En el presente artículo, primero de una serie de tres, el autor aborda el problema de la convivencia escolar y de la búsqueda de soluciones para su erradicación desde la perspectiva inicial que supone el hecho de enfocar el estado actual de tal cuestión, con la intención expresa de “aportar, desde estas páginas, puntos de vista contemplados de forma ecléctica, abierta  y multidisciplinar”, y abrir un espacio de reflexión sobre un tema sin duda candente de nuestra realidad educativa y social.

Convivencia escolar:
buscando soluciones (I)

Francisco Javier Esperanza Casado
Coordinador del Taller de Experiencias Educativas-REDES (TEE-REDES)

NA   vez   más,   la  cuestión  de

conflictividad en las aulas, y aún fuera de ellas, pero establecida entre miembros de la comunidad escolar, ocupa los titulares de los medios de comunicación.
En esta ocasión, se ven proliferar por doquier los casos, a veces, hasta gráficamente documentados, de episodios de maltrato escolar, o sea, de violencia entre iguales. ¿Quiere esto decir que la violencia ha aumentado de forma significativa en los Centros educativos?
Creo que conviene hacer algunas precisiones al respecto.
Lo primero es que existe una dificultad grande para aseverar esta premisa desde un punto de vista rigurosamente científico y la razón es muy sencilla: los estudios  de campo sobre este tema son relativamente recientes (el primero, con ámbito estatal, fue publicado en el 2000: el ya famoso Informe del Defensor del Pueblo sobre violencia escolar), y en él, ya se apuntaba la dificultad de establecer comparaciones entre países y sus respectivos estudios estadísticos debido, fundamentalmente, a las diferentes metodologías aplicadas para obtener unas cifras de: maltrato verbal, físico, exclusión social, acoso sexual, amenazas con arma blanca, etcétera, que variaban entre un estudio y otro, con unas diferencias significativas (podemos poner como ejemplo el trabajo del Centro Reina Sofía para el estudio de la Violencia de 2005, también de ámbito estatal, en la difícil comparación con los resultados del estudio citado más arriba).
Lo que sí podemos afirmar con rotundidad, es que no nos encontramos en este aspecto, al menos, con un tema nuevo. El acoso escolar, y sus orígenes, no son novedad, ni mucho menos. De hecho, el investigador más reconocido internacionalmente en este campo, Dan Olweus, ya publicó unos primeros trabajos concienzudos sobre la situación en este tipo de violencia  a principios de la década de los 80, precisamente, a raíz de la alarma social que surgió en Noruega por el suicidio de un alumno fuertemente estresado a causa de un grave episodio de maltrato escolar.
Y esta cuestión tampoco empieza ahí.
Yo recuerdo este tipo de incidentes en mi Colegio de Primaria y, recientemente,  Luís Antonio de Villena, ha publicado un nuevo libro: “Mi Colegio”, en el que se relata la angustia vivida por él en la década de los 60 a causa de episodios continuados de acoso, por parte, de sus compañeros, en un renombrado Colegio madrileño.
En este sentido, la situación sería enteramente paralela a la generada por la violencia de género. ¿Acaso acaba de empezar hace unos cuantos años?, o  ¿podemos afirmar que el espectacular aumento de denuncias se corresponde con el incremento de la incidencia del problema? Rotundamente, no.

Características comunes

En el caso de violencia de género, como en el caso que nos ocupa, o en el de violencia ejercida contra niños por sus propios familiares, como en el acoso laboral, hay una característica común: la víctima no comunica su problema a casi nadie, porque ella misma ¡¡se siente culpable!!. Esa, a mi parecer, constituye la peor característica de estos procesos de violencia injustificable y eso es lo que ha mantenido las cifras tan bajas en cuanto a denuncias; no en cuanto a casuística e incidencia real.
Resulta, por tanto, sumamente arriesgado, afirmar que el maltrato escolar ha aumentado espectacularmente en los últimos años. Lo que es evidente es que hoy nos encontramos con un problema real, ante el cuál, la sociedad puede y debe reaccionar, tanto más cuando sabemos muy bien el efecto que las situaciones de dominio-sumisión producen en las víctimas, en los agresores e, incluso, en los espectadores. Resulta digno de tener en cuenta que todos los  estudios coincidan en señalar que prácticamente el 100% de los estudiantes de los últimos cursos de Primaria y los primeros de Secundaria estén incluidos en alguna de estas tres categorías. El efecto “menos grave”, que correspondería al alumnado espectador, es la generación de indiferencia ante la violencia ejercida contra compañeros; y ese efecto “menos grave” resulta ya aterrador.
Este hecho, junto con el cruel escenario de la violencia infantil y la violencia de género que, además, tiene graves efectos sobre los hijos de la pareja, dibujan un panorama alarmante añadido, que, según  varios estudios longitudinales, está en la base de una gran parte de los episodios posteriores de violencia adulta. En consecuencia, desde ahí, se ha ido comprobando que la mayor parte de adultos en situación de reclusión penal tuviese antecedentes de alguno de los tipos de violencia anteriormente citados, bien cómo agresor, víctima o espectador de alguna o algunas de las formas de violencia antes reseñadas.
No podemos dejar de mencionar la creciente amenaza de violencia de origen xenófobo e, incluso, racista, cuyo riesgo se incrementa, tanto por el aumento de la población inmigrante en nuestro país, como por el hecho de que algunos dirigentes políticos y medios de comunicación, conscientes de que el “problema” de la inmigración va subiendo puestos en el ranking de temas que más preocupan a los españoles, están  dispuestos a arañar votos e influencia a costa de un irresponsable uso de mensajes de tipo xenófobo.
Se debe tomar conciencia y, evidentemente, tenerla, debiendo frenar “ipso facto” el enorme potencial de peligrosidad que encierra el fomento de cualquier enfrentamiento en lugar del fomento de  la convivencia interétnica o intercultural. Consideremos que, en este país, la población inmigrante probablemente alcance en los próximos años, cotas próximas al 20% del total del censo nacional.

Confrontación

Esta apuesta por la confrontación ya ha sido ensayada en Francia, por el actual ministro del Interior, que, por cierto, es de origen inmigrante. Sabemos a lo que ha conducido, hace unos meses, en los barrios marginales de las principales ciudades del vecino país y algunos preferimos no extrapolar a dónde nos puede conducir esta cuestión en un futuro.
En el momento de escribir este artículo el ultraderechista Le Pen se acercaba al 17% en los sondeos de intención de voto para las próximas elecciones en Francia en base a la agitación del los fantasmas del miedo, un nacionalismo mal entendido y un rechazo injustificado e injustificable ante la población refugiada o inmigrante.
El fomento de la xenofobia llamémosla “interna” a través de enfrentamientos continuos entre diferentes territorios del Estado Español, atizada por ultra nacionalistas, por un lado, y por ultra centralistas, por otro, constituye otro peligro potencial, y desgraciadamente real: terrorismo de ETA, enfrentamientos civiles, insolidaridad, etc.
En conclusión, enfrentamientos continuados que contribuyen a configurar un mapa poco esperanzador, tanto para la convivencia, la cultura de paz, el diálogo y, obviamente, la erradicación de la violencia como forma de “resolver” los diferentes conflictos que acontecen a cualquier agrupación social.
Sinceramente, considero que el tratamiento separado de todos los tipos de violencia e inflexibilidad, sería un grave error tanto metodológico como conceptual. El motivo es que éstos están más estrechamente vinculados de lo que, en un principio, se pudiera pensar. Por otra parte, es importante considerar que en estos tipos de violencia, explicitados anteriormente, no están comprendidas todas las casuísticas. Nos quedan, sin duda, todas las formas de violencia estructural, tales como: la marginación, la exclusión social y educativa, el paro selectivo, algunas condiciones laborales... etc.

Fenómenos preocupantes

Además podemos destacar ciertos fenómenos que están creciendo de forma alarmante:
- La ridiculización de determinados alumnos y alumnas (no de sus conductas) por una parte minoritaria del profesorado y de los equipos directivos, discriminación (inconsciente en su mayor parte)  en las interacciones positivas profesorado-alumnado, marginación...
- La disrupción e indisciplina en las aulas
- Las agresiones (especialmente verbales) contra el profesorado, por una parte  minoritaria del alumnado, aunque muy activa.
- Las agresiones, verbales y físicas, de un sector igualmente minoritario de padres y madres de alumnos y dirigidas contra el profesorado y/o los equipos directivos.
- Las agresiones, verbales y físicas, de algunos alumnos y alumnas contra sus padres y madres
- La alta y creciente desmotivación, tanto por parte del profesorado como del alumnado, conllevando a situaciones indeseables, las cuales canalizan su proceso de retroalimentación en forma circular.
- El consecuente deterioro de los profesionales, por lo expuesto en el punto anterior, así como por las condiciones de trabajo de éstos, especialmente los que practican su ejercicio en la ESO, hacen que, muchos de ellos, vean dañada su propia dignidad (repercusión: personal y social). Esta lógica incidencia sobre la salud laboral del profesorado ha llegado al punto en que, algunos de ellos sólo se sienten “sobrevivir”.
- El aumento del sufrido problema, más que sensación, por parte del profesorado, de estar solo e indefenso, ante el actual estado de cosas, hace que éste detecte la gran brecha existente entre la situación y la efectividad real de las medidas tomadas por las Administraciones Educativas.
El conjunto de estos apartados, unido al estado sobre la situación actual de las otras problemáticas, ya expuestas, permiten visualizar el turbio panorama que cubre el futuro de la convivencia.
A pesar de ello, soy consciente de que existen otros países de nuestro entorno, que viven situaciones convivenciales peores  y niveles de conciencia social inferiores al del nuestro. El deterioro del clima escolar no es en modo alguno un problema exclusivo de España. Nuestro país no es, de momento al menos, el que peor situación convivencial tiene por mucho que algunos traten de agitar esta bandera en la “lógica” del “todo vale” tan irresponsablemente utilizada últimamente.
No trato de exponer un panorama catastrofista, sino de explicitar una situación real y de creciente dificultad desde hace varios años. No podemos estar a expensas de la atención que los medios de comunicación nos presten con toda su buena voluntad, lo cual no pongo en duda. En cualquier momento, este problema es susceptible de verse  desplazado del centro de interés informativo hacia otros lugares; y resulta evidente que la puesta en marcha de medidas urgentes no puede depender del grado, mayor o menor, en cualquier caso fluctuante, de la alarma social.

Crisis social global

Debemos ponernos (en algunos casos continuar, en otros, empezar) a trabajar en esta cuestión de forma inmediata, seria y científica, con la necesaria implicación de enfoques multidisciplinares. No estamos ante un problema exclusivamente penal, ni solo pedagógico, ni organizativo, ni de formación, etc. aunque todos estos aspectos deben ser reformados. Estamos ante una crisis social global que tiene, como todas las crisis sociales, una especial incidencia en nuestra población infantil y adolescente y en las Instituciones y currícula educativos obsoletos, al menos en parte.
En este país, es tiempo de recuperar prácticas ya experimentadas, retomando fórmulas, estrategias y programas de intervención educativa, suficientemente contrastados en la práctica, con la vista puesta en la mejora de la convivencia escolar y social. Tenemos grandes equipos de profesionales, tanto en el ámbito universitario, como en el de los propios Centros educativos, comparables, a nuestro favor, con los del resto de los países europeos. Por tanto, no debemos comenzar NADA NUEVO, sino aplicar, sin dejar de investigar e innovar, las fórmulas ya existentes, que además, funcionan en la propia realidad de los procesos de mejora de la convivencia en multitud de Centros educativos.
Es vano partir de “cero”, reiteradamente, o emplear esfuerzo y tiempo en tratar de inventar lo  “inventado”, de la misma forma que la cuestión no pasa necesariamente por elaboración de múltiples estudios de diagnóstico de la situación, cuando ya hay muchos y algunos muy buenos. Es dilatar la toma de decisiones inaplazables ya.
También es necesaria una mayor coordinación entre políticas de prevención y mejora de la convivencia escolar entre las diferentes Administraciones educativas, instancias jurídicas, Oficinas de Defensor del Menor, Organizaciones con o sin ánimo de lucro,... que en estos momentos se superponen, contradiciéndose en algunas ocasiones.
Esto nos lleva a un gasto superfluo de recursos que se duplican en algunas ocasiones mientras que en otras no existen.
Nos gustaría desde la práctica acumulada por los profesionales que componemos la Asociación que represento aportar desde estas páginas puntos de vista contemplados de forma ecléctica, abierta y multidisciplinar. Hacer una aportación más sobre el abordaje de los problemas aludidos, al menos los más relevantes. De ahí, que este artículo lleve el número (I). No es nuestra pretensión la reiteración “machacona” de la problemática actualmente existente.  Ese era el objetivo de este artículo y el de la gran cantidad de estudios y encuestas generados en el último lustro. Se trata de exponer puntos de vista que, al lado de otros, contribuyan a una puesta en marcha de los procesos de prevención o intervención educativas, que conduzcan a una mejora sustancial de la  convivencia escolar en el seno de una sana convivencia social.

 

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