De “sacar parecido” a interpretar; de dignificar socialmente a significar en sociedad; de género académico a avanzadilla artística y cultural: el trascendental y complejo proceso
que el retrato pictórico llevó en el primer tercio del siglo XX español
sale estos días a ventilar el pulmón poderoso que fue en nuestra sociedad.

Expresar una identidad

La Real Academia de Bellas Artes muestra en
El retrato moderno en España
la gran aportación de este género a nuestra modernidad

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
Extremos y singulares, cadenciosamente movidos aún dentro del clasicismo, de seres anónimos y de social reconocimiento, con firmas consagradas y de autores considerados “menores”... los retratos que desde las salas temporales de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando contemplan al visitante tienen riguroso sello de identidad en el espacio dilatado de nuestra cultura y arte. Se trata de condensadas imágenes de distintas formas de ser y de estar en lo social, que ejemplarizan eslabones de los avances creativos y que, en lo fundamental, pueden hablar de tú a tú con nuestra contemporaneidad.

“El retrato español del siglo XX –afirma el académico Víctor Nieto Alcalde, en su presentación a la muestra- no ha experimentado en concreto una valoración adecuada. Esta muestra constituye una acción relevante orientada a restituir el valor de un género de la pintura española que no se había apreciado en su justa dimensión histórica, plástica y testimonial. Se trata de una exposición dedicada a recuperar formas de la pintura moderna en España sin las cuales no será posible vertebrar el conjunto del arte moderno español”.

Itinerarios conceptuales

Con colaboración de la Fundación Santander y el estudio y organización de los comisarios Adolfo Blanco Osborne y Javier Pérez Segura, esta reflexión sobre los itinerarios conceptuales que el retrato vivió en las tres primeras décadas del siglo aborda a través de 58 obras el comienzo de la modernidad, la vanguardia más radical, los años 20 con el triunfo del realismo y los años 30, caracterizados por la metafísica y la llegada del surrealismo.
Su primer jalón, hasta 1915, está cohabitado de múltiples poéticas artísticas que poseen el mismo horizonte de vanguardia y cambio. La pintura de corte académico se moderniza desde el simbolismo y el regionalismo, con una lenta pero firme penetración de la vanguardia europea, al principio en Barcelona y Bilbao, más tarde en Madrid: es el lugar de Sorolla y su “Cristinita”, de Romero de Torres con “Carmen”, Benedito con su “Cleo de Mérode”, Gustavo Maeztu y el “Retrato del pintor Gutiérrez Solana”, de Anglada Camarasa y su “Assumpció” o de Joaquín Sunyer y “Rosa”.
Vanguardia, cubismo, futurismo, el siguiente apartado, concentra aquellos autores que asumieron las influencias parisinas como Picasso –presente con su “Olga sentada”-, María Blanchard, Juan Gris y Olga Sacharoff, y a los que dieron vida a las vanguardias en Barcelona, Bilbao y otras ciudades del norte como Juan de Echevarría, Francisco Iturrino, Barradas o Francesc Domingo, además de otros grandes como Benjamín Palencia o Daniel Vázquez-Díaz.

Atmósfera del 27

La primera exposición de la SAI (Sociedad de Artistas Ibéricos), llevada a cabo en 1925, es el gran condensador de las múltiples tendencias que desde 1915 se fueron gestando y desarrollando en nuestro país: es el periodo que aborda el apartado Implantación nuevos realismos y que coincide con el nacimiento de un nuevo modo de pensar la literatura y la cultura en general, conocido como “generación del 27”. Entra en acción una segunda generación de catalanes, que ya no son noucentistas sino más radicales en su figuración, como Salvador Dalí (aquí está su “Ana María”), Togores, Durancamps, Pere Pruna o Ricart; y también una segunda generación vasca inspirada en el simbolismo francés con Arteta o José María Ucelay. Es el momento además de Ramón Gaya, Esteban Vicente o jóvenes transterrados como Francisco Bores o Gregorio Prieto.
La influencia del surrealismo, tanto en sus versiones más experimentales como en las figurativas con Olasagasti, Óscar Domínguez o Moreno Villa, es recogida en el último tramo de la muestra, dedicado al periodo de 1927 a 1936, donde se refleja también el trabajo que en la figuración llevaron artistas maduros como Ramón Casas, Zuloaga o Solana.
Es la época también de los nuevos realismos, como el de Menchu Gal; de ciertas propuestas localistas representadas en el canario Aguiar; y de la progresiva implantación de un realismo social, inspirado en los alemanes Grosz y Dix, que va a ser el gran modelo referencial para el arte de la guerra civil. Es en este último tramo donde se acoge a artistas como Mariano Cossío o Ángeles Santos, cuyo espléndido “Retrato de la marquesa de Alquibla” ha dado imagen pública a esta muestra.

 

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