Experiencia del testigo

Robert Fisk condensa en La gran guerra por la civilización (Destino) sus treinta años de seguimiento del avatar político, social y humano en el Oriente Próximo

Considerado el más certero, veraz y experto reportero del conflicto zonal y cultural más largo que ha producido el siglo XX, Robert Fisk avanza entre sinuosidades, arrogancias y tenebrosidades hasta conformar el
más radical, profuso y contundente testimonio jamás escrito sobre el porqué Afaganistán, Irak, Irán, Israel, Líbano, Argelia...son esas piezas permanentes en el dolor y el siniestro de nuestro mundo.

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
“El aire rebosaba de insectos. Escribía en el cuaderno con la mano derecha y con la izquierda me los espantaba de la cara y la ropa; eran insectos grandes de alas anchas y criaturas parecidas a chinches que se me posaban en la camisa y las páginas de la libreta. Observé que chocaban contra la túnica blanca de Bin Laden, incluso contra su cara, como alertados por la furia que emanaba de ese hombre. A veces dejaba de hablar durante sesenta segundos –era el primer  personaje árabe que  notaba que

lo hacía-, para reflexionar sobre lo que decía. La mayoría de árabes, enfrentados a la pregunta de un periodista, decían lo primero que se les pasaba por la cabeza por miedo a parecer ignorantes si no respondían en el acto. Bin Laden era diferente. Era alarmante porque estaba poseído por esa cualidad que lleva a los hombres a la guerra: una autoconvicción absoluta. En los años siguientes, vería a otros manifestar esa peligrosa característica –pienso en Georges W. Bush y Tony Blair-, pero nunca con la funesta determinación de Osama Bin Laden”. Segundo encuentro con  Bin Laden (Verano 1996), recogido en el capítulo “Uno de nuestros hermanos ha tenido un sueño” de La Gran Guerra por la Civilización, de Robert Fisk: una asombrosa capacidad de transportar imágenes a lomos de frases estructuralmente sabias y una sinceridad que rompe rituales de expresión en el medio periodístico; una voz impagable que ha atravesado el oscurantismo y la perversión de un Occidente colonizador y traidor para asombrarse ante el mundo que, dibujado fundamentalmente en las negociaciones que siguieron a la Primera Gran Guerra y roto de forma continua en las múltiples guerras de “baja intensidad”, tenía que conocer y transmitir.

Control del poder

La publicación estos días por la editorial Destino de La Gran guerra por la Civilización. La conquista de Oriente Próximo constituye ese tipo de acontecimiento cultural que amplía de forma contundente las posibilidades de un pensamiento autónomo e intelectualmente maduro a una sociedad. Entre el documento histórico, el reportaje directo y el ensayo social y político, el inmenso libro que estos días se ha presentado en nuestro país, en sus versiones en castellano y catalán, acoge el mejor tratado sobre el porqué el Oriente Próximo ha llegado a constituir ese embalse de terror y sufrimiento para el observador occidental: 1511 páginas realizadas sobre más de 350.000 documentos, notas, archivos y escritos; tres décadas de trabajo como corresponsal de The Independent, The Times, The Irish Times, London Review of Books, The Nation de Nueva York y, en los últimos años, La Vanguardia española; cientos de situaciones, personajes y datos que alumbran definitivamente aspectos incluso negados en el ámbito de lo oficial. Y, siempre, desde la absoluta convicción de que el periodismo sólo tiene sentido si se ejerce desde el control de los centros del poder, desde el desafío a la autoridad, para defensa de los derechos civiles y de la absoluta verdad.

Veinticuatro capítulos

Mapas que sitúan al lector, una cronología de los principales hechos acaecidos en esta zona geopolítica, notas que certifican cada dato importante aportado y un índice analítico dan el marco necesario de fidelidad a un texto que, dividido en veinticuatro capítulos-temas, repasa desde la experiencia y la memoria histórica los escenarios sucesivos en los que se ha desarrollado esta cruel y brutal conquista de la realidad del Oriente Próximo. Una conquista, una sucesión interminable de conflictos bélicos, que resuena peligrosamente en muchas otras situaciones de la Historia reciente como Fisk recuerda en el prólogo: “Tras la victoria aliada de 1918, al final de la guerra de mi padre, los vencedores dividieron las tierras de sus antiguos enemigos. En el espacio de sólo diecisiete meses, crearon las fronteras de Irlanda del Norte, Yugoslavia y la mayor parte de Oriente Próximo. Y he pasado toda mi carrera profesional –en Belfast y Sarajevo, en Beirut y Bagdad- viendo arder los pueblos en el interior de esas fronteras. Los Estados Unidos invadieron Iraq no por las míticas armas de destrucción masiva de Sadam Hussein –destruidas desde hacía tiempo-, sino para modificar el mapa de Oriente Próximo.” Y, continúa: “Los gobiernos quieren que sus ciudadanos vean la guerra como un drama de opuestos, bien y mal, “nosotros” y “ellos”, victoria o derrota. Sin embargo, la guerra no es algo que trate ante todo de la victoria o la derrota, sino de la muerte y el hecho de infligir la muerte. Representa el fracaso absoluto del espíritu humano”. Y esta es la gran y radical apuesta desde la que Robert Fisk ha escrito La Gran Guerra por la civilización.

 

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