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Madrid.
JULIA FERNÁNDEZ
“Sobre los
orígenes de la escritura hay muchas hipótesis; y yo tengo mi favorita.
Por decirlo en pocas palabras, apenas tengo dudas de que los números ejercieron
de matrona de la escritura. Las tablillas más antiguas conservadas (algo
anteriores al año 3000 a.C.) contienen primitivos diseños numéricos sumerios
y operaciones aritméticas sobre intercambios comerciales –presumiblemente
trueques- donde constan incluso cantidades y productos (cebada, por ejemplo).
Arte y número nacieron juntos y ambos –porque algo, acaso mucho, hay de
artístico en aquellos primeros diseños pictográficos y cuneiformes- ayudaron
a traer la escritura al mundo.”
Es esta base
de partida la que el catedrático Antonio J. Durán Guardeño ha manejado
como eje en su brillantísimo montaje de La vida de los números
que durante estos meses – y como preámbulo de la celebración en Madrid
del International Congress of Mathematicians, la Olimpiada que cada cuatro
años reúne el saber matemático internacional- acoge en su sala temporal
Hispóstila la Biblioteca Nacional: una especial reflexión ante la sociedad
de cómo esos signos que nos acompañan día a día se han hecho con el soporte
esencial de la evolución humana; de cuánto se han desarrollado y de cómo
están tras esa cotidianidad de cualquiera de nosotros; de sus riesgos
y aventuras y, éste es su fuerte, sus certezas y designios: La vida
de los números en la sociedad humana.
Alentar
al profano
La
invitación a entrar en esta exposición –la reproducción en negativo de
la mano pintada en la cueva de El Castillo en Puente Viesgo, Cantabria-
resalta el protagonismo que la mano tiene en el origen de la configuración
del cerebro, el lenguaje y la cultura humana: esta es la herramienta que
marca el primer paso de la relación del humano con los números y que en
el inicio del recorrido se ilustra con una miniatura del Codex matritensis
A 19 donde se ven a varias personas en actitud de contar con los dedos.
Es la primera de una serie de tablillas con numeración cuneiforme sumeria,
numeración romana, numeración mesoamericana prehispánica...todas huellas
del origen conjunto de la aventura de contar que, de un lado a otro del
planeta, acometió la humanidad y que dan paso al apartado que bajo el
título Las cifras sumergen al profano visitante entre dos piezas
sagradas para la erudición matemática: el Codex Vigilanus –un manuscrito
realizado en 976 por el monje Vigila y sus ayudantes en el monasterio
de San Martín de Albelda (La Rioja) que tiene el valor de ser el registro
escrito más antiguo que la Humanidad conserva donde aparece la secuencia
completa con la forma de nuestros actuales números, salvo el cero- y su
copia, el Codex Aemilianensis.
Aritméticas
mercantiles
Al
gran desarrollo de la aritmética y el cálculo mercantil está dedicado
el tercer apartado de La vida de los números: cómo su evolución
viene marcada por la complejidad que los intercambios comerciales fueron
adquiriendo a partir de los siglos XII y XIII, en que comienzan a surgir
las primeras entidades bancarias que requerían métodos de cálculo más
complejos que los que permitía la numeración romana: es cuando el sistema
de numeración hindú-arábigo empieza su difusión y afianzamiento en Europa
y cuando comienza una pugna entre los ábacos y la aritmética que duró
tres siglos y que acabaría con la victoria final de la aritmética. Una
escena expositiva que contiene una magnífica colección de aritméticas
mercantiles renacentistas, entre las que se encuentran la más célebre
de las publicadas en el siglo XV: la de Luca Pacioli, en la que se introduce
por vez primera la contabilidad de doble entrada o la mercantil de Santcliment,
el primer libro de matemáticas impreso en España (1492).
La evolución
tipográfica de los números durante el primer medio siglo de la imprenta
es el capítulo con el que se pone punto y final a esta muestra. Un recuerdo
a esos cambios de diseño en varios incunables y postincunables que van
desde varios calendarios de Regiomontano (impresos por Ratdolt) hasta
libros de Garamond, pasando por una Cosmographia de Ptolomeo, de la que
se expone un ejemplar impreso en Ulm en 1482 por Leonard Holle, con sus
impresionantes mapas ptolemaicos coloreados a mano. El brillante cierre
para una condensada celebración de la ya larga historia del pensamiento
numérico universal.
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