En el presente artículo, el autor analiza la interacción entre la ciencia de la educación y el mundo del trabajo, y se hace referencia especialmente a la importancia de la formación en la empresa en el doble plano técnico y ético. Tras insistir en la necesidad de superar la posición instrumentalizadora aún presente en algunos ámbitos laborales, se ofrecen algunas orientaciones pedagógicas que, en opinión del autor,
contribuyen tanto al desarrollo personal del trabajador como al incremento de la productividad.

Pedagogía y trabajo

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía.
Universidad Complutense de Madrid

A pedagogía  se  interesa  por  el

trabajo siquiera sea porque el viejo planteamiento de que se ha de educar para la vida incluye la “vida laboral”. Admitida esta afirmación se precisa reparar en que el sentido del trabajo ha variado sustancialmente a lo largo del tiempo. En la historia de la civilización occidental el trabajo se ha asociado al esfuerzo físico y aun al sufrimiento. Esta fatigosa fatalidad ya se descubre en la sentencia bíblica: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Por si fuera poco, la palabra ‘trabajo’ proviene del término latino tripalium, especie de cepo formado por tres palos con el que se castigaba a los esclavos que se negaban a trabajar o no rendían lo esperado.
Es curioso que aunque a partir del siglo XVI el trabajo comienza a dignificarse en el mundo occidental, en España este proceso de valoración se resistió. No era extraño que las clases dominantes exhibiesen respecto al trabajo, sobre todo el manual, una actitud de menosprecio. La idea de que el trabajo dignifica era propia de la ética protestante, de la que el español procuraba mantenerse alejado. De hecho, los oficios manuales eran realizados por los árabes y las tareas más lucrativas por los judíos, siquiera fuesen conversos, con lo que los cristianos podían permanecer desocupados o entregarse a actividades militares o religiosas, circunstancia que era reforzada por el significativo sector de la población española que recibía apoyo económico de las Indias. La generosidad del español acrecentada por estos bienes procedentes del nuevo continente atrajo a numerosos extranjeros, en general más diligentes que los nacionales. Por otra parte, abundaban los holgazanes, mendigos, criados, pícaros y bandidos. A la sazón, al igual que sucede en la actualidad, se vivía mucho en el exterior, en la calle, en la plaza, aprovechando la fiesta o cualquier encuentro casual. La "benignidad" del clima explica en buena parte esta afición del español por la vida al aire libre, presidida por la conversación enriquecedora y, cómo no, también por el chismorreo.
A pesar de que el trabajo se sigue asociando en determinadas ocupaciones al dolor, tras muchos vaivenes y escollos se ha despojado en buena medida de su carga negativa y en la actualidad lo que más lastra y lacera es no trabajar. El desempleo, ya sea porque no se encuentra un primer trabajo, ya porque se ha perdido el que se tenía, resulta mortificante.

Hacer y obrar

La noción de trabajo puede analizarse desde una vertiente interna y externa. El aspecto interno o subjetivo se refiere a los pensamientos y sentimientos que alberga el trabajador. La actividad laboral puede vivirse con placer o con disgusto. Aunque no entramos a valorar las causas de esta variabilidad procede señalar que la mayor o menor satisfacción depende fundamentalmente de la personalidad del trabajador, del tipo de trabajo y de las condiciones en que se realiza.
En el aspecto externo, el trabajo es una actividad que produce un resultado, una modificación visible de la naturaleza. Con arreglo a esta dimensión objetiva la realidad material experimenta una transformación. El trabajo, corporal o intelectual, genera un producto.
Al acercarnos al concepto actual de trabajo procede integrar las dos vertientes, de modo que se vea como actividad perfectiva y productiva. La transformación positiva de la realidad que todo trabajo debería comportar ha de revertir igualmente en el desarrollo del sujeto que lo realiza. En el fondo, se trata de armonizar los conceptos aristotélicos de praxis y poiesis, también advertidos en latín mediante los respectivos verbos agere y facere. La praxis es acción inmanente, posee valor en sí misma, mientras que la poiesis es acción transeúnte, por cuanto alcanza sentido en función del resultado conseguido. Ejemplo de obrar/actuar práxico lo hallamos en tocar un instrumento, leer, conversar, etc., y de hacer poiético en la construcción de un edificio, el montaje de un armario, etc. Aun reconociendo cierta independencia, praxis y poiesis son indisociables, y cabe demandar en mayor o menor cuantía en el trabajo humano la dimensión ética (perfectiva/práxica) y la dimensión técnica (productiva/poiética). No se nos escapa que el trabajo se encamina sobre todo a alcanzar resultados o productos, pero eso no obsta para que también se cuide la vertiente ética y social.
Hoy, según recoge nuestra Constitución, el trabajo es tanto un deber como un derecho que se extiende a la libre elección de profesión, a la promoción a través del mismo y a una remuneración suficiente para satisfacer las necesidades personales y familiares, sin que en ningún caso pueda discriminarse por razón de sexo. Pese a esta bella declaración por desgracia aún estamos lejos de su plena conquista.
Mas si el trabajo, en cuanto bien escaso, goza ahora de general reconocimiento, no se puede decir lo mismo de todos los trabajos. En el dilatado y abigarrado mundo laboral hay un significativo número de personas expuestas a problemas de diversa índole. A este respecto es cada vez mayor el interés que despierta cuanto tiene que ver con la psicopatología del trabajo, disciplina que se ocupa de estudiar los trastornos psicológicos derivados de la actividad laboral. La imposibilidad de analizar las circunstancias concretas de cada ocupación y la constatación de que un número significativo de problemas mentales se fraguan en el ámbito laboral nos lleva a demandar genéricamente y de acuerdo al enfoque pedagógico que nos alumbra la dignificación del trabajo. Un proceso tal debe ser sensible a las orientaciones educativas, muy beneficiosas para la salud en la triple vertiente biológica, psicológica y social. Cabe pensar, por ejemplo, en el positivo impacto que la información/formación en el mundo del trabajo tiene en la prevención de adicciones y otros trastornos (estrés, depresión, etc.), al igual que en el enriquecimiento del clima psicosocial de la empresa, sin obviar los buenos resultados económicos acompañantes. Por todo ello, se están potenciando en nuestros días, aunque todavía de forma insuficiente, los programas de formación centrados en aspectos diversos según las necesidades de la organización.

¿Recursos humanos o seres humanos?

En los últimos siglos han mejorado considerablemente en nuestra sociedades las condiciones laborales, al tiempo que ha descendido, por ejemplo, el número de horas de trabajo en cómputo anual. Ahora bien, consolarse porque en materia de trabajo cualquier tiempo pasado fue peor o por la pésima situación laboral que en la actualidad atraviesan algunos países equivale a menudo a despreciar el progreso y a cruzarse de brazos. Hay todavía trabajos alienantes y, lo que quizá sea más dramático, hay muchas personas desempleadas. Se requiere, en este sentido, una mayor sensibilidad social y el concurso de todos (Administración, empresarios, trabajadores, etc.) para dar un renovado impulso al proceso de humanización laboral, en el que se ha de incluir la creación de empleo digno. Para que esto sea realidad, las personas tienen que ser consideradas como lo que son y no meros “recursos humanos”, lo que de hecho constituye, por eufemística que sea la expresión, una degradación de su naturaleza.  Obliga, por tanto, este planteamiento a emprender sin dilación la tarea de establecer nítidamente la diferencia formal y esencial entre “persona” y “elemento/herramienta”.
La tra(d)ición instrumentalizadora impera todavía en un significativo sector del diverso/disperso mundo laboral tal como se advierte en locuciones como la citada y, lo que es mucho peor, en ciertas formas de deshumanización, independientemente del escalafón. Para no sucumbir a un maniqueísmo tan inocente como nocivo debe precisarse que empresarios y directivos no se libran de esta perniciosa corriente, según queda confirmado por el hecho de que en ocasiones se convierten en el blanco de todo tipo de acciones fraudulentas y reprobables, pero lo cierto es que cuanto más modesta es la posición ocupada por la persona más vulnerable se torna al trance utilitarista.
El hecho de que haya actividades especialmente desagradables o peligrosas, acaso se pueda compensar con una reducción del número de horas de trabajo y, cómo no, con un plus salarial que, si no rebaja la aspereza de la tarea, al menos la haga más llevadera.

La educación en el mundo del trabajo

El cambio de rumbo laboral que se propugna, lejos de recortar beneficios económicos, los acrecienta. Su meta es mejorar el complejo mundo del trabajo. Ha de recordarse que las organizaciones más florecientes prestan atención tanto a la vertiente ética como a la técnica. Con esta bandera, poco izada aún en entornos empresariales, se alcanza un decisivo avance material y social.
El impulso de la posición humanista encuentra en la pedagogía una buena plataforma, toda vez que considerable número de problemas detectados en ámbitos laborales tienen su origen en una deficiente formación profesional o personal.
Si bien lo idóneo es que se acredite preparación inicial suficiente llamada a mejorarse permanentemente, cuando se opta, por la razón que fuere, por un programa formativo en el entorno laboral, lo apropiado es que sea flexible, abierto y centrado en la persona, lo que en modo alguno impide que la empresa resulte beneficiada. La labor pedagógica así concebida se despliega, grosso modo, en varias vertientes. A sabiendas de que el foco de atención se sitúa en el trabajador, en cuanto ser humano, se le brinda instrucción y claves de desarrollo y afianzamiento aptitudinal. Se cultiva también su dimensión cordial y relacional, de manera que las interacciones sociales en el seno de la empresa sean satisfactorias. Por supuesto, es preciso insistir en la importancia de la ética, sin la cual no hay verdadera formación.
Finalmente, la constatación de que los diversos factores organizacionales e individuales se influyen recíprocamente ha de movilizar a la pedagogía en la doble dirección, lo que a buen seguro favorecerá la transformación positiva del mundo laboral.

 

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