La vida de Frank McCourt continúa aportando pautas de supervivencia. 
(Fotos: Mayte Rodríguez)

Sí al educador

Frank McCourt reconstruye en su obra El Profesor

sus tres décadas de enseñanza reivindicando el papel social de su labor
Respetado, divulgado y significado casi como un símbolo de la capacidad del renacimiento social, Frank McCourt vuelve a la escena editorial con una vuelta de tuerca al esbozo que ya entregara sobre su experiencia profesional: El Profesor (Edit. Maeva), texto memorialista que completa el dossier vital de este irlandés, extiende y enriquece el debate acerca de la significación expresa que debería tener el hecho de enseñar.

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
“Fui profesor de secundaria durante treinta años en diversos institutos neoyorkinos: estuve a punto de tirar la toalla, que es lo que hacen cuatro de cada diez profesores que comienzan a ejercer, pero me quedé y creo, después de mi densa experiencia, que es el trabajo más difícil del mundo”: palabras del escritor Frank McCourt, autor del celebérrimo Memorias de Ángela, quizás el ejemplo más ejemplarizante del cómo superar las trabas de un destino reconvirtiéndolo en el mejor trampolín de la recompensa social: palabras de aquel que, asombrado de su propio éxito editorial, del extraordinario reconocimiento, reivindica sin ambages una justa valoración del que ha sido su auténtico ejercicio profesional.
Sí al educador, dice Frank McCourt en esta su tercera entrega memorialista que estos días presenta en España, como en el caso de sus anteriores títulos, la editorial Maeva: un sí a su esfuerzo, a su nada glamouroso pero trascendental significado en la sociedad, a sus combates contra la ignorancia de políticos, teóricos o familiares que nunca han vivido el hecho real de enseñar, y, sin lugar a dudas, un sí rotundo al disfrute que en ocasiones da esta denostada y vapuleada profesión.

Confesiones que alumbran

“Saben cuándo te tienen asustado. Tienen instinto para detectar tus desilusiones. Había días en que me daban ganas de quedarme sentado a mi mesa y dejarles hacer lo que quisieran. Sencillamente, no era capaz de llegar hasta ellos. En 1962, tras cuatro años en el oficio, aquello ya no me importaba” (...) “Al salir, el director me frunce el ceño y me susurra que el superintendente quiere verme durante la hora siguiente, aunque tengan que enviar a un sustituto para que se ocupe de mi clase. Comprendo que acabo de hacer algo mal otra vez. Me he cubierto de mierda y no sé por qué. Pondrán una nota negativa en mi expediente. Lo haces lo mejor que puedes”.(...) “Los profesores aprenden. Después de pasar años en el aula, después de encontrarse cara a cara con miles de adolescentes, tienen un sexto sentido respecto a todos los que entran en el aula. Ven las miradas de reojo. Les basta con olisquear el aire de una clase nueva para saber si es un grupo inaguantable o si es un grupo con el que podrán trabajar”. Estas confesiones sin pudor ni arrogancia dan el tono en el que este escritor -hijo de inmigrantes irlandeses, nacido en 1939 en Nueva York, adonde regresaría en 1949 tras un infancia durísima en Irlanda- recupera y valora su quehacer rutinario a lo largo de las tres décadas en que ejerció de profesor en institutos de secundaria de Nueva York. Una memoria –tan apasionante y gris como podría ser en cualquier caso español- que espléndidamente se despliega ante el lector situándole ante esa compleja vivencia que, ante el símbolo social negado, se ejerce a pelo y con el acierto de un azar que a veces sí es favorable al que trata de enseñar.

Infinita paciencia

Cinco años de preparación, doscientas noventa y tres páginas estructuradas en tres grandes capítulos referencias, la ternura sabia que este autor estrenó en sus Cenizas... y el desesperado grito de una singular experiencia usualmente ignorada. Este es en síntesis el volumen El profesor. Y, sobre cualquier otra consideración, el recuerdo cariñoso hacia una profesión que le hizo crecer  mental y moralmente hasta llegar a situarse entre los símbolos sociales de las últimas décadas del siglo XX. “Aprendí a través de mis años de enseñanza a ser más espontáneo y a decir la verdad. –afirmaba en la presentación el escritor- A los adolescentes todos les mienten: los padres, la publicidad, la sociedad... Y quieren la verdad. Yo creé en mi clase esa atmósfera y, por contagio, vi mi vida impregnada de una mayor integridad”.
Verdad, espontaneidad y, también, infinita paciencia. Su primer destino, donde pasaría varios largos años, fue uno de los centros de peor consideración entre el ambiente educativo de Nueva York; es en este instituto donde transcurre gran parte de su libro y donde tendría que desplegar esas dotes de convicción extra racional que acrisolaron su personalidad, donde establecería sus raras pero eficaces normas de captación del alumno a la causa de dejarse enseñar. Tras él, y el deambular interino por otros centros, acabaría por integrar las filas de los profesores de uno de los prestigiosos y deseados institutos que abren las puertas de la promoción social a los alumnos y dan derechos impensables en otros lugares al profesor. Su evolución personal y el centro adecuado perfilaron una segunda existencia como enseñante que está en El Profesor recogida como el broche final, como él mismo enunció ante los medios españoles: “Este libro me ha costado mucho escribirlo. Me gustaría que, sobre todo, lo lean los profesores. Tardé quince años en disfrutar de mi trabajo: es difícil pero tiene premio al final”.

 

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