|
|
profetas
del pasado, solemos adscribirnos con frecuencia a la manía melancólica.
Las valoraciones e interpretaciones de nuestra particular experiencia
discente y docente alimentan un imaginario del pasado según el cual, dualmente,
el sistema educativo vivido o dio de sí todo lo que debía o, por el contrario,
no fue en modo alguno lo que debiera haber sido. De uno u otro modo, expresivo
de otras actitudes discordantes, coincidimos en mostrar motivos de malestar,
desazón o desconcierto, de evasión o huida incluso, respecto a lo que
nos toca vivir en las aulas.
Nuestra tarea
educativa, sin embargo, se desarrolla en el ahora, no en un pasado mitificado
e inconcreto. Nuestros alumnos y sus padres, con características y necesidades
diferenciales, son de este momento. Y la dignidad cualitativa del servicio
que prestamos a la comunidad no se mide tanto por imponderables históricos
más o menos esencialistas que se hayan fijado en nuestros recuerdos, cuanto
por nuestra capacidad para dar respuesta al aprendizaje que estas circunstancias
del presente exigen a todo ciudadano consciente. El valor de nuestro quehacer,
al margen de la memoria educativa de cada cual, se ciñe a su incidencia
modificadora sobre el ahora; por muy distinto que sea de lo vivido y leído,
y a pesar de lo distante que resulte de probables incoherencias directivas
a que le quieran someter diversas iniciativas de gestión.
Si en el futuro
que nos siga, a alguien le interesara la eficiencia educadora de lo que
estamos haciendo nosotros, algo le podrá decir que hayamos logrado cubrir
cuantitativamente la escolarización, pero muy poco si los modos concretos
en que la estamos efectuando son contradichos por la terca realidad de
nuestros resultados. Nada le dirán nuestras propias añoranzas y dependencias
referenciales del pasado.
Para
un relato poco relativo
Es
predecible que algún historiador se interese algún día por nuestro presente
educacional, inquieto por los agudos déficit que perciba en las generaciones
adultas de su momento histórico. Este investigador querrá ser riguroso.
En su época se habrá logrado que ancestrales convicciones previas no contaminen
el objeto de investigación. Los historiadores habrán dejado de empeñarse
en demostrar nada contra nadie. Sólo tratarán ya de explicar razonable
y honestamente los caminos recorridos por sus sujetos para entenderse
y entender algo mejor a dónde hayan logrado llegar. Para entonces, además,
la documentación oral y escrita que les hayamos legado será de poca estima.
La jibarización acelerada a que sometimos las mejores palabras, hasta
llegar al nivel cero del lenguaje, les habrá hecho desconfiados. Tal vez
habrán encontrado la síntesis perfecta entre Kien y Fischerle, los dos
personajes centrales de Elías Canetti en Auto de fe, y sólo se
fíen de los datos del qué y cómo de nuestros gestos. La gestión será lo
que les importe, convertidos definitivamente a la creencia de que “por
las obras les conoceréis”, el modo principal de expresarse personas e
instituciones. Si quisiera construir un relato explicativo coherente,
atenderá sobre todo a cómo escolarizábamos actualmente y a qué hacíamos
o intentábamos hacer con los escolarizados. Con la atención puesta en
esta gestualidad, las enredosas cuestiones que privilegiaban nuestros
debates puede que le resulten meras faenas de aliño y distracción. Con
tales “prejuicios”, gran parte de su probable beca de investigación se
consumirá en discernir el ruido de las nueces entre tanto registro burocrático
de información producido por nuestra generación.
Selección
y distribución de alumnos
En
primer lugar, lo referido a la selección y distribución de alumnos, porque
el que la enseñanza fuera obligatoria hasta los 16 años no querrá decir
que fuera igual para todos. La distribución se hacía en colegios distintos,
al parecer por la defensa del preciado bien de la libertad. Pero nuestras
normas de “libre elección” de centro lograban que en la práctica los colectivos
de colegios estrictamente públicos no fueran iguales a los de los concertados
ni a los de los propiamente privados. De este modo, las cohortes académicas
del alumnado se fragmentaban y segmentaban, felizmente de modo casi paralelo
a como estaban clasificadas las familias, como comprobará nuestro investigador
en los registros de renta de los padres -por muy amañados que estén-,
si se conservan para entonces sus solicitudes. Otros muchos documentos
atestiguarán, además, cómo la clasificación continuaba en el interior
de cada centro. En algunos, constatará que desde el comienzo de cada curso,
dentro del mismo nivel, unas aulas eran muy distintas de otras, sin que
apenas variara lo que en todas ellas había que hacer. Los niveles de selección
determinaban diferencias sensibles, al parecer por el bien del centro.
Documentos hallará que propugnaban hacer algo más por los alumnos “recuperables”,
cuando en muchas aulas no había ninguno ab initio. Otro buen conjunto
de datos que entretendrá su tiempo provendrá de la gestión o política
económica de la educación. Los costes del servicio y los costes de oportunidad
que implica tal vez le hagan desestimar nuestras proclamas solemnes en
torno a las bondades de la educación; y menos las que urgían la sociedad
del conocimiento.
A las múltiples
brechas que existan en las generaciones con que le toque convivir a nuestro
investigador, la que más habrá motivado su investigación será la de la
amplitud de la ignorancia. Por eso, guiado por la relación de coste y
beneficio, querrá reunir datos acerca del pastel del PIB en educación,
tanto en Europa, como en España y, particularmente, en cada comunidad
autónoma competente, y cómo se distribuye. Le interesarán las ratio
proporcionales de gasto por alumno, bien diversificadas por tipos
de colegios y si son acordes con sus diferenciales necesidades específicas.
Lógicamente, le ocupará buenas horas interpretar facturas de inversión
realmente eficiente. En el tipo de edificios y sus dotaciones generales
y de aula. En medios didácticos actuales. En cuidar el número de alumnos
por aula más adecuado a sus dificultades. En atender especializadamente
a los problemas reales existentes y en formar convenientemente al personal
encargado de atenderlos.
Resultados
Un
tercer campo documental, más abundante todavía, con que tendrá que enfrentarse,
afectará explícitamente a los anhelados resultados. Para entonces, dispondrá
incluso de listados de colegios clasificados según la expectativa de éxito
o fracaso. Se habrán generalizado las tablas comparativas de rendimiento
escolar por niveles, áreas cognitivas, alumnos presentados a pruebas de
selectividad e itinerarios profesionales posteriores. Como también las
de abandonos por etapas educativas. A los informes de la CEOE y a la secuencia
de los PISA, podrá añadir los de las pruebas de control de las comunidades
autónomas, preocupadas algunas por reconocer más al que ya tiene. Y, por
supuesto, los archivos de los centros, con sus vitales registros de actas
de evaluación, junto a los informes pertinentes de los orientadores educativos,
tan valiosos para dar coherencia científica al sistema clasificador. La
primera impresión, después de cruzar tanto dato, tal vez sea que hemos
conseguido escolarizar para clasificar y hasta catalogar las distancias
de respuesta de todos los centros y sus tipos de clientes. Un relato técnico
de lo entrevisto se quedaría en las frecuencias estadísticas, en que ni
se advierta la dura labor de quienes pelearon con la escasez de medios
para sacarle el máximo partido. A nuestro investigador apenas le habrán
llegado sus ecos. Pero las cuestiones importantes a que quiere dar respuesta
seguirán acuciándole. Sobre todo, si cayera en la cuenta de que la rentabilidad
de este sistema de ahora mismo –en lo que tiene de demostración social-
disminuye dramáticamente del lado más débil, el que poco más tiene que
la pura escolarización mecánica para satisfacer dignamente sus necesidades
educativas. Para dar respuesta a su persistente inquietud le orientará
poco la Constitución por que nos regíamos en estos años, y no mucho las
sucesivas leyes orgánicas en que compulsivamente cifrábamos nuestras esperanzas
desacordes. Tal vez se empeñe en simplificar su relato explicativo a costa
del diferencial de “esfuerzo”, “desinterés” o “naturaleza genética” de
los colectivos escolares. Aunque, a lo mejor, con el contenido de nuestro
envoltorio educativo al descubierto, se le ocurre referirse consistentemente
a la racanería con que interpretábamos la justicia distributiva también
en el concierto educativo, para que se intentaran equilibrar las “oportunidades”
de todos. Y hasta puede que concluya su trabajo con un viejo refrán gallego:
¡Probes dos probes!... No somos ese historiador futuro. Cierto parece,
sin embargo, que el reiterado recurso comparativo al pasado, por dulce
que éste haya sido, aunque pudiera ser tranquilizador no será suficiente
para explicar cómo hayamos gestionado este presente.
|