En la presente colaboración, el autor, coordinador del Taller
de Experiencias Educativas, aporta su visión sobre la controvertida asignatura de Educación para la Ciudadanía, que se inscribe en el ámbito del pertinente espacio de análisis, reflexión y debate que resulta imprescindible ante una cuestión de la importancia y repercusión social que sin duda tiene la implantación de esta materia.

A vueltas con la Educación
para la Ciudadanía

Francisco Javier Esperanza Casado
Coordinador del Taller de Experiencias Educativas (TEE-REDES)

L  que  suscribe  este artículo fue,

hasta hace poco, un firme detractor de la  Educación para la Ciudadanía concebida como una asignatura. Esto quiere decir que, aún considerando sus objetivos y contenidos muy apropiados, pensaba que su constitución en asignatura restaba eficacia, en lugar de sumarla, en lo referido a su asimilación por el alumnado.
La formación de ciudadanos, buenos ciudadanos, no es una cuestión de conocimientos evaluables por medio de los métodos convencionales, ni  la  mejor forma para hacerlos consistentes estriba en plasmarlos en  libros de texto, escritos, sin duda, por excelentes profesionales de los temas sobre los que se trata.
El asunto es mucho más sencillo... o más complejo, según se mire. Se trata -nada menos- que de fomentar en nuestros jóvenes los fundamentos, y con ellos caminar hacia la formación de los hábitos, que hacen de la convivencia democrática la columna vertebral de nuestra manera de entender la armonía social. Formar en el respeto a los demás cómo única manera de asegurar la pervivencia  de unas formas duraderas de convivir (vivir-con).
Enseñar a nuestros alumnos algo que, desgraciadamente, hace demasiada falta en la sociedad adulta actual en España: que la discrepancia de opiniones, respecto a las nuestras claro está, no es un síntoma inequívoco de feroz herejía. Aceptar con normalidad que la diferencia forma parte del normal devenir de las cosas.
Puede haber gente de otra cultura, nación, etnia, orientación sexual, idiosincrasia, religión... y esto, lejos de requerir un anatema a la medida, necesita de un esfuerzo para entender  puntos de vista diferentes, ponernos en el lugar de otros para, en lugar de rebatir o situarnos a la defensiva, aprender de él todo aquello que pueda significar un enriquecimiento para nuestros propios horizontes.

Tolerancia

Esta postura se llama comúnmente “tolerancia”. A mí no me gusta demasiado esta denominación pues entiendo que no es de tolerar lo diferente de lo que se trata, sino de hacer un hueco en nuestras mentes y en nuestros corazones para admitir -con un convencimiento que proviene de un buen entendimiento- que hay otras formas de concebir la vida y que pueden ser tan buenas como la nuestra o mejores.
Solamente en una conclusión de este tipo podemos sentar las bases para alcanzar un entendimiento social duradero, fundamentado sobre una extensa base convivencial. Porque solamente de la buena convivencia, que viene de la sincera aceptación de todo lo que es distinto, puede venir el respeto perdurable que todos necesitamos para crecer libremente en un entorno social heterogéneo. Sin tensiones, o con las menos posibles.
Solamente de esta forma, educando para la convivencia ciudadana, podremos evitar que las generaciones futuras caigan en maniqueísmos propiciados, a veces, por los que consideran que fuera de lo que ellos piensan no hay salvación. Demasiadas personas, hoy, son vulnerables aún a consignas de esta naturaleza.
Por eso es imprescindible una educación ciudadana. Una educación para la convivencia y el respeto. Algunos pensamos que quizá la asignatura no era la mejor forma. Que la convivencia no se enseña: se respira. Se asimila a través de lo que se ve. ¡Qué peligro en nuestra sociedad actual! Pero lo cierto es que la inculcación de valores en la juventud es ya inaplazable. Nos jugamos demasiado para el futuro.
Cómo tantas veces la urgencia también la aconsejan los adversarios de esta asignatura. Personas que por su relieve institucional deberían estar por sentar las bases para una convivencia duradera se refugian en sus propias creencias -atávicas a veces- para denostar el derecho-y el deber-que tiene el Estado para propiciar la Educación en los principios constitucionales  más evidentes.
Estas personas e instituciones -pocas afortunadamente- utilizan su influencia en algunos sectores de la sociedad para transmitir que fuera de sus creencias se cae en el libertinaje y reivindican, con demasiada frecuencia, la vuelta al triste monopolio de la verdad que ostentaron hasta hace décadas. Olvidan que, al contrario que ellos, la Sociedad Civil defiende el derecho a optar y que a nadie se le va a imponer nada contrario a sus creencias. Se trata de ser libres para optar. Nada más. Tampoco nada menos.
La libertad -esa gran  ncomprendida- reivindica que esos intolerantes sean tolerados, incluso aceptados, pero exige que el derecho a opinar no se confunda -cómo cuarenta años atrás- con el privilegio de imponer.

 

arriba