En la presente colaboración, el autor plantea, y abre con ello un espacio de reflexión, qué utilidad puede tener la Literatura para un adolescente, cuestión de partida desde la que traza y expone una serie de consideraciones en torno a las aportaciones que los libros y su lectura proporcionan a los jóvenes lectores en esa etapa tan determinante para su formación como personas.

Literatura y juventud

Fernando Carratalá
Catedrático de Lengua y Literatura del IES "Rey Pastor", de Madrid

N una sociedad  como  la  actual,

en particular la de los países industrializados que centran su nivel de progreso en los avances tecnológicos, no resulta cuestión baladí plantearse qué utilidad puede tener para un adolescente la Literatura. Y para mí la respuesta es clara: el mundo de la Literatura constituye, en sí mismo, una forma de entender la existencia, que se traduce en un continuo aprender a ser, potenciando los aspectos intelectuales, afectivos, físicos y espirituales de la persona; y nos ayuda a tomar una postura ante el Universo del que formamos parte como criaturas humanas, y en el que encontramos poco a poco nuestro propio espacio vital para realizar un proyecto de vida tan personal como intransferible. Porque desde el ámbito de la Literatura se nos llama a todos a participar y a comprometernos en la construcción de una sociedad más justa, fraterna, humana y solidaria, en la que la dignidad de la persona quede siempre salvaguardada. De ahí la importancia de que la Literatura -los clásicos, en particular- se convierta en un referente ético-moral que oriente los comportamientos.

La Literatura y el desarrollo de la capacidad crítica

Que la Literatura ayuda a desarrollar la capacidad crítica es obvio; precisamente porque está vinculada al mundo de la lectura; y la lectura estimula nuestras facultades intelectuales. Ya lo decía Gloria Fuertes en este sencillo -y a la vez profundo- poema, titulado No está mal:

El perro entiende.
El cocodrilo llora.
La hiena ríe.
El loro habla.
El hombre entiende,
llora,
ríe,
habla,
y además puede leer.

De todos los animales de la tierra
sólo el hombre puede leer
para dejar de ser animal.
¡No está mal!

Por otra parte, cuanto más se recurre a la lectura, menos sometido se está a cualquier tipo de manipulación, en especial a la de los medios de comunicación y, muy en particular, a la que la televisión trata de ejercer sobre sus espectadores habituales. Porque es lo cierto que las imágenes audiovisuales nos subyugan de tal manera que no potencian precisamente ese distanciamiento crítico con que hay que saber analizarlas. De aquí que la influencia de la televisión pueda ser dañina, y favorezca la pasividad de quienes, incapaces de criticar lo que ven, se entregan en brazos de unas imágenes que apelan a los sentimientos, pero que la razón es incapaz de controlar, y se quedan, por lo tanto, a merced de esos estímulos emocionales que les llegan "desde fuera", incapaces de distanciarse críticamente de ellos. Además, muchos de los modelos de referencia que la televisión viene potenciando suelen carecer del mínimo soporte ético; y surgen, así, personajes famosos -o, por decir mejor, conocidos-, pero con una fama que nada tiene que ver con el prestigio que se deriva de una excelente actuación profesional. Convengamos en que para convivir en un mundo plagado de mensajes audiovisuales es necesario propiciar una educación que ascienda de las sensaciones a la lógica; porque sólo así dejarán de conmovernos tantas trivialidades que ofenden a la inteligencia y nos degradan como personas. Y en este modelo educativo, la Literatura es un soporte básico.

La Literatura y el clima de tolerancia que facilita la convivencia

La formación literaria fomenta el intercambio de pareceres sin la adopción de posiciones dogmáticas excluyentes y hace posible, por tanto, la creación de un clima de tolerancia que resulta imprescindible para el normal desenvolvimiento de las relaciones sociales. En la base de esa tolerancia está el aprender a respetar las opiniones ajenas -en especial las que no coinciden con las que uno mismo sustenta, ya porque se esté en evidente desacuerdo, ya porque se consideren equivocadas-; y a defender las propias ideas y puntos de vista personales -sin tapujos, pero dentro de los límites de una ejemplar corrección- atendiendo y considerando los de los demás. Más aún: en aras de una buena armonía social, la tolerancia posibilita disponer el ánimo para aceptar las opiniones de los otros cuando queda de manifiesto que resultan más válidas que las propias, al estar respaldadas por razonamientos de mayor eficacia. Porque, en caso contrario, las opiniones personales que no coinciden con las de los demás suelen defenderse con mayores voces -con palabras "destempladas" que quitan esa parte de razón que pudiera tenerse-, pero no con razones más convincentes; y no es del todo extraño exhibir, entonces, una intransigencia que puede terminar con las buenas formas que siempre deben presidir la convivencia civilizada. La armonía de la convivencia parte del diálogo fructífero; y para que éste se produzca es necesario saber escuchar con la atención debida. La palabra poética de Antonio Machado es, en este sentido, concluyente: “Para dialogar, / preguntad primero; / después ... escuchad”. Otra vez la Literatura como impulso ético.

El desarrollo de la sensibilidad

Especial relevancia tiene la Literatura para estimular el goce estético. En el ámbito de la Literatura se cuentan por miles las obras que reúnen aquel mínimo de calidades lingüísticas y literarias que las hacen aptas para favorecer, además de un dominio cada vez mayor del idioma por parte de sus lectores, un progresivo desarrollo de sus capacidades estéticas. Y ya que de Literatura hablamos, abogamos por una justa combinación de la lectura de las grandes obras de autores consagrados de la literatura intemporal -lectura guiada por los profesores, en el ámbito escolar, para asegurar una comprensión más satisfactoria- con la de obras propias de la literatura juvenil actual, capaces -por su temática y lenguaje- de intensificar el placer de leer y de implicar al lector en dichas obras; y, de esta manera, la lectura juvenil, más que un fin en sí misma, se convertiría en un medio para acceder al conocimiento y disfrute de esa “otra” literatura que cualquier persona medianamente instruida debería saber apreciar. Porque, en definitiva, los textos literarios -la buena Literatura- cuentan con indiscutibles valores recreativos, artísticos y formativos que permiten el enriquecimiento de las vivencias personales, la estimulación de la sensibilidad -lo que implica despertar el interés por la dimensión estética de tales textos-, y, sobre todo, el fomento de actitudes favorables hacia la lectura que, sin duda, habrán de contribuir a una formación integral como personas. 
Es de justicia reconocer aquí el esfuerzo de muchos de nuestros escritores actuales, empeñados en hacer asequible a los adolescentes el “hecho literario”; autores que escriben pensando en ellos, y cuyas obras abordan los problemas que  son propios de la juventud. Su forma de hacer literatura -y de llevarla a los centros educativos por medio de charlas y conferencias sobre sus obras, previamente leídas por los alumnos-, y que no desmerece de otra cualquiera digna de tal nombre, está logrando, en cierta manera, fomentar el hábito de la lectura entre determinados jóvenes, que rechazan cualquier otro tipo de literatura. La relación de estos autores -españoles- sería interminable; pero, por citar algunos de los más conocidos, valga esta breve nómina como botón de muestra:  Manuel Alfonseca, Bernardo Atxaga, Lucía Baquedano, Montserrat del Amo, Juan Farias, Joan Manuel Gisbert, Alfredo Gómez Cerdá, Concha López Narváez, Andreu Martín, Antonio Martínez Menchén, José María Merino, Carlos Murciano, Jordi Sierra i Fabra, etc., etc. Todos los cuales también tienen cabida en nuestras preocupaciones editoriales.
Sí. La poesía puede seguir siendo esa "arma cargada de futuro expansivo / con que te apunto al pecho", que proclama Gabriel Celaya en sus versos; porque, como decía otra voz poética también de extraordinaria humanidad, la de Gloria Fuertes, un libro en manos de un niño es el mejor medio para evitar que, de mayor, empuñe una navaja; esa Gloria Fuertes cuyos poemas -dulces o amargos- reflejan su capacidad de amor hacia todo cuanto le rodeaba, y su compromiso en favor de la construcción de un mundo más justo y solidario, más culto y más libre.

Más cultura y mayor libertad

La Literatura amplía la cultura -ese conjunto de conocimientos que nos permiten desarrollar nuestro juicio crítico- y, por tanto, se convierten en la mejor salvaguarda de nuestra libertad. La breve y original fórmula "Más libros, más libres" es, pues, algo más que un simple eslogan publicitario -con que los libreros catalanes han celebrado el Día del Libro-2005: "Mes llibres, mes lliures"-. Ya lo subrayaba Borges con toda nitidez: "Ahora, como siempre, el inestable y precisioso mundo puede perderse. Sólo pueden salvarlo los libros, que son la mejor memoria de nuestra especie". Y aun cuando no toda la cultura está contenida en los libros, no cabe duda de que la lectura puede servir para poner coto a esas actitudes más o menos indolentes de muchos adolescentes que buscan refugio en otras formas de recepción de la información aparentemente más sencillas que las que derivan de una adecuada comprensión del lenguaje escrito: en el mensaje audiovisual, que suele entenderse con mayor facilidad e implica un receptor más pasivo; y en el soporte informático, que facilita un más rápido acceso a la información-; lo que puede suponer -y de hecho supone- un freno a la imaginación, siempre despierta de un lector.
Y si hay un libro emblemático para el mundo de la cultura, ese es Don Quijote de la Mancha, cuyo personaje central, hace de la lucha por la libertad la razón de su existencia. Nadie, leyendo atentamente la novela cervantina -quizá aprovechando el cuatrocientos aniversario de la publicación de la Primera Parte-, suscribiría que el comportamiento del hidalgo manchego en las múltiples aventura en que se ve inmerso a lo largo de la obra es el de un loco ridículo; antes por el contrario, cualquier lector ve en ese comportamiento el de un idealista cuya conducta se mueve impulsada por los más nobles sentimientos: Don Quijote cree en la utopía de un mundo mejor -pretende encarnar el espíritu de la caballería andante en una sociedad en la que ya no tienen cabida los caballeros andantes-. Y, por ello, su locura es, en sí misma, una manifestación de la grandeza de su espíritu: Don Quijote representa la lucha por la justicia, por los derechos de los oprimidos frente al poderoso opresor, por la honra y el honor, por la libertad...; en definitiva, por la grandeza espiritual de las personas. Muy elocuentes son, a este respecto, las siguientes palabras de Don Quijote, que aunque repetidas y conocidas, resuenan hoy en nuestro oídos con la misma contundencia -o incluso mayor- con que debió de escribirlas Cervantes -que tantas veces ha relacionado el tema de la libertad con la dignidad del hombre-: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!” 
Leamos, pues; precisamente porque, como nos recuerda Terencio, "Hombre soy, y nada de lo humano me es extraño". E invitemos a nuestros más cercanos a que lean por el puro placer espiritual de leer. Es imprescindible que vayamos desarrollando esa conciencia de lector que, estimulando nuestros gustos personales, habrá de llevarnos, por propia iniciativa, a entrar en contacto con los mejores maestros de la lectura: los buenos libros, esos que habrán de acompañarnos a lo largo de nuestro periplo vital como garantes de nuestra libertad; de manera que siempre podamos hacer nuestras las palabras de Borges: "No sé si hay otra vida; si hay otra, deseo que me esperen en su recinto los libros que he leído bajo la luna con las mimas cubiertas y las mismas ilustraciones, quizá con las mismas erratas, y los que me depara aún el futuro".
Y si en algún momento nos invade el pesimismo, si pensamos que podemos desfallecer, recordemos, como estímulo, las palabras de nuestro inmortal Caballero: "-¿Qué te parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible".

 

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