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que superar un nuevo reto: incorporar en nuestras aulas a un número creciente
de alumnos que no tienen el español como lengua materna. El esfuerzo que
se ha realizado con la creación de las Aulas de Enlace y los distintos
programas de bienvenida no es más que el inicio del trabajo que debemos
acometer en los centros escolares. El decálogo que he redactado pretende
ser un impulso más para que nuestro objetivo educativo pueda llevarse
a cabo.
Cuando los
alumnos extranjeros que no hablan español abandonan el programa de acogida
se tienen que enfrentar a la realidad de la clase. Allí se dan situaciones
de comunicación muy complejas pues, además de comprender contenidos, aprender
términos y conceptos nuevos, los alumnos deben familiarizarse con el metalenguaje
propio de cada uno de los profesores. Parece necesario, por lo tanto,
incluir pautas de ayuda lingüística en el quehacer
diario del aula.
Sea
cual sea la asignatura que impartamos, si en nuestro grupo hay alguien
cuya lengua materna no es el español es muy posible que podamos aplicar
algunas estrategias para mejorar el proceso de enseñanza y aprendizaje.
He
redactado 10 consejos y unas actividades de estrategia para el refuerzo
léxico. El objetivo es que la adaptación lingüística sea más fácil para
todos, pues la autonomía de aprendizaje de los alumnos extranjeros no
hispano-parlantes va pareja a su proceso de integración.
Diez
consejos de ayuda
1. Intentemos orillar nuestros prejuicios. Las
ideas previas nos pueden inducir a error. Los tópicos sobre países, lenguas
o nacionalidades no tienen por qué estar representados en nuestro alumno
o alumna en concreto. No todos los alumnos chinos adoran las matemáticas,
ni todas las alumnas árabes rechazan la música.
Sin embargo, y paradójicamente, tendremos que estar
atentos a conocer las dificultades específicas de algunos hablantes. Por
ejemplo, los alumnos chinos no hacen con facilidad la distinción fonética
entre b/p ni entre l/r. Los árabo-hablantes prácticamente no diferencian
las vocales e/i. Estas peculiaridades han de ser tenidas en cuenta a la
hora de evaluar sus ejercicios escritos u orales.
2. También las diferencias culturales influirán
en su aprendizaje, por ejemplo, hacer trabajar a alumnos chinos en grupo
o por parejas es bastante poco rentable, se crecen más en la competición,
como los alumnos procedentes de Europa del Este. Sin embargo, los alumnos
chinos responden bien a ejercicios repetitivos que nuestros alumnos tienden
a rechazar.
3. Recibámosles, siempre y en primer lugar,
a través de una mínima y sencilla comunicación oral. Además de establecer
un contacto personal, podremos percibir su nivel de expresión y de comprensión
oral. Seguro que extraemos un buen indicador sobre el nivel idiomático
del que partir.
4.
Apliquemos un sencillo principio de cercanía comunicativa: cuánto más
cerca estén de nosotros, mejor nos entenderán. Si pueden ver nuestra
expresión facial y corporal, nos escucharán mejor. Si están muy alejados
de nosotros o en la parte más bulliciosa del grupo tendrán siempre muchas
interferencias en la comunicación. Así que, intentemos siempre mirarles
a la cara y que ellos nos miren. Si es preciso, llamémoslos por su nombre.
Si el mensaje les llega junto a la expresión facial captan más información
que la del enunciado literal de nuestras palabras. Por otra parte, de
esta manera estaremos proporcionándoles modelos claros de pronunciación.
5. No olvidemos que la pizarra es un instrumento
imprescindible para estos alumnos. Es necesario escribir con letras claras
las palabras menos frecuentes, las más difíciles de escribir o las que
puedan tener una ortografía dudosa, pero también aquellas que consideramos
esenciales en nuestra materia. No olvidemos escribirlas siempre con su
artículo: aprenderán el género y el número de la palabra a la vez.
6.
Cada vez que les pasemos ejercicios, exámenes, textos o apuntes deberíamos
hacerlo en letra mecanografiada. La lectura de un texto manuscrito en
una lengua que no se domina produce vértigo. Si no podemos hacerlo así,
cuidemos que el texto tenga una letra muy clara y que éste sea perfectamente
legible.
¿Cuánto tiempo
puede llevarnos comprobar que comprenden todo el vocabulario de un texto
escrito? ¿Es éste un tiempo perdido? ¿No será útil también para el resto
del grupo? La comprensión léxica es un factor clave, sobre todo al hacer
exámenes y/o ejercicios escritos. Si, por el contrario, consideramos
que es algo superfluo para el resto, animemos a los que no dominan el
español a que tengan siempre un diccionario a mano y a que lo usen sin
miedo. De paso podríamos aprovechar para recordar a nuestros compatriotas
que en un diccionario se busca siempre el infinitivo y que éste nos ofrece
siempre el género y la categoría gramatical de las palabras.
7.
Busquémosles un alumno o alumna tutor/a que les ayude, les deje los apuntes,
les deje copiar más despacio, les aclare cosas. Pero no veamos esta ayuda
como algo que hay que hacer “fuera de clase”. Bien al contrario; si lo
hace en presencia de todos, sin pudor ni reparo de cualquier tipo, estaremos
creando un clima de confianza muy valioso. El aprendizaje cooperativo
establece vínculos muy positivos entre los adolescentes.
Detengámonos
un momento sobre lo que queremos evaluar. Nuestra prueba puede cambiar
si queremos evaluar el procedimiento que el alumno utiliza para contestar,
es decir, su razonamiento, o, por el contrario, creemos que utilizar un
metalenguaje específico es imprescindible para contestar acertadamente
a la cuestión.
8.
Si el aprendizaje de términos específicos nos parece básico en el ejercicio,
debemos buscar el modo de que conozcan estos conceptos con claridad y
que sepan determinar claramente su significado. Pero si el uso de término
concreto es irrelevante, podemos preguntarnos: “¿Puede resolver este
problema o contestar a esta pregunta si se la planteo con un léxico más
sencillo?”. Es muy probable que podamos adaptar el léxico en bastantes
ocasiones.
¿Y el resto del grupo? ¿Estamos seguros de que los
demás no encontrarán ninguna utilidad si dedicamos algún tiempo extra
a la comprensión?
Cuando
encontremos más dificultades podemos “jugar” con los niveles del lenguaje.
Es decir, cambiar los términos más precisos por otros más generales (premio
es más fácil de entender que lotería, quinielas o bonoloto;
instrumentos es más difícil de pronunciar que aparatos; extraer
es más difícil de escribir que calcular, hallar es un verbo
difícil hasta para los españoles, así que podemos pedirles que durante
un tiempo usen encontrar.)
Si, por
el contrario, lo que pretendemos es que aprendan un concepto nuevo, específico
de nuestra asignatura, entonces podemos: Echar mano de la traducción;
explicarlo con ejemplos (“herramienta es, por ejemplo, un martillo
para golpear, un cuchillo para cortar…”, “calcular es pensar y resolver”,
“hallar es encontrar la solución”); ilustrarlo con imágenes (siempre
tenemos a mano las del manual o podemos esquematizarlas en la pizarra),
o buscar un sinónimo (“sistemas de regadío son los aparatos que echan
agua a las plantas…”)
9.
Hacer actividades para el aprendizaje de vocabulario tales como
las que proponemos al final del decálogo. (Los alumnos procedentes de
aulas de enlace están habituados a realizarlas y conocen su mecánica).
En un caso
extremo, pedir ayuda a los compañeros de idiomas o del Aula de enlace.
10.
Por último, ¿existe algún diccionario visual de nuestra asignatura? Puede
que esté publicado, que aparezca en algún manual, o que corra en alguna
página web específica de tu materia. Si es así, plantéate si sería útil
su consulta.
Desarrollo comunicativo integral
Es
evidente que lo que todos entendemos por “hablar español” implica una
comprensión y expresión oral y escrita más profunda de lo que supone aprender
vocabulario.
La base del
desarrollo comunicativo de estos alumnos no sólo es la clase, sino el
recreo, las excursiones, las actividades extraescolares y la charla entre
los compañeros. Pero el aula es el lugar idóneo para consolidar conceptos,
términos y expresiones que constituyen el metalenguaje de las asignaturas.
Habremos, necesariamente, de revisar nuestra forma de enseñar y también
los materiales que utilizamos en el aula.
La recompensa
se nos hará evidente, pues el avance idiomático de estos alumnos es tan
gratificante que constituye el mejor estímulo para el grupo y para nosotros
mismos.
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