En este artículo se enfatiza la necesidad de avanzar hacia una educación espiritual. El autor del texto considera que la educación actual es demasiado estrecha y pragmática, y propugna, por ello, una renovación formativa en la que se descubra una participación conjunta de las diversas dimensiones humanas y una elevación personal y social. Lo que el autor defiende es una educación de la interioridad que se proyecte sobre las acciones y la convivencia.

Educación e interioridad

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía.
Universidad Complutense de Madrid

UNQUE  hace  casi  un siglo que

Kandinsky (1866-1944), célebre pintor y teórico ruso considerado el padre del expresionismo abstracto, concluyó el manuscrito De lo espiritual en el arte, me he inspirado en este opúsculo para realizar algunas reflexiones sobre la educación, considerada en muchos aspectos un arte.
Pese al pragmatismo sórdido en que se halla buena parte de nuestra escuela ha de afirmarse que la genuina educación es acrecentamiento espiritual y uno de los más poderosos motores personales. Ya Platón nos recuerda que educar es dar al cuerpo y al alma toda la belleza y perfección de que son capaces. Claro que siempre habrá quien prefiera los afeites de la actual cosmética si con ello sale en retrato de colores u obtiene unas monedas con que llenar la alcancía.
Cuando se sirve a una meta menor el ambiente espiritual se adultera y la educación se angosta. El educador que desaprovecha su privilegiada situación o la utiliza indebidamente ensombrece la formación. Cabe preguntarse, por cierto, si no hay ahora demasiados lunares, frenos y elementos regresivos. 
La sobrevaloración de la técnica y la subestimación de la comunicación, el deterioro de las relaciones interhumanas, la desorientación axiológica, la sequía sentimental, el fomento del tener en perjuicio del ser, la extensión de la instrumentalización personal, la degradación de la Naturaleza, el avance de la exclusión, el consumismo, la manipulación informativa, etc., son algunas de las grietas del edificio socioeducativo amenazado incluso de derrumbe.

Cultivo de la espiritualidad

La esperanza del renacer educativo ha de buscarse en el fomento de la espiritualidad. Todos los campos de actuación educativa, v. gr., la inteligencia, la afectividad, la moralidad, la sociabilidad, etc., quedan trascendidos por la espiritualidad, entendida aquí como esencia humana, fuerza generatriz, principio superior y aliento vital. Cualquier especificación formativa ha de permitir ascender hacia esa sublime realidad interior, sin la cual la educación queda encerrada en la estrecha prisión del materialismo.
La educación alcanza su cenit en la espiritualidad, que nada tiene que ver, dicho sea de paso, con la santurronería. La confusión entre beatería y espiritualidad es comparable a tomar a un mono imitador por una persona religiosa, cualquiera que sea su credo. Llegados a este punto es preciso alertar de los peligros del fundamentalismo religioso, posición radicalizada que se caracteriza por la convicción de poseer la verdad absoluta y que a menudo se adentra por la senda de la intransigencia fanática.
La educación espiritual a que nos referimos rezuma humanismo y compromiso pedagógico con la elevación del sentido vital. Es respetuosa de la confesionalidad personal, pero discurre principalmente por cauce antrópico, no necesariamente escolástico, y se enriquece con los distintos saberes.  Se extiende a todas las áreas curriculares y posibilita la apertura a los enigmas, a la belleza, a la trascendencia, a los valores, al arte y a la creatividad. Es una educación para el desarrollo interior, sin descuidar por ello los aspectos externos, ni renunciar a la ciencia.
En la medida en que se despliega formativamente el espíritu, se apuesta por el desarrollo cognitivo, afectivo y ético. La educación de la espiritualidad posibilita una mayor conciencia de uno mismo, de los demás y del mundo. Es una sabiduría que, si bien va más allá de lo meramente sensible, permite vibrar con la realidad toda y que se proyecta en la actividad cotidiana del sujeto.
La formación espiritual es cultivo de la interioridad. Su desarrollo pone alas a la educación, la eleva en beneficio personal y social. Si en la actualidad la educación languidece es porque en gran medida ha renunciado a su misión perfectiva, so pretexto de acreditar calidad superflua y ganar clientela. La visión es ahora corta, la hondura mínima, el sentido ausente y grande el negocio. Ya van muchos de los jaleadores de la pedagogía novísima llenándose los bolsillos a la par que ahuecan las cabezas. Malos tiempos estos en que muchos permanecen dormidos y algunos demasiado despiertos.

Espiritualidad y mejora de la educación

Así como no se acaba la fruta en la monda, tampoco la educación concluye en un uniforme o en un simple aprendizaje. Es preciso perforar la superficie y adentrarse en la profundidad del educando, estimularle a escudriñar cuanto le rodea y a meditar sobre todo lo habido y por haber, en suma, alentarle a crecer. Cuando la escuela carece de argamasa espiritual se tambalea y por mucho que se apuntale surge la rivalidad, la acechanza, el hostigamiento y la discordia. Entre alumnos y profesores se abre una brecha insalvable y la convivencia se convierte en quimera. Por eso, negar el valor de la educación espiritual es negar la educación misma.
La fecundidad de una educación como la propugnada, es menester subrayarlo, va a depender de que su sentido no se malinterprete ni se maquille de devotería. Cuando se contempla a los de afectada virtud a menudo por debajo del disfraz se advierten los cuernos y el rabo. Hay que destapar a estos pobres diablos como hay que quitar la careta a los “positivistas de escaleras abajo”, según atinada expresión clariniana.
Estas reflexiones no propugnan un sacerdocio de nuevo culto, sino una radical mudanza pedagógica. La educación espiritual es sobre todo despliegue del núcleo psíquico. Recuérdese a este respecto que el término griego ‘psykhe’significa alma. Por eso, una educación así alcanza las cotas formativas más altas posibles, pues se interesa por el sentido existencial y la realización personal en un marco de convivencia. Supone apertura al conocimiento, elevación anímica, motivación, preocupación por los demás y esfuerzo moral.
El homo spiritualis halla su contrapunto en el homo materialis. Si la espiritualidad es apertura, trascendencia, ahondamiento de conciencia y vibración, el materialismo refleja búsqueda de la eficacia/eficiencia, inmediatez, apego al beneficio y anclaje en lo concreto.
La espiritualidad se liga frecuentemente a la actitud empática, poética, solidaria y generosa hacia el prójimo de aquí y de allá. Se descubre en la búsqueda de la verdad y el bien, en la autognosis y en la apertura a los demás, en la sensibilidad ecológica, en la lucha contra la exclusión y la injusticia, etc. Es una educación pujante y elevadora que aleja la reificación a que arrastra la corriente crematística dominante y, a la par, conduce delicada hacia la rítmica palpitación de una humanidad renovada.

Canales de educación espiritual

Con finalidad orientadora se ofrecen a continuación algunas vías impulsoras de una educación tal:
* El fomento desde la temprana infancia del contacto con la Naturaleza. En un paisaje cada vez más artificial los sentidos tienden a atrofiarse. Lejos de encadenar al educando al campo de lo sensible se favorece su ascenso al terreno de la creatividad. 
* El acercamiento a la belleza natural o cultural, cualesquiera que sean sus manifestaciones. La afirmación hegeliana de que el espíritu se encuentra a sí mismo en los productos artísticos se completa, pese a la disconformidad del egregio filósofo germano, si se agrega que también en la Naturaleza.
* La reflexión sobre uno mismo, los demás y el mundo.
* El cultivo de la afectividad, por posibilitar el propio ensanchamiento y la mejora de las relaciones interhumanas.
* El desarrollo del pensamiento, capaz de orientar el comportamiento hacia metas de mayor altura.
* La formación moral, decisivo timón de la vida personal que conduce las acciones hacia el mejor puerto.
* La apertura a la ciencia y a la trascendencia. Por inconciliables que puedan parecer ambos aspectos ha de recordarse que, mientras haya enigmas, la persona debe explorar, por igual, las regiones del saber y del creer, de lo seguro y de lo posible.
* El despliegue de la religiosidad, en la medida en que rebasa los límites de lo estrictamente material y estimula el autoexamen, la concordia, la búsqueda de respuestas a las incógnitas y el aperturismo espiritual.

La educación espiritual, sin ser ajena a las necesidades planteadas por la cotidianeidad, levanta el vuelo, va de menos a más, Lo más sublime de la persona es el espíritu y se llega a él por la senda del conocimiento, el sentimiento, la belleza, la sociabilidad, la ética y, cómo no, la religiosidad. Es un proceso cuesta arriba que permite culminar una labor gradual que se inicia en la infancia y se mantiene a lo largo de toda la escolaridad. Al fin, si el materialismo educativo rebaja la condición personal, el salto espiritual posibilita su plenitud, humaniza.

 

arriba