En la presente colaboración, su autor, Doctor en Filología Española y profesor de Secundaria, reflexiona sobre la importancia de los clásicos en las aulas, al hilo de sus experiencias docentes, y denuncia uno de los problemas educativos y sociales de nuestra realidad presente: el desprestigio de las Humanidades.

En defensa de los clásicos

Vicente Adelantado Soriano
Doctor en Filología Española y Profesor de Secundaria

OS  libros de texto de  Secunda-

ria, hablo de los de Lengua, que son los que más conozco, se han convertido en cajones de sastre, en los cuales todo tiene cabida y donde todo se repite hasta la saciedad. Así, en vez de dar una definición de una vez por todas del sustantivo, por ejemplo, se da una primera definición en un tema; se añade algo nuevo en el siguiente, y se termina de definir en el que va a continuación. Parece como si el sustantivo fuera un misterio al que hay que acercarse poco a poco y con temor reverente.
También cabe la interpretación de que sabemos, alguien lo debe saber, quien ha escrito el libro y quien lo ha autorizado, que el alumno actual no estudia y es, en consecuencia, una persona a la que hay que darle sopas y biberones a fin de no dañar su delicado estómago. Jamás alimentos de cierta enjundia porque se puede atragantar o no digerir bien. No sé si alguien se ha planteado que los biberones están muy bien en cierta etapa de la vida, pero que no se puede alimentar con ellos a personas de una determinada edad, salvo que queramos obtener seres raquíticos y mermados. Una educación crítica y consciente tiene que ir, por lo tanto, más allá, mucho más allá, de los anodinos y absurdos libros de texto.
A la par que los libros de texto van los libros de lectura. Alguien, de escasas lecturas desde luego, se ha inventado que los clásicos están muy bien, pero que no son recomendables para los niños de 1º y 2º de la ESO, por ejemplo. Ellos tienen que leer libros que comprendan. Y los libros que comprenden, según las lecturas seleccionadas en los libros de texto, y por las inefables editoriales, son un conjunto de aventuras descafeinadas y descabelladas, absurdamente fantásticas, que puede vivir cualquier niño que tenga un tío soltero con un armario o cosa similar. Nada que les sea útil para comprender este mundo o épocas pasadas, nada que despierte el gusto o el sentido estético. Y lo malo de esta situación es que ese tipo de lecturas se mantiene a lo largo de toda la Educación Secundaria. Alumno hay que sale del instituto o del colegio con la asignatura de Lengua aprobada y sin saber quién fue Miguel de Cervantes, ni haber leído ni un triste fragmento de su genial novela.

Las Humanidades, desprestigiadas

Desde luego las Humanidades en el mundo de hoy no tienen ningún prestigio. La inmensa mayoría de las personas, si se le pregunta, seguramente dirá que está muy bien que se lea. Y mucho mejor que lea la juventud, así la mantendremos alejada de algunos duros peligros. Pero pocas personas parecen empeñadas en que esto sea una realidad. Y menos en leer ellos mismos. Para lo cual no hay más que oír a ciertos locutores televisivos que, a fuerza de querer ser modernos, han olvidado hasta su propia lengua. Señal inequívoca de que no leen nada y ni tienen el más mínimo respeto por eso que utilizan todos los días: la lengua.
No voy a insistir en el tema. Don Fernando Lázaro Carreter ya fustigó bastante con sus libros El dardo en la palabra. De lectura muy recomendable.
Sí me gustaría hacer hincapié sobre la necesidad de llevar a los clásicos a las aulas. Para lo cual se tiene que partir de algo que, muchas veces, no es tan claro como parece, y donde, creo, está la raíz del problema. Ese algo es que muchos profesores no se han leído los clásicos, o lo hicieron durante la carrera porque era lectura obligatoria para aprobar un examen. No los han vuelto a leer. No hay verdadero cariño por el libro, por la lectura y su comprensión. No se ha leído ni estudiado. Por descontado que, en ese supuesto, es más fácil hacer leer algo que todo el mundo entienda, y que no dé pie a preguntas más o menos comprometidas o imposibles de explicar desde ciertas ignorancias. Pues está claro que a un niño de la ESO no se le puede decir que lea Lazarillo de Tormes sin explicarle antes el contexto de la novela y romper el cascarón del lenguaje del siglo XVI para que comiencen a disfrutar con la lectura. El profesor, así, se convierte en una especie de mediador entre el libro y el alumno. Soluciona problemas y plantea cuestiones a fin de hacer una lectura enriquecedora. ¿Qué más juego didáctico quieren? Y, además, sin ordenadores, gastos de dinero ni necias y cursis películas. Sencillamente con la palabra y la imaginación.

¿Negocio, pereza o ignorancia?

Por supuesto, y me reafirmo en lo dicho anteriormente, las Humanidades hoy en día están bastante desprestigiadas. Creo que a nadie se le ocurriría poner a un profesor de música a dar clases de física o de matemáticas. Sin embargo, centro hay, más de uno, en el que se practica aquello de que "cualquiera puede dar una clase de literatura". Indiscutiblemente por literatura se entiende la fecha de nacimiento y muerte de Lope de Vega, y el listado de sus obras. Si el profesor es un poco avispado hasta puede llegar a dar la lista de sus amantes. Con semejantes clases de no sé qué no es de extrañar que nadie entienda nada, ni nadie lea sino aquello inmediato y que no presenta ningún problema ni de vocabulario ni de comprensión. ¿Acaso ha leído el profesor a Lope? ¿Cómo va a apasionar a sus alumnos por algo que a él le aburre?
¿Qué problema hay que no sea solucionable para que un niño de 1º de la ESO no entienda el Lazarillo? ¿Por qué no leerles cuentos de Calila e Dimna en vez de los desustanciados libros que proponen las editoriales y los mismos libros de texto? ¿También son aburridos estos cuentos? ¿Tampoco los entienden? No me lo dice así mi propia experiencia. En absoluto. ¿No se tratará, entre otras cosas, de un negocio editorial o de pereza o ignorancia?
Creo que el problema no está en los niños, sino en el tipo de educación que estamos dando. Y eso es lo que debería ser materia de estudio y análisis. Si no exigimos más, estarán toda la vida mal alimentados. Está claro, por otra parte, que si no les ponemos a los clásicos delante y se los hacemos accesibles, jamás los leerán. Pero no será por culpa de ellos, sino por pereza y desidia de la escuela o por desprecio de algunas direcciones, o una sociedad, hacia ciertas asignaturas. Y muchas veces en ese desprecio va incluido el desprecio hacia el trabajo bien hecho, la oración bien construida, al gusto estético, en fin, del bien hablar y del bien decir. Algo de lo que estamos muy necesitados. Cada vez más.

 

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