|
|
el
desarrollo de las capacidades y actitudes lectoras de nuestros alumnos
es una de las causas que han contribuido a degradar la educación? Porque
es un hecho constatado -y ahí están los datos del último Informe PISA
2000/2003- que muchos de nuestros adolescentes escolarizados no saben
leer comprensivamente un texto, ni encuentran en la lectura el soporte
cultural con que ir desarrollando su personalidad. Y el desconcierto ante
hechos de tanta gravedad afecta por igual a docentes, a alumnos y a sus
familias, y también al mundo editorial. Pero para no caer en el desencanto,
empecemos por afirmar que el fracaso escolar del que es responsable directo
la vuelta de espaldas de la sociedad al mundo de la lectura solo puede
reconducirse desde un ingente esfuerzo personal y colectivo.
Esfuerzo
-en primer lugar- del propio alumno, que ha de tomar conciencia de que
el aprendizaje lector debe ser afrontado con seriedad y rigor, porque
no hay aprendizaje auténtico sin trabajo responsable y espíritu de superación.
Esfuerzo -también- de los docentes, que debemos estar dispuestos a introducir
en nuestra práctica diaria en las aulas los cambios metodológicos necesarios
y los medios didácticos adecuados para obtener el mejor rendimiento lector
de nuestros alumnos, apostando por formas de “acompañamiento personalizado”
para fomentar su motivación, adecuando los ritmos de aprendizaje a los
procesos de maduración personal. Esfuerzo -igualmente- de los padres,
puesto que está fuera de toda duda que la implicación de la familia en
el proceso lector -y, por tanto, educativo- de sus miembros en edad escolar
es un factor determinante. Esfuerzo -finalmente- del sector editorial,
que ha de proporcionarnos ediciones de textos que sirvan para despertar
en los adolescentes el goce estético que la lectura de la buena literatura
proporciona. Y así, con el esfuerzo de todos -de cada uno, desde la parcela
de su responsabilidad, incluida la autoridad educativa-, tal vez vayamos
abriendo las claves para una lectura placentera de cualquier tipo de texto,
sin renunciar -en un futuro más cercano que lejano- a la comprensión y
disfrute de aquellos otros con cierto nivel de densidad conceptual o de
complejidad estilística. De este esfuerzo colectivo es esperable una fructífera
cosecha, apoyada en la máxima 'Lectura, lectura, lectura!', que entronca
con aquel otro aforismo: 'Más libros, más libres'. Porque a más cultura,
mayor libertad.
La
lectura de la buena literatura, en crisis
Que
la lectura ha entrado en crisis es algo que nadie pone en duda. “Se admite
como un hecho probado -escribía Camilo José Cela el 29 de marzo de 1993,
en el polémico artículo “El hábito de la lectura”, publicado en el diario
ABC- el que la gente, no sólo en España sino en el mundo entero, lee menos
cada día que pasa y, cuando lo hace, lo hace mal y sin demasiado deleite
ni aprovechamiento”. Porque, en efecto, lo que está en crisis es la identidad
del lector, ya que, además de leerse cada día menos, se lee cada vez peor:
sin ese aprovechamiento que permite al lector de los buenos libros
“conversar con los mejores hombres de los siglos pasados”; y sin ese deleite
-que implica el amor por la lectura- capaz de conmutar las horas aburridas
por otras que excitan el placer del ánimo. ¡Y no será porque en España
no existen, a precios asequibles, buenas ediciones de buena literatura!,
puntualiza Cela.
Frente
a los que se acercan a la lectura desde posiciones pragmáticas -en busca
de satisfacer necesidades materiales-; y frente a los que buscan en la
lectura un simple entretenimiento que no exige el menor esfuerzo -así,
el tiempo gastado en leer periódicos- o que merma la capacidad racional
-como es el caso de quienes se embebecen con cómics sin el menor valor
artístico, ya sea plástico o lingüístico-; Pedro Salinas traza el perfil
del auténtico lector: “Se define al lector -escribe Salinas en
el epígrafe 'Leedores y lectores', del ensayo 'Defensa de la lectura',
incluido en El defensor- simplicísimamente: el que lee por leer,
por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de
estarse con él horas y horas, lo mismo que se quedaría con la amada; por
recreo de pasarse las tardes sintiendo correr, acompasados, los versos
del libro, y las ondas del río en cuya margen se recuesta. Ningún ánimo,
en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros,
noticias concretas que le aúpen en la social escala, nada que esté más
allá del libro mismo y de su mundo”.
Este
es el reto que parece que, indirectamente, nos propone Pedro Salinas a
los docentes: formar buenos lectores en una sociedad que, cada vez más,
da la espalda a la lectura; lograr que los adolescentes lean por el puro
placer espiritual de leer, y que no exijan de tal actividad “nada que
esté más allá del libro mismo y de su mundo”. Y el único camino para lograr
este acercamiento a la lectura por el puro gusto de leer es el
de garantizar una cabal comprensión de lo que se lee, evitando posar los
ojos ante una colección de “signos sin significancia”, donde nada tendría
sentido -por emplear la acertada expresión de Salinas-. A partir de aquí,
y soslayando el riesgo de “leer por los sentidos, pero sin sentido”, ya
es relativamente sencillo disfrutar de lo que se lee y, en nuestro caso,
propiciar un acercamiento de los alumnos a los textos literarios (cfr.:
Pedro Salinas, epígrafe “Signos sin significancia”; ibídem). Este
tránsito de la comprensión de un texto, pasando por su análisis y comentario,
al deleite estético -o, dicho de otro modo, de la “habilidad lectora”
al “placer” de la Literatura- debe ser cuidadosamente conducido por los
docentes, quienes en último término somos los mediadores entre los alumnos
y los textos literarios, y los encargados de ir desarrollando en cada
uno de ellos la necesaria -y personal- conciencia de lector -cfr.:
Pedro Salinas, epígrafe “Educar para leer y leer para educar”; ibídem).
Finalidades
de la lectura de textos literarios
A
través del acercamiento a los textos literarios, los docentes hemos de
procurar que nuestros alumnos vayan adquiriendo el hábito de la lectura
reflexiva, desarrollando la capacidad crítica y descubriendo los múltiples
valores estéticos que la Literatura encierra. Por ello se les deben proporcionar
textos literarios con indiscutibles valores recreativos, artísticos y
formativos, que permitan el enriquecimiento de sus vivencias personales,
la estimulación de su sensibilidad y, en definitiva, el fomento de actitudes
favorables hacia la lectura que, sin duda, habrán de contribuir a su formación
integral como personas. Porque, en efecto, el mundo de la Literatura no
puede quedar al margen de una educación integral que persiga el aprender
a ser, potenciando los aspectos intelectuales, afectivos, físicos y espirituales
de la persona; porque, parafraseando a Robert Hugues,
la lectura es uno de los caminos más contundentes para que la juventud
llegue a ser libre, piense por sí misma y organice su presente y futuro
a su imagen y semejanza.
E
insistimos en que somos precisamente los docentes quienes debemos ofrecer
a nuestros alumnos textos rigurosamente seleccionados, que reúnan ese
mínimo de calidades lingüísticas y literarias que los hagan aptos para
favorecer un dominio cada vez mayor del idioma por parte de los alumnos
y un progresivo desarrollo de sus capacidades estéticas. Y llegados a
este punto, recurrimos, de nuevo, al testimonio de Pedro Salinas: dado
el poco tiempo de que disponen los alumnos para dedicarlo a la lectura,
es preciso pronunciarse “en favor de los pocos libros bien leídos, y en
contra de los muchos leídos malamente” (cfr.: epígrafe “Educar para leer
y leer para educar”; ibídem).
Es,
pues, innegable que la lectura colabora poderosamente en ese proceso de
aprender a ser uno mismo, objetivo último de toda educación que
convierte la dignidad de la persona en su razón de ser. En este sentido,
la lectura placentera de buenos libros está llamada a convertirse en el
mejor aliado para contribuir a ese desarrollo global y armónico de la
persona, potenciando sus capacidades cognitivas, el sentido estético,
la capacidad crítica y creativa e, incluso, la dimensión espiritual y
trascendente.
Criterios para la selección de textos
La
elección de los textos que deben servir para despertar el interés de los
alumnos por la Literatura reviste capital importancia; y en dicha elección
deben pesar, al menos, los tres criterios siguientes:
·
Adecuación de los textos al nivel
de maduración intelectual de los alumnos a quienes van dirigidos. Los textos en ningún caso pondrán serias limitaciones a
las posibilidades reales de comprensión y expresión de los alumnos, por
lo que el léxico, el tipo de sintaxis y los recursos literarios empleados
facilitarán la cabal inteligibilidad de dichos textos. De esta manera,
la ausencia de dificultades lingüísticas permitirá a todo tipo de lectores
-en especial a los de menor preparación intelectual- trascender los puros
signos -convertidos, así, en “signos con significancia”-, y favorecer,
por tanto, el paso a los significados, única forma de percibir el sentido
de los textos y de alcanzar su comprensión global. Porque, ciertamente,
un texto puede poseer una altísima calidad literaria y resultar del todo
inadecuado para ser entendido y valorado por lectores “inmaduros”; tanto
más inadecuado cuanto más difícil sea el estilo exhibido por su autor,
en especial si la complejidad del léxico, la presencia continua de complicados
enlaces sintácticos propios de la subordinación, o la abundancia de originales
recursos estilísticos obstaculizan la comprensión del sentido global de
dicho texto. Aquí radica, a nuestro entender, una de las causas del rechazo,
demasiado generalizado, que la literatura medieval o la del Siglo de Oro
provoca en los alumnos de la Educación Secundaria Obligatoria; alumnos
que deben afrontar, en tercer curso y con 14 años recién cumplidos, la
lectura de fragmentos de La Celestina, de poemas místicos de san Juan
de la Cruz, de sonetos culteranos y conceptistas...
·
Extensión de los textos ajustada a
la “capacidad
lectora” de los destinatarios. La extensión de los textos estará en relación directa con la “habilidad
lectora” de los destinatarios de los mismos; pero, en cualquier caso,
dicha extensión habrá de ser lo suficientemente adecuada como para no
producir en los lectores aquella fatiga que les llevaría a perder el interés
por lo que están leyendo.
·
Enriquecimiento, a través de los textos, del conocimiento que los lectores
tienen de la realidad exterior y de sí mismos. La lectura colabora
eficazmente en ese proceso de aprender a ser uno mismo que, en definitiva,
constituye el objetivo último de la educación. Y porque educar trasciende
la simple transmisión de conocimientos, la lectura de buenos libros está
llamada a convertirse en el mejor aliado para contribuir al desarrollo
global y armónico de la persona, potenciando sus capacidades cognitivas,
el sentido estético, la capacidad crítica e, incluso, la dimensión espiritual
y trascendente. En definitiva, la lectura ayuda a que el alumno despliegue
todo su potencial intelectual y afectivo y a que aprenda a ser él mismo.
"Cada vez que nos asomamos a un libro -escribe Juan Manuel De Prada-,
escapamos de un mundo aturdido por la banalidad y el vértigo para lanzarnos
a la conquista de otro mundo más verdadero y postular una realidad enaltecedora.
La peculiaridad de estas conquista consiste en que no se trata de un mero
ejercicio de evasión, pues -como muy bien entendió Proust- la lectura
deja libre la conciencia para la introspección reflexiva. Al leer no nos
limitamos a absorber contenidos, a estimular nuestras dotes imaginativas
o a mejorar nuestras habilidades verbales; por el contrario, regresamos
a nuestro mundo aturdido por la banalidad y el vértigo con una cosecha
de iluminaciones que irradian su influjo sobre la realidad y nos enseñan
a ser mejores." (Cfr.: 'Vindicación del libro'; artículo publicado
en el diario ABC, precisamente el Domingo de Ramos del año 2000).
·
Desarrollo paulatino, por medio de
los textos, de la sensibilidad de los lectores, con objeto de despertar
en ellos un progresivo interés por los valores estéticos. Las obras y textos que ponemos a disposición de nuestros alumnos
no solo han de servir para mejorar sus niveles de comprensión y expresión,
sino que a través de ellos hemos de pretender ir conformando su sensibilidad
y apreciación estética; y así, poco a poco, serán ellos mismos quienes
vayan desarrollando esa conciencia de lector que les llevará, por propia
iniciativa, a entrar en contacto con los mejores maestros de la lectura:
los buenos libros que habrán de acompañarles a lo largo de su periplo
vital. A fin de cuentas, no se puede concebir a un hombre libre desposeído
de libros; porque -como puntualiza De Prada- 'sería tanto como imaginarlo
desposeído de alma, extraviado en los pasadizos lóbregos de un mundo que
no comprende.” (Ibídem). Estamos convencidos, pues, de que la lectura
de la buena Literatura contribuye decisivamente a que los alumnos aprendan
a ser ellos mismos -sin duda el más difícil de enseñar de todos los contenidos-;
y, a través del disfrute de los valores culturales y estéticos, a que
lleguen a ser más libres y, por tanto, más justos y solidarios.
En definitiva,
los docentes, por medio de las obras y textos que ponemos a disposición
de nuestros alumnos, hemos de pretender no sólo que mejoren sus niveles
de comprensión y de expresión, sino que vayan desarrollando esa conciencia
de lector que, estimulando el gusto personal, les lleve, por propia
iniciativa, a entrar en contacto con los mejores maestros de la lectura:
los buenos libros que habrán de acompañarles a lo largo de su periplo
vital.
El camino hacia la Literatura: En busca de lectores
Cada
vez es más frecuente escuchar a los profesores de Educación Secundaria
quejarse del poco interés que sus alumnos demuestran por la lectura. Aquellas
obras fundamentales de nuestra historia literaria -que en tiempos no muy
lejanos formaban parte del acervo cultural de cualquier adolescente que
aspiraba a ingresar en la Universidad- resultan hoy desconocidas para
demasiados alumnos; y este desconocimiento frena el desarrollo armónico
de su personalidad, ya que el mundo de la Literatura -insistimos una vez
más- no puede quedar al margen de una educación integral que persiga el
aprender a ser, potenciando los aspectos intelectuales, afectivos,
físicos y espirituales de la persona.
Son
muchos los alumnos de Educación Secundaria que, a pesar de los esfuerzos
de sus profesores por despertar en ellos el sentido de la apreciación
estética que el acercamiento a cualquier texto literario lleva aparejado,
rechazan de plano la lectura de la poesía épica medieval, de las Églogas
de Garcilaso de la Vega, de algunas comedias de Lope de Vega, de los grandes
poemas de Luis de Góngora...; obras
cuya lectura -y estudio en su contexto histórico- contemplan, ciertamente,
los currículos oficiales de Lengua Castellana y Literatura.
El desinterés
de muchos alumnos por la Literatura -y no solo por la medieval o la del
Siglo de Oro, sino por la recogida en los currículos normativos, sea de
la época que fuere- ha llevado a ciertos profesores a buscar en la literatura
juvenil actual un revulsivo que pueda despertar la afición por la lectura.
Pero esta actitud no es compartida por otros profesores, que consideran
este tipo de lectura como un simple divertimento, sin trascendencia alguna
en la formación cultural básica de los alumnos, y que se limitan a exigir
-no sin cierta razón- el conocimiento de la literatura que el currículo
oficial preceptúa, para garantizar, así, ese mínimo nivel cultural con
el que se debe abandonar la escolarización obligatoria.
Una posición
ecléctica, por la cual abogamos, combinaría la lectura de las grandes
obras de autores consagrados de la -llamémosla así- literatura intemporal
-lectura guiada por el docente, para asegurar una comprensión más satisfactoria-
con obras propias de la literatura juvenil actual, capaces -por su temática
y lenguaje- de intensificar el placer de leer y de implicar al lector
en dichas obras. De esta forma, la lectura juvenil actual, más que un
fin en sí misma, se convertiría en un medio para acceder al conocimiento
y disfrute de esa “otra” literatura que cualquier persona medianamente
instruida debería saber apreciar.
La literatura juvenil en el aula
La relación de autores actuales
-españoles- empeñados en “acercar” a los adolescentes el “hecho literario”
-y que escriben pensando en ellos, y abordan en sus obras problemas que
son propios de la juventud- sería interminable. Eludimos, pues, por innecesario,
citar aquí más de medio centenar de nombres de reconocidos escritores
con abundante bibliografía para jóvenes, cuya presencia es habitual en
los centros docentes, y que imparten charlas que permiten adentrarse en
sus obras, previamente leídas por los alumnos, introduciéndoles, así,
en en el difícil arte de la creación literaria, y despertando en ellos
un innegable interés por la lectura y por cuanto ella conlleva. La forma
de hacer literatura de estos escritores no desmerece de otra cualquiera
digna de tal nombre, y ha ayudado a lograr, en cierta manera, fomentar
el hábito de la lectura entre determinados jóvenes, que rechazan cualquier
otro tipo de literatura.
No
obstante, y si queremos convertir la lectura en uno de los pilares básicos
de la Educación Secundaria, es necesario recuperar para el aula a los
grandes “clásicos de la literatura juvenil”: Verne, Stevenson, Conrad,
Dumas, Salgari, Charles Dickens, Óscar Wilde, Marc Twain, Rudyar Kipling,
Henryk Sienkiewicz, Alexandre Dumas...; y así un largo etcétera de autores
que están llamados -si se recuperan de forma efectiva- a convertir
el placer de leer en una constante en la formación de los alumnos que
todavía no han accedido a la Universidad o a los Ciclos Formativos de
Grado Superior.
Estamos
convencidos de que la lectura de las obras de estos autores permitirá
a quienes tengan la suerte de disfrutarlas, antes o después, compartir
estas ideas de José Luis Sampedro, extraídas de su obra Valor de la
palabra: “La palabra fomenta nuestra imaginación: leyendo inventamos
lo que no vemos, nos hacemos creadores <...> Hace cinco siglos la
imprenta nos libró de la ignorancia llevando a todos el saber y las ideas
<...> El libro, que enseña y conmueve, es además ahora el mensajero
de nuestra voz y la defensa para pensar en libertad”.
La
intervención directa del docente
La
lectura de la buena Literatura, además de estimular el goce estético,
contribuye activamente al proceso de socialización de los alumnos, con
vistas a su futura participación activa en la vida adulta como ciudadanos
comprometidos con una cultura de la paz. Aprender a convivir es, precisamente,
la mejor forma de garantizar esa “paz social”, que implica la aceptación
de los otros -por diferentes que sean-, la manifestación de comportamientos
-y no solo de actitudes- tolerantes y solidarios, y el esfuerzo por poner
lo mejor de uno mismo al servicio de los demás y en beneficio del bien
común; y, en esta línea, puede inscribirse la necesidad de recuperar para
el aula la lectura de aquellas obras que, perteneciendo ya a lo que podríamos
llamar literatura intemporal -sea o no la que los currículos oficiales
preceptúan-, colaboran en la formación no ya de una sensibilidad estética,
sino también -y acaso sobre todo- de una conciencia moral y en el desarrollo
de unas actitudes profundamente humanas.
Por
otra parte, es evidente que no se puede disfrutar adecuadamente de una
obra sin entenderla: la estética culterana o la surrealista, por ejemplo,
nos han legado textos de extraordinaria belleza, cuyas dificultades de
interpretación han puesto a prueba a los más exigentes críticos literarios;
sin embargo, el entendimiento cabal de un texto hace que pueda disfrutarse
con mayor intensidad, al trascender el simple conocimiento del mismo.
Y, para ello, es necesario evitar lagunas significativas por desconocimiento
de los vocablos; penetrar en el contexto histórico de dicho texto, profundizando
en las relaciones entre Literatura y Sociedad; y afrontar su referente
estético en el ámbito de la tradición literaria. Y estas son tareas que
incumben al profesor, responsable último -no nos cansaremos de repetirlo-
de ayudar al alumno a desbrozar cuantas dificultades pueda encontrar en
la interpretación de un texto, de forma tal que, al comprender lo que
lee desde una perspectiva racional, pueda llegar a valorarlo desde una
perspectiva anímica.
La lectura de una obra cualquiera de nuestra tradición literaria -tanto
más si se trata de una obra clásica- exigirá, por tanto, del docente cuanto
menos una triple tarea: allanar continuamente cuantas dificultades léxicas
pudieran entorpecer la cabal comprensión del texto -y, en este sentido,
tales dificultades léxicas serán cuidadosamente abordadas y resueltas
con claridad y la necesaria capacidad didáctica-; referirse de manera
permanente a las relaciones entre Literatura y Sociedad, para soslayar,
así, la presencia de “problemas de interpretación” que pudieran derivarse
del desconocimiento del contexto histórico-social y cultural en que la
obra está inserta; y, vincular dicha obra con las corrientes estéticas
en que se inscribe, evitando así que el general desconocimiento de la
tradición literaria y de las tendencias estéticas se interponga entre
la obra y el lector. Y, de esta forma, el docente irá acomodándose a la
“idiosincrasia lectora” de cada uno de sus alumnos y, poco a poco, logrará
que sean ellos mismos quienes se acerquen a las obras literarias en función
de su formación cultural, escala de valores, gusto y aficiones...; y que
el hábito lector se convierta en un valor añadido en el desarrollo armónico
de su personalidad.
El papel del sector editorial
Cada
vez es mayor el número de editoriales que publican textos literarios -de
narrativa, poesía o teatro- dirigidos expresamente a lectores juveniles,
con todas las peculiaridades que una edición de este tipo comporta: ediciones
escolares pensadas para ser usadas en el aula, capaces de orientar
la comprensión de este tipo de textos y, por tanto, de despertar en los
jóvenes el goce estético. Persiguen tales ediciones estimular en ellos
la necesidad y el placer de la lectura; y, por lo tanto, intentan allanar
la innegable complejidad que dichos textos encierran y que podría hacerlos
herméticos para la capacidad lectora de muchos de ellos. Y es que no siempre
resulta fácil acercar las obras de esos grandes autores que forman ya
parte de nuestra tradición cultural -como puedan ser las de los escritores
del Novecentismo o las de los poetas de la Generación del 27, pongamos
por caso- a jóvenes adolescentes, entre otras razones, porque tales autores
no pretendieron poner sus obras precisamente en manos de lectores poco
experimentados en el “arte de la lectura”; lo cual no es en modo alguno
incompatible con el hecho de que hayan podido componer, ocasionalmente,
textos que, por su simplicidad técnica y contenido, hayan hecho las delicias
de los más jóvenes.
Por
lo tanto, los jóvenes escolarizados ya no pueden refugiarse, para disculpar
su desinterés por la lectura, en la existencia de ediciones realizadas
sin un riguroso análisis de los textos seleccionados o sin una cuidadosa
reflexión previa sobre la naturaleza y estructura de tales textos. Antes
por el contrario, el mundo editorial es el primer interesado en ayudar
a que los jóvenes escolarizados lean -y a que lean precisamente la mejor
Literatura, con mayúscula-; y, en modo alguno puede responsabilizarse
de la posible aversión ante la belleza del lenguaje por parte de ese minoritario
grupo de jóvenes que aborrecen cualquier manifestación literaria, escrita
o no. Por lo general, el posible rechazo de obras tenidas como “clásicas”
por parte de ese sector del alumnado al que acabamos de aludir ha podido
venir motivado por dificultades de comprensión de unos textos literarios
que exigen ese esfuerzo lector sin el cual no es posible un mínimo
desarrollo de las capacidades comunicativas. A este respecto escribía
J. J. Armas Marcelo en el artículo “De la lectura”, publicado en el diario
ABC el 18 de mayo de 1996: “La moda es ignorar que la lectura es una acción
única, solitaria, demorada y reflexiva, que nadie debe compartir con nada
ni nadie, que no admite medias tintas, y cuya exigencia fundamental es
una exclusividad de doble vertiente. La lectura es exclusiva y excluyente,
requiere olvidarnos de la tendencia al mínimo esfuerzo, nos obliga a robarle
el tiempo a otras acciones y exige una dedicación hipnótica que nos conmueve
tanto que la lectura de ese libro precisamente se vuelve angustia cuando
estamos ya acabando de leerlo. Porque, ¿encontraremos otro hallazgo semejante,
otro libro parecido al que leemos en ese momento, cuando hayamos terminado
de leer su última página?”
Muchos
de los que, como docentes, estamos, además, inmersos en el mundo editorial,
venimos defendiendo que la Literatura considerada como “clásica” -con
independencia del contexto histórico-social en que se haya producido-
debe seguir ocupando un lugar primordial en la formación de los adolescentes
y, muy en particular, de los escolarizados en la Educación Secundaria,
tal y como propugna la legislación vigente. Porque en una etapa decisiva
para la conformación de la personalidad, “lo clásico” -verdadero sostén
de la civilización occidental y, por tanto, de nuestra propia identidad-
es un referente fundamental para enriquecer el acervo cultural y desarrollar
la sensibilidad artística. Es, pues, necesario “recuperar” -seguir recuperando,
entre todos- el prestigio de “lo clásico” -dentro y fuera del aula-, en
aras de una educación integral más eficaz, tanto desde un punto de vista
intelectual como estético y, por tanto, profundamente humano. Y es, igualmente,
necesario seguir publicando libros de “literatura clásica”, dirigidos
a lectores juveniles; libros que aborden cualquier género literario de
cualquier época, en selecciones antológicas o bien en textos íntegros,
siempre elegidos en razón de su sencillez, amenidad y proximidad a la
sensibilidad de un lector actual; y en ediciones preparadas expresamente
por profesores de Educación Secundaria con probada experiencia de aula,
y conocedores, por tanto, de la idiosincrasia de los lectores a quienes
están destinadas.
No quisiéramos
concluir sin reconocer aquí, por tanto, ese esfuerzo editorial -sin subvenciones
institucionales- que viene apostando por “la juventud de lo clásico” y
que nos proporciona a docentes y discentes ediciones de literatura clásica,
pensadas para ser usadas en el aula -insistimos: y fuera de ella-, y capaces
de orientar la comprensión de este tipo de textos y, por tanto, de despertar
en los jóvenes el goce estético. Y a los docentes nos corresponde elegir
libremente los mejores materiales bibliográficos disponibles en el mercado
para poner en manos de nuestros alumnos las ediciones que requieren su
nivel de desarrollo intelectual y preparación académica, conscientes de
que siempre existe ese libro que aún está por descubrir por un potencial
lector y que, sin duda, culminará todas sus aspiraciones emocionales,
intelectuales y estéticas.
|