En el presente artículo, el autor abre un espacio de análisis y reflexión sobre el fenómeno de la violencia en escuelas e institutos, en sus diferentes grados y formas, así como sobre su repercusión e incidencia en el rendimiento académico, la convivencia y la propia salud del profesorado.

La punta del iceberg

Francisco Javier Esperanza
Coordinador del "Taller de Experiencias Educativas-REDES"

ACE apenas unos meses un triste

acontecimiento, la muerte de Jokin, el joven que se suicidó en Hondarribia a causa de los sufrimientos inflingidos por sus propios compañeros de  estudios, desató una oleada de saludables reacciones en la sociedad española. No mucho después, una adolescente se quitaba la vida en el País Valenciano por motivos similares: el acoso escolar (bullying cómo se denomina en la literatura anglosajona) había podido con su resistencia humana. Dos tristes muertes y sobre todo dos muertes absurdas, inútiles y evitables. Eso las hace aún  más execrables, si cabe.
A partir de los meses posteriores, hasta estos mismos días, la prensa periódica, la literatura especializada, las web dedicadas al tema de la violencia escolar se dispararon. Jamás se había escrito tanto sobre este tema... y sin embargo el tema es muy antiguo. Mucho nos tememos que las muertes citadas no han sido, ni mucho menos, las primeras que han tenido lugar en nuestro país a causa del acoso escolar. Esperemos, eso sí, que sean las últimas.
De hecho, en los últimos años de la década de los 70 ocurrió lo mismo en Noruega (una muerte adolescente por suicidio), y Olweus comenzó sus investigaciones sobre estos fenómenos, nunca explicados etiológicamente  del todo, y que hoy en día constituyen puntos de referencia clásicos sobre la detección, prevención e intervención contra estas formas de violencia juvenil.
Pero este fenómeno tampoco arranca de la década de los 70, sino de mucho antes. El que suscribe estas líneas ha presenciado episodios de bullying en el colegio público donde estudiaba ¡y de qué manera!. Pues sí, yo y muchos cómo yo fuimos, a la fuerza, lo que hoy se denomina espectadores. También conocí algunas víctimas y algunos agresores... ¿entonces?
Pues entonces tenemos que reflexionar sobre este fenómeno que los estudiosos ya conocían: las víctimas de acoso escolar, al igual que las de otros tratos degradantes, se sienten culpables! y avergonzadas y callan. Callan con los profesores e incluso con sus propios padres. No sea que además de víctimas sean eso que llaman chivatos...
Desgraciadamente cuando alguien quiere intervenir ya es demasiado tarde o, cuanto menos, está hecho una gran parte del mal. Un mal que excede al daño inflingido por el insulto, el robo de objetos, la extorsión, o las palizas y que poco a poco va minando la autoestima del joven o de la joven y que le provocará ansiedad, miedo a ir al colegio o al Instituto, descenso de la atención y, por tanto, descenso del rendimiento escolar... y eso sin contar con las repercusiones que tendrá en el adulto.

Acoso escolar

Todos los estudios de campo publicados hasta el momento y referidos a España dan cuenta de que el acoso escolar es un fenómeno generalizado, que afecta a Centros públicos y privados por igual y que comenzando en los últimos cursos de Primaria va declinando en intensidad para finalizar, por lo general, con el último curso de la ESO.
Además de los daños referidos a las víctimas, los agresores desarrollan una conciencia impune y una sensación creciente de que el camino más corto para conseguir lo que se desea es el que marca la violencia, que el mundo es de los “fuertes” y de que el diálogo y la negociación no son otra cosa que las armas de los “débiles”, la estrategia de los fracasados. Lo peor es que los hechos confirman esta impresión mientras estas situaciones se mantengan ocultas y, por tanto, sin sanción alguna y no sólo para víctimas y agresores, sino para el conjunto de los demás compañeros: los espectadores, es decir toda la población escolar.
Y al decir esto sé que estamos diciendo algo muy serio, grave.
Lo malo es que es cierto y particularmente digno de atención en los tiempos que corren donde a veces elucubramos sobre las causas de cosas que luego suceden mientras las tenemos, pido disculpas por la expresión, delante de nuestras narices.
Hoy día es difícil encontrar una Administración educativa que no haya diseñado una página web con materiales de prevención ante el acoso, Pero ¿es esto suficiente?
Quizá lo  peor del problema del bullying sea, o haya sido, su carácter oculto. Esa “ley del silencio” entre los iguales ha mantenido una situación marcadamente injusta que sólo se ha levantado, o mejor dicho se ha comenzado a levantar, a través de muertes adolescentes. Es triste que casi siempre tenga que ser así... ¿dónde estará la prevención?
Pero lo que sería imperdonable es que siguiéramos cerrando los ojos a lo que pasa en las aulas. Sería muy lamentable que nos pusiéramos a esperar otra desgracia sin darnos cuenta de que el tener las tasas más altas de abandono escolar, de fracaso, de estrés y síndrome de burn-out en el profesorado o las más bajas de gasto educativo per cápita en algunas Comunidades ricas, cómo la de Madrid, sin ir más lejos, son ya por sí suficientes para provocar tristeza y desolación.

Profesorado

En la Asociación a la que pertenezco (TEE-REDES) no tenemos recursos suficientes para hacer encuestas y estudios por nuestra cuenta, pero sí contamos con ilusión y ganas de trabajar para, siguiendo los indicadores más recientes, tomar el pulso a la situación de nuestro Sistema Educativo o, mejor, de nuestros Sistemas Educativos. Y los resultados son inquietantes  (no nos referimos ahora a los resultados académicos que con ser importantes no son los únicos resultados que esperamos obtener de y en las aulas).
Aunque hay un defecto de estudios sobre la salud laboral de los profesionales de la enseñanza o, mejor, educación, tenemos que concluir que aquella es sumamente precaria. Las cifras de profesorado desmotivado en unas investigaciones coinciden casi por completo con las  del profesorado afectado por los últimos estadios del síndrome del burn-out: estaríamos en torno al 39% del total del profesorado se Secundaria. Otros estudios dan cómo primera causa de preocupación del profesorado la indisciplina de parte del alumnado así cómo de la impotencia sentida ante  la falta de medios para ponerle solución aunque sea paliativa.
En otro lugar se concluye que el profesorado afirma haber vivido alguna situación de violencia en más del 80% de los casos.
El recurso a explicaciones fáciles o demasiado genéricas no contribuye más que a crear más confusión o a dirigir los pasos en direcciones equivocadas. Por ejemplo: "Es un problema de autoridad, o mejor, de su ausencia, qué se solucionará cuando ésta se restablezca" Mala estrategia dejar las cosas en manos de un futuro incierto ¿cuándo y cómo se va a restablecer esa autoridad? ¿Es acaso la Escuela y sólo en España donde confluye esta crisis de autoridad? Rotundamente NO. Además tal y cómo evolucionan las sociedades desarrolladas no es de esperar un retroceso a formas de sumisión incondicional. La tendencia es otra muy distinta: es justamente la contraria.
"Esta indisciplina es consecuencia de una mala aplicación de la LOGSE".
Hay que coincidir con esta opinión en que la LOGSE no fué precisamente un modelo de buena aplicación, aunque en los planteamientos estábamos mucho de acuerdo, pero no puede ser eso sólo. ¿cómo se explicaría entonces que la situación europea sea muy similar y que existan países con un problema de violencia-indisciplina aún más agudo?, "es consecuencia de la falta de reconocimiento social del profesorado"... Esto, sin embargo es cierto. España es uno de los países donde más desvalorizada está la profesión docente. Basta con observar en que lugar se escoge la opción educativa y cuantos intentos fallidos hay, a menudo, antes de ingresar en algún cuerpo docente. Pero el reconocimiento social no se recupera por campañas institucionales ni por decreto-ley, sino a través de la demostración de un cumplimiento eficaz de nuestra función, entendido éste en un sentido global... pero para eso necesitamos ayuda.

Deterioro

Mientras tanto la situación en los centros (especialmente de Secundaria públicos) se deteriora, especialmente en aquellos en los que por exigencias de no sé sabe que guión, corresponde intentar educar, no tan sólo escolarizar, a cohortes de alumnado con perfiles de fuerte desfase curricular, desmotivación, frustración académica... que a menudo manifiestan estos síntomas en forma bien ruidosa.
En otros lugares la legislación vigente consolida una preselección más o menos encubierta del alumnado, acompañada de una comprensión  quizá excesiva por parte de la Administración  que lleva a permitir que estos Centros privados (sostenidos con fondos públicos) dirijan al alumnado "disidente" hacia la pública "donde, sin duda, serán mejor atendidos"
Compárese el alumnado con necesidades educativas especiales presente en ambas redes, o el número de unidades de Garantía Social en la Red concertada.
Sería interesante conocer los diferentes y bien ocultos procedimientos por los cuales algunos alumnos y alumnas cambian voluntariamente de centro, cuando las cosas no van bien.
Naturalmente todo esto pertenece a ese otro curriculum oculto que es necesario explicitar para hacer posible una solución aceptable para todos.
Mientras tanto el profesorado paga con su trabajo y , a veces, con su salud, los platos rotos de un sistema educativo que quiere superar problemas endémicos de una incultura heredada de la larga noche del franquismo en un pis-pas y a coste casi cero. O que quiere incorporar un alumnado inmigrante (más de medio millón de estudiantes) y un alumnado de integración... ¡es que esto es imposible!. No, no lo es. Los Informes PISA ponen de manifiesto que estos mismos problemas han tenido, o están teniendo solución, en otros países (no sólo en Finlandia) cuando se ponen encima de la mesa recursos económicos, recursos humanos, flexibilidad organizativa, autonomía...
Es importante que salgamos del marasmo en que se encuentra la educación. Es necesario que se solucionen los problemas mirando los intereses de la Sociedad en su conjunto, antes que mirar si esto o lo otro favorece o perjudica los intereses de la jerarquía eclesiástica, o de la red concertada (por cierto nada homogénea, afortunadamente) o de tal Comunidad Autónoma...
Por cierto cuando hablo del profesorado no puedo olvidar las lamentables condiciones en que se encuentra éste en los Centros concertados. ¿por qué no se reivindica una homologación de jornada laboral? ¿Acaso se puede trabajar 26 horas lectivas semanales con adolescentes en las circunstancias actuales?.
Mientras tanto y con interrupciones más o menos dramáticas la vida en las aulas continúa. A veces da la impresión de que eso es lo que importa a algunos: que todo aparente normalidad. Un poco de aceite aquí, otro allí. Pero así no se comienza a poner el final a las cosas mal hechas; simplemente se acumula tensión: de alumnos frustrados, de profesores quemados o al menos hartos de buscarse la vida... y no es que las cosas no avancen nada, eso no sería justo decirlo, pero es que tienen que cambiar drásticamente antes, al menos, que en un vaivén, la punta del iceberg vaya a revelarnos algo que ya deberíamos haber aprendido hace mucho: que lo oculto debajo no dura para siempre y que cuando emerge de golpe  puede ser demasiado tarde.

 fco.javier.esperanza@educa.madrid.org

 

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