En la presente colaboración, el autor, profesor de Secundaria, traza una visión de nuestro sistema educativo presente
desde un futuro imaginario que amplía perspectivas y
referencias de nuestro aquí y ahora, aportando
matices que pueden resultar aleccionadores sobre la situación actual de la educación española
.

Memoria del presente

Manuel Menor Currás
Profesor de Secundaria

OS   profesores,  como   muchos

profetas del pasado, solemos adscribirnos con frecuencia a la manía melancólica. Las valoraciones e interpretaciones de nuestra particular experiencia discente y docente alimentan un imaginario del pasado según el cual, dualmente, el sistema educativo vivido o dio de sí todo lo que debía o, por el contrario, no fue en modo alguno lo que debiera haber sido. De uno u otro modo, expresivo de otras actitudes discordantes, coincidimos en mostrar motivos de malestar, desazón o desconcierto, de evasión o huida incluso, respecto a lo que nos toca vivir en las aulas.
Nuestra tarea educativa, sin embargo, se desarrolla en el ahora, no en un pasado mitificado e inconcreto. Nuestros alumnos y sus padres, con características y necesidades diferenciales, son de este momento. Y la dignidad cualitativa del servicio que prestamos a la comunidad no se mide tanto por imponderables históricos más o menos esencialistas que se hayan fijado en nuestros recuerdos, cuanto por nuestra capacidad para dar respuesta al aprendizaje que estas circunstancias del presente exigen a todo ciudadano consciente. El valor de nuestro quehacer, al margen de la memoria educativa de cada cual, se ciñe a su incidencia modificadora sobre el ahora; por muy distinto que sea de lo vivido y leído, y a pesar de lo distante que resulte de probables incoherencias directivas a que le quieran someter diversas iniciativas de gestión.
Si en el futuro que nos siga, a alguien le interesara la eficiencia educadora de lo que estamos haciendo nosotros, algo le podrá decir que hayamos logrado cubrir cuantitativamente la escolarización, pero muy poco si los modos concretos en que la estamos efectuando son contradichos por la terca realidad de nuestros resultados. Nada le dirán nuestras propias añoranzas y dependencias referenciales del pasado.

Para un relato poco relativo

Es predecible que algún historiador se interese algún día por nuestro presente educacional, inquieto por los agudos déficit que perciba en las generaciones adultas de su momento histórico. Este investigador querrá ser riguroso. En su época se habrá logrado que ancestrales convicciones previas no contaminen el objeto de investigación. Los historiadores habrán dejado de empeñarse en demostrar nada contra nadie. Sólo tratarán ya de explicar razonable y honestamente los caminos recorridos por sus sujetos para entenderse y entender algo mejor a dónde hayan logrado llegar. Para entonces, además, la documentación oral y escrita que les hayamos legado será de poca estima. La jibarización acelerada a que sometimos las mejores palabras, hasta llegar al nivel cero del lenguaje, les habrá hecho desconfiados. Tal vez habrán encontrado la síntesis perfecta entre Kien y Fischerle, los dos personajes centrales de Elías Canetti en Auto de fe, y sólo se fíen de los datos del qué y cómo de nuestros gestos. La gestión será lo que les importe, convertidos definitivamente a la creencia de que “por las obras les conoceréis”, el modo principal de expresarse personas e instituciones. Si quisiera construir un relato explicativo coherente, atenderá sobre todo a cómo escolarizábamos actualmente y a qué hacíamos o intentábamos hacer con los escolarizados. Con la atención puesta en esta gestualidad, las enredosas cuestiones que privilegiaban nuestros debates puede que le resulten meras faenas de aliño y distracción. Con tales “prejuicios”, gran parte de su probable beca de investigación se consumirá en discernir el ruido de las nueces entre tanto registro burocrático de información producido por nuestra generación.

Selección y distribución de alumnos

En primer lugar, lo referido a la selección y distribución de alumnos, porque el que la enseñanza fuera obligatoria hasta los 16 años no querrá decir que fuera igual para todos. La distribución se hacía en colegios distintos, al parecer por la defensa del preciado bien de la libertad. Pero nuestras normas de “libre elección” de centro lograban que en la práctica los colectivos de colegios estrictamente públicos no fueran iguales a los de los concertados ni a los de los propiamente privados. De este modo, las cohortes académicas del alumnado se fragmentaban y segmentaban, felizmente de modo casi paralelo a como estaban clasificadas las familias, como comprobará nuestro investigador en los registros de renta de los padres -por muy amañados que estén-, si se conservan para entonces sus solicitudes. Otros muchos documentos atestiguarán, además, cómo la clasificación continuaba en el interior de cada centro. En algunos, constatará que desde el comienzo de cada curso, dentro del mismo nivel, unas aulas eran muy distintas de otras, sin que apenas variara lo que en todas ellas había que hacer. Los niveles de selección determinaban diferencias sensibles, al parecer por el bien del centro. Documentos hallará que propugnaban hacer algo más por los alumnos “recuperables”, cuando en muchas aulas no había ninguno ab initio. Otro buen conjunto de datos que entretendrá su tiempo provendrá de la gestión o política económica de la educación. Los costes del servicio y los costes de oportunidad que implica tal vez le hagan desestimar nuestras proclamas solemnes en torno a las bondades de la educación; y menos las que urgían la sociedad del conocimiento.
A las múltiples brechas que existan en las generaciones con que le toque convivir a nuestro investigador, la que más habrá motivado su investigación será la de la amplitud de la ignorancia. Por eso, guiado por la relación de coste y beneficio, querrá reunir datos acerca del pastel del PIB en educación, tanto en Europa, como en España y, particularmente, en cada comunidad autónoma competente, y cómo se distribuye. Le interesarán las ratio proporcionales de gasto por alumno, bien diversificadas por tipos de colegios y si son acordes con sus diferenciales necesidades específicas. Lógicamente, le ocupará buenas horas interpretar facturas de inversión realmente eficiente. En el tipo de edificios y sus dotaciones generales y de aula. En medios didácticos actuales. En cuidar el número de alumnos por aula más adecuado a sus dificultades. En atender especializadamente a los problemas reales existentes y en formar convenientemente al personal encargado de atenderlos.

Resultados

Un tercer campo documental, más abundante todavía, con que tendrá que enfrentarse, afectará explícitamente a los anhelados resultados. Para entonces, dispondrá incluso de listados de colegios clasificados según la expectativa de éxito o fracaso. Se habrán generalizado las tablas comparativas de rendimiento escolar por niveles, áreas cognitivas, alumnos presentados a pruebas de selectividad e itinerarios profesionales posteriores. Como también las de abandonos por etapas educativas. A los informes de la CEOE y a la secuencia de los PISA, podrá añadir los de las pruebas de control de las comunidades autónomas, preocupadas algunas por reconocer más al que ya tiene. Y, por supuesto, los archivos de los centros, con sus vitales registros de actas de evaluación, junto a los informes pertinentes de los orientadores educativos, tan valiosos para dar coherencia científica al sistema clasificador. La primera impresión, después de cruzar tanto dato, tal vez sea que hemos conseguido escolarizar para clasificar y hasta catalogar las distancias de respuesta de todos los centros y sus tipos de clientes. Un relato técnico de lo entrevisto se quedaría en las frecuencias estadísticas, en que ni se advierta la dura labor de quienes pelearon con la escasez de medios para sacarle el máximo partido. A nuestro investigador apenas le habrán llegado sus ecos. Pero las cuestiones importantes a que quiere dar respuesta seguirán acuciándole. Sobre todo, si cayera en la cuenta de que la rentabilidad de este sistema de ahora mismo –en lo que tiene de demostración social- disminuye dramáticamente del lado más débil, el que poco más tiene que la pura escolarización mecánica para satisfacer dignamente sus necesidades educativas. Para dar respuesta a su persistente inquietud le orientará poco la Constitución por que nos regíamos en estos años, y no mucho las sucesivas leyes orgánicas en que compulsivamente cifrábamos nuestras esperanzas desacordes. Tal vez se empeñe en simplificar su relato explicativo a costa del diferencial de “esfuerzo”, “desinterés” o “naturaleza genética” de los colectivos escolares. Aunque, a lo mejor, con el contenido de nuestro envoltorio educativo al descubierto, se le ocurre referirse consistentemente a la racanería con que interpretábamos la justicia distributiva también en el concierto educativo, para que se intentaran equilibrar las “oportunidades” de todos. Y hasta puede que concluya su trabajo con un viejo refrán gallego: ¡Probes dos probes!...  No somos ese historiador futuro. Cierto parece, sin embargo, que el reiterado recurso comparativo al pasado, por dulce que éste haya sido, aunque pudiera ser tranquilizador no será suficiente para explicar cómo hayamos gestionado este presente.

 

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