En este artículo, que complementa el aparecido en el anterior número de Comunidad Escolar, se analiza el impacto del uso inadecuado y abusivo de la tecnología en las instituciones escolares. Para el autor, el aprovechamiento de las denominadas “nuevas tecnologías” pasa por acrecentar su conocimiento y por reflexionar sobre el uso que se les quiere dar y por el tipo de persona que se desea formar. En este marco, el texto desemboca en el análisis de las relaciones entre tecnología y humanismo.

La escuela tecnificada (y II)

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía. Universidad Complutense

IVERSOS  informes revelan que

las nuevas tecnologías se incorporan paulatinamente a los centros escolares y al trabajo en las aulas, aunque no siempre sean aprovechadas. El creciente uso de la tecnología educativa se debe, entre otras razones, a la abundante documentación existente (libros, artículos...) que tanto teórica como empíricamente recomienda y apoya su empleo, al deseo de innovar de un significativo sector del profesorado, así como al esfuerzo realizado por las Administraciones, por cierto todavía insuficiente, para impulsar su definitiva implantación.
El análisis de las tecnologías en la educación no puede desentenderse de su enorme impacto en la transmisión de la información y en la enseñanza-aprendizaje ni de sus efectos en la comunicación y en las relaciones interpersonales. En relación a estos puntos es patente el incremento de la información disponible. Por ejemplo, con el advenimiento de internet han aumentado de manera extraordinaria las posibilidades de acceder a datos, noticias e informaciones de diversa índole. Paradójicamente, sin embargo, no parece que hayan aumentado los conocimientos reales de los usuarios de la red. La propia sobrecarga de contenidos se convierte en un obstáculo para seleccionar y procesar inteligentemente la información.

Uso apropiado de la tecnología

Son muchos los alumnos y profesores que, a pesar de la rapidez y copiosidad de informaciones en la malla mundial de ordenadores, se quedan enredados y apabullados. Se sabe, empero, que los perjuicios se reducen considerablemente a medida que se incrementa la búsqueda racional y la criba en el maremágnum de contenidos. Estas tareas corresponden a una verdadera actividad mental, que es la que se ve amenazada cuando se impone el uso pasivo de la tecnología. Análogamente, si al manejar estas tecnologías durante el proceso formativo priva la mera recepción de estímulos seguida de respuestas automáticas el pensamiento se estrecha y el aprendizaje se empobrece. Si se quieren maximizar los beneficios de la tecnología es menester fomentar el sistema cognitivo del educando por medio de la reflexión, la crítica, la deliberación, la organización o la elaboración. Con la introducción de estas funciones se rompe el clásico esquema conductista estímulo-respuesta (E-R) y la educación se enriquece.
El aprendizaje endeble, sin mediación cognoscitiva relevante, está más extendido de lo que sería deseable. Su incidencia se deja sentir en una conducta inmadura, arbitraria, ora inhibida, ora activa, aunque carente de dirección, etc. En este marco de utilización inadecuada de la tecnología, los procesos mentales superiores apenas se activan, de manera que ganan terreno los inferiores. Si se quiere dar carácter humano al aprendizaje se precisa avanzar hacia un genuino conocimiento que reclama la participación del propio sujeto a través de operaciones complejas y esforzadas. Nada puede objetarse, por supuesto, a reacciones “reflejas” exhibidas por los alumnos o los profesores tras acumular experiencia con la máquina, pero sí al hecho de permanecer anclados en ellas, sin integrarlas en otras cualitativamente superiores. Eso equivaldría, por ejemplo, a contentarse con escribir en el ordenador sin mirar el teclado, siempre que se trate de transcribir un texto ajeno, pero sin aspirar a realizar una redacción original. A este respecto, quiero llamar la atención sobre el hecho de que, merced al uso “lúdico” de la tecnología informática que en distintos centros educativos se promueve, un buen número de nuestros escolares adolescentes desarrollan primordialmente aptitudes sensoriomotrices, pero no aptitudes mentales complejas. La gravedad sube de punto si tenemos en cuenta que también en la escuela las pantallas están sustituyendo a los libros y que gran parte del tiempo libre de los menores está presidido por el tecnoabuso.
No procede el alarmismo, pero el caso de aquel alumno de secundaria que se oponía a realizar la actividad solicitada por el profesor “porque había que pensar” es cada vez más frecuente. A falta de datos concluyentes, mis observaciones en escenarios educativos me llevan a afirmar que, si bien en la mayor parte de las instituciones se hace un uso responsable y adecuado de las tecnologías, en un número pequeño y significativo de centros el empleo de estos instrumentos es inadecuado o excesivo, lo que se traduce en pasividad, ausencia de crítica y estrechamiento mental. Acaso en el fenómeno que venimos describiendo resida una de las claves del fracaso escolar de nuestros alumnos.

Diálogo entre tecnología y humanismo

La dialéctica entre la tecnología y el humanismo nos lleva igualmente a interesarnos por los efectos que la utilización de los instrumentos tienen en la comunicación y en las relaciones personales. De entrada, ha de reconocerse que ya no se puede entender la configuración de nuestros centros escolares sin las nuevas tecnologías, que han revolucionado la comunicación y la vida de la escuela. Su llegada ha expandido una “cultura electrónica” cuyas notas esenciales son:

-         Mayor rapidez informativa, pero menor profundidad comunicativa.
-         Incremento de la artificialidad en la fisonomía escolar.
-         Permanente necesidad de adaptación a nuevos aparatos y programas.
-         Debilitamiento de las relaciones personales.
-         Ensalzamiento de la técnica o tecnocentrismo en detrimento de valores humanísticos. A menudo importa más la forma que el fondo, la apariencia que la esencia.
-         Prisa generalizada para cumplir las numerosas y desconectadas actividades, lo que acrecienta la frustración y el estrés.

Se podría resumir este conjunto de rasgos de la escuela tecnificada actual diciendo que las máquinas están desplazando a las personas. En nombre del progreso la tecnología ha sido deificada y el humanismo degradado. La cristalización de un sistema de enseñanza que pivota sobre la técnica fría e inflexible se descubre en considerable número de centros escolares. El resultado es que se ponen más barreras al encuentro y a la educación que gravita en la profundidad de la persona. 
En sintonía con los comentarios anteriores, no resulta demasiado halagüeño un paisaje escolar totalmente artificial. Así como cabe sentirse orgullosos por el elevado nivel de estos aparatos, se corre el riesgo de que nos volvamos inútiles o, al menos, holgazanes. El mínimo esfuerzo exigido para obtener información ha contribuido, por ejemplo, a que muchos escolares prescindan de la búsqueda documental consistente y opten comodonamente por el recurso fácil de internet. Incluso hay alguna página especializada en proporcionar trabajos a los vagos. Otro tanto puede decirse de la depauperación idiomática de las nuevas generaciones provocada por el abuso de mensajes simplificados vía teléfono móvil, ya apreciada por un significativo sector del profesorado en todo tipo de escritos, exámenes incluidos. Claro que la causa aquí es compartida con el considerable descenso del hábito lector y paralelo ascenso del uso de videojuegos en buena parte de los menores.
Se cierra este artículo con el convencimiento de que la aparente contradicción entre tecnología y humanismo se supera mediante su integración fecunda. De este modo, la técnica se humaniza y el humanismo sale beneficiado con la técnica. Con toda rotundidad ha de afirmarse que la misión de la técnica no es crear más problemas humanos, sino contribuir a solucionarlos.

 

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