En este artículo su autor reflexiona sobre lo que considera un grave problema de nuestro tiempo: la debilitación de la identidad personal básica. Las múltiples exigencias de adaptación a
un entorno cambiante y crecientemente tecnificado fuerzan el resquebrajamiento de la identidad en los escolares. Por esta razón, el autor del texto propone una mayor atención de la escuela a los procesos de maduración personal y un nítido compromiso educativo para impulsar la robustez identitaria
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Identidad y educación

Valentín Martínez-Otero Pérez
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía, Universidad
Complutense de Madrid

L concepto de identidad dice de

la conciencia que la persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás. En virtud de la identidad, el sujeto se conoce y se reconoce singular y autónomo, pero a la vez con toda su esencialidad humana y apertura a los otros. La identidad equivale a interesarse por el conjunto de rasgos individuales o colectivos que se poseen y que, por tanto, diferencian a las personas (identidad personal) o a las comunidades (identidad comunitaria). La cuestión se torna compleja si se tiene en cuenta que el hombre no es realidad acabada y absolutamente independiente, sino inconclusa, abierta y ligada a cuanto le rodea. De hecho, la identidad se construye y reconstruye permanentemente a través de la relación con los otros.
La identidad es una y compleja. En efecto, la conciencia que la persona tiene de su unicidad varía según esta actividad reflexiva se realice a partir de una categoría u otra: raza, nacionalidad, religión, lengua, cultura, etc. Este proceso no es ni mucho menos definitivo. Es cierto que se necesitan ciertos atributos o notas más o menos estables para que se establezca una imagen de uno mismo y de los demás, pero esta representación está sujeta a cambios. Pensemos, a este respecto, en el impacto que sobre la estructuración de la identidad personal tienen tanto los factores disposicionales y constitucionales como los psicosocioculturales. Aun cuando las primeras etapas de la vida tienen una influencia capital en la forja de la identidad, su plasticidad se extiende a todo el discurrir vital.
La identidad se relaciona estrechamente con la personalidad que le sirve de soporte. En gran medida, equivale a dirigir la mirada hacia uno mismo hasta que se produzca el autodescubrimiento. Mantiene gran cercanía con el autoconcepto. Por la identidad toma el hombre posesión de sí mismo y responde, siquiera sea provisional y parcialmente, a la pregunta quién soy. Espero que se me permita la digresión para comentar la curiosidad que supone que Alonso Quijano, expuesto a la potencia distorsionante de un delirio de errónea autoidentificación, llegue a afirmar: “Yo sé quien soy, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce pares de Francia y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías” (I, 5).

¿Identidad o identidades?

Hay autores que, basándose en la complejidad personal, prefieren hablar de “identidades”. Precisamente porque la identidad está en permanente riesgo de fragmentación, es necesario empeñarse en impulsar una educación integral que contrarreste las tentaciones de cuartear al sujeto. Para dar cuenta de la complejidad de la persona no se requiere descuartizarla. Por mi parte, me adscribo a la posición que defiende que la identidad es una, pero flexible, multidimensional y compleja. Juan, por ejemplo, sigue siendo el mismo, aunque tenga que compatibilizar la condición de padre, el trabajo como profesor, el rol de alumno en un curso de reciclaje docente, la labor de entrenador voluntario en un equipo deportivo del barrio y la eventual responsabilidad como presidente de la comunidad de vecinos.
Sea como fuere, la afirmación de la unidad identitaria personal, no es óbice para que pueda hablarse desde una perspectiva teórico-descriptiva de diversas identidades (identidad cultural, identidad social, identidad religiosa...). Por otra parte, resulta evidente que los cambios incesantes que se producen en nuestro mundo, las exigencias constantes de adaptación, la desorientación axiológica, la pluralidad de papeles carentes de conexión entre sí que cada vez más personas están llamadas a realizar, etc., constituyen fuerzas que actúan a menudo en contra de la identidad. En estas circunstancias se torna difícil “mantener el tipo”.
El relativismo moral, el auge del nacionalismo excluyente, la crisis de la familia, la debilitación de la escuela, el control tecnoburocrático, el alejamiento de la naturaleza, etc., operan también como elementos disgregadores de la identidad. Cada vez más personas pueden hacer suyos los versos de Pessoa: “Viven en nosotros innúmeros, /si pienso o siento, ignoro/ quién es quien piensa o siente. /Soy tan sólo el lugar /donde se siente o piensa”.
La unidad personal corre el peligro de quebrarse. El sujeto está a punto de estallar en mil pedazos. Las exigencias de la postmodernidad fuerzan la división y el reparto del yo. En estas circunstancias la personalidad se desliza fácilmente hacia la  desestabilización, la reificación, el malestar y la enfermedad. Por todo ello, nuestro compromiso con la educación nos lleva a consignar que uno de los objetivos pedagógicos perentorios es promover la forja de una identidad básica saludable en una sociedad crecientemente compleja, so pena de que la psicopatología de la identidad se extienda de modo alarmante.

Fomento de la identidad

Las vías psicopedagógicas impulsoras de robustez identitaria han de favorecer el (re)encuentro personal. En la actualidad no son pocos los que se hallan en permanente proceso de adaptación a nuevas situaciones, exigencias y tecnologías. Este ajuste continuo genera enajenación, esto es, un estado en que el sujeto se encuentra turbado y “fuera de sí”. Pues bien, para que el hombre pueda “disponer” de sí mismo se precisa acción formativa encaminada a robustecer su dimensión esencial, su fuerza y su raíz, vale decir, su ser. Únicamente de este modo cesará el autodistanciamiento y la alineación.
Las reflexiones anteriores permiten enlazar con una cuestión educativa capital: la que se refiere al proyecto vital que cada persona está llamada a construir. El educando debe diseñar y realizar su propia programación de vida, suficientemente amplia y flexible como para adaptarse a los distintos requerimientos que puedan surgir. Si no cuenta con este mapa estará en permanente riesgo de naufragio, esto es, al borde de la desorganización y sin horizonte al que dirigirse. En la medida en que la escuela le ayude de modo gradual a elaborar su plan personal estará facilitando la conquista de la identidad. Admitido que el camino se hace al andar es preferible disponer de un “esquema de ruta” que ir a ciegas.
El descuido educativo habitual exhibido en algunos centros escolares respecto a los procesos de maduración personal, unido al incremento en el alumnado de problemas relacionados con un desarrollo anómalo de la identidad nos lleva a demandar por vía de urgencia mayor atención a este ámbito. En el polo positivo cabe destacar el progresivo reconocimiento de los orientadores, cuya labor a veces se realiza en condiciones muy precarias, así como la publicación de algunos destacados estudios científicos que pueden servir de marco referencial para el trabajo psicopedagógico, siempre que no se soslaye la singularidad de cada caso.

Complejidad de la escuela actual

La escuela es hoy más compleja que la de hace pocas décadas, sobre todo como consecuencia de la tecnificación y el multiculturalismo galopantes. Este dinámico escenario condiciona el desarrollo y las relaciones personales de los actores. Por un lado, alumnos y profesores tienen que realizar constantes y grandes esfuerzos de adaptación a las innovaciones tecnológicas. Por otro, la interacción en contextos humanos heterogéneos, particularmente cuando no hay canalización del fenómeno multicultural, torna difícil la relación interpersonal. En estas situaciones abandonadas a su suerte, la cercanía y la disponibilidad individuales son sustituidas por la desconfianza, la sospecha y el distanciamiento, a pesar de la proximidad física. La entropía es tal que el propio contacto del sujeto consigo mismo se perturba. Los escolares inmigrantes están más expuestos a esta alteración por sufrir en mayor cuantía el aislamiento y la ausencia de vínculos, la extrañeza por los múltiples cambios y el estrés por las exigencias de acelerado acomodo,  el “duelo migratorio”, etc.
No podemos permanecer de brazos cruzados para lamentarnos después. Se precisa un trabajo social y educativo en pro de la convivencia. En rigor, vivir exige entrar en saludable relación con los demás, es decir, convivir. Cuando esto no sucede la identidad se ve amenazada y la personalización educativa renquea. Así se advierte que la pedagogía debe garantizar un marco personal suficientemente consistente que permita a niños y adolescentes neutralizar las acometidas del entorno.
Dada la versatilidad de la realidad, es totalmente necesario estimular en el educando la flexibilidad y la capacidad de ajuste, para que no quede a merced de las circunstancias, cual si de un “alumno-veleta” se tratase. No son pocos los escolares que, expuestos a los remolinos eólicos, fluctúan entre el aislamiento, la indisciplina y la desmotivación. Al carecer de orientación adecuada, su paso por una escuela insensible les aboca al extravío. Por desgracia, abundan los casos de adultos inadaptados que no recibieron durante su etapa infanto-juvenil un asesoramiento apropiado.
Así pues, lo que se pretende es que la persona, en función de las demandas ambientales, pueda seleccionar de su repertorio comportamental la conducta que mejor satisfaga las exigencias situacionales. En síntesis, lo que sostenemos es que si la personalidad es heterogénea y rica el proceso formativo no puede ser homogeneizador y pobre. La educación no ha de quedar anclada en el pretérito. Sin perder sus cimientos, la pedagogía debe abrirse a la consideración de la realidad actual e incluso a la que está por venir. Acaso ésta sea la única manera de sentir y cantar con el bardo Whitman: “Más allá de vaivenes y tensiones se eleva lo que soy”.

 

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