Crear en otros

José “Pepín” Bello convoca la lucidez y el humor que caracterizó al encuentro con García Lorca, Buñuel y Dalí

Supo congregar en torno a su extraordinaria empatía al bronco Buñuel, al egocéntrico Dalí y al agraciado García Lorca; tiene donaire, especial inteligencia y una mirada directa al fondo de las cosas: José “Pepín” Bello resurge en su 103 cumpleaños como el rara avis que aceleró encuentros y atmósferas de nuestra cultura, guardándose de pisar el acelerador de su propia importancia.

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
Llegó a la Residencia de Estudiantes en 1915, ya alimentado por un padre con ambición intelectual; creció y sumó aciertos de aptitudes y conoceres entre amigos y profesores; vio volar fuera del nido español a algunos de sus íntimos; sintió el desgarro de la muerte de su alter ego; deambuló entre el sentimiento derrotista y el diario querer del vitalista: Pepín (José Bello Lasierra) es y resulta ser una compleja condensación de la más vapuleada en lo político, envidiada en lo social y mitificada en lo cultural España del siglo XX. Un ejemplar sin número de serie que ha vivido dando aire y calor al imaginario de grandes nombres, que trae el recuerdo de una época de amor al conocimiento y a la cooperación internacional y que, en su extraordinario 103 cumpleaños, se presenta dejando claro que ser no es figurar y que estar no es brillar.

Inseparable amigo

“Aquí éramos 150 residentes y algunos de lo que destacaron fueron el hijo de un agricultor granadino (Lorca), el de un indiano de Calanda (Buñuel) y el de un notario de Figueras (Dalí). Fueron mis amigos, los del hijo de un ingeniero de Huesca. En esta casa encontramos un ambiente insospechado de educación, elegancia sencilla, cordialidad, afecto entrañable, buen gusto y gusto por el arte”, dice Pepín sin alardes en una Residencia engalanada y contenta de poder entregarle ya editados en libro el conjunto de ensayos que Christopher Maurer, Agustín Sánchez-Vidal, Román Gubern, Juan José Lahuerta, Andrés Soria Olmedo, Ricard Mas Peinado y C. Brian Morris presentaron en el ciclo de conferencias ¡Ola Pepín! Dalí, Lorca y Buñuel en la Residencia de Estudiantes, celebrado en 2004. Una consecución que alumbra definitivamente las múltiples influencias que entre estos tres creadores se dieron además de celebrar la inspiración que para todos ellos fue este gran generoso de su ingenio que siempre ha sido Pepín Bello: “El libro toma su título ¡Ola Pepín! -escribe en el prólogo a la edición Christopher Maurer- de la salutación habitual, en cartas y tarjetas, de Salvador Dalí. La admiración que despierta el genial Pepín –Pepín Vello, en la ortografía del pintor- se transparenta en la correspondencia de los tres amigos y de otros muchos de su generación. “Talento formidable”, según Lorca; “en el fondo...un surrealista”, según Buñuel; “gran elemento”, único “capaz de escribirme”, según Dalí (...) “iniciador y casi maestro extraliterario” de los tres, en palabras de José Bergamín” o, como escribió Luis Buñuel en sus memorias El último suspiro, sencilla y llanamente un “buenazo, imprevisible...ni pintor ni poeta...nada más que nuestro amigo inseparable”.

Redescubrir y festejar

Los 103 años de uno de los grandes personajes de esta institución de formación y cultura que siempre ha querido ser la Residencia de Estudiantes, a lo largo del siglo XX y en nuestra actualidad, es también un genérico reconocimiento de esas silenciosas pero radicalmente fértiles existencias que, sin editar libros o crear obra plástica, tienen una enorme y esencial importancia para la trayectoria social. Son los “Bartleby y compañía”, según título apropiadísimo del ensayo acerca de los escritores que dejan de escribir, de los autores sin obra, de los que no escriben a pesar de ser escritores, realizado por Vila-Matas. Seres que no han querido firmar descendencia creativa y que sin embargo han llegado a reproducirse en otras afamadas presencias.
“José Bello fue confidente de todos ellos y creador e inspirador de muchas de sus obras –afirmó Vila-Matas, ante él, en su homenaje- Algunas de las ideas de Un perro andaluz y de obras de Dalí se deben a Bello, además de la mítica fotografía del homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, que casi dio configuración a la Generación del 27.” Él, como siempre quiso hacer, enfoca elegantemente al auditorio de nuestra sociedad hacia el exclusivo grupo que sus tres íntimos compañeros de creación y juerga han conformado en la historia cultural: “Conocí a Buñuel –dice, una vez más- primero, en 1917; a Lorca, desde 1919 y a Dalí en 1922. De los tres, sin duda, Federico me dejó la huella más honda: era el más carismático. Dalí tenía una gran personalidad y era un pintor de verdad. Llegó a la residencia vestido de artista del XIX, con su melena azabache y una casaca de terciopelo. Unos días después descubrí sus dibujos y comprendí que tenía un gran talento que enseguida comenté con Lorca y Buñuel: nos hicimos amigos muy pronto. Pero, el gran ser que fue Federico nunca lo he vuelto a intuir en nadie. Sus dotes de observación, su capacidad sobrenatural para captar cuanto sucedía a su alrededor, están en la base de sus creaciones. Era alguien irrepetible.” Como este dandy de la inteligencia y la cultura que este mes vuelve a conmemorar su celebración de la amistosa vida: ¡Ola Pepín!, qué bien que aún existas. 

 

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