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Educación
como antídoto
de la ignorancia xenófoba
Llama
la atención que una serie de incidentes xenófobos ocurridos en los últimos
meses han sido protagonizados por gente muy joven, y muy en particular
los dos más recientes: el ataque a una menor ecuatoriana en Barcelona
y el asesinato de un adolescente en el Metro de Madrid, tras una reyerta
que se produjo en paralelo a la manifestación que habían convocado grupos
de ultraderecha y neonazis en contra de los inmigrantes. Parece, además,
que buena parte de quienes iban a la mencionada manifestación estaban
en torno a los 15 o 16 años. ¿Cuál es el origen de semejante furia xenófoba
en una gente tan joven?
No me cabe
duda de que las causas de este fenómeno son múltiples, pero aun a riesgo
de caer en un indebido reduccionismo quiero llamar la atención sobre lo
que me parece una causa determinante: el desconocimiento por parte de
esos jóvenes de nuestra Historia más reciente. No es cuestión de caer
en la socrática ingenuidad de pensar que la raíz y explicación de todo
crimen está exclusivamente en la falta de conocimiento (principio éste,
por otra parte, en que parece basarse nuestro sistema jurídico, particularmente
cuando el delincuente es un menor), pero pienso que en el caso concreto
de la xenofobia de algunos jóvenes españoles un cuidadoso repaso en las
aulas, o en los medios de comunicación, a la Historia social de España
-particularmente en la segunda mitad del siglo XX- tendría positivos efectos
terapéuticos.
Los jóvenes
y adolescentes que se dejan arrastrar por la xenofobia pertenecen todos
a la generación de la España rica. Muchos de ellos ni siquiera habían
nacido cuando nuestro país entró en la Unión Europea, con la inmensa reticencia
de muchos de nuestros vecinos, y ahora socios, que se temían que aquella
España de Felipe González, con una elevadísima tasa de paro, les iba a
inundar sus países de inmigrantes sureños. A España se le impuso inicialmente
un periodo de siete años (que después quedaría ligeramente reducido) para
el libre movimiento de trabajadores. Compárese eso con los dos años impuestos
a países como Rumanía o Bulgaria.
Hablemos claro
-a veces es necesario hacerlo, por duro que resulte-: los españoles no
éramos precisamente objeto de deseo o admiración por parte de la Europa
rica con que ahora tan complacientemente nos codeamos. Durante buena parte
del siglo XX, el español era el inmigrante procedente de un país pobre
y subdesarrollado, el sudaca de Europa, con la diferencia de que los latinoamericanos
que vienen a trabajar a España ahora tienen un nivel educativo incomparablemente
superior al de nuestros compatriotas que emigraban hace tan solo unas
décadas. Y, por favor, que nadie me diga que el desprestigio de España
se debía al régimen franquista, idea ésta muy extendida. Ello demuestra
un tremendo desconocimiento de la Historia. España ha sido siempre un
país comparativamente pobre, un país al que otros europeos ha mirado tradicionalmente
con desprecio, casi diríase que como algo ajeno a la cultura europea.
A Napoleón se le atribuye la famosa frase de que África empieza en los
Pirineos.
Como extranjero
-inmigrante-, muchas veces he tenido que soportar la mirada despectiva
de tanto ignorante en Estados Unidos que piensa que todo lo spanish
es tercermundista y de segunda categoría. Por ello me preocupa pensar
que también en España puedan estar germinando actitudes similares.
El nuestro
dejó de ser un país pobre y un país de emigrantes hace relativamente poco
tiempo. La existencia en España de grupos neonazis que claman contra la
inmigración me causa casi el mismo grado de estupefacción que la aparición
de grupos neonazis en Israel que atacan a los judíos. Sin duda, el contagio
de esas ideologías enfermizas entre los sectores más jóvenes de la población
no se debe únicamente al desconocimiento de datos históricos, pero también
es cierto que el conocimiento de los mismos contribuiría a moderar los
aullidos de la arrogancia.
Los incidentes
xenófobos que vienen teniendo lugar, al parecer muchos más de los que
se publican en la prensa, algunos de ellos gravemente violentos, son,
me temo, sólo la punta del iceberg, el síntoma ocasionalmente visible
de un fenómeno que subterráneamente puede estar adquiriendo una fuerza
insospechada. Por ello, es importante atajarlo cuanto antes.
Es necesario,
por ejemplo, dejar de referirse a la inmigración como uno de los «problemas»
que preocupan a los españoles. ¿Cómo puede considerarse un problema algo
que ha beneficiado a nuestra economía tan extraordinariamente en la última
década? ¿Qué actitudes o presunciones subyacen a semejante expresión?
Los economistas
que trabajan en organismos de Naciones Unidas, así como los de importantes
instituciones financieras españolas, coinciden en que nuestro país requiere
un continuo flujo masivo de inmigrantes para mantener el actual ritmo
de crecimiento económico. El auténtico problema para nuestra economía
sería que dejaran de venir inmigrantes. Esta es la realidad, y es el mensaje
que se debe airear vigorosamente para contrarrestar la influencia de las
ideologías xenófobas.
Globalmente
hablando, la inmigración hace una magnífica contribución a nuestra sociedad
en todos los aspectos. Se trata de un fenómeno de dimensiones históricas
que va a ayudar a situar a España en primera línea del mundo desarrollado.
El inmigrante es un elemento dinámico, con ansias de prosperidad y generalmente
con una enorme capacidad de sacrificio. Esa combinación de elementos es
la fórmula del progreso.
Una idea de
que los grupos xenófobos suelen hacer bandera es que el inmigrante quita
puestos de trabajo a los españoles. El hecho es, sin embargo, como demuestran
los numerosos estudios que se han realizado en los últimos años, que la
inmigración genera superávit en el mercado de trabajo. Sin necesidad de
entrar en explicaciones técnicas, basta ver el espectacular descenso de
la tasa de paro que se ha producido en la última década en paralelo a
la entrada masiva de inmigrantes.
El inmigrante,
directa e indirectamente, genera puestos de trabajo -en última instancia,
más de los que ocupa- porque desde el momento en que pone pie en España
es, primero y ante todo, consumidor. Y es, además, un consumidor de primera
categoría porque a España llega sólo con su maleta, y, por tanto, necesita
establecer su hábitat partiendo de cero, es decir, tiene que comprarlo
todo. Y también porque el inmigrante está ávido por mejorar rápidamente
su calidad de vida, ávido de poseer todo aquello que era objeto de su
deseo y que ahora está en condiciones de adquirir. A medio y largo plazo,
todo eso constituye un poderoso empujón hacia delante para la economía.
La xenofobia
no tiene justificación racional, y mucho menos el racismo. No hay país
que no haya sido, históricamente hablando, construido por inmigrantes
y por gentes de diferentes razas. Basta con que los españoles nos miremos
al espejo. Sólo desde la más extraordinaria miopía o, en el caso de la
gente más joven, la ignorancia y la cerrazón se puede sostener el discurso
xenófobo.
El trabajo
de grupos como el Movimiento contra la Intolerancia, liderado por Estaban
Ibarra, es un excelente antídoto contra la ideología xenófoba que parece
ir tomando cuerpo entre algunos sectores de la juventud. Conviene, por
tanto, dar cuanta más cabida mejor a su discurso en los medios de comunicación
y en el sistema educativo.
El objetivo
es tener un país de personas tolerantes. Es decir, inteligentes.
Juan
A. Herrero Brasas
EL MUNDO. 16 de noviembre de 2007
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