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obra
La estructura de las revoluciones científicas no maneja una única
acepción del término ‘paradigma’, su esfuerzo por desvelar el significado
nos permite afirmar que un paradigma es el enfoque teórico que comparten
los miembros de una comunidad científica y que explica su comunicación
profesional, así como la relativa unanimidad de sus juicios. Para este
destacado epistemólogo estadounidense un paradigma es una “matriz disciplinar”,
esto es, un conjunto de elementos ordenados y compartidos por los practicantes
de una disciplina particular. Los componentes comunes de una determinada
ciencia son las generalizaciones, las creencias, los valores, los problemas,
las soluciones, etc.
Kuhn (1975),
en el referido libro, señala que en los inicios del desarrollo de un campo
científico suele haber varios paradigmas que pugnan por la hegemonía (período
preparadigmático). Posteriormente, como consecuencia de alguna aportación
científica destacada, el número de paradigmas se reduce y se gana en efectividad
(período posparadigmático). Se produce, pues, una transición a la madurez
caracterizada por el dominio de un único paradigma, al menos durante cierto
tiempo y que este autor denomina “período de ciencia normal”. Cuando entra
en escena un paradigma rival que hace peligrar el poder del paradigma
establecido adviene una crisis que se conoce como “período de ciencia
revolucionaria”. Si el nuevo paradigma desplaza al anterior y se constituye
en hegemónico comienza otro período de ciencia normal.
Pues bien,
de acuerdo con las ideas kuhnianas precedentes podemos decir que las denominadas
“ciencias de la educación” son pluriparadigmáticas, ya sea por su relativa
“juventud”, ya por la dificultad de su objeto de estudio. En verdad, la
educación precisa la atención de numerosos paradigmas y disciplinas que,
desde mi punto de vista, lejos de reflejar inmadurez indicarían la complejidad
de esta realidad humana. Esta heterogeneidad puede, incluso, resultar
beneficiosa. Naturalmente, ello no impide que la evolución en este ámbito
muestre la mayor o menor adecuación de algunos paradigmas, sobre todo
en aspectos particulares de la acción educativa.
Los
paradigmas en educación
Paso
a realizar algunos sucintos comentarios sobre algunos de los más celebrados
paradigmas que hasta nuestros días hemos tenido en educación:
El paradigma
conductista enfatiza la importancia de la programación instruccional
eficaz, el uso de técnicas de modificación conductual, la fragmentación
del material de aprendizaje, lo que favorece la administración de refuerzos
para obtener ciertas conductas, etc. El profesor es considerado como un
“ingeniero de la enseñanza”. Este paradigma ha recibido
numerosas críticas, por soslayar los procesos internos y centrarse
en las acciones observables. De hecho, la enseñanza-aprendizaje que propugna
adquiere un carácter mecanicista en el que se olvida la participación
personal. Este proceder tecnológico se basa en la metáfora de la “caja
negra” que lleva a considerar la mente humana como un lugar opaco al que
no se puede acceder.
El paradigma
cognitivo se fortaleció con la revolución cognoscitiva de los años
cincuenta y maneja, más o menos literalmente, la metáfora del ordenador.
En el aprendizaje adquieren gran importancia los procesos mentales del
sujeto. Hay un interés por explicar cómo se trata la información desde
que se recibe hasta que se actúa. La educación debe plantearse alcanzar
aprendizajes significativos y heurísticos. Entre los aspectos más discutidos
del enfoque, cabe señalar el olvido de las dimensiones no cognitivas que
pueden afectar a la educación, por ejemplo, emocionales, sociales, contextuales,
etc. Asimismo, no resulta fácil generalizar lo que se ha aprendido en
una situación de entrenamiento cognitivo a otros ámbitos.
El paradigma
constructivista sostiene que el aprendizaje es esencialmente activo,
de manera que el educando “construye” el conocimiento merced a la experiencia
y a la integración de la información que recibe. La educación, pues, ha
de fomentar la actividad mental. La enseñanza debe centrarse en los procesos
no sólo en los productos y adecuarse al nivel cognitivo del alumno. Es
oportuno igualmente plantear situaciones de aprendizaje en las que se
produzcan conflictos cognitivos que estimulen el progreso intelectual.
Una de las objeciones con que se ha topado este paradigma tiene que ver
con el énfasis que pone en la actividad autoestructurante del sujeto en
perjuicio del estudio de aspectos externos que también influyen en el
proceso de construcción del conocimiento.
El paradigma
sociocultural es el desarrollado por el psicólogo soviético Vigotsky
(1896-1934). De acuerdo con este enfoque, muy influido por el marxismo,
el sujeto elabora sus conocimientos a partir de una relación dialéctica
con el objeto. Se concede gran importancia al entorno social y cultural,
hasta el punto de que todo conocimiento es intrínsecamente social. El
desarrollo cognitivo tiene lugar en el contexto histórico-cultural al
que pertenece el sujeto. Algunas dificultades de este paradigma tienen
que ver con la imposibilidad de conocer totalmente la realidad social
del aula, debido a los continuos cambios que en el salón de clase acontecen.
A menudo los educadores se hallan inmersos en situaciones e interacciones
sociales complejas de difícil control.
El paradigma
humanista aplicado a la educación ha cubierto lagunas que otros paradigmas,
por ej., el conductista y el cognitivo, habían dejado. Ahora interesa
el análisis del dominio socio-afectivo y de las relaciones interpersonales,
el papel de los valores, etc. Hay una concepción positiva del hombre y
de sus potencialidades. Se adopta una perspectiva holística que lleva
a estudiar la personalidad de manera integral, dinámica y proyectiva.
Para este enfoque la persona es una totalidad en constante proceso de
desarrollo. El educador debe generar un clima de confianza, ayuda, comprensión
y cordialidad que favorezca la formación. Entre las críticas recibidas
por este paradigma han de destacarse: la dificultad para evaluar los comportamientos
y los logros en la vertiente afectiva, la visión a veces idealizada de
las relaciones educativas, etc.
Los paradigmas
descritos, por fuerza someramente, no agotan el espectro de enfoques.
De hecho, podíamos haber dedicado unas líneas al paradigma psicoanalítico,
al paradigma ecológico, etc. Sirva como compensación decir que la concepción
psicoanalítica nos remite a factores psíquicos inconscientes a la hora
de explicar los comportamientos de profesores y alumnos. Una pedagogía
psicodinámica se interesaría por favorecer el contacto del educando
consigo mismo para que logre dominar sus pulsiones. Por su parte, el paradigma
ecológico toma como metáfora básica el contexto, se nutre de la investigación
etnográfica, adopta un modelo de currículo abierto y flexible, impulsa
las relaciones interpersonales y apuesta por la evaluación cualitativa.
El
paradigma neohumanista
Lo
que ha de quedar claro es que los paradigmas no son incompatibles. Aunque
respondan a cosmovisiones y tradiciones distintas es posible una suerte
de conciliación entre ellos. Con todo, si tuviese que prescindir de la
visión multiocular que sobre la educación ofrecen los numerosos paradigmas
existentes y fuese necesario decantarme por alguno, lo haría por el que
denomino “paradigma neohumanista”, por ser el más abarcador y fecundo
de todos en el doble plano científico y ético. Con el elemento compositivo
‘neo’ (nuevo) quiero enfatizar la necesidad de adecuación del enfoque
a los retos formativos actuales. A partir de las valiosas aportaciones
del humanismo “tradicional” es menester abrirse a los avances científicos
y a la consideración de la realidad educativa que nos toca vivir, crecientemente
tecnificada y multicultural. Procede agregar que el ‘neohumanismo’, tal
como lo concibo, se adscribe preponderantemente a un terreno antrópico/antropológico.
Precisamente por su complejidad la metáfora de este paradigma no se descubre
con facilidad, pero quizá quepa imaginar la genuina convivencia, fundada
en la justicia, la libertad, la paz, la razón y el amor, en un planeta
que armoniza el progreso técnico y el respeto a la naturaleza. Se trata
de un hermoso ideal de (re)nacimiento luminoso y fraterno que reclama
el concurso de todos.
A pesar
de que a lo largo del siglo XX se incrementó significativamente la “inteligencia
psicométrica”, no cabe eludir el recuerdo luctuoso del cainismo con su
siembra de millones de muertos, sin contar la destrucción del medio ambiente.
Desde mi punto
de vista, la posibilidad de formar personas íntegras, capaces de vivir
y convivir, sólo es posible desde un paradigma neohumanista que oriente
la forja armónica de la personalidad en un marco de relaciones saludables.
Merced a esta educación la persona se descubre autónoma, solidaria, abrigada
por la ética/moral, creativa, inteligente, abierta a la cultura, comprometida
con la sociedad y equilibrada emocionalmente.
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