El autor del artículo reflexiona sobre el concepto de comunidad educativa en cuanto agrupación humana fundamental cuyo fortalecimiento permite mejorar la educación. Se critica el enfoque de las organizaciones que aprenden, según el autor hoy sobrevalorado por algunos sectores, y se llega por vía analítico-comprensiva al paradigma de la “escuela-educadora”, genuina institución comprometida con la calidad formativa como se advierte en los beneficios intelectuales, emocionales, motivadores, éticos y sociales que reporta.

Fortalecimiento de la
comunidad educativa

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía, Universidad
Complutense de Madrid

L  concepto  de  comunidad,  del

latín communitas, -atis, nos remite a la idea de unidad de convivencia, es decir, a una realidad común en la que la individualidad queda trascendida por la participación y la comunicación. En sentido lato, la comunidad educativa designa un entramado de influencias formativas procedentes de personas, ámbitos e instituciones diversas. En esta extensa noción cabe integrar comunidades educativas específicas, como la familia y la escuela.
La comunidad educativa por antonomasia es la familia, la primera y más importante escuela de humanidad. Las instituciones escolares no han de operar de forma aislada, sino en un marco más amplio en el que el concurso de la familia es imprescindible. Aunque dejaremos para mejor ocasión las reflexiones sobre esta rica institución, debe insistirse en que, por el bien de la educación, debe permanecer ligada a la escuela. La comunidad en la escuela queda configurada por un conjunto de personas interesadas corresponsablemente en la formación y posee un valor pedagógico fundamental. Los distintos estamentos, aun cuando tengan funciones diferenciales dentro de la institución, se comunican y cooperan para posibilitar el acrecentamiento que todo proceso educativo entraña. Los centros educativos son ante todo lugares de aprendizaje y relación interpersonal en pos del desarrollo humano. Acaso la realidad que mejor plasme la convivencia sea el espíritu de comunidad educativa, que, además de constituir la esencia de las instituciones escolares, estimula el despliegue de sus miembros.
El interés por la comunidad educativa se deriva del hecho incuestionable de que la educación acontece en comunidad y, por lo mismo, si aspiramos a la renovación formativa no podemos contentarnos con la mera revisión de programas y de aspectos individuales. La transformación positiva de la educación carece de entidad si se da la espalda a la participación y a la convivencia en las instituciones escolares. Se precisa un proyecto formativo en común que garantice la inclusión, la comunicación y la colaboración. Una rápida mirada a los centros educativos, algunos en vertiginosa degradación, nos reafirma en esta idea. Son incesantes las noticias de violencia, exclusión, etc., que emparejan perversamente el discurrir escolar con los problemas.

Consecuencias de la debilitación comunitaria

Las instituciones escolares deberían caracterizarse por la iluminación intelectual y la calidez cordial. Sin embargo, lo que impera en algunos centros es precisamente la sombra y la frialdad. Lúgubre situación escolar que oscurece su virtualidad formativa, adscrita a los dominios de la razón y del corazón.
La ausencia o pérdida de consistencia interhumana en los centros escolares puede tener, entre otras, las siguientes consecuencias:
-Confusión y serias dificultades para tomar decisiones sobre la propia trayectoria personal, escolar o profesional.
-Relativismo moral que arrastra con facilidad hacia el pragmatismo, el egoísmo y la incapacidad de autorregulación.
-Desprotección y exclusión.
-Individualismo y rivalidad, incluso en sus formas más graves. 
-Problemas de salud mental como depresión, estrés, etc.
-Fracaso escolar y disminución general de las expectativas académicas.
Esta sumaria relación de efectos revela cuán trascendente es la comunidad educativa. Cuando está construida con solidez representa el escenario idóneo para el desarrollo formativo de calidad. Cualquier experiencia encaminada a la mejora de la educación debe interesarse por esta plataforma humana, sin la cual resulta más fácil sufrir todo tipo de problemas y mucho más difícil alcanzar valiosos objetivos intelectuales, afectivos, sociales y éticos.
Los calamitosos resultados educativos cosechados en los últimos tiempos y los numerosos lamentos procedentes de todos los rincones nos llevan a enfatizar el valor de la comunidad. Una plasmación de esta agrupación humana se halla en la “escuela-educadora”, de la que se presenta a continuación una descripción que puede servir de referencia para la mejora de la calidad educativa. Ni que decir tiene que si no fuese porque la escuela hace agua por doquier, la expresión “escuela-educadora” constituiría un pleonasmo. Nos inclinamos también por esta locución para contrarrestar otros enfoques que, pese a sus aportaciones, discurren primordialmente por un cauce pragmático. Es el caso del modelo de las organizaciones que aprenden, que hace hincapié en los elementos cognitivo-conductuales de la institución, es decir, en las supuestas informaciones y acciones estratégicas y eficaces. Se trata de un planteamiento de corte utilitarista que apenas considera la trascendencia de otros aspectos de naturaleza emocional, espiritual, moral, social, etc., como se advierte incluso en la propia denominación del modelo, de clara resonancia racionalista y formalista.

Beneficios de la “escuela-educadora”

El modelo pentadimensional del discurso educativo (números 705 y 721 de esta tribuna), confirmado empíricamente mediante la observación de profesores y centros escolares, al aplicarse al análisis discursivo institucional permite identificar la “escuela-educadora” como la comunidad educativa suprema, en la que se apuesta igualmente por las dimensiones instructiva, afectiva, motivadora, social y ética. La realidad institucional toma así un sentido más profundo y completo que el de cualquier otro tipo de escuela u organización que aprende. Una institución como la citada impulsa el acrecentamiento de sus miembros tanto en la vertiente técnica como en la humana. Entre los efectos alcanzados por la “escuela-educadora” han de destacarse de modo sumario:
1.- Logros cognitivos como desarrollo de la apertura, la crítica, la reflexión, la curiosidad, al igual que selección e incorporación de conocimientos valiosos. No hay mera recepción informativa, sino genuina actividad intelectual que permite elaborar contenidos, pensar, examinar la realidad y captar su complejidad, buscar soluciones a los problemas, analizar y sintetizar. El progreso cognitivo se advierte en la fecundidad de la inteligencia que trasciende los muros de los recintos escolares.
2.- Logros emocionales como acrecentamiento de la sensibilidad, la cordialidad y la empatía. La calidez de la urdimbre interhumana escolar dificulta la penetración de corrientes excluyentes y violentas. El ambiente afectivo favorece la estructuración saludable de la personalidad y orienta al sujeto positivamente hacia sí mismo y hacia los demás.
3.- Logros motivacionales favorecidos por un ambiente innovador en que el que promueve la exploración, el esfuerzo, el descubrimiento y la motivación intrínseca. Se cultiva la implicación de todos los miembros en el rumbo institucional. El fomento de la confianza, el arraigo y el espíritu de trabajo, por medio de un nivel óptimo de estimulación ambiental, favorece la actividad realista y el avance en los proyectos.
4.- Logros sociales patentizados en la cooperación interpersonal, la solidaridad y la preocupación por cuanto acontece en el entorno. El sentido de comunidad se descubre en todas las personas y sectores del centro educativo. La convivencia institucional se caracteriza por el compromiso y la democracia.
5.- Logros éticos sintetizados en la asunción de valores cardinales como justicia, libertad, trabajo, paz, etc., que se proyectan en acciones convivenciales concretas. La dirección y organización del centro escolar, al igual que el quehacer profesoral cotidiano fortalecen el “ambiente ético” que promueve la moralidad en los educandos.
En mi opinión, las notas y adquisiciones descritas correspondientes a la “escuela-educadora” son claramente superiores a las que presentan las organizaciones que aprenden y los demás tipos de escuela. La fisonomía y el dinamismo interno de la escuela presentada la distinguen positivamente y nos animan a presentarla como un genuino paradigma de comunidad educativa.
Una trascendental razón en pro de nuestra propuesta tiene que ver con el impulso de la realidad comunitaria. Ya se ha visto que la “escuela-educadora” integra armónicamente aspectos intelectuales y convivenciales. La impronta de una institución así suele advertirse con la misma intensidad en los planos cognitivo, afectivo, ético y social. En la mayor parte de sus miembros se descubren relaciones más profundas y estrechas que no se agotan en el propio centro, sino que fluyen hacia el exterior merced a servicios, convenios y conexión interinstitucional que refuerzan la labor realizada.
Aunque los puntos débiles varían mucho de unas instituciones a otras, suelen detectarse en alguna de las dimensiones descritas en este artículo: instructiva, afectiva, motivadora, social y ética. Estas vertientes o “cimientos pedagógicos”, de gran solidez en la “escuela-educadora”, pueden tomarse como parámetros para la evaluación y la transformación positiva de numerosos centros escolares.

 

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