Educar talentos es la asignatura pendiente

Están en cualquier clase de cualquier instituto. Los dos, tres, cuatro alumnos que, según sus profesores, "van sobrados". Son, simplemente, los más brillantes del instituto, pero ¿se les ofrece una educación adecuada para que puedan convertir su potencial en el talento que un país necesita?
"No es traición a la excelencia, es su cumplimento", dice un experto británico. El debate sobre cómo mejorar la calidad de la educación recorre las agendas políticas desde EE UU a Europa, y el Gobierno español se ha propuesto abordarlo en la próxima legislatura. Concentrados hasta ahora en las medidas para asegurar la igualdad de oportunidades para todos, pero conscientes de los mediocres resultados conseguidos en las comparaciones internacionales, el Ministerio de Educación se plantea ahora, a pocas semanas de que se publiquen los resultados del tercer Informe PISA de la OCDE, cómo empujar hacia adelante a esos alumnos más sobresalientes.
La atención a la diversidad que promueve la recién estrenada ley educativa no sólo se refiere a los chicos y chicas con más dificultades, sino a los que sobresalen, asegura Educación. Pero, según los expertos, no existen aún en España medidas concretas más allá de algún proyecto piloto europeo y otros surgidos de iniciativas de los profesores.
Inquietos y enemigos de la rutina, Sofía Pérez y David Matesanz, alumnos de 1º de bachillerato del instituto Antonio López de Getafe (Madrid), son los que su tutor, Ildefonso Maza, ha señalado como brillantes. Como efectivamente son listos, no van a decir que querrían que les pusieran las cosas más difíciles. Se aburren a veces, eso sí lo dicen. "Quizá haría falta que hicieran las clases un poco más lúdicas", dice Sofía. David, programador aficionado y devorador de todo tipo de literatura informática, echa de menos las nuevas tecnologías en las clases.
No son superdotados -aunque tampoco se puede descartar; los expertos dicen que muchos no saben que lo son-, pero parece que lo sacan todo sin gran esfuerzo. Unos, como Sofía, "van solos", pero con otros, como David, "hay que estar más encima para que no se despisten", explica su profesor.
La capacidad intelectual, un contexto familiar favorable... sean cuales sean las razones (la situación socioeconómica suele ser determinante), el hecho es que muchas veces a estos alumnos se les queda corto lo que les ofrecen en clase. "Se pierde talento y, sobre todo, motivación", dice la psicóloga de la Universidad de Sevilla María José Lera.
España está en el vigésimo tercer lugar de 31 países en rendimiento matemático, según el último Informe PISA. Los expertos cuestionan los contenidos de las materias -unos porque proponen una vuelta al pasado endureciendo la teoría y otros dicen que el qué y el cómo se está enseñando no tiene nada que ver con la sociedad actual-, pero la atención a alumnos como Sofía y David está en el centro del debate. Los resultados españoles en PISA "son mediocres en cuanto a excelencia pero notables en cuanto a equidad", admitía un estudio de 2005 del ministerio. La equidad (eliminación de las diferencias causadas por el origen socioeconómico) en estos informes se mide por la menor diferencia entre los resultados de los mejores y de los peores alumnos.
Efectivamente, hasta ahora el acento del Gobierno ha estado en tirar de los que tienen más riesgo de quedarse por el camino. "Pero con eso sólo no basta", admite Alejandro Tiana, secretario general de Educación. También hay que empujar de los que van mejor. La sociedad española, cuya economía ocupa el 8º lugar del mundo, demanda una educación acorde, quiere premios Nobel, quiere más científicos, más intelectuales... Y ese camino empieza en la secundaria.
"Hemos cumplido una serie de objetivos básicos, pero yo creo que el siguiente paso es mejorar nuestros resultados y acercarlos a los de los mejores", añade Tiana. No están dispuestos a renunciar a formar al máximo a todos los alumnos sin dejarse a nadie atrás, pero ¿es posible combinar excelencia y equidad o hay que elegir?
Como casi siempre en educación, la respuesta tiene un enorme calado ideológico. La viceconsejera de Educación de la Comunidad de Madrid, Alicia Delibes, en un documento de 2005 de FAES (fundación del PP) titulado En nombre de la equidad no se puede extender la ignorancia, escribe: "La izquierda ha considerado siempre que la escuela es un instrumento revolucionario para lograr el cambio social. Por eso se empecina en ese sistema igualitario que terminará con las élites intelectuales que todo país necesita y que condenará a la mediocridad a varias generaciones de españoles".
El hoy ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, David Miliband, escribía en 2004, entonces como responsable de Educación: "Pero excelencia y justicia no son contrarios entre los que haya que elegir. Dar a cada chico la oportunidad de ser lo mejor que puede ser, sin importar su talento o su origen, no es una traición a la excelencia, es su cumplimiento".
Entre la creación explícita de élites o la calidad del conjunto; parece que los organismos internacionales se decantan por lo segunda. "No podemos confundir eficiencia con excelencia si por excelencia se entiende que el sistema escolar sea capaz de formar élites y de cuidarlas bien. Un sistema educativo eficiente y equitativo es, a la postre, lo que entendemos como sistema de calidad, capaz de dar respuestas diferentes, también a esos alumnos que van sobrados", asegura el principal asesor de educación del Banco Mundial, Juan Manuel Moreno.
En la práctica, estas mentalidades se traducen en distintos modelos en la secundaria. El estadounidense es "un gran supermercado". "Se ofrece al alumno un amplísimo abanico de programas, desde peluquería a análisis matemático, y todos valen lo mismo para obtener el título. Los que se hacen un programa más académico son los que luego alcanzan la universidad. Depende del alumno y de su familia", explica el experto en educación comparada de la OCDE Francesc Pedró.
Luego está el modelo inglés: "Los alumnos se concentran en dos o tres materias básicas y también eligen el nivel, ordinario o avanzado. De nuevo, toda la responsabilidad recae en el alumno y su familia". El modelo nórdico, con Finlandia a la cabeza, es el de la atención a la diversidad. El profesor no da la clase para la media del grupo, sino que adapta lo que enseña a los que necesita cada alumno. "España busca un modelo al estilo nórdico, pero le falta inversión y formación del profesorado", dice Pedró. Las administraciones finlandesas dedican a Educación el 6,1% del Producto Interior Bruto y las españolas, el 4,8%. Así, mientras la equidad finlandesa ha logrado igualar los resultados hacia arriba, en la parte alta, España lo ha hecho en la parte media-baja.
Y por último está el modelo germánico de países como Alemania, Austria, Suiza o Luxemburgo. Consiste, básicamente, en separar en escuelas distintas a los alumnos a los 10 u 11 años: unos hacia la universidad, otros hacia la FP. Aparte de que los documentos de la UE desaconsejan la segregación temprana, "ésta no ofrece garantías ni de que el grupo de los mejores reciba una educación de calidad ni, desde luego, cabe esperar que eso ocurra en el grupo de los peor considerados. Entre otras cosas, porque en ninguno de los dos supuestos, la homogeneidad se logra", asegura Juan Manuel Escudero, catedrático de Didáctica de la Universidad de Murcia. Pero el hecho es que muchos de estos países (Suiza o Austria) han obtenido mejores resultados en PISA que España.
Pero Finlandia siempre está arriba del todo, no sólo en matemáticas, y su sistema se ha convertido en la prueba de que es posible combinar excelencia y equidad "cuando para un país la educación es una prioridad social y política", asegura Escudero. Este es el modelo que parece perseguir España, pero los programas concretos de atención a la diversidad, de refuerzo o desdobles, suelen siempre dirigidos a los chicos con más dificultades. Las experiencias concretas de educación individualizada escasean, para empezar, porque harían falta más profesores o grupos más reducidos de los que se encuentran hoy en los institutos, por encima casi siempre de la veintena de alumnos.
La psicóloga María José Lera dirige en España el Proyecto Golden 5 promovido por la UE. Consiste en formar a profesores en cinco países europeos y Palestina (incluidos 40 docentes de Sevilla, Murcia y Almería) para mejorar la convivencia en los centros. Uno de los cinco puntos les da herramientas para personalizar la educación, que ellos llaman aprendizaje ajustado.
Ofrecer a la clase distintos tipos de ejercicios, de diferente dificultad, de escritura o lectura, de distintas materias, individual o en grupos, con la ayuda de otros compañeros o del profesor. "Por ejemplo, fomentamos que se organice un programa de actividades para el mes y que el alumno elija". "Todo el mundo elegiría los más fáciles", dice el alumno brillante David Matesanz. Pero si no cuentan para la nota, si son, simplemente, un trabajo de clase, David se lo piensa mejor: "Es verdad, haría unos y, si me van saliendo, haría también los otros", admite.
Entre la desmotivación y el aburrimiento, los alumnos muy por debajo y muy por encima comparten muchos rasgos. También el miedo a que les estigmaticen, lo que puede llegar incluso a que algunos escondan sus capacidades. "No me gusta que me pregunten qué nota he sacado", dice Sofía Pérez. El proyecto Golden 5 propone aquí una solución sencilla: hacer todas las evaluaciones en privado.
También existen otras opciones que profesores inquietos intentan llevar a cabo individualmente o en proyectos dispersos. Como el que tienen en el instituto Miguel Catalán de Coslada (Madrid). "Se trabaja en grupos pequeños dentro del aula. No se divide por niveles y en ellos, los alumnos que van mejor ayudan a los otros, son sus mentores", elogia el profesor de Pedagogía de la Universidad Complutense Rafael Feito. También hay quien propone dejarles, simplemente, espacio: "Estos alumnos pueden ser muy independientes. Hay que darles los instrumentos adecuados, unas mínimas instrucciones, y dejarles el espacio necesario para trabajar", sostiene el asesor del Banco Mundial Juan Manuel Moreno.
A Sofía, todas estas experiencias sobre las distintas velocidades en una clase le suenan bien, pero le parece "muy difícil". "Lo que tendrían que hacer es dar más becas para premiar a los que sacan mejores notas", dice. Esto, para la universidad, sostiene Feito, donde "ya sí que hay que primar la excelencia".
Los expertos universitarios españoles ya propusieron el año pasado que el Estado se encargara de las becas para garantizar que ningún alumno se quede sin estudios por falta de dinero y las comunidades de las que premian a los mejores estudiantes. "No estoy seguro de que la sociedad esté preparada, ya que para que todos los jóvenes vayan a la universidad, a pesar de todo lo que se habla de la sociedad del conocimiento", añade el asesor de la OCDE Francesc Pedró.

J. A. Aunión
EL PAIS. 29 de octubre de 2007

 
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