El esplendor del ensueño

El cincuenta aniversario de la muerte de Baroja propicia el reencuentro con el escritor más contemporáneo del Noventa y ocho

Concentrar el qué, cuándo, cómo y, a veces, el porqué de la vida viajera y estática del hombre y del escritor, como lo hace la muestra Memoria de Pío Baroja, tiene el valor y el raro símbolo del hecho especial en lo cultural: una invitación al conocimien- to, al arraigo familiar, a la vivencia del arte y, especialmente, al quehacer discreto del intelectual.

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
José Martínez Ruiz, Azorín, en 1900, cuando ambos cuentan con menos de treinta años y han dado sus primeros libros a la imprenta: “Tengo un singular y peregrino amigo. ¿Es un misántropo? ¿Es un escéptico? ¿Es un ironista, por paradoja, finamente piadoso? No lo sé; mi amigo es, ante todo un solitario, observador profundo, artista refinado, cauto, silencioso, perseguidor tenaz  de  la  sensación  rara, anotador

minucioso de los matices de las cosas… El corazón en él es nulo; toda su vida la gobierna el cerebro. Para mi amigo no hay goce más exquisito, más humano, más alto que el goce de conocer, de vivir todas las vidas, de pasar por todos los estados psicológicos, de gustar todas las ideas, de experimentar todas las sensaciones” (“Las orgías del yo”)
José Pla, en 1956: “Baroja fue un escritor sencillo, sin adorno alguno, que trató siempre de ser divertido y ameno. Hombre de una retina muy aguda, finísima, describió, creo yo, los paisajes más precisos, más poéticos, los retratos más saturados de vida (...) Cuando el doctor Marañón ha dicho que la generación del 98 ha representado una edad de oro, la valoración es, naturalmente, global. Pero salvo esta valoración se destacan, a  mi entender, las poesías de Antonio Machado y los paisajes, retratos y ambientes dispersos en la obra de Baroja, de una calidad insuperable” (Pío Baroja, Madrid, Edit. Destino)
Dos miradas que acercan al ser humano y al escritor: dos voces que, en esta conmemoración del cincuenta aniversario de su fallecimiento en Madrid, traen a la actualidad el suave pero rotundo significado que aún posee en nuestra cultura.

Encerrado y en el mundo

El extraordinario reflejo del ser y estar de Pío Baroja que el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Cultura y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales han logrado en su Memoria de Pío Baroja, expuesta en el Museo de la Ciudad de Madrid, aclara de forma definitiva que, este hombre enmarcado en sus últimas décadas entre el estrecho circular de sus propios familiares y el defraudante mundo exterior, fue, desde su temprana juventud, un entregado europeísta, viajero sagaz, absoluto amigo de sus amigos y que estuvo entregado siempre a una sutil observación de la realidad. Un Pío Baroja fuerte, seguro entre los suyos, encerrado también entre ellos, habitante de sus propios mundos literarios, emprendedor de caminos estéticos y de presencia contundente en su sociedad.
Manuscritos, cartas, primeras ediciones de sus libros y de los escritores que le rodearon, obras pictóricas de contemporáneos y amigos, como Juan de Echevarría, Darío de Regoyos, Daniel Vázquez Díaz, Aureliano de Beruete, Meifrén, Rafael de Penagos, Gustavo de Maeztu, Ramón Casas, Ramón de Zubiaurre y, su hermano, Ricardo Baroja, van progresivamente ilustrando los siete capítulos de que consta esta muestra homenaje que hasta el tres de diciembre se puede visitar en Madrid.

Ejemplar Julio Caro Baroja

Con títulos que son recogidos de las propias Memorias del autor la exposición comienza con Familia, infancia y juventud, donde se recogen los primeros decorados de su vida con retratos familiares, cuadros y fotografías para situar inmediatamente al visitante ante la riqueza intelectual, literaria, artística y científica vivida en  Final del siglo XIX y principio del XX, un periodo-capítulo donde se agrupan sus lecturas fundamentales, los originales de manuscritos de sus principales obras, las dedicatorias y perfiles que le dedicaron sus amigos y coetáneos, además de la pintura que más le seducía.
Itzea. Tierra Vasca. El mar aborda la afinidad que siempre tuvo con el mar, con los valles y montañas de su tierra vasca, culminada con la adquisición de su casa de Itzea en Vera de Bidassoa, de la que la muestra reproduce dos habitaciones: la biblioteca, donde firmó muchas de sus obras y pasó largas horas de lectura, y “el cuarto verde”, donde se reúnen recuerdos de sus antepasados marinos. Y de ahí, al escritor especializado que refleja  La novela histórica: Memorias de un Hombre de Acción; un apartado donde se pueden ver algunas de las litografías compradas por Pío Baroja, muchas de ellas en París, y se muestran sus veintidós novelas dedicadas a la vida de Eugenio de Avinareta, conspirador liberal que participó en la Guerra de la Independencia y en las Guerras Carlistas. La República y La Guerra, donde se resumen aspectos vitales y literarios de este periodo no sólo en el territorio español sino, también, en los años en que estuvo exiliado en París, antes de retornar en 1940. Sus años posteriores están en Desde la última vuelta del camino, una sección dedicada fundamentalmente a sus trabajos memorísticos, sus novelas sueltas de la época, la tertulia en su casa en Ruiz de Alarcón 12, los paseos por el Retiro y las librerías de viejo; un escritor que deambula y que está más que nunca en su enriquecedor ensueño.
El antropólogo Julio Caro Baroja tiene en esta Memoria de Baroja el cálido e inteligente cierre con su audiovisual acerca del personaje y su familia. Un ejemplar documental, que, con guión propio, conduce a lo largo de casi sesenta minutos de inteligencia, ironía, amor y sensibilidad artística. Una extraordinaria síntesis final para este evento cultural.

 

arriba