En el presente artículo, primero de una serie de tres, el autor, director del CAP de Comenar Viejo (Madrid), abre un espacio de análisis, reflexión y debate sobre el más que importante
tema de la autonomía de los centros educativos, su realidad actual y sus posibilidades de mejora.

La autonomía de los
centros educativos (I)

José Manuel Cabada Álvarez
Director del CAP de Colmenar Viejo (Madrid)

OS centros  educativos  constitu-

yen la columna, el pilar del sistema educativo. Pese a ello, damos más importancia a determinadas normas, o al debate sobre tal asignatura, o a las declaraciones de cualquier político, o a las intervenciones del Ministerio o de la Consejería. ¿Por qué en un sistema educativo centralizado como en el francés, los centros educativos tienen más autonomía que los españoles? ¿Por qué los centros finlandeses, que tienen similar grado de autonomía que los españoles, obtienen mejores resultados?
La autonomía de los centros españoles, pese al nivel de descentralización del sistema educativo, está a la cola de Europa, aunque desde 1985 estemos hablando de autonomía de los centros educativos, al menos desde las leyes.
En efecto, en la LODE (1985), en los artículos 15 y 25, de forma discreta se plantea la autonomía de los centros educativos. La LOGSE (1990), contempla la autonomía del centro escolar en los artículos 57 y 58. La LOCE, en 2002, en el Título de los Centros Docentes, en su capítulo I de los Principios Generales, dedicaba los artículos del 67 al 70 a la autonomía pedagógica, organizativa y de gestión económica. La LOE (2006) dedica el Título a la Participación, Autonomía y Gobierno de los Centros, y en concreto el capítulo II a la Autonomía de los Centros, del artículo 120 al 125. En sus disposiciones generales, artículo 120.1, se precisa: Los centros dispondrán de autonomía pedagógica, de organización y de gestión en el marco de la legislación vigente y en los términos recogidos en la presente Ley y en las normas que la desarrollen. Punto 2: Los centros docentes dispondrán de autonomía para elaborar, aprobar y ejecutar un proyecto de gestión así como normas de organización y funcionamiento del centro. Punto 3: Las Administraciones educativas favorecerán la autonomía de los centros de la forma que sus recursos económicos, materiales y humanos puedan adecuarse a los planes de trabajo y organización que elaboren, una vez que sean convenientemente evaluados y valorados. Punto 4: Los centros, en el ejercicio de su autonomía, pueden adoptar experimentaciones, planes de trabajo, formas de organización o ampliación del horario escolar en los términos que establezcan las Administraciones educativas, sin que, en ningún caso, se impongan aportaciones a las familias ni exigencias para las Administraciones educativas. Punto 5: Cuando estas experimentaciones, planes de trabajo o formas de organización puedan afectar a la obtención de títulos académicos o profesionales, deberán ser autorizados expresamente por el Gobierno.

Flexibilidad

La autonomía escolar, hoy, de los centros, es importante para  los gobiernos, sean de la derecha o de la izquierda, porque el fin es el mismo, en teoría, aunque con matices a veces ocultos: la producción de capital humano, para una economía competitiva, en nombre de la libertad, o para una ciudadanía libre y responsable, en nombre de la equidad y la libertad. También pueden coincidir en el valor de la autonomía como una promesa; promesa vacía, los centros pueden hacer lo que quieran siempre que coincida con lo que el Gobierno y la administración educativa quieren y el mercado necesita, o por el control, disimulado o no, que ejercen otros poderes más sutiles pero de fuerte control social.
En el “Libro Blanco sobre Educación y Formación: Enseñar y aprender, hacia la sociedad del conocimiento”, publicado por la Comisión Europea en 1995, se lee: “la experiencia muestra que los sistemas más descentralizados son también los más flexibles, los que se adaptan más rápido y permiten desarrollar nuevas formas de cooperación con el tejido social”.
¿Ha habido cambios en la autonomía de los centros desde 1985 hasta ahora? ¿Ha habido cambios en la autonomía de los centros al pasar de un sistema centralizado a un sistema descentralizado, de Comunidades Autónomas con competencias educativas? ¿Se ha generado otro sistema  todavía más centralizado de menor tamaño?
¿Se ha cambiado tanto, o no se cambia casi nada o nada? Los alumnos y alumnas si han cambiado, ¿pero los centros? Algo ha cambiado y mucho, pero los centros y su organización poco. En 1951, de cada 100 alumnos que iniciaron la Enseñanza Primaria llegaron a ingresar en Enseñanza Media 27; aprobaron la Reválida Elemental 18, y el Bachillerato Superior 10; aprobaron el Preuniversitario 5, y culminaron estudios universitarios, 3, en 1967.
¿El cambio radical respecto a la situación pasada se correspondió con un cambio profundo en la organización escolar, en la descentralización, en la autonomía, en el liderazgo pedagógico? Nos tememos que poco en el papel y menos en la realidad.
La autonomía de los centros es un concepto ambiguo que requiere una actitud de análisis e interrogación y no una simple adhesión o subida en la corriente teórica o al oportunismo político.
Para aproximarnos al concepto de autonomía, y para que no nos encontremos con un concepto vacío o engañoso, podemos elegir dos caminos confluyentes o unidireccionales. Por uno, siguiendo a Habermas en su crítica a los mecanismos de los estados modernos: autonomía plena (detectar el poder real e individualmente), autonomía parcial (se puede influir en las decisiones pero no tomarlas directamente) pseudo-autonomía ( las cuestiones sobre las que se puede decidir, ya están tomadas previamente a nivel formal o de forma real). Por el otro camino tendríamos que revisar las estructuras, la organización y los patrones culturales de los centros educativos. Esto último sería el primer paso para la autonomía del centro.

Distintos planteamientos

Pero tanto los cambios hacia una mayor autonomía como los procesos de mantenimiento de la situación presente responden a planteamientos más altos, más dominantes, de más control y con distintos rasgos. Citamos algunos:
Neoliberal. Bajo el paraguas de la autonomía se pueden acoger planteamientos que con el disfraz de eficiencia, libertad y excelencia quieren mantener el privilegio de unos (de ellos) y la segregación para otros. Para preservar y “entregar” su legado, imponen sus concepciones, a veces religiosas, pero siempre con su ética y su moral propias. Sostienen que, como los centros públicos, están sostenidos con fondos públicos, tienen que rendir cuentas ante los representantes públicos, sobre todo si son de su signo. Mantienen que rendir cuentas es ya una medida de mejora, y que para medir la calidad hay que medir los instrumentos de desarrollo económico, los de cohesión social y también el desarrollo personal. Proponen una “autonomía inteligente” de los centros para adecuarse a las exigencias del entorno (siempre que éste sea de aproximación neoliberal)
Mercantilista. Otros defienden que la autonomía de los centros educativos es como la de una empresa. Bajo el pretexto de favorecer y de ayudar a los padres a elegir, presentan el centro como un activo que está en la economía del mercado. Están en alza porque seleccionan a los alumnos; si seleccionan a los de familias con mayores recursos económicos tendrán mejores “clientes”, y serán capaces de atraer a más, en un marco de “libre competencia”. Estos centros están muy integrados “en su entorno”. Y tanto.
Inducida. Si ciertos poderes abandonan a los centros públicos a su deterioro físico, si se llenan con todos los alumnos inmigrantes, con todos los alumnos y alumnas en riesgo de exclusión social o de compensación educativa, si se magnifican y publican los conflictos en el centro o en sus aledaños, si desde la propaganda se dice que hay otros centros más baratos para el erario público pero también mejores; las madres y padres eligen “libremente” esos otros centros, que bajo los señuelos de libertad y eficiencia siguen consagrando las desigualdades sociales en consonancia con atisbos mercantilistas y neoliberales.
Profesional. Muchas familias huyen y eligen modelos de centros que se ocupan del alumno desde que nacen (incluso estos centros tienen nidos en vez de Educación Infantil, desde 1-3 años, hasta la Universidad, y con horas y actividades que ocupan al alumno en una larga jornada. Apple (1998) denunciaba a estos profesionales del mercado y del secretismo que excluían a la familia (o ellas se autoexcluían) de la participación en la comunidad, ya no se sabe si educativa. 
Privatizadora encubierta. En ocasiones, los centros educativos, algunas veces los políticos, pero más los promotores o titulares de los centros, someten sus recursos  y productos a las leyes del mercado, promueven la competitividad entre los centros, aplican estrategias comerciales y justifican su gestión gerencial para la obtención de resultados, no solo educativos.
Corporativista o de profesionalismo excluyente. El profesionalismo, “los cuerpos docentes”, los “funcionarios”, imponen su carácter e independencia frente a la participación social y el consiguiente control social. La supervisión de la Administración educativa es ligera y la evaluación, tanto interna como externa, es ambigua e imprecisa. Los profesores son autónomos frente a otros “funcionarios”, se deben a su profesión, al control de la Administración educativa y a su responsabilidad como profesionales, pero no al control social sobre algo tan importante para la sociedad como lo es la educación.
Curricular. Bajo el pretexto de guardar su jardín, y con la perversión de no dejar participar a nadie en él, los profesores se habían refugiado en su buen hacer individual, en su ”libertad de cátedra” y en su “profesionalidad”. Aunque la legislación vigente permite que las propuestas educativas de cada centro puedan ser originales, propias y singulares, la realidad no se corresponde. 
Atención a la diversidad. La situación actual en cada centro educativo es que la diversidad es la norma y a algunos centros le interesa, para no diferenciarse o para diferenciarse, anunciar que atienden a la diversidad. Si establecen un plan de atención a la diversidad, es que no la asumen, no admiten sus consecuencias, es algo al margen o de aceptación pasiva, resignación.

Preguntas

Otras preguntas, de menos calado, pero también importantes, requieren reflexión.
Autonomía, ¿un timo? A más autonomía, más calidad.
Autonomía ¿un señuelo? La privatización encubierta de la escuela pública, con los mismos intereses, parecida organización y procedimientos de la escuela privada.
Automía capitalista ¿mercantilización del sistema escolar? “la oferta educativa”, “la demanda educativa”, “libre elección” “capital humano” “producto educativo”.
Autonomía elitista ¿trampa? Seleccionar los mejores alumnos, que los padres puedan elegir y “elijan mejor”, que no se “mezclen” los alumnos.
Autonomía educativa ¿educar como uno quiere? La privatización del currículo general puede obedecer al mercantilismo o al sectarismo ideológico.
Autonomía ¿sola? No. Una medida importante, pero dentro de un marco más amplio de mejora, integradora de un nuevo escenario, de centros vivos, democráticos, con altos retos, en la búsqueda de mejores resultados, con más oportunidades para la convivencia y formación de los alumnos, con más oportunidades de satisfacción y de mejora profesional para los profesores, y con indicadores claros de un mayor reconocimiento social.
Si el centro educativo tiene capacidades, y las ejerce, para detectar sus propias necesidades, establecer la organización y los recursos adecuados; si dispone de posibilidades para mejorar sus resultados; si es un centro democrático, participativo y sometido por decisión propia al control social, el centro tiene capacidades para ejercer la autonomía. Autonomía que no es un fin en si mismo, que es un medio para mejorar, para ajustar sus respuestas y resultados.
Autonomía supeditada, por un lado, a los profesores, no en cuanto profesores a título personal o grupal, sino en cuanto a profesores del centro que se mueven por lo más importante: que los alumnos y alumnas del centro, aprendan y convivan, y  por otro, a la Administración educativa, que ha de apoyar, entregar el control y corresponsabilizarse sin normas rígidas, burocráticas o de simple mantenimiento.
Si el centro no tiene capacidades para ejercer la autonomía, es la Administración educativa la que ha de promover la autonomía facilitando el asesoramiento, si lo solicita el centro, la formación que necesiten y que piden para mejorar en el proceso de análisis de necesidades, la que precisan para la elaboración del mapa de necesidades del centro, las oportunas para colaborar en la adopción de medidas para la mejora y el cambio, el apoyo  para el establecimiento de nuevas responsabilidades, la participación en la producción de materiales y estrategias para la evaluación interna y el reconocimiento en la progresiva institucionalización de la autonomía.
Autonomía ni por decreto para todos los centros, y al mismo tiempo, ni por cesión a plazos a cambio de más recursos, pero sometidos a mayor control.
La autonomía de los centros no es posible sin profesores autónomos, pendientes del trabajo de cada día, de los logros necesarios de cada día, y menos pendientes de las normas, de las crecientes competencias profesionales que se le exigen, de los nuevos currículum, de la mayor burocratización por la irrupción de las TIC; unos profesores con más libertad y con menos miedo para reconocer sus propios errores, con capacidad y voluntad para elegir la formación que necesitan, un profesorado implicado en la necesidad de trabajar colaborativamente con sus compañeros, un profesorado que se adecua al centro de todos, que tiene sensación y actuaciones de pertenencia a su centro educativo, unos profesores que se han convencido de que ellos son los verdaderos protagonistas, los verdaderos innovadores, no los que obedecen al pie de la letra las normas sino los que van más allá de las normas.
jmcabal@telefonica.net

 

arriba