia centralidad de la ciudad, no ayudan a ese jugar, sentir, aprender del medio, que el niño necesita, debemos procurar en el diseño de las escuelas buscar y/o generar espacios con agua, tierra, arena, vegetación. En el caso de las escuelas de Primaria deberíamos buscar emplazamientos en el propio centro de la ciudad, generando micro-parques alrededor de la escuela, que el niño pudiera ir solo a la escuela (hablamos de niños ente seis y doce que pueden asumir esa responsabilidad sin ningún problema) sin recurrir a un desplazamiento artificial, sin tener que montar en un autobús que le aleja tanto de su entorno, ese caminar y jugar hacia la escuela es otro instrumento de aprendizaje. La ciudad se humanizaría por la alegría que generan los niños, éstos interactuarían con los mayores, por ejemplo con los jubilados; sobre este tema recomendamos el libro del urbanista e investigador Francesco Tonucci “La ciudad de los niños”. A su vez las calles se deberían peatonalizar poco a poco, de forma natural, para permitir jugar a los niños en una ciudad que también es suya y que todos deseamos que en el futuro amen. Conceptos como plazas con otros diseños arquitectónicos a la ya cansina alternativa de plaza dura, para aprovechar su subsuelo con garajes que vuelven al suculento mercado especulativo inmobiliario. Estos aspectos físicos, que aparentemente se alejan de la practica educativa, como es el emplazamiento de la escuela o la planificación urbanística, afectan también a al educación ambiental en nuestras escuelas.

Sentir la naturaleza

Para amar a la naturaleza, tal y como destacábamos anteriormente, hay que sentirla; el siguiente paso es pensar la naturaleza, ayudar al alumno que por su edad realiza una percepción diferente a la de los adultos, no por ello menos rica simplemente diferente; en ese pensar está hablar, compartir inquietudes y experiencias en ese compartir ideas que es una clase, ayudándose con la labor del profesor, en buscar caminos dirigidos a entender el lenguaje científico de los mayores; las salidas, las excursiones o, como los adultos decimos, “el trabajo de campo”, fomentan una experiencia más rica con el conocimiento del entorno natural más próximo para avanzar en una comprensión global futura.
La educación Secundaria debería mantener, en nuestra opinión, esa concepción globalizada del conocimiento de la realidad natural, pese a obtener resultados de aprendizaje aparentemente menores en cantidad; los proyectos, el trabajar temas monográficos en toda la escuela, generar talleres especializados en temas medioambientales, ayudan a elaborar el pensamiento científico y permiten avanzar en la transición entre el pensamiento concreto y abstracto en el adolescente, además de ser una buena forma de trabajar la educación ambiental. Las salidas, tanto enfocadas con una asignatura concreta como las excursiones a la naturaleza, si están mínimamente bien organizadas, ayudan a crear situaciones que obligan a pensar en la naturaleza, pero también a disfrutar de ella; la parte lúdica del aprendizaje es una asignatura pendiente en muchos casos en nuestros institutos. Siendo conscientes del trabajo que cuesta mantener un clima adecuado de seriedad y cumplimiento de las normas en equilibrio del pasarlo bien, si se consigue es muy enriquecedor porque el alumno se motiva y el profesor gana terreno en las relaciones humanas con sus alumnos. Los padres y los claustros de profesores deberían buscar fórmulas de encuentro para realizar más este tipo de actividades, que cada vez más profesores tememos por asumir un exceso de responsabilidades.
La Universidad, principalmente en sus últimos cursos, pone en contacto al alumno con la realidad. La educación ambiental cada vez esta más presente en la universidad, tanto a nivel de investigación como a nivel de colaboración por ejemplo en países en vías de desarrollo. La sociedad debería fomentar cauces de comunicación con las ideas aportadas con la savia nueva que suponen estos jóvenes universitarios que, seguramente, plantean alternativas a los problemas ambientales y de desarrollo.

Adultos

Al hablar de educación ambiental hemos nombrado infinitivos del tipo sentir, pensar, hablar, compartir, investigar, colaborar… En la Educación de Adultos, sobre todo en sus niveles más bajos, adquieren estos conceptos una significativa relevancia. El alumno tipo de estos grupos es una persona jubilada, pero de espíritu y carácter activo, y normalmente son personas sin problemas de relación social y que se han ganado la vida estupendamente, por supuesto tras trabajar muchísimos años. La ventaja de estos alumnos es su motivación por acercarse a la escuela; sus necesidades básicas ya están cubiertas; no buscan un título específico, aunque se merecen muchos; por la propia experiencia vital tienen una visión del mundo bastante razonada; ellos buscan en la escuela perfeccionarse, cuestión esta muy discutible, ya que su mérito en la lucha de la supervivencia que supone nuestra sociedad actual ya está cumplida. Los problemas surgen en habilidades aparentemente básicas, como la lectura-escritura, y la falta de un bagaje del lenguaje científico. Estas carencias son una excusa para lo que consideramos realmente más importante: el hecho de trabajar el pensamiento con un sentido, donde lo aprendido se relacione con la propia experiencia del alumno. Por ejemplo, si hablamos del concepto de tiempo meteorológico, surgen una gran diversidad de temas; para empezar afortunadamente en nuestras aulas contamos con personas de muchos lugares de la península Ibérica, es decir, se juega con los sinónimos, por ejemplo para decir granizo, pero a su vez se trabaja un recuerdo de cómo se sentía esto en el campo. Estos alumnos, con la labor de acompañante del profesor, van trabajando los conceptos científicos, pero reviven estas cuestiones físicas desde un recuerdo de sentir la naturaleza, frente al alumno joven que aprende ese mismo concepto sin sentirlo. Toda esta argumentación quiere plantear que nuestras ciudades comparten ciudadanos con sensibilidades muy diferentes ante la naturaleza; el abuelito de la EPA, piensa la naturaleza con una fuerte carga emocional, que además se justifica porque esa naturaleza era la que le ayudaba a llevarse la comida a la boca, de ahí que él entienda enseguida lo que pueden suponer las sequías, la falta de vegetación  o temas medioambientales de diversa índole. La educación ambiental o la concienciación de la necesidad de apostar por el desarrollo sostenible puede tener sensibilidades muy diferentes en la propia escuela simplemente por la diferencia de edad. En Euskadi contamos todavía con una masa de población muy grande que por su edad ha tenido un contacto muy intimo con la naturaleza, frente a unos jóvenes que han trabajado de manera académica una naturaleza que en muchos casos no sienten, es decir, ese amar a la tierra desde un sentimiento profundo está descoordinado.
Creemos, desde nuestra más humilde opinión, que en el diseño de la ciudad, en las Directrices de Ordenación Territorial, en los planteamientos de las Agendas 21 locales, en los diseños curriculares de Educación Ambiental, se debe reflexionar esta desconexión generacional ante cómo ver el campo para unos jubilados, cómo descubrir la naturaleza para unos niños, cómo estudiar la geografía física unos jóvenes, cómo dirigir de manera audaz el territorio y sus recursos los adultos. En esas diferentes edades se siente el espacio desde una percepción diferente, pero si queremos avanzar en el desarrollo sostenible hemos de valorar como se comparte ese espacio ante diferentes sensibilidades.
A modo de resumen concluiremos que la educación ambiental y del desarrollo sostenible debe prestar atención a los valores sociales que son transmitidos de generación en generación. La visión de la realidad y en este caso de la sensibilidad por el medio ambiente varia  de una edad en otra. La escuela junto a las demás instituciones debe buscar aprovechar la oportunidad que brinda la experiencia de los mayores, que han trabajado en el campo viviendo íntimamente con la naturaleza, de la que dependía su supervivencia. Los niños desde su sensibilidad sienten y disfrutan del medio, jugando con el agua, manchándose con la tierra. ¿Cómo lograremos concienciar a los jóvenes y adultos de que por encima del aparente prestigio que da la acumulación de riqueza y el gasto de recursos se puede vivir bien sin destruir su propia casa, la Tierra?

Correo electrónico: imanoliraola@euskalnet.net

 

arriba