A raíz de la publicación de un artículo del profesor Ricardo Moreno Castillo, en el diario El País, el pasado 26 de noviembre, en el que se pretende contestar a la pregunta: ¿Cómo recuperar la autoridad en las aulas..?, bajo el título “Una nueva Ley que no tolere ni ejerza la violencia”, el autor de la presente colaboración, desde “todo el afecto pedagógico”, pretende a su vez contestar a las inquietudes del citado profesor, punto por punto, “para al menos provocar también más debate, desde la libertad con la que nos saludamos en nuestra sociedad”.

Una ley que fundamente
y ordene con autoridad la educación obligatoria

Juan Antonio Arroyo Díaz
Orientador del E.O.E.P. de Colmenar Viejo Madrid) y Profesor Asociado
de la Universidad Autónoma de Madrid

UISIERA recordar al compañero

que las causas de los problemas humanos se inscriben en cada uno de nosotros, que somos los que creamos los sistemas, mas naturalmente es algo más fácil afirmar que se ubican en ellos en vez de en nosotros mismos. Si ello fuera así, cambiemos el sistema y ya no habrá violencia. La Historia parece demostrar lo contrario.
Los intereses de los educandos son diferenciados y la época adolescente está llena de ilusiones, sensaciones y altas novedades mentales y físicas para esos niños y niñas que van dejando de serlo pero que todavía no son adultos.
El problema es que viven un momento muy difícil, como todos podemos recordar en nuestra biografía, pero de ello parece que ya nada queramos interesarnos.
La violencia entonces que se ejerce en los grupos viene a ocasionarla la falta de atención a esa inmensa diversidad que tiene un grupo de adolescentes. Por tanto es la administración y posterior ejecución de la tarea la que debe ser autoridad, liderada por el Equipo de Profesores que están con ellos.
Para no frustrar las expectativas, todos los alumnos y alumnas deben conseguir la excelencia, dentro de las ofertas que se ofrecen a sus posibilidades como seres individuales, integrándose en un grupo-clase, es decir en una sociedad natural, que respeta e integra en su seno las diferencias. Y en ello se encuentran desde las mentes superdotadas hasta las que tienen condicionamientos por su evolución en las diferentes capacidades, social, cognitiva, comunicativa, afectiva y motriz.
En la referencia a la frustración por la falta de exigencias es porque en realidad no hay definición de objetivos ni valoración preventiva e institucional del desarrollo de todas las capacidades, en todas y cada una de las etapas educativas, que desde luego, como un árbol, en el ser humano se asientan desde la edad infantil, donde ya se amueblan las futuras mujeres y hombres adultos y a quienes necesariamente acompañarán hasta su muerte.
Es por tanto la comunicación provocada por el equipo docente y en las aulas en toda la evolución hasta la “mayoría de edad”, la que al servicio de la tarea, impedirá eficazmente el paso a la violencia, que cuando se produce viene a ser la punta del “iceberg”, que protesta como malestar, ante la no atención de las demandas propias de cada etapa educativa.

Crisis natural

La maduración del educando se consolida en el bucle adolescente, época de repaso de todo lo vivido anteriormente cuando era niño, y por tanto crisis natural para transitar hacia el adulto-joven. Y es en esta época crucial, de auténtico duelo, cuando la palabra otorgada por los adultos se constituye en la clave para el crecimiento. Entonces las dificultades para aprender son muy elevadas, especialmente cuando no se ha acordado por el equipo de profesores el tratamiento de la diversidad de cada grupo de forma específica.
Pero entonces, ¿quién manda en clase? No hay duda que el equipo del profesorado que trabaja con ella, pero con la autoridad coordinadora otorgada al tutor o tutora del grupo que representa a tal equipo de forma corresponsable.
Las sanciones que se necesitan administrar, deben por tanto referirse a la normalización de las conductas con las tareas, de tal forma que conducta y saber queden perfectamente en relación, es decir se sabe porque se quiere y se conduce en esa dirección; claro está, ello se produce si se puede y se quiere lo que hay que hacer, surgiendo entonces el interés y el respeto tanto desde la diferencia individual como  la aceptación normalizada de las diferencias dentro del grupo clase.
Una nueva ley que fundamente y ordene la educación institucional en el trabajo en equipo, requiere no solamente el consenso de todas las fuerzas políticas, sino el compromiso de Estado, gobierne quien gobierne, para dotar al ejercicio docente con un Estatuto que homologue la profesión en un Cuerpo Unificado y Superior en el que sean efectivas unas condiciones profesionales óptimas para el trabajo en equipo y en el que las complejas relaciones docentes, profesionales y de relaciones con la comunidad social, especialmente con las familias, sean convenientemente atendidas, desde nuestra profesión docente.
Dicha ley para que pueda dotar de autoridad al profesorado, necesitaría por tanto:
* Garantizar la máxima diversidad de todo el alumnado, cuidando que los grupos humanos educándose en sus estudios obligatorios, sean naturales y ajustables de tal forma que se evite al máximo la formación de concentraciones homogéneas, en todos los sentidos: procedencia, sexo, capacidades, economía, ideología, religión, etc.
* Dotar a los centros del profesorado necesario y suficiente  así como de materiales y talleres en todos ellos, para garantizar la excelencia de la tarea exigida a cada alumno y alumna en una organización escolar no segregadora. No  debemos olvidar que ya se ha demostrado que un aula con atención a la diversidad, desarrolla más a todos sus individuos, que otra que pretende hacer aplanadamente homogéneo el grupo-clase en un mononivel.
* Garantizar el desarrollo hasta el máximo nivel curricular del grupo específico del universo de sus individuos, sustentados por su inserción grupal gracias  a la adaptación del alumnado a las tareas definidas a diversos niveles.
* Valorar preventivamente el desarrollo de todas las capacidades así como los conocimientos adaptados en cada alumno y alumna, para ajustar el progreso  educativo de culminación y promoción  en las etapas educativas obligatorias, así como la de educación infantil.
* Investir de autoridad al profesorado para que pueda  sancionar los atentados a la convivencia así como  las negligencias del alumnado para cumplir con el deber de dar la respuesta adecuada a sus posibilidades, tanto de las tareas individuales como las de grupo conocidas , analizadas y propuestas por el equipo educativo y asumidas por el grupo clase y sus familias.
* Construir instituciones educativas de módulos no masificados que favorezcan la inserción social de todos sus integrantes.

 

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