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para
la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA), correspondiente al año
2006, ha removido las aguas casi siempre revueltas del sistema educativo
español, aunque en esta ocasión el motivo de preocupación se ajuste mucho
más a la realidad que los que venimos observando desde hace ya varios
meses. ¡Qué ridícula se ha quedado la polémica artificiosa suscitada en
torno a la asignatura de Educación para la Ciudadanía ante los datos contundentes
del Informe PISA!
Ya nos ocurrió
algo parecido en años anteriores con las estériles disputas en torno a
la enseñanza de la religión. Pero está claro que aquí no quiere aprender
nadie de la experiencia, probablemente porque es más rentable para la
propia parroquia polemizar sobre el sexo de los ángeles que, por citar
algunos ejemplos, sobre nuestro endeble gasto educativo, la cada vez más
complicada situación laboral de nuestros docentes o sobre las causas por
las que nuestros escolares acreditan un deficiente dominio en comprensión
lectora.
Este año el
Informe PISA se ha centrado en la evaluación de las ciencias, es decir,
que el 55% del tiempo de evaluación de los alumnos ha sido dedicado a
esta competencia básica. En España, fueron evaluados 20.000 alumnos de
686 centros distintos. El próximo estudio PISA se presentará en 2009 y
estará centrado en la lectura. Ni que decir tiene que un año más Finlandia
se ha colocado a la cabeza de los países con mejores índices en desarrollo
educativo.
Frente a un
tipo de enseñanza descontextualizada y segregadora, que valora por encima
de todo la repetición y la reproducción, el marco teórico de evaluación
de competencias de PISA parece más próximo al aprendizaje para la vida.
El modelo de enseñanza que subyace a las pruebas es el de la enseñanza
individualizada, las actividades prácticas, los grupos de discusión, el
autodescubrimiento y las propias experiencias.
Según los datos
del estudio, el 75% de los alumnos españoles de 15 años se sitúa en niveles
intermedios de rendimiento en Ciencias, por encima de la media de la OCDE
(68%); un 20% se encuentra en niveles de bajo rendimiento, por debajo
de la media de la OCDE (23%), y sólo un 5% alcanza niveles de excelencia,
por debajo de la media de la OCDE que se encuentra en el 9%. Esto significa
que los estudiantes españoles obtienen 488 puntos en ciencias (487 en
2003); 480 en matemáticas (485 en 2003) y 461 puntos en comprensión lectora
(481 en 2003). Este notable descenso en la comprensión lectora deja a
España a 23 puntos por debajo del total de la OCDE (484) y 31 por debajo
del promedio de la OCDE (492).
Tanto la ministra
de Educación como el presidente del Gobierno han justificado el retroceso
en algunas áreas con el argumento de que en España la educación arrastra
un retraso de varias décadas en relación con los países más avanzados
de la OCDE. También se ha aludido a la existencia de un 36% de padres
y madres cuyos estudios más altos son los equivalentes a la actual Secundaria
Obligatoria, frente al 15% de media en los países de la OCDE.
Se trata de
argumentos razonables, aunque en absoluto exclusivos ni infalibles.
Nivel
socioeconómico y cultural
Es
verdad que, según todas las estadísticas, el nivel socioeconómico y cultural
de las familias constituye uno de los factores que más influyen en la
evolución académica de los alumnos; pero incluso esta variable ha sido
rebatida por la propia experiencia histórica, como lo demuestra el hecho
de que en tiempos pasados muchos estudiantes procedentes de familias obreras
o campesinas salieran adelante en sus estudios gracias al interés de los
propios padres, que veían en la consecución de un prestigioso titulo académico
la única forma de que sus hijos progresaran en la escala sociocultural.
Sin dejar de
reconocer que, para asombro de propios y extraños, en España hemos alcanzado
en pocos años unas envidiables cotas de crecimiento económico y de bienestar
social, también hemos de admitir que semejante ascenso no se ha producido
en los ámbitos de la educación -en su vertiente cualitativa, no cuantitativa,
por supuesto- y la cultura.
Naturalmente,
esta diferencia resulta hasta cierto punto lógica si se tiene en cuenta
que para cualquier sociedad y país es mucho más fácil superar en un tiempo
relativamente breve determinadas deficiencias económicas, e incluso estructurales,
que las de índole cultural. El desarrollo de la cultura, al igual que
el de la educación, requiere un esfuerzo continuado y con frecuencia silencioso,
un proyecto común de largo recorrido y unas condiciones históricas realmente
favorables.
En los últimos
años en España ha habido más interés por la evolución del consumo de los
ciudadanos que por la calidad no sólo de nuestra producción en los distintos
ámbitos de la cultura sino, lo que quizá es tan importante como lo anterior,
por la calidad de los objetos culturales a los que accedían.
Si tomamos
como referencia la reciente historia del medio de comunicación de cultura
de masas más influyente en España, la televisión, estaremos de acuerdo
en que la calidad de sus programas ha dejado y deja bastante que desear
y que, para colmo, las cadenas públicas no se han esmerado para distanciarse
de las privadas. Por otra parte, los índices de lectura entre los españoles
siguen siendo bajos y las estadísticas coinciden en que, a medida que
se van haciendo mayores, nuestros niños y adolescentes se alejan de los
libros, sin duda seducidos por el “encanto” de los medios audiovisuales.
Las elevadas
de abandono escolar prematuro y de fracaso en la ESO, combinadas con una
amplia oferta para jóvenes de trabajos de escasa cualificación y con bajos
salarios, han sido el caldo de cultivo de una tendencia absentista en
la sociedad española por lo que respecta a la educación. Se ha optado
por la estrategia del “corre el dinero y vete” en lugar de la weberiana
postergación de las compensaciones por un trabajo paciente. Nos guste
o no, la imagen que nos devuelve el Informe PISA se ajusta a esa tendencia.
Los resultados
de PISA revelan la necesidad de incrementar los recursos que globalmente
se dedican a la educación, mediante un acuerdo financiero entre el Gobierno
central y las Comunidades Autónomas que, entre otras mejoras, permita
combatir los actuales desequilibrios interterritoriales. A ello hay que
añadir el que algunas Comunidades Autónomas, y precisamente las de más
nivel de renta, inviertan en educación por debajo del 2% de su PIB ¿Tenemos
que volver a recordar que en Finlandia la inversión educativa en los últimos
años se sitúa entre 6% y el 7% de su PIB, frente al poco más del 4% en
el que se mueve España? En cuanto al profesorado -muy valorado por la
sociedad finlandesa y su comunidad educativa-, es imprescindible que se
lo dote de un estatuto específico que establezca sus condiciones laborales
y una carrera profesional capaz de incentivar su cada vez más difícil
trabajo en los centros.
El informe
señala que los alumnos no repetidores obtienen puntuaciones bastante superiores
al Promedio OCDE . Esto indica que la repetición de curso no sólo
no es una buena herramienta para compensar los déficits de formación sino
que es muy cara y que si se consigue que no haya alumnos repetidores,
mejorará sensiblemente la calidad de la enseñanza: se puede estimar que
únicamente esta mejora supondría un incremento de medio nivel en los resultados
globales.
Por ello es
necesario arbitrar medidas para ir reduciendo el número de alumnos que
repiten curso y, una vez conseguido este objetivo hasta unos niveles aceptables,
establecer las modificaciones legales oportunas que eliminen la repetición
de curso como medida y sea sustituida por otras medidas de apoyo y refuerzo
que garanticen la consecución de los objetivos educativos por parte de
todos los alumnos, por cierto, igual que ocurre en Finlandia.
Aunque la repetición
de curso y el nivel educativo de los padres son algunos de los factores
que inciden sobre los resultados educativos aunque no se agotan aquí,
hay muchos otros, también analizados por PISA y que son de gran relevancia.
Entre ellos destacan el grado de autonomía de los centros, el modelo de
gestión de los mismos, la valoración social de los docentes y su propia
autoestima profesional, la titularidad de los centros, el apoyo a los
estudiantes por parte de las familias, las expectativas laborales futuras,
la selección de alumnos en la admisión o el agrupamiento de éstos en los
centros.
Deficiencias
en lectura
Por
lo que respecta a las deficiencias en lectura detectadas en el informe
PISA, es preciso localizar los posibles fallos en el sistema educativo,
sobre todo en las primeras etapas de la escolarización, y corregirlos
si se considera necesario. La progresiva marginación de la literatura
en los planes de estudio, en beneficio de la enseñanza de la gramática,
amenaza con romper el necesario equilibrio entre ambas materias.
Aunque en la
sociedad actual, la lectura tenga que competir con los omnipresentes medios
audiovisuales, y para los niños y jóvenes sea mucho más fácil el acceso
a éstos que a los libros, no podemos alimentar esta tendencia desde la
escuela. Si la lectura es fundamental para el dominio del lenguaje escrito
y oral, éste lo es para poder pensar con un mínimo de profundidad, comunicarnos
y entendernos, tanto da si se trata de un texto literario como de un problema
de física o de un teorema matemático.
En marzo de
2000, el Consejo Europeo celebrado en Lisboa marcó un nuevo objetivo estratégico
para la Unión Europea: llegar a ser la economía basada en el conocimiento
más competitiva y dinámica del mundo, capaz de tener un crecimiento económico
sostenible con más y mejores trabajos y con una mayor cohesión social.
Para lograr esto, los sistemas de educación y formación de los países
de la UE deben adaptarse a las demandas de la sociedad del conocimiento
y a la necesidad de mejorar el nivel y la calidad del trabajo.
Uno de los
componentes básicos de esta propuesta es la promoción de destrezas básicas:
en concreto, el Consejo Europeo de Lisboa hizo un llamamiento a los Estados
Miembros, al Consejo y a la Comisión para que establecieran un marco europeo
que definiera “las nuevas destrezas básicas” proporcionadas por medio
de un aprendizaje a lo largo de la vida.
Como miembro
de la Unión Europea, España tiene la responsabilidad de responder positivamente
a este objetivo estratégico. Somos uno de los países más ricos del mundo
y de la UE, nuestro crecimiento económico supera desde hace unos años
al de la media al de los países de nuestro entorno. Esto significa también
-o debería significar- un incremento de las responsabilidades en todos
los sentidos tanto ante nosotros mismos como ante el resto de los países.
Responsabilidad supone, en este caso, poner fin a algunas inercias históricas
tanto en materia educativa como laboral.
Así, tenemos
que acabar de una vez con nuestra tradicional deficiencia en el dominio
de los idiomas extranjeros, potenciando el aprendizaje desde la escuela
infantil, y no demorar por más tiempo el cierre de la brecha digital.
También en este terreno, hay que fomentar la Formación Profesional, ofreciendo
más plazas para las especialidades que se ofertan y al mismo tiempo creando
otras nuevas, que se adapten a la realidad productiva de cada zona.
En el ámbito
laboral, hemos de hacer lo posible para aumentar los actuales niveles
de productividad si realmente queremos que nuestro país sea competitivo,
un objetivo que pasa por la mejora del nivel de cualificación de todos
los trabajadores y la adaptación del sistema educativo a las necesidades
del aparato productivo. Todavía somos un país en el que el número de estudiantes
universitarios supera al de titulados en Formación Profesional, un rasgo
que nos diferencia de los países más desarrollados de Europa y sobre la
que pesa todavía el prejuicio histórico basado en la consideración de
que un título universitario vale académica y socialmente más que uno de
Formación Profesional. Pero ya va siendo hora de que pisemos tierra y
nos dejemos en paz de prejuicios que, además de hacernos perder el tiempo,
pueden dañar seriamente nuestras expectativas de país en alza en la escena
internacional.
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